Las tabacaleras son trituradoras de carne humana, mafias horrendas que masacran por lucro a millones de esclavos. Por tanto, todo el que compra un paquete de tabaco está financiando un negocio criminal, le está clavando un puñal a los que mueren con los pulmones destrozados o con infartos. Un fumador es un tarado moral, pues fumar es asesinar. Y permitir la venta de tabaco es inmoral y una locura monumental.
Aquel que quiera fumar sin dañar a nadie más, tendría que cultivarse para sí solo la maldita planta y fumársela. El alcohol es un calmante, no es realista prohibirlo hoy por hoy (aunque habría que inventar drogas mejores), pero sí es prohibible el tabaco, pues no tiene función ni se necesita en absoluto antes de estar enganchado. En USA se logró prohibir el alcohol (entre 1919-33), ¿cómo demonios no se ha prohibido ya el tabaco? Cómo permite tal horror la sociedad? Millones de niños van a acortar su vida y morir asfixiados, después de entregar un dineral a la mafia del tabaco. Vaya chapuza es el género humano.
Los crop-circles los hacen los aliens para sí, es inútil querer interpretarlos (son escenarios en los que se reúnen para dar conciertos y conferencias durante el verano). Pero como han visto que nos atraen, de vez en cuando nos hacen alguno con algún saludo o mensaje. El arriba mencionado expone claramente su estupor ante el sangrante escándalo que es permitir aún el criminal negocio del tabaco.
Elio Coreli - (El fin del mal) Teosis 5
Tito escuchaba en su cuarto a los gerentes del retiro, jóvenes recién casados. Le contaban que Liberio era un flojo estudiante, que intimó con creyentes, pero un buen día confesó que era de la fe bahái. Tito suspiró y dijo: “Ay, ¿de qué extrañarse? ¿Acaso no está escrito? Surgirán falsos cristos y falsos profetas y engañarán a muchos (Mt 24,24). La bahái es vieja secta infecta. Allá por 1840 salió un persa diciendo que era Babá, precursor del Mesías que estaba al llegar. Luego otro santón con más cara que barba, dio el paso que faltaba: se proclamó el Bahaulá -esplendor de Alá-, el Esperado de las naciones: el Imán oculto de los chiítas, el Mahdí de los sunníes, el Mesías de los hebreos, el Cristo de los rumíes, el Maitreya de los budistas, Osiris de los egipcios y Krisna de los hindúes. Proclamó que todos los credos eran ciertos, como peldaños de la escala que en él culminaba...
“¿Quién duda ya que el fin
de los tiempos se avecina y que el Malo azuza a sus huestes con furia
canina? Y es hacia los fieles que más apunta y tira. No hace mucho,
tras un culto regresaban en furgón unos fieles: de pronto se les
cruza un perro, dan un volantazo para esquivarlo... Resultado: tres
muertos y varios heridos. El perro salió ileso... ¿Cómo iba a
sufrir daño, si era agente del mismísimo diablo? Satanás no ataca
a los suyos, no angustia a los que ya están es sus manos... no sea
que en su angustia se vuelvan a Dios y se salven. No. Apunta su fuego
contra los fieles; los cerca con pruebas, quebrantos y trampas, para
que vacilen y caigan. Y ataca incluso al que pastorea, pensando:
heriré al pastor y se perderán las ovejas (Mt 26,31).”
La
joven pareja partió. Y Tito abrió su Biblia, pensando en cómo
reprender a los juerguistas. Buscó la epístola de su nombre: ‘A
los jóvenes exhorta mostrándote tú mismo como ejemplo de buenas
obras’ (Tito 2,6). Bien; pero luego pone: ‘Porque también
nosotros fuimos antaño insensatos, rebeldes y esclavos de apetitos
desordenados’ (3,3). Había que ir con tacto, porque ¿quién está
libre de pecado? ¿Acaso él mismo, el honorable Tito, pastor de
almas, no fue de joven un pillastre de cuidado?
Pasó
atrás una hoja: ‘Vendrán tiempos en que la gente no sufrirá la
sana doctrina, sino que -esclavos de apetitos y novedades- buscarán
maestros diversos y apartarán el oído de la verdad, volviéndose a
las fábulas’ (2Tim 4, 3-4). Esos tiempos anunciados ya eran
llegados: cientos de falsos credos andan hoy por el mundo buscando
adeptos, pescando a crédulos, vanas filosofías y sectas lisonjeras
que llenan de humo y de pájaros la cabeza, para que pocos entren por
la puerta estrecha (Mt 7,14), única entrada a la gloria eterna.
