miércoles, 11 de junio de 2014

LA RELIGIÓN ALEJA DE DIOS. Teosis 7

La religión en la Historia ha cumplido varios roles:

1-Dar una explicación solemne a los misterios del mundo (explicación fantasiosa pero con rango de dogma, inmune a la crítica y creída por obediencia).
2-Tener entretenida a la gente con ceremonias, ritos y devociones, en un tiempo donde casi no había más diversión que la religión.
3-Dar vía de escape a las penas, agobios y temores, que se descargan al ponerse ante Dios en súplicas y plegarias.
4-Crear lazos de hermandad entre las masas, buscando en vano la paz social.
5-Ayudar a las clases dirigentes a controlar, explotar y tener sumisa a la gente.

   Mientras haya desgracias y temores, las masas seguirán adorando a sus dioses. La religión vive del dolor. Sólo la élite más holgada, lúcida o confiada se permite el lujo de ser incrédula.
   Si Dios hubiese dado Revelación escrita, sería tan clara como la luz del día, toda duda sobraría. Si Dios hubiese hablado, hasta los sordos lo habrían escuchado, no habría tantos credos todos queriendo ser el auténtico. El simple hecho de haber tantos, demuestra que todos son falsos.
   La Realidad es el Gran Milagro, inexplicable y máximo, y el único milagro capaz de existir sin causa ni explicación es Dios. Toda religión tiene su idea de Dios: 
como tirano intolerante y feroz (Alá), 
como celoso y dudoso protector (Yavé), 
como Padre anciano, ñoño y puritano (el Dios cristiano), 
como Esencia sosa y nebulosa de la cosas (Brahma, el Tao). 
   También los ateos tienen su idea golfa de Dios: si ellos y el Cosmos salieron de la Nada, esa Nada es su dios creador. Los ateos son tan torpes como quien cree en las religiones. Como el dios clerical es falso -arguyen- toda idea de Dios ha de ser también falsa; en esa idiotez se estancan. 
   Cada ser tiene -según su nivel mental- su idea de Dios, pero nadie lo puede abarcar, y no puede haber sobre Él idea plena y perfecta. Toda idea de Dios es deficiente, aun el panteísmo, pues Dios -como puede suponerse- no es apresable por el lenguaje ni cabe plenamente en la estrechez de la mente. Dios sólo es intuible por un sentido especial: el sentimiento de unión con el Todo, que es un gozo normal en las almas, pero muy raro y escaso en los humanos.

ELIO CORELI. El fin del mal. Teosis 7
 
Barrer o fregar celdas, templo y hostal era tarea de novicios, y en hora y pico estaba cumplido; las dos siguientes eran de estudio: historia monástica (san Antonio, san Benito...), sagrada Escritura (en especial los salmos), tesoros ocultos del año litúrgico (el eucologio, las Horas canónicas, los Oficios), y el roscón pascual de la Filosofía Ecclesial, con su ‘dancing party’ de los sancti beati:
Doctor gracialis: san Agustín, doctor melifluus: san Bernardo, doctor seraphicus: Bonaventura, doctor universalis: Alberto Magno, doctor angelicus: Tomás de Aquino, doctor beatificus: Escoto Erígena, doctor iluminatus: Raimundo Lulio, doctor subtilis: Duns Escoto, doctor eximius: Francisco Suárez, doctor mirabilis: Roger Bacon, doctor venerabilis: Nicolás de Cusa, doctor solemnis: Kempis, doctor invencibilis: Occam, doctor mysticus: Eckhart...
Tras las clases, vas a tu celda ensimismado y te paras a contemplar absorto el ocaso: desde la ventana, miras la llama del sol que se apaga, despaciosa y rosada. La luz que se aleja baña en misterio y quietud la tierra, y entrega al beso de la noche las sosegadas villas y dehesas, los valles rumorosos y las huertas, las cumbres trémulas con las primeras estrellas... En plena contemplación suena el timbre para Vísperas, a las 7,30. Coges un pliego de salmos selectos en latín y bajas al templo, ya sumido en el rojo fulgor de unas velas, con claridad que apenas rasga las tinieblas y te parece suave y humana, sobrenatural, incierta...
Ya la iglesia no es de este mundo, ya no pisamos