miércoles, 30 de abril de 2014

DROGAS: OTRO FALLO DE LA CIENCIA. Teosis 6

Un fracaso más de la Ciencia es no saber crear drogas sanas, que desplacen a las ilegales. Aunque se clama contra las drogas, les han ayudado al hombre a soportar las fatigas de la vida y del clima. Pues las drogas son analgésicos, euforizantes y ansiolíticos hallados por azar y usados sin prever sus daños. Por eso han generado un negocio brutal, y las alcoholeras y el narcotráfico explotan hogaño a millones de esclavos degradados. Penas, ansiedad o tedio hunden a los más vulnerables en el cepo de un vicio abyecto.
   Está visto que ni la educación ni la represión acaban con las drogas. El alcohol -encima- hasta se acepta y publicita, siendo causa de males atroces, como es arruinar a millones y matarlos de enfermedad y choques de coches. Las otras drogas juntas, pese a su mala imagen, causan el décimo de daño que el alcohol y el tabaco (el mayor daño que causan son las sumas malgastadas en la represión vana).
   Puesto que casi toda la humanidad usa drogas y las paga caras, el único remedio racional es producir y vender legalmente drogas científicas baratas, que cumplan tres requisitos: ser más ecológicas, menos adictivas y menos dañinas que las actuales. O sea, que no agoten vastos predios (como los que el alcohol funesto roba al cultivo de alimentos) ni causen tanto deterioro físico o del cerebro. Así las drogas seguirán siendo odiadas y evitadas por los cautos, pero -para las masas de usuarios- se mermarán seriamente sus estragos, en costes sociales y sanitarios.

Elio Coreli - (El fin del mal) Teosis 6

Cruzo después los lentos pasillos y escaleras que llevan a mi celda, en la planta tercera. Hecha la cuenta, son 18 las veces al día que recorro la santa escalera: una forma ajetreada de penitente gimnasia. Hago la cama, me lavo y paso al oratorio de los novicios: un cálido cuartito con velas donde le oramos a un Jesús luciente de vago aire ausente. Si te fijas en los novicios -siete-, radian una cauta sonrisa, cual si estuvieran pensando en cosas indebidas. Por mi parte, ésa era mi envidiable falta: no lograba centrarme en la plegaria, la mente se fugaba en musarañas. Poner riendas a la imaginación siempre fue una vana pretensión, por eso no me esforzaba, y mientras debía estar pensando en Jesús, pensaba en el pelo y talle de sus hermanas... Las fieles lo tienen mejor, que adoran a su Amado; en cambio el fiel no ve a su Amada añorada. La Trinidad debió ser: Padre, Hijo e Hija, y así todos contentos.
Era por aquellos novicios que estaba yo allí. No era la vida austera y santa lo que me llenaba, sino el trato con ellos, sus modales y sus palabras. De haber hallado a otra gente menos cálida, no me hubiera quedado. Ellos eran la gracia y la sal de aquel lugar, los que daban a la morada muerta calor de hogar. Y afinando más, eran sólo tres los novicios que allí me ataban. Uno -Román- había sido docto profesor, algo mayor que yo, a quien un desamor le llevó al monasterio acogedor; admiraba su verbo divino, su trato fino y su gran temple benedictino. Otro -Sideri- era un chaval, el benjamín de la casa: flaco y estrábico, compensaba los defectos del cuerpo con un locuaz revuelo de alma, y una solicitud fraternal que cautivaba.
A los tres meses de yo ingresar, llegó el tercer predilecto -Jorge-, casi de mi edad, de padre hispano y madre irlandesa, criado en Dublín, de donde llegó hacía poco, por lo que su español aún era flojo. De modales indolentes, siempre tenía una fija sonrisa en su rostro regordete, pelo castaño claro y ojos verdes: era un encanto de mirar, y para los gays un peligroso imán. Los otros cuatro novicios eran gente amable, algo sosos, pero adornos de un todo seductor y hermoso. Del resto de monjes, había gente culta y fina entre la grey monda y lisa; no faltaba el ‘frater acediosus’ siempre gris y nuboso, ni los varios afeminados, unos descarados y otros solapados.
Suena el primer timbre para Laudes, vuelvo a mi celda. En total son siete los Oficios y llenan tres horas y pico: Vigilias, Laudes, Misa, Sexta, Nona, Vísperas y Completas. El dichoso salmo 119 es quien decreta celebrar a Dios siete veces: ‘Siete veces al día yo te alabo, por tus justos preceptos y tus leyes’ (v. 164). Me asomo a la ventana de mi celda: ya mana del oriente la pura luz serena que baña en paz la tierra. De la lenta noche sagrada va brotando el verde matinal en las montañas, el brillo frío de las frondas junto al río, las ascuas de los frutos coloridos... mientras la luz disuelve en azul los astros fugaces. Todo está naciendo, ocupando la realidad, regresando a otro sueño: conjurando un mundo fantasma... que apenas florece... cuando escapa...