¿Lograría Tito salvar a
alguno? Un alma nos había ya aclarado lo de los vasos de vino. Nos
dijo que tras la juerga al fresco y acostarse todos, Liberio y Golfus
volvieron con una litrona y fueron a la cocina. Golfus -un rubiales
gordinflón con melena de león- cogió de allí unas tortas y
Liberio dos vasos, y salieron con luz de luna al campo; sacaron los
fones y -bebiendo- se pusieron a mirar chicas monas con poca o
ninguna ropa, y -ya rondando la una- volvieron zumbados a sus
cuartos, dejando en la cocina los vasos.
Llegó
Pedro con los del canuto: tres almas de Dios, meros mocosos mimados,
pero había que desasnarlos. Y Tito fue al grano: “Cuando os
invitaron a venir ¿qué os dijeron... que aquí se venía de
regodeo? ¿No sabéis que aquí ni tabaco ni drogas? Os decís
creyentes no-practicantes, que es como decir: soy deportista
no-practicante. Pues podéis empezar a practicar la fe, dejando aquí
los malos hábitos. Y podéis llegar más lejos: aquí podéis
aprender a vivir felices para el resto. Éste es el momento: ‘Hoy
es tiempo aceptable y día de salvación’ (2Co 6,2).
“Sois
jóvenes, buscáis llenar un vacío, pero buscáis mal, en la pereza
y los vicios. Sólo el Creador puede saciarnos y darnos cuanto
anhelamos. Si le abrís el corazón, él puede llenarlo mejor que las
drogas o el alkol. Y él está aquí, cercano, y siento que va a
manifestarse con poder en este retiro. Él es el pan de vida que ha
bajado del cie...” Un estrépito en otro cuarto dejó mudo a Tito:
en verdad, parecía que -al caer- algo había bajado del cielo con
poder...
Entraron intrigados en un
cuarto oscuro... Tito abrió un portón que daba a un patio y todo se
aclaró: el cuarto tenía pilastras de lagar en el centro y sobre
ellas un alto andamio lleno de cajas, bultos y sillas viejas. Un
lateral -ya carcomido- había cedido y arrojado varias sillas sobre
unos bidones debajo, de ahí el ruido. Tito exclamó: “Almighty
God! Estas sillas las pusimos ahí ayer y un lado no aguantó...
Fijaos lo que es la vida humana: de haber estado aquí hablando, a lo
peor alguno estaría descalabrado. La vida es preciosa y frágil, y
hay que mirar que el Señor esté a nuestro lado... Lo mejor será
quitar más carga del lado malo.” Cuando acabaron de hacerlo, los
tres chicos se fueron.
En
esto llega Bianka trayendo a Adán, y lo dejó a solas con Tito, que
le dijo: ‘Cómo me recuerdas a tu madre, la misma mirada... Sin
embargo, en otras cosas no le pareces en nada... Por lo que me dijo
tu padre, has dejado de congregarte... No quiero presionarte; todos
pasamos por pruebas, y no es raro las crisis en los jóvenes, que
-protegidos desde niños- sienten que no conocen bastante del mundo,
ni del pecado... Sé que mi deber es orar, y el Señor ya te llamará.
Pero mi buen amigo, ¿no crees que tú también deberías esmerarte?
¿Sabes que ya anoche diste mal ejemplo a otros? Respeto a todas las
parejas, pero tú sabes que en un retiro cristiano dormir juntos es
sólo para casados... ¿Es mucho pedir que en estos tres días no
paséis ambos de los besos y abrazos castos?’
Adán
lo miró como a alguien prediluviano, pero dijo en tono confiado: ‘No
hacía falta decírmelo, no es éste mi primer retiro... Pero es que
ella vive lejos, no nos vimos este verano... en fin, la inercia... No
quiero disculparme: sé que hicimos mal, pero no volverá a pasar, te
lo prometo.’ Tito: ‘No te disculpes ante mí, yo no soy nada.
Discúlpate ante el Señor, tu Salvador.’ Adán: “Ay, el Señor...
Si está mal lo que hago, es porque no lo siento ya a mi lado...
