sábado, 30 de mayo de 2015

¿PODRÁ LA CIENCIA LIBRARNOS DE LA VIOLENCIA? Teosis 10

Coreli - El fin del mal. Teosis  10

(Maldito simio.) En esto oímos gritos y acudimos. Era que una culebra grande -quizá venenosa- casi mordió a Débora. Liberio persiguió con una laja al reptil hasta que lo aplastó: que no asustara más ese bicho traidor, maldecido hasta por Dios (Gn 3,15). Todos alabaron a Liberio por su valor, y Débora transida le besó. Coré:

“Liberio ha mostrado un acto cumbre del Pasado: un macho bravo defendiendo a las hembras, matando fauna y fieras. Eran hercúleos y atrevidos: con palos, piedras y alaridos retaban los colmillos de lobos, osos y felinos. La emoción de cazar y matar quedó en sus genes impresa: el macho está cegado y embrujado por la violencia, y es la más letal bestia de presa. Cien mil años cazando lo forjaron: milenios de violencia acechan en sus brazos.

“En el neolítico -cuando ya podía vivir sólo del agro- pasó a cazar humanos, en busca de botín y esclavos. La mente humana lleva diez mil años atrasada. Golpe a golpe y siglo a siglo: cada vez más guerra, y más brutal y sangrienta... hasta el nazismo, donde el poder de las armas infernales creció hasta triturar a millones en un charco de sangre. Esa sangre derramada sigue fresca y no se seca: cada generación que lee la Historia se mancha con ella.

“La Era glacial creó hordas de sicópatas listos para matar: locos que mueren por su tribu con tal de arrasar las otras tribus. Al volver a las cuevas llevando carne, eran héroes loables: al volver las armas contra sus iguales, se volvieron criminales. El cazador atrevido pasó a ser un asesino, claro que bajo el mote alabado de luchador, guerrero o soldado.

“Los grupos se cerraron en tribus, y rebajaron las demás a fauna, a la que matar o saquear. La guerra es caza horrenda de fauna humana, un combate a muerte entre orates. El lobo mata por hambre, y nunca a sus clanes; el hombre se mata entre sí, por simple codicia vil. Los dos actos más horribles -matar y morir- son para el macho deporte feliz: con tal de matar, no le asusta morir.

“Pero la fuerza se le dio para sobrevivir, no para depredarse entre sí. Sólo hay dos casos de lícita violencia: para protegerse en justa defensa, o para frenar a gente que es violenta (la coartada de César al invadir la Galia: pacificar a tribus bárbaras). La guerra antigua no era un mal que asustase, pues la vida era tan triste y dura, que morir en cruda lucha no era peor que de fiebre o penurias. Ni un tercio de los niños llegaba vivo al medio siglo... Por eso, la guerra y sus crueldades las veían suaves, y admiraban el heroísmo de una muerte brillante.

“La gloria del Imperio Romano se edificó matando: sus reyes gobernaron sobre cadáveres y espanto. La grandeza de un linaje se medía en la extensión de sus masacres: la gloria militar se cocinaba con sangre. Y todos se inclinaban ante el más fuerte con la espada. Así ha sido siglo tras siglo: se ha glorificado a los mejores asesinos. El sumo valor personal era la fuerza bruta para arrasar y matar.

“Hoy controla el mundo la riqueza: antes eran las lanzas y espadas sangrientas. Para vencer a las fieras, el macho tuvo que hacerse peor que ellas. La violencia brutal nos salvó en la Era glacial, hay que admitirlo: a la ira le debemos la vida. Justo por eso, su furor perdura tan obstinado: resulta difícil olvidar de pronto lo aprendido en cien mil años.

El hombre es hijo maltratado de la Era glacial, acosado sin tregua por el hambre, el frío, las fieras y la enfermedad. No es agresivo por libre albedrío -como cree la religión- sino por sus genes hijos del paleolítico. Ni a su pasado lo ha elegido ni es culpable de sus instintos. Culparlo por ser agresivo, sería como culpar a una zarza por tener pinchos, o a un león por ser carnívoro. El hombre no es libre: cien mil años de salvajismo lo empujan al delito. No hay más que ver a los niños varones (cómo les atraen los guerreros, piratas y matones) para comprender con pena qué fácil sería hacerlos nazis, y qué difícil compasivos y amables. Qué cerca están de Rambo y qué lejos de Gandhi.