Suena el segundo timbre, coges el misal y flotas entre el gorjeo de las aves hasta tu puesto en los altares. Media hora de cánticos, lecturas y salmos. Laudes debe bañar en alabanza el blanco brotar del alba, exaltando al nuevo día con serena alegría.
Alzo mis ojos a los montes: ¿de dónde vendrá el consuelo?
El consuelo viene de Yavé, que hizo la tierra y los cielos.
No duerme el que te guarda, el que vigila tu sendero.
No duerme ni dormita el que vela por su pueblo.
Él es tu guardador, él la sombra de tu cuerpo.
De día el sol no te herirá, ni de noche los luceros.
Te guardará Yavé de todo mal, él es tu brazo derecho.
Guardará tu vida en paz, tu salida y tu regreso,
desde el despuntar hasta el ocaso del tiempo. (Sal 121)
Los salmos y lecturas -al variar de día en día- añaden polifonía a tan monótona vida. Pero la monotonía -y es lo curioso- no engendra enojo, sino que apacigua y dulcifica cual narcótico. El cuerpo sigue el ritmo cual mecanismo, yendo al soplo del Espíritu, sin fatiga ni esfuerzo, porque la voluntad ya se ha disuelto: una vez que decidiste ser monje ¡se acabó el tomar más decisiones!
La mente contemplativa, aunque coja frutas o friegue platos, resbala por el tiempo como flotando y sin cansancio. Pasan las horas, los trabajos, los Oficios y el canto, la mañana y la tarde, las lecturas y el susurrar del aire..., y el único incidente es la paz, patrullando el monasterio; el único suceso es el sosiego, vagando por los pasillos, durmiéndose en los patios; el único sobresalto es el eco del silencio y el canto eterno de los pájaros.
¿Qué sorpresa puede ser que acabe Laudes y a las 8 llegue el turno al desayuno? Tras nutrir de salmos el alma, los cuerpos pedían leche, manteca, pan, galletas, fuagrás o mermelada... Al mirar tales jugosas viandas, nos sabíamos indignos de tanta gracia. Pero el Señor es generoso con sus siervos, y en dos milenios no los ha dejado sin platos suculentos, confirmando aquel sabio salmo: ‘Joven fui y ahora soy viejo, y nunca he visto al justo abandonado, ni a su linaje mendigando’ (Sal 37,25).
De vuelta en tu celda, te reclinas en la ventana para saciar la pura mirada, hambrienta del día naciente y de su belleza intacta. Sagrada claridad primera, rubor nupcial que besa la tierra y la despierta, ¡cómo vas vistiendo el huerto de aromas y luces frescas, pintando de azul el cielo, regando de brillos la hierba! (A veces, para variar, el cielo era gris tristón o de algodón llorando agua.) Y yo era dueño de aquel jardín seductor, de aquel rincón encantado, de su silencio elocuente y su aire enamorado; de aquel vergel hechicero, lujurioso y citereo, donde el azul florecía y la luz verdecía entre los setos. Yo era dueño de aquel vasto y venerable monasterio, porque nadie podía echarme: aun sujeto a una Regla, era tan libre en mi traje como el viento o las aves...
Sonó el esquilón; de lo que no era dueño es de mi tiempo: había que salir pitando hacia un salón, donde el prior -libro en mano- nos glosaría unos párrafos. Era la diaria Parasceve del rito cumbre del día: la Misa. Con voz engolada y floripondiosa, el prior nos adormecía un buen rato, explicando punto por coma un devocionario, que por su estilo parecía dictado por Matusalén estando borracho. Todo giraba en pintar y loar al monje ejemplar, en dialecto añejo, porfiando e insistiendo, aturdiendo con el ‘concerto grosso e spesso sul batticuor e il pentimento’. (‘Mira que el Señor te mira, que te está mirando, que te morirás y no sabes cuándo.’) La espesa perorata, la voz tintineante, las frases alambicadas, nos sumían lentamente en ensoñaciones vagas, la mirada nadando entre las nubes por la ventana...
Al fin daban las 9 las campanas, llamando a Misa a los aldeanos (casi todos mujeres o ancianos). En solemne sepulcral silencio, al compás del armonioso campaneo, vamos desfilando en sosiego hacia el templo. Un tercio de los monjes -los ungidos in sacris- luciendo albas, casullas y estolas, suben al altar; los legos, en el reposo del coro. La Misa es el Oficio más largo: tres cuartos de hora. Pero por suerte toda la faena torera recae en los padres; los legos apenas entrábamos al trapo, salvo para corear unos cuantos responsos y comulgar, si se tercia.
