miércoles, 5 de marzo de 2014

EL FUMAR SE VA A ACABAR. Teosis 5

(Crop Circle del 27-7-11: el Alien fumando en pipa).
   Las tabacaleras son trituradoras de carne humana, mafias horrendas que masacran por lucro a millones de esclavos. Por tanto, todo el que compra un paquete de tabaco está financiando un negocio criminal, le está clavando un puñal a los que mueren con los pulmones destrozados o con infartos. Un fumador es un tarado moral, pues fumar es asesinar. Y permitir la venta de tabaco es inmoral y una locura monumental.
   Aquel que quiera fumar sin dañar a nadie más, tendría que cultivarse para sí solo la maldita planta y fumársela. El alcohol es un calmante, no es realista prohibirlo hoy por hoy (aunque habría que inventar drogas mejores), pero sí es prohibible el tabaco, pues no tiene función ni se necesita en absoluto antes de estar enganchado. En USA se logró prohibir el alcohol (entre 1919-33), ¿cómo demonios no se ha prohibido ya el tabaco? Cómo permite tal horror la sociedad? Millones de niños van a acortar su vida y morir asfixiados, después de entregar un dineral a la mafia del tabaco. Vaya chapuza es el género humano.
   Los crop-circles los hacen los aliens para sí, es inútil querer interpretarlos (son escenarios en los que se reúnen para dar conciertos y conferencias durante el verano). Pero como han visto que nos atraen, de vez en cuando nos hacen alguno con algún saludo o mensaje. El arriba mencionado expone claramente su estupor ante el sangrante escándalo que es permitir aún el criminal negocio del tabaco.


Elio Coreli - (El fin del mal) Teosis 5

Tito escuchaba en su cuarto a los gerentes del retiro, jóvenes recién casados. Le contaban que Liberio era un flojo estudiante, que intimó con creyentes, pero un buen día confesó que era de la fe bahái. Tito suspiró y dijo: “Ay, ¿de qué extrañarse? ¿Acaso no está escrito? Surgirán falsos cristos y falsos profetas y engañarán a muchos (Mt 24,24). La bahái es vieja secta infecta. Allá por 1840 salió un persa diciendo que era Babá, precursor del Mesías que estaba al llegar. Luego otro santón con más cara que barba, dio el paso que faltaba: se proclamó el Bahaulá -esplendor de Alá-, el Esperado de las naciones: el Imán oculto de los chiítas, el Mahdí de los sunníes, el Mesías de los hebreos, el Cristo de los rumíes, el Maitreya de los budistas, Osiris de los egipcios y Krisna de los hindúes. Proclamó que todos los credos eran ciertos, como peldaños de la escala que en él culminaba...
“¿Quién duda ya que el fin de los tiempos se avecina y que el Malo azuza a sus huestes con furia canina? Y es hacia los fieles que más apunta y tira. No hace mucho, tras un culto regresaban en furgón unos fieles: de pronto se les cruza un perro, dan un volantazo para esquivarlo... Resultado: tres muertos y varios heridos. El perro salió ileso... ¿Cómo iba a sufrir daño, si era agente del mismísimo diablo? Satanás no ataca a los suyos, no angustia a los que ya están es sus manos... no sea que en su angustia se vuelvan a Dios y se salven. No. Apunta su fuego contra los fieles; los cerca con pruebas, quebrantos y trampas, para que vacilen y caigan. Y ataca incluso al que pastorea, pensando: heriré al pastor y se perderán las ovejas (Mt 26,31).”
La joven pareja partió. Y Tito abrió su Biblia, pensando en cómo reprender a los juerguistas. Buscó la epístola de su nombre: ‘A los jóvenes exhorta mostrándote tú mismo como ejemplo de buenas obras’ (Tito 2,6). Bien; pero luego pone: ‘Porque también nosotros fuimos antaño insensatos, rebeldes y esclavos de apetitos desordenados’ (3,3). Había que ir con tacto, porque ¿quién está libre de pecado? ¿Acaso él mismo, el honorable Tito, pastor de almas, no fue de joven un pillastre de cuidado?