“Tenía
la fe inculcada desde niño, pero al entrar en la Facu, con tantas
chicas... sentí la falta de una novia, pero que fuera devota. En la
reunión mensual de jóvenes (de varias iglesias), vi a una rubia y
le hablé: se mostró tensa y recatada, era lo mismo que sentía yo,
me gustó (sus padres eran yankis bautistas y vivían en Sevilla). Me
dijo que no quería salir con nadie, pero veía dudas en su
semblante. Mi amor por ella creció con la dificultad, y al mes
siguiente le hablé con más pasión y al fin me aceptó. Ocho bellos
meses pasaron... Pero la desgracia se cruzó.
“Iba
ella en coche con otras chicas, llovía y al dar una curva con
gravilla el coche patinó y volcó. Las demás salieron magulladas,
pero ella no se podía mover: se había dañado la médula: su
destino era la silla de ruedas. Sufrí pero decidí seguir con ella,
fiel hasta el fin. Pero ella se opuso: sería un vano sacrificio el
mío, pues ella no iba ya a tener hijos... Y estaba la gran pregunta:
¿por qué había Dios permitido su desgracia, y a las otras -no
creyentes- no les pasó nada?
“Pero
ella con dolor me reveló: ‘Yo sé por qué Dios me ha dejado de su
mano. Nadie sabe que antes de ti yo salía con un chico mundano. De
forma ingenua, yo estaba enamorada... y a él me entregaba. Creí que
me quería de veras... Me equivoqué, hace casi un año me dejó.’
Entonces comprendí su actitud cuando la conocí: lo que me había
parecido recato, modestia o dudas eran los signos de la ruptura. Todo
concordaba. Pero mi amor se desinfló: yo la creía casta y pura, y
ahora resulta que era doble y astuta. Ella estaba apenada, pero ya me
era imposible amarla.
“Pero
también sentí que abandonaba -en su hora de dolor- a una pobre
chica inválida, el amor eterno que le prometí ¡qué pronto la
traicionó! Yo era peor que el chico anterior. Estuve sin verla
semanas, hasta que sus padres acordaron volver a su patria. Poco
antes de partir, la hallé serena y resignada, dijo que tenía cuanto
requería: buenos padres, amigos, bienes... y que por favor buscase a
otra chica. Pero lo que ella por dentro sentía me lo imaginaba; yo
me sentía un canalla. Mi imagen de Dios y de mí se tambaleó.
Aunque a veces oro, es casi sin fe; me resultaba penoso ir al templo
y lo dejé. Ya ni creo en mí mismo... y aunque las chicas son buenas
conmigo, por dentro estoy solo y vacío...”
Quedaron callados ambos,
meditando. Tito, apenado, no quería reprochar a Adán que el que
Jesús pagara sus pecados no era un aval para seguir pecando.
Entendía normal que a un chico tan guapo le costara ser casto, pero
confiaba que un día se casaría y ordenaría su vida. De pronto
llega Pedro trayendo a Liberio, un mozo alto de aire campechano, que
saludó con recia voz: ‘La paz del Señor sea con vosotros. (Tito
balbució: amén.) Me han dicho que querías hablarme.’ Adán se
despidió.
Tito
empezó: ‘Verás, Liberio... Como sabes, todos aquí conocemos
mejor o peor las Escrituras, y según parece, a ti te gusta citarla
con cierta soltura; lo cual es loable... sólo que ¿cómo te diría?
la Palabra -de no usarse con cuidado- puede herir a algún hermano.’
En este instante entró Débora, una morena sevillana, mona y alta.
Liberio la miró y dijo:
‘Jamás
de los jamases he buscado herir a nadie, Dios me libre. En la fe
bahái, el respeto a los credos es central, y la armonía fraternal.
Como dice san Pablo: No tenemos lucha contra principados ni
protestantes, sino contra malvados en las regiones del aire’ (Ef
6,12). Tito se pasmó: ¿se burlaba Liberio, o era un memo?, en vez
de decir ‘potestades’, había dicho: protestantes. Tito concluyó:
‘El caso es que tus citas, o están mal, o las dices sin atino. Es
difícil recordar bien las frases; por eso, si se duda, mejor
callarse.’