Hoy la gente está escarmentada y la guerra es deplorada (aunque prosigue el vil negocio de las armas). Pero sólo habrá paz real cuando el macho -como los herbívoros- ignore el impulso de matar, cuando la Ciencia le dote de los genes exactos de la bondad y del freno innato contra la crueldad. Los faltos de empatía -más que malvados- son seres insensibles y atrofiados, a los que hay que lograr curar. La maldad es inútil lamentarla: lo que hay que hacer es curarla. La Ciencia que ya evita la pobreza, debe curar también la violencia. Y crear nuevas armas no letales -que no destruyan ni maten-, en vez de bombas y de tanques.

Dan yuyu las masas locas del fútbol, aullando en los Estadios, babeantes por que los suyos aplasten a los rivales: son las viejas hordas bélicas que perpetraron todas las guerras. Hasta el lenguaje es bruto en el fútbol: todo son tiros y disparos, ataques y bombazos, patadas y trallazos (si no hay más muertos es por la mala puntería, porque tirar, tiran). La pelota simboliza al planeta: cada patada contra el balón, es una patada a un mundo mejor.

Machos enfrentados en juegos fanáticos, masas horrendas que aúllan violentas, ¿cómo evitarán nuevas guerras?, ¿cómo saldrá el Pacifismo del odio y el sadismo? Los Estadios son incubadoras de odio, templos de Satanás, donde hordas furiosas adoran la lucha, la violencia y al Mal, en repugnantes rituales nazis. El atraso del mundo se mide en el inmundo estiércol del fútbol.

Los deportes competitivos son culto a la brutalidad y al fascismo (con el secreto afán de matar y masacrar, como era habitual). Se ponen a competir, no en quién crea más medicinas o inventos, sino en ver quién es más brutal: quién corre más, quién salta más, quién golea más. (Pero correr y brincar no es de humanos, sino de animal.)

Todo el sudor deportivo es árido y baldío: miles de atletas insensatos no han aportado ni el más leve adelanto; ningún bien sale de su trabajo. Al revés: alientan lo más vil que hay en el macho: la división, el combate, la arrogancia, el antagonismo, el culto a la fuerza, el tribalismo, el querer que haya vencedores y vencidos (en una palabra: el nazismo). ¡Malditos simios! ¿A qué guerra van, con tanto correr y saltar?

Se entrenan sin piedad sólo para perpetrar el mal: para hundir, aplastar, derrotar y humillar al rival. Rebajándose a perros o a caballos, se ponen cien a correr: para uno que vence, quedan 99 humillados (ganador: un idiota, perdedor: el género humano). El ejercicio tasado es grato y sano; el deporte en cambio, es brutal e insensato: es sobresfuerzo y maltrato. En vez de unirse todos y mejorar el mundo, el deporte separa y enfrenta a países y a grupos, y les hace competir no en algo útil y loable, sino en el fanatismo de vencer y aplastar al rival, en ostentaciones innobles de fuerza muscular, y en combates indignos de un ser racional.

El deporte combativo se podría redimir, con todo: bastaría con que sólo lo hagan las chicas -nunca los machos- y que las ganancias se donasen a fines sociales. Las luchas dejarían de ser siniestras riñas trogloditas, de saña, guerra e ira. Perderían sus rasgos satánicos y quedarían en blandos juegos simpáticos, tolerables y humanos.

“Pues toda infamia terrenal tiene al macho detrás: guerras, violencias, estafas, mafias, chicas forzadas, drogas, armas... y todas las maldades, injusticias y opresiones del orbe. La mujer mientras tanto cuida a los débiles, enfermos y ancianos, nutre a los bebés y aplaca los llantos... Todo en ella sirve al amor, al bien y a la paz... El macho en cambio siembra el mal por donde va, por su brutal fuerza muscular. Ella es un ser ya perfecto y completo; no es sólo dulce y blanda, sino fuerte y valiente cuando hace falta; no precisa cambios: quien debe feminizarse -y deprisa- es el macho (si no, apaga y vámonos).

“Se gasta mucho más en armamento que en sanidad o inventos. Mientras haya más armas que personas, la vida social será una derrota. Éste es un planeta de monstruos: antaño los dinosaurios, y ahora... el macho humano (caníbal y brutal, salvo los biófilos veganos). Su codicia, ceguera y dureza siguen amargando al planeta, y haciendo triste y dura la vida en la Tierra. Luego llegan aquí -como abyectos engendros- y se derriten de vergüenza.

“La mayor revolución será -no la vana victoria proletaria- sino la adopción en masa de la dieta vegana. Es el remedio a casi todo mal: violencia, hambre, dolencias y crisis ambiental. Masacrar animales es fuente de los peores males, y lo que impide que reine la salud, la bondad y la paz, en vez del egoísmo y la crueldad. Renunciar a matar y dañar es la base de toda moral y el inicio de la paz real, al verse como sagrado a todo lo vital. Nada degrada más al hombre que ver como normal lo que es una obvia atrocidad: el matar y devorar animales (antes disculpable por causa del hambre, hoy ya no).