Pasó atrás una hoja: ‘Vendrán tiempos en que la gente no sufrirá la sana doctrina, sino que -esclavos de apetitos y novedades- buscarán maestros diversos y apartarán el oído de la verdad, volviéndose a las fábulas’ (2Tim 4, 3-4). Esos tiempos anunciados ya eran llegados: cientos de falsos credos andan hoy por el mundo buscando adeptos, pescando a crédulos, vanas filosofías y sectas lisonjeras que llenan de humo y de pájaros la cabeza, para que pocos entren por la puerta estrecha (Mt 7,14), única entrada a la gloria eterna.
¿Lograría Tito salvar a alguno? Un alma nos había ya aclarado lo de los vasos de vino. Nos dijo que tras la juerga al fresco y acostarse todos, Liberio y Golfus volvieron con una litrona y fueron a la cocina. Golfus -un rubiales gordinflón con melena de león- cogió de allí unas tortas y Liberio dos vasos, y salieron con luz de luna al campo; sacaron los fones y -bebiendo- se pusieron a mirar chicas monas con poca o ninguna ropa, y -ya rondando la una- volvieron zumbados a sus cuartos, dejando en la cocina los vasos.
Llegó Pedro con los del canuto: tres almas de Dios, meros mocosos mimados, pero había que desasnarlos. Y Tito fue al grano: “Cuando os invitaron a venir ¿qué os dijeron... que aquí se venía de regodeo? ¿No sabéis que aquí ni tabaco ni drogas? Os decís creyentes no-practicantes, que es como decir: soy deportista no-practicante. Pues podéis empezar a practicar la fe, dejando aquí los malos hábitos. Y podéis llegar más lejos: aquí podéis aprender a vivir felices para el resto. Éste es el momento: ‘Hoy es tiempo aceptable y día de salvación’ (2Co 6,2).
“Sois jóvenes, buscáis llenar un vacío, pero buscáis mal, en la pereza y los vicios. Sólo el Creador puede saciarnos y darnos cuanto anhelamos. Si le abrís el corazón, él puede llenarlo mejor que las drogas o el alkol. Y él está aquí, cercano, y siento que va a manifestarse con poder en este retiro. Él es el pan de vida que ha bajado del cie...” Un estrépito en otro cuarto dejó mudo a Tito: en verdad, parecía que -al caer- algo había bajado del cielo con poder...
Entraron intrigados en un cuarto oscuro... Tito abrió un portón que daba a un patio y todo se aclaró: el cuarto tenía pilastras de lagar en el centro y sobre ellas un alto andamio lleno de cajas, bultos y sillas viejas. Un lateral -ya carcomido- había cedido y arrojado varias sillas sobre unos bidones debajo, de ahí el ruido. Tito exclamó: “Almighty God! Estas sillas las pusimos ahí ayer y un lado no aguantó... Fijaos lo que es la vida humana: de haber estado aquí hablando, a lo peor alguno estaría descalabrado. La vida es preciosa y frágil, y hay que mirar que el Señor esté a nuestro lado... Lo mejor será quitar más carga del lado malo.” Cuando acabaron de hacerlo, los tres chicos se fueron.
En esto llega Bianka trayendo a Adán, y lo dejó a solas con Tito, que le dijo: ‘Cómo me recuerdas a tu madre, la misma mirada... Sin embargo, en otras cosas no le pareces en nada... Por lo que me dijo tu padre, has dejado de congregarte... No quiero presionarte; todos pasamos por pruebas, y no es raro las crisis en los jóvenes, que -protegidos desde niños- sienten que no conocen bastante del mundo, ni del pecado... Sé que mi deber es orar, y el Señor ya te llamará. Pero mi buen amigo, ¿no crees que tú también deberías esmerarte? ¿Sabes que ya anoche diste mal ejemplo a otros? Respeto a todas las parejas, pero tú sabes que en un retiro cristiano dormir juntos es sólo para casados... ¿Es mucho pedir que en estos tres días no paséis ambos de los besos y abrazos castos?’
Adán lo miró como a alguien prediluviano, pero dijo en tono confiado: ‘No hacía falta decírmelo, no es éste mi primer retiro... Pero es que ella vive lejos, no nos vimos este verano... en fin, la inercia... No quiero disculparme: sé que hicimos mal, pero no volverá a pasar, te lo prometo.’ Tito: ‘No te disculpes ante mí, yo no soy nada. Discúlpate ante el Señor, tu Salvador.’ Adán: “Ay, el Señor... Si está mal lo que hago, es porque no lo siento ya a mi lado...