‘Llevas toda la razón. Me
vienen citas a la mente que no sé dónde están, ni las puedo
comprobar. Pero aunque cite mal, podéis creerme que mi intención es
cabal: Creéis en Dios, creed también en mí (Jn 14,1)...’ Sin
nadie esperarlo, Débora se acercó a Liberio, lo besó en la cara y
salió con Tito, sin mediar palabra. Liberio miró confuso a Pedro,
que le dice: ‘Es hora del almuerzo.’ En efecto, sonó el esquilón
y todos al salón.
Mientras comían charlando,
nos fuimos al sol. Éramos Kimla, Nadia, Yania, Fiana, Coré, Goyo y
yo, con otras varias almas. Goyo -ex guarda forestal- nos habló del
‘Solemne Coro Rociero de las Marismas Doradas’ (nombre de tronío
donde los haya), donde fue fino coplero. Y ahora le pasaba algo
curioso: estando al despertar, a veces tenía una visión, siempre de
tema bíblico, y de ejemplo nos contó una reciente:
“Una
tarde de estío, un cuarto en sombra, un joven desnudo leyendo
papiros. Cerca un catre y un barreño con agua, para remojarse. Se
abre la puerta y entra una doncella samaritana, que al verlo desnudo
duda; el chico le dice que pase. Ella pone en la mesa una cesta con
frascos y frutas, la usual merienda. Pero esa tarde el chico está
desnudo y la mira embelesado, como soñando: las rosadas manos, las
finas muñecas, los blancos brazos... Su camisa de gasa trasluce sus
senos, con los pezones inquietos... El tierno cuello, los rojos
labios, las hebras del pelo, lisas mejillas, ojos serenos...
“Sin
poder contenerse, el chico la abraza, la desviste y -tendidos en el
suelo- consuman lentos los dulces juegos de Venus, los ritos sagrados
del deseo, mientra una voz comenta: Jesús hijo de José, ayudaba a
su padre por la mañana, por la tarde estudiaba la Ley para ser
escriba; tomó una concubina de Samaria, pero a los tres años la
despidió diciendo: ‘Vete en paz; pues Dios no ha querido darme de
ti hijos, vuelve a tu tierra y toma allí marido.’ Años después
estaba el Maestro junto un pozo y llegó ella a sacar agua, pero no
conoció a Jesús, quien estaba al tanto de su vida y le dijo: dame
de beber... El resto lo cuenta Juan 4,9...”
Comenta Coré: “No
sé si la escena es real, pero en verdad me alegra ver al Hijo del
Hombre folgar como hombre cabal, y no como el eunuco de la patraña
clerical.” Ya la gente almorzó y salía fuera, con tiempo libre
hasta la merienda. Muchos fueron a sestear, pero un grupito con
guitarras se sentó bajo el follaje a ensayar tonadas. El día
florecía otoñal y glorioso en las montañas; tanto verde frescor,
tanto azul esplendor, cegaba y titilaba: Tempo davvero dolce e
d´amore, che accende in desiderio il muto cuore. Nada faltaba para
saberse feliz, pero -para colmar la tarde- Fiana me pidió que
contara mis andanzas benedictinas en cierto lugar de Castilla. Con la
memoria transida empecé:
(Un
día en la Abadía.) Basta contar un día, porque en ese día están
los 4 años que pasé de monje: ¡tan perfecta es la rutina, la
monotonía tan exacta! Los días desfilaban idénticos como naranjas,
inmutables como los astros, mecidos por sosegados ritmos
hesicásticos. Los días se fundían en un solo Día eterno, porque
estábamos fuera del tiempo: en la serena eternidad alada, en la
sombra de un sueño sin palabras. Sin dinero, sin prisas, sin
aprietos, sin noticias de fuera, sin otra realidad que la nuestra:
cotidiana, contemplativa y contenta. Una pequeña sociedad ideal,
donde reina y florece el Evangelio y la paz.
En
nuestra isla encantada, lejos del estruendo de las diarias alarmas:
la incansable crónica cansada de crisis reales o inventadas (por los
medios de confusión de masas, que aturden y desinforman con igual
eficacia). Nada externo perturba al monje de clausura, que muere para
el mundo y vive en Dios a oscuras. (La rabiosa actualidad... es un
sosiego lento; la gran noticia del día... es Dios y el eco manso del
silencio.) Su única penuria grave es de sexo, cierto; pero alguien
poco apuesto pronto se resigna a vivir sin besos. Además, la
castidad es sólo un consejo, un ideal, y pecar es lo fácil y lo
normal (amén que el fuego del sexo serena su tormento con el
tiempo).