“¿Qué sociedad va a crearse con ogros ciegos, soberbios y brutales? El feminismo está condenado si no se humaniza antes al macho. Es la ferocidad humana lo que causa las guerras, no sólo las opuestas ideas, etnias, credos o lenguas; el simple diferir o disputar no llevaría a masacres, si el macho no tuviera instintos salvajes, que tomó cuando empezó a matar animales: allí se volvió una bestia y condenó a su estirpe a la guerra eterna y la violencia. Matar fauna o humanos son el mismo acto. Allí el hombre se volvió un peligro para sí mismo, y sólo cuando deje de matar, se podrá salvar. Y pasar de maldito simio malvado a pacífico sabio sensato.

“Pues el homo sapiens no es aún ni sabio ni humano: es el simio más inhumano, y sobre mil millones de muertos en la Historia son el saldo (sólo en el siglo 20 se mató a cien millones de blancos y a doscientos de asiáticos). La Gran Guerra del 14 mató a 10 millones ¡y no mató al loco que iba a matar 50 millones más! ¡Qué azar infernal! ¿Por qué admite el Cosmos o Dios tanto dolor? Pues porque sólo con el dolor puede el hombre aprender la lección (y aún le queda mucho que sufrir, hasta que renuncie a agredir).

“Tras de tanta violencia, Europa tendría que ser un Templo de la Paz y la Ciencia, sin pobres, delitos, cárceles ni machismo. Y las sumas gastadas en armas voraces y feroces, viradas al progreso y la ayuda a las pobres. Lejos de eso, cada vez hay más pobres mientras los ricos ceban su egoísmo con más locos lujos y caprichos. La riqueza excesiva deshumaniza: engríe, endurece e idiotiza. Los grandes potentados se vuelven grandes desalmados, abismos de vicio y de pecado. La desigualdad es útil si es moderada, más allá es plutocracia. Con la plata concentrada gana la injusticia sus batallas.

La opulencia de unos pocos empobrece a casi todos. Con lo que le sobra a un megapijo podría haber mil mini-ricos. Es todo el pueblo quien debe ser rico, no una puta panda de pijos podridos. Los ricos altivos pagan aquí todos sus delitos: trabajan de esclavos por lustros o siglos; pasan de la soberbia endiosada, al estiércol de no ser nada (de una patada en el trasero van rodando hasta las cloacas del infierno). Las almas no somos vengativas, pero sin ira santa contra la maldad, nadie sería moral.

Los asesinos no llegan a almas (quien mata a otro, se mata a sí mismo: Todo homicidio es un suicidio). Pero no perecen, sólo bajan al nivel animal; no se los castiga, simplemente su crimen los hunde con las bestias. Los seres son todos inocentes, pues no se hicieron ellos, los creó la Natura; un criminal no tiene la culpa de ser un monstruo; pero su defecto le impide perdurar. La violencia degrada al hombre en bestia, y sin remedio anula al alma y la nivela con las plantas.

Los que sólo dañaron y no mataron, llegan manchados, pero pasan una fase de dolor, labor y contrición hasta perder parte de su memoria y su ser, y así extirpar su fealdad moral. La amarga culpa los desgarra y los angustia. Ellos mismos se castigan, gracias a un impulso hacia el bien que aquí empieza a florecer. A las puras víctimas las mimamos con cariño, mas a los malos los atormentan sus delitos hasta quedar limpios.

La guerra no siega realmente las vidas (sólo muere la carne) pero sí las sume en el dolor más grande. La bondad mayor es reducir el dolor: por eso la guerra es el máximo horror. Mas todo dolor es siempre limitado y tiende a cero comparado al placer, que es eterno. ¿Por qué permite Dios la muerte y el dolor? Pues porque el alma no muere, y recibe eterno galardón por el injusto dolor. Dios es el culpable del dolor y no lo niega: por eso compensa a los seres con la dicha eterna. (Para ser feliz tenemos la eternidad; en la carne conviene sufrir, aunque sea para variar.)

La lógica de la historia es: más placer para más gente. Antes sólo los nobles palpaban algún deleite, luego los burgueses, por fin la plebe. La gente creció en cantidad; también ha de crecer en calidad, con más hondura en el sentir y el pensar, que es más riqueza mental y más placer real. Igual que se alivian muchas taras físicas, se evitarán las síquicas, dotando a la gente de genes que las hagan más sanas, sensibles y sabias.