“Tenía la fe inculcada desde niño, pero al entrar en la Facu, con tantas chicas... sentí la falta de una novia, pero que fuera devota. En la reunión mensual de jóvenes (de varias iglesias), vi a una rubia y le hablé: se mostró tensa y recatada, era lo mismo que sentía yo, me gustó (sus padres eran yankis bautistas y vivían en Sevilla). Me dijo que no quería salir con nadie, pero veía dudas en su semblante. Mi amor por ella creció con la dificultad, y al mes siguiente le hablé con más pasión y al fin me aceptó. Ocho bellos meses pasaron... Pero la desgracia se cruzó.
“Iba ella en coche con otras chicas, llovía y al dar una curva con gravilla el coche patinó y volcó. Las demás salieron magulladas, pero ella no se podía mover: se había dañado la médula: su destino era la silla de ruedas. Sufrí pero decidí seguir con ella, fiel hasta el fin. Pero ella se opuso: sería un vano sacrificio el mío, pues ella no iba ya a tener hijos... Y estaba la gran pregunta: ¿por qué había Dios permitido su desgracia, y a las otras -no creyentes- no les pasó nada?
“Pero ella con dolor me reveló: ‘Yo sé por qué Dios me ha dejado de su mano. Nadie sabe que antes de ti yo salía con un chico mundano. De forma ingenua, yo estaba enamorada... y a él me entregaba. Creí que me quería de veras... Me equivoqué, hace casi un año me dejó.’ Entonces comprendí su actitud cuando la conocí: lo que me había parecido recato, modestia o dudas eran los signos de la ruptura. Todo concordaba. Pero mi amor se desinfló: yo la creía casta y pura, y ahora resulta que era doble y astuta. Ella estaba apenada, pero ya me era imposible amarla.
“Pero también sentí que abandonaba -en su hora de dolor- a una pobre chica inválida, el amor eterno que le prometí ¡qué pronto la traicionó! Yo era peor que el chico anterior. Estuve sin verla semanas, hasta que sus padres acordaron volver a su patria. Poco antes de partir, la hallé serena y resignada, dijo que tenía cuanto requería: buenos padres, amigos, bienes... y que por favor buscase a otra chica. Pero lo que ella por dentro sentía me lo imaginaba; yo me sentía un canalla. Mi imagen de Dios y de mí se tambaleó. Aunque a veces oro, es casi sin fe; me resultaba penoso ir al templo y lo dejé. Ya ni creo en mí mismo... y aunque las chicas son buenas conmigo, por dentro estoy solo y vacío...”
Quedaron callados ambos, meditando. Tito, apenado, no quería reprochar a Adán que el que Jesús pagara sus pecados no era un aval para seguir pecando. Entendía normal que a un chico tan guapo le costara ser casto, pero confiaba que un día se casaría y ordenaría su vida. De pronto llega Pedro trayendo a Liberio, un mozo alto de aire campechano, que saludó con recia voz: ‘La paz del Señor sea con vosotros. (Tito balbució: amén.) Me han dicho que querías hablarme.’ Adán se despidió.
Tito empezó: ‘Verás, Liberio... Como sabes, todos aquí conocemos mejor o peor las Escrituras, y según parece, a ti te gusta citarla con cierta soltura; lo cual es loable... sólo que ¿cómo te diría? la Palabra -de no usarse con cuidado- puede herir a algún hermano.’ En este instante entró Débora, una morena sevillana, mona y alta. Liberio la miró y dijo:
‘Jamás de los jamases he buscado herir a nadie, Dios me libre. En la fe bahái, el respeto a los credos es central, y la armonía fraternal. Como dice san Pablo: No tenemos lucha contra principados ni protestantes, sino contra malvados en las regiones del aire’ (Ef 6,12). Tito se pasmó: ¿se burlaba Liberio, o era un memo?, en vez de decir ‘potestades’, había dicho: protestantes. Tito concluyó: ‘El caso es que tus citas, o están mal, o las dices sin atino. Es difícil recordar bien las frases; por eso, si se duda, mejor callarse.’