Así
era un día corriente, pongamos de otoño, con los mismos ritos de
hace 15 siglos: Cerca de las 6 un timbrazo desgarra la noche santa,
pero puedes seguir en la cama. Vuelve a sonar un rato después y ya
hay que vestirse aprisa, o el castigo te dolería. Encomendando el
universo al diablo, sales de las cálidas mantas al aire helado. Pero
al punto entono un ‘Gloria a Dios’ para alejar el enfado. Mal
peinado y no bien despierto llegas por fin al templo, con el coro
congregado. Y empieza Vigilias, igual que cada día: un cantor clama
tres veces ‘Señor, ábreme los labios’ y replicamos ‘Y
proclamará mi boca tu alabanza’. Luego sube al ambón un
soñoliento lector, y recita el salmo 95.
...Venid a celebrar al
Hacedor,
la
rodilla en el suelo y adorando,
porque
Él es nuestro Dios, nuestro pastor,
y
nosotros el pueblo de su mano.
Ojalá
que escuchéis hoy su voz:
‘No
endurezcáis el corazón cansado,
como
en Masá y Meribá en el desierto,
cuando
vuestros padres me tentaron
y
a prueba me pusieron,
aunque
vieron mis obras y portentos.
Durante
cuarenta largos años
me
provocó y me enojó aquel pueblo.
Y dije: es un rebaño de pecado
que
no sigue la mano de su dueño,
por
eso, en mi cólera he jurado
que
no entrarán en mi consuelo.’
Luego
otro lee un trozo de Biblia con las glosas de un santo Padre. Y llega
la primera tanda de salmos (se canta el Salterio entero cada semana,
unos 20 diarios). Los salmos son lo esencial de los Oficios: himnos
divinos de adoración soplados por el mismo Dios, por eso son en la
liturgia el sagrado corazón. Tras cada salmo, un inclín musitando:
gloria patri et filio et spiritui sancto, sicut erat in principio et
nunc et semper, et in saecula saeculorum amén. Breve y alada frase
que declara nuestra sublime misión: la incesante alabanza a Dios.
Como
los santos del cielo, el monje sólo atiende a un deseo: adorar a la
Fuente de todo bien y consuelo. Pocos mortales se dignan agradecer
cuanto tienen y cuanto son; pero el monje hace de la gratitud su
gustosa vocación: Dios es el árbol de la vida floreciendo en su
alma, y de su fruto vive y a su sombra descansa. La gente tiene de
todo y nada le contenta, el monje -sin tener nada- todo le alegra;
bebe en la fuente clara de agua viva, palpando las primicias de las
eternas delicias. Y dice: ‘Te alabo agradecido, y al darte gracias,
más gracia recibo’.
Tras
Vigilias hay una hora libre hasta Laudes. Son las 6 y 20. De camino a
mi celda me gustaba demorarme en el claustro, respirar su sigilo
despacio, y escuchar el latido de su fuente de alabastro. Reina la
noche amorosa, la sombra cautelosa teje sus encajes vagos, mientras
la luna y los astros ornan como joyas los espacios. Entre plantas
aromadas, cuatro esbeltos ciruelos alegran el huerto en calma. Atrás
quedó el sinsabor, disuelto en la alabanza, y esperas la mañana con
corazón limpio y la mente apaciguada. Late ya en el cielo la nueva
alborada, la promesa de un día puro bate el aire con sus alas,
susurra la brisa y un ave canta y calla.
El
más duro trago es dejar la cama para cumplir lo del salmo: ‘Se
adelanta a la aurora mi alabanza, y pongo mi esperanza en tu palabra’
(119,147). Pero es un sacrificio laureado: mientras el mundo duerme
descuidado ¿no es un alto regalo oír la fuente en el centro místico
del claustro, cómo diluye su misterio, derrama su frescura, desnuda
vagas frondas de sueño y de penumbra?... Rumores alados, susurros
secretos, murmullos mojados: dormidos ecos que llevan al pasado, a
los monjes hechizados que como tú se han pasmado... escuchando el
fluyente canto enamorado. Feliz quien puede oír eternamente el mismo
chorro de la misma fuente.