La Ciencia obra ya milagros: vence distancias, sana enfermos, borra dolores, mejora alimentos... Le falta saber curar también la maldad. Por ejemplo: al mejorar el cerebro en los fetos, o crear drogas para cambiar a los violentos, o que los machos con genes selectos donen semen al resto, en bien de todos por igual. (Los chinos darían un taco con tal de tener hijos altos, listos y guapos.)

Según el macho se amanse, cesarán los males más graves; pero quedarán los restantes: desamor, fracasos, errores, tristes azares, desdichas naturales... Siendo el futuro insondable, ni los ángeles ni nadie pueden prevenir los males. La mente es impredecible: ni yo mismo puedo saber qué voy a pensar para hacerlo después. La voluntad es involuntaria: ni eliges ni decides qué vas a desear; y como de esos deseos depende lo que hagas, el futuro está en blanco.

(“Sí hay un marco-límite de sucesos posibles, con leyes fijas, pero el azar urde -dentro de él- jugadas infinitas, del todo impredecibles (cualquier precognición viola las leyes cuánticas). El mundo -como la mente- es un libre juego cuántico, no un frío mecanismo programado: tiene la grandeza de lo vivo y espontáneo, imprevisible e innovador, siempre en eterna creación. Sólo hay Providencia en lo grande y general; en lo pequeño rige el azar. Por ejemplo: está previsto que los soles tengan planetas, pero qué vida tenga cada cual, lo va dando el azar.

“Dios juega a los dados sin cesar; si no jugara, no sería Dios: sería un robot. Tanto ama Dios la libertad, que en parte renuncia a mandar, y deja obrar al azar. El futuro sólo admite cálculos y conjeturas, probables pero nunca seguras. El azar obra en todo y sin cesar: pocas cosas lo son por necesidad, en todas entra lo casual. Esta generosa libertad aleatoria reparte lances raros y encartes impensados, unos buenos y otros malos (de querer impedir los malos, tampoco habría buenos). No cabe atar al Azar, pero se puede usar para innovar y avanzar.
“En fin, el mundo es un acto de Dios, en constante creación. Cada instante es un Ahora-tras-Siempre, y -en rigor- es el primero del Tiempo, que sólo en presente es perpetuo (el Ahora absorbe al Antes por completo; el Ayer no tiene ser, sólo existe en el presente -su huella o recuerdo o lo que de él quede). Pasado y futuro son ideas, no realidades: viajar en el tiempo sólo es soñable. Si ya estuviera todo creado, estaría el mundo fijo y sin cambios; pero como lo vemos cambiar, eso dice que está creándose sin cesar: está eternamente empezando. Dios no tiene pasado: es un presente creativo continuo. Nunca deja de crear, porque él mismo es la Creación sin edad.
“Menos existe un futuro ya creado, y los videntes y astrólogos dan asco. ¿Cómo esos brujos van a ver el futuro, si ni Dios lo ve porque no existe? (Que Jesús no es Dios, se ve en que hacía profecías; quien pronostica eventos no es vidente: es un ciego.) Creer que Dios lo decreta todo, es ignorar a Dios. Si todo estuviera decretado, nadie es libre, qué horror; la vida pierde su valor y se reduce a triste culebrón. Tener que trazar uno a uno el destino de infinitos seres, no es una labor envidiable que digamos. ¡Qué aburrimiento y qué ocupación más tonta si Dios hiciera eso!
“Las supersticiones son bobas: ¿cómo va a haber anticipos de algo ficticio? No hay mal augurio, mal fario ni signo ominoso: lo que hay son muchos bobos temerosos. Tampoco hay sueños premonitorios: sólo a toro pasado predicen algo, lo cual es tonto (sólo cuando la cosa ya no tiene arreglo, parece que avisaban de ello). De tanto como sueñas, no es raro que aciertes algo del futuro, por azar puro. ¿Cómo va un sueño a saber el porvenir, si no lo sabe ni Dios? Pongamos que sueñas que en tal sitio te pasará tal mal, y -prudente- evitas el sitio y el mal. Ahora bien, si el mal no ocurrió ¿cómo es que el sueño lo vio, qué futuro percibió?
“Los videntes ven futuros tan falsos como su negra mente. Si el futuro se pudiera antever, lo podrías alterar y anular: entonces ¿cómo leches se pudo ver lo que no ocurrió después? Qué desatino. Pero el vulgo espeso enguye que el destino ya está escrito -con duro y mudo fatalismo- y culpa a Dios de decretar los males, cuando para Dios todos los hechos son correctos, aun los dolores y duelos. Hoy vemos que nuestros males fueron justos y buenos, para modelar seres eternos.”)    * * *