‘Llevas toda la razón. Me vienen citas a la mente que no sé dónde están, ni las puedo comprobar. Pero aunque cite mal, podéis creerme que mi intención es cabal: Creéis en Dios, creed también en mí (Jn 14,1)...’ Sin nadie esperarlo, Débora se acercó a Liberio, lo besó en la cara y salió con Tito, sin mediar palabra. Liberio miró confuso a Pedro, que le dice: ‘Es hora del almuerzo.’ En efecto, sonó el esquilón y todos al salón.
Mientras comían charlando, nos fuimos al sol. Éramos Kimla, Nadia, Yania, Fiana, Coré, Goyo y yo, con otras varias almas. Goyo -ex guarda forestal- nos habló del ‘Solemne Coro Rociero de las Marismas Doradas’ (nombre de tronío donde los haya), donde fue fino coplero. Y ahora le pasaba algo curioso: estando al despertar, a veces tenía una visión, siempre de tema bíblico, y de ejemplo nos contó una reciente:
“Una tarde de estío, un cuarto en sombra, un joven desnudo leyendo papiros. Cerca un catre y un barreño con agua, para remojarse. Se abre la puerta y entra una doncella samaritana, que al verlo desnudo duda; el chico le dice que pase. Ella pone en la mesa una cesta con frascos y frutas, la usual merienda. Pero esa tarde el chico está desnudo y la mira embelesado, como soñando: las rosadas manos, las finas muñecas, los blancos brazos... Su camisa de gasa trasluce sus senos, con los pezones inquietos... El tierno cuello, los rojos labios, las hebras del pelo, lisas mejillas, ojos serenos...
“Sin poder contenerse, el chico la abraza, la desviste y -tendidos en el suelo- consuman lentos los dulces juegos de Venus, los ritos sagrados del deseo, mientra una voz comenta: Jesús hijo de José, ayudaba a su padre por la mañana, por la tarde estudiaba la Ley para ser escriba; tomó una concubina de Samaria, pero a los tres años la despidió diciendo: ‘Vete en paz; pues Dios no ha querido darme de ti hijos, vuelve a tu tierra y toma allí marido.’ Años después estaba el Maestro junto un pozo y llegó ella a sacar agua, pero no conoció a Jesús, quien estaba al tanto de su vida y le dijo: dame de beber... El resto lo cuenta Juan 4,9...”
Comenta Coré: “No sé si la escena es real, pero en verdad me alegra ver al Hijo del Hombre folgar como hombre cabal, y no como el eunuco de la patraña clerical.” Ya la gente almorzó y salía fuera, con tiempo libre hasta la merienda. Muchos fueron a sestear, pero un grupito con guitarras se sentó bajo el follaje a ensayar tonadas. El día florecía otoñal y glorioso en las montañas; tanto verde frescor, tanto azul esplendor, cegaba y titilaba: Tempo davvero dolce e d´amore, che accende in desiderio il muto cuore. Nada faltaba para saberse feliz, pero -para colmar la tarde- Fiana me pidió que contara mis andanzas benedictinas en cierto lugar de Castilla. Con la memoria transida empecé:
(Un día en la Abadía.) Basta contar un día, porque en ese día están los 4 años que pasé de monje: ¡tan perfecta es la rutina, la monotonía tan exacta! Los días desfilaban idénticos como naranjas, inmutables como los astros, mecidos por sosegados ritmos hesicásticos. Los días se fundían en un solo Día eterno, porque estábamos fuera del tiempo: en la serena eternidad alada, en la sombra de un sueño sin palabras. Sin dinero, sin prisas, sin aprietos, sin noticias de fuera, sin otra realidad que la nuestra: cotidiana, contemplativa y contenta. Una pequeña sociedad ideal, donde reina y florece el Evangelio y la paz.
En nuestra isla encantada, lejos del estruendo de las diarias alarmas: la incansable crónica cansada de crisis reales o inventadas (por los medios de confusión de masas, que aturden y desinforman con igual eficacia). Nada externo perturba al monje de clausura, que muere para el mundo y vive en Dios a oscuras. (La rabiosa actualidad... es un sosiego lento; la gran noticia del día... es Dios y el eco manso del silencio.) Su única penuria grave es de sexo, cierto; pero alguien poco apuesto pronto se resigna a vivir sin besos. Además, la castidad es sólo un consejo, un ideal, y pecar es lo fácil y lo normal (amén que el fuego del sexo serena su tormento con el tiempo).