Esto me permitía volar con la mente hacia parajes libres y sugerentes, y así escapar de la rutina cansina de la misa, de los eternos y pringosos gestos ceremoniosos, del canturreo empachoso, los estribillos latosos, los recitados absurdos y suntuosos: Por Cristo, con él y en él, a ti Dios padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo... (Y tu suegra de regalo), Santo eres en verdad Señor, fuente de toda santidad... En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación... (Y un jamón para el mejor), Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa... (Qué tostón, my God!)
Así que, mientras los otros sondeaban como podían los abismos eucarísticos, yo ya estaba con la mente en una polis griega -digamos- del tiempo de san Pablo: Esmirna, Mileto, Pérgamo... Me veía de estudiante ocioso, como en el Satiricón de Petronio. ¡Qué vida aquélla, la de aquellas calendas! Pese a su sencillez y escasos inventos, aquella gente sabía sacarle jugo al tiempo. Mientra el padre oficiante daba los primeros capotazos en el ruedo del templo, yo y un colega íbamos a desayunar en alguna surtida bodega. Luego a rezar al altar de la diosa Fortuna, para que nos sonriera oportuna.
Luego al mercado, a recrear la vista en las mozas y mercancías. (En la iglesia el santo lidiador seguía su lidia.) Fluía el mediodía, apretaba el calor: nos íbamos a nadar a las termas hasta la hora de almorzar, en algún mesón popular, con paredes tiznadas de hollín, vigas carcomidas, mesas sin desbastar..., pues así era el mundo en tal edad.
En el templo sonó el clarín, cambio de tercio: se consumó la suerte de varas, se arrearon hostias consagradas; luego las banderillas, bien clavadas. En la colonia griega, tras comer íbamos a dormir la siesta en la posada. Ya a la tarde, sudábamos un rato en el gimnasio, pasábamos por la sauna y nos íbamos al teatro: dos horas de música, comedia y ‘spasso’. (En el templo ya el maestro cargaba la suerte, ligaba pases con temple y empalmaba verónicas con molinetes.)
Luego del teatro -mientra el diestro padre se lucía con la muleta- entrábamos al circo a ver los gladiadores o las fieras. Caía la noche, cenábamos a la rústica en un figón, y -cómo no- con las hijas venales de Eva coronábamos la fiesta, volviendo a la posada con la luna o las estrellas... Así pasaba el santo día, sin un hueco para el tedio o las prisas.
Cuando volvía a la realidad, ya el toro estaba patas arriba en la arena, la litúrgica faena había acabado, y -montera en mano- el aclamado espada saludaba a la afición con las últimas sacras palabras: ‘Dóminus vobiscum.’ Y todos coreábamos: ‘Et cum spíritu túo. Deo gratias.’ Sólo con audaces fantasías como ésta era como yo salía ileso de tanta misa solemne y tanto verbo hueco, tanto padre casposo, tanto sonsonete canónico, tanto florilegio vano y floripondioso, tanta bambolla celestial y tanta palabra repulida que nada dicen a fuer de repetidas, y son meras fórmulas vacías y ruido de pompas frías.
Terminada la santa lidia, los padres entran en la sacristía a dejar el traje de luces, mientras el resto nos dispersamos por el convento como hojas secas que arrastra el viento. Vagamos sin prisa y sin meta por el claustro y los pasillos hasta las pacíficas celdas, pobladas de sueños y anhelos como jilgueros en la floresta. A partir de las 10 tocan tres horas de faena, por lo que nadie se da prisa en ponerse el mono y bajar.
Me asomo a la ventana: las aves siguen cantando en el silencio balsámico. El verde fulgura por la huerta, flamea en oleadas, y trepa las colinas para besar las frescas nubes doradas. Hacia poniente, sierras lejanas nunca pisadas saludan y me llaman con su mirada azulada. Morosa y mansamente dejas pasar los minutos, olvidado de todo salvo de que estás vivo y sano, respirando el verde sabor del campo; ignorante de todo, salvo que estás absorto en tu celda, bebiendo quieto el blando aroma de la huerta...
Al fin te pones el mono y bajas al comedor, a recoger el desayuno con los otros novicios. Después lavar, barrer, fregar... Las horas de faena son las más amenas, porque se está a gusto y entretenido obrando en equipo, y además charlando como benditos, porque el conticinio estricto sólo es desde Completas hasta la Misa, a partir de ahí se puede hablar, aunque sólo -según la Regla- lo indispensable para el trabajo. Nadie le hace caso, y charlamos por los codos de todo lo divino y lo humano. Las lenguas se desatan mientras se barren los suelos, se lavan los platos, se embotella el vino o se llenan de agua los jarros.
Luego ayudar al cocinero: mondar frutas, desplumar pollos, limpiar pescado... O bajar a la cava a por vituallas: mermeladas, compotas, conservas, licores, frutas verdes o secas, miel, quesos y un largo surtido de condumios y viandas hechas la mayoría en casa. Si sobra tiempo, hay que ayudar en la huerta: coger frutas, podar, sembrar... según la fecha (viviendo de nuestro sudor honesto, no chupando de los fieles como el clero). Ya molidos, a la una pisamos las celdas con alivio, a lavarnos y recibir media hora de latín, solfeo y canto. A las dos menos veinte celebramos Sexta, breve Oficio que con unos cuantos salmos e himnos nos deja listos para el almuerzo, a las dos en punto.
Para mí es el almuerzo -más que la misa- el acto cumbre del día, más venerable y antiguo que todo Oficio. Los ritos litúrgicos nos remontan a la Edad de Piedra, cierto, pero el comer data de la primera célula. Comer y copular son los ritos imprescritos de la religión universal: hasta las aves y peces los acatan sin pesar (por eso es chistoso que Dios les dijera: procread; ¿para qué mandar lo que ya ellos cumplen con afán?) Luego le volvió a ordenar a Eva y Adán lo de procrear, y es el único mandato que el hombre ha cumplido gozando.
Quizá porque al monje le está fatal el copular, para compensar hacíamos del comer un arte sin igual: nunca el mero alimentarse se vistió de tal solera y tal empaque. Para empezar, al ramplón ‘comedor’ se lo indexa ‘Refectorio’; cada mesa es un altar, y el bajo papear: alta liturgia sacral. Las mesas rodean en fila el salón, con el Abad en el centro de honor, y a sus lados: los monjes más ancianos.
Al llegar el carrito con los platos, todos de pie y callados, porque el abad en latín canturrea la bendición (nosotros le coreamos), y acaba con un solemne Paternóster dulzón. Y ya nos sentamos a comer: primero la imperial sopa monástica, luego verduras; carne o pescado tres veces por semana; de beber: vino o agua. De postre fruta, compota, yogur casero y hasta dulces y pastas. Como se ve, los benedictinos, de ascetas nada; pero ponen más trabas que otras órdenes para admitir novicios, son más selectivos. El resultado es que nosotros éramos la élite cultural de todo el monjerío.
Mientras comíamos absortos, oíamos en un podio a un lector calmoso: lee un trozo de la Regla Benedictina, otro de la Biblia y otro de algún libro devoto. Por la mágica unión del leer y el comer, se nutría el cuerpo y el alma con fe, para salud y salvación a la vez. Con tan santo apetito, en media hora estábamos listos, y el abad repetía la bendición, dando todos gracias a Dios con satisfecha unción.
Al salir a los pasillos, las voces de todos atronaban los oídos, y es que hasta las 3 hay Recreo Sodalicio, con total libertad para bromear y hablar. Los novicios nos íbamos al huerto si hacía sol, o bien a nuestra sala privada, donde unos jugaban al pin-pong y otros miraban libros o charlaban. Tras las 3, quien quiere se retira a su celda, a dormir la siesta. Pero a las 4 toca celebrar Nona: 15 calmos minutos en el templo rayado de sol, con salmos e himnos de fe y amor. Después tocaba trabajo.
Volviendo tras Nona del templo, me demoraba hechizado en el claustro sosegado. Parecía mentira que en tres horas sería ya noche y en seis ya dormirías. Vuela ligero el tiempo como polvo en el viento, y no hay poder ni dinero capaz de detenerlo. Meditando en lo fugaz de lo bello y alado, me recreaba paseando en el encanto del claustro. Pues dar vueltas por un claustro se trasforma en rito mágico: aun andando y girando, te parece estar fijo y que el tiempo ha cesado. Un claustro -por ser quieto espacio todo interno- es un sereno espejo del calmo universo, su símbolo omfálico y eutrapélico.
De cada lado iba un vado hasta el centro del patio, donde la fuente regaba allí cuatro dunas con un ciruelo en cada una. Y esos frutales esbeltos, al tú girar sobre ellos, parecían un bosque denso: el universo entero parecía latir mágico allí dentro. Te sientes nadando por espacios increados, en el centro místico del cosmos, surcando sagrados estuarios, secretos y seráficos.
Todo allí era hermoso y cercano: el aire limpio, el cielo claro, el sol pintando de sombras el patio, la piedra antigua con brillos dorados, las finas columnas con capiteles labrados, la uniforme elegancia de los arcos, el largo ciprés legendario, el agua en la fuente y en los ciruelos pájaros piando... Y tú girando alrededor, lento y olvidado, por las cuatro galerías sin fin, flotando por un sueño sosegado, más allá del día, por la eternidad del tiempo sin espacio... Así pasaban 10... 20 minutos sin notarlo... Hasta que el deber me desviaba hacia el cuarto de los trapos, cogía el cubo y la fregona y me iba a mi trabajo.