Así era un día corriente, pongamos de otoño, con los mismos ritos de hace 15 siglos: Cerca de las 6 un timbrazo desgarra la noche santa, pero puedes seguir en la cama. Vuelve a sonar un rato después y ya hay que vestirse aprisa, o el castigo te dolería. Encomendando el universo al diablo, sales de las cálidas mantas al aire helado. Pero al punto entono un ‘Gloria a Dios’ para alejar el enfado. Mal peinado y no bien despierto llegas por fin al templo, con el coro congregado. Y empieza Vigilias, igual que cada día: un cantor clama tres veces ‘Señor, ábreme los labios’ y replicamos ‘Y proclamará mi boca tu alabanza’. Luego sube al ambón un soñoliento lector, y recita el salmo 95.
...Venid a celebrar al Hacedor,
la rodilla en el suelo y adorando,
porque Él es nuestro Dios, nuestro pastor,
y nosotros el pueblo de su mano.
Ojalá que escuchéis hoy su voz:
‘No endurezcáis el corazón cansado,
como en Masá y Meribá en el desierto,
cuando vuestros padres me tentaron
y a prueba me pusieron,
aunque vieron mis obras y portentos.
Durante cuarenta largos años
me provocó y me enojó aquel pueblo.
Y dije: es un rebaño de pecado
que no sigue la mano de su dueño,
por eso, en mi cólera he jurado
que no entrarán en mi consuelo.’
Luego otro lee un trozo de Biblia con las glosas de un santo Padre. Y llega la primera tanda de salmos (se canta el Salterio entero cada semana, unos 20 diarios). Los salmos son lo esencial de los Oficios: himnos divinos de adoración soplados por el mismo Dios, por eso son en la liturgia el sagrado corazón. Tras cada salmo, un inclín musitando: gloria patri et filio et spiritui sancto, sicut erat in principio et nunc et semper, et in saecula saeculorum amén. Breve y alada frase que declara nuestra sublime misión: la incesante alabanza a Dios.
Como los santos del cielo, el monje sólo atiende a un deseo: adorar a la Fuente de todo bien y consuelo. Pocos mortales se dignan agradecer cuanto tienen y cuanto son; pero el monje hace de la gratitud su gustosa vocación: Dios es el árbol de la vida floreciendo en su alma, y de su fruto vive y a su sombra descansa. La gente tiene de todo y nada le contenta, el monje -sin tener nada- todo le alegra; bebe en la fuente clara de agua viva, palpando las primicias de las eternas delicias. Y dice: ‘Te alabo agradecido, y al darte gracias, más gracia recibo’.
Tras Vigilias hay una hora libre hasta Laudes. Son las 6 y 20. De camino a mi celda me gustaba demorarme en el claustro, respirar su sigilo despacio, y escuchar el latido de su fuente de alabastro. Reina la noche amorosa, la sombra cautelosa teje sus encajes vagos, mientras la luna y los astros ornan como joyas los espacios. Entre plantas aromadas, cuatro esbeltos ciruelos alegran el huerto en calma. Atrás quedó el sinsabor, disuelto en la alabanza, y esperas la mañana con corazón limpio y la mente apaciguada. Late ya en el cielo la nueva alborada, la promesa de un día puro bate el aire con sus alas, susurra la brisa y un ave canta y calla.
El más duro trago es dejar la cama para cumplir lo del salmo: ‘Se adelanta a la aurora mi alabanza, y pongo mi esperanza en tu palabra’ (119,147). Pero es un sacrificio laureado: mientras el mundo duerme descuidado ¿no es un alto regalo oír la fuente en el centro místico del claustro, cómo diluye su misterio, derrama su frescura, desnuda vagas frondas de sueño y de penumbra?... Rumores alados, susurros secretos, murmullos mojados: dormidos ecos que llevan al pasado, a los monjes hechizados que como tú se han pasmado... escuchando el fluyente canto enamorado. Feliz quien puede oír eternamente el mismo chorro de la misma fuente.


No hay comentarios:

Publicar un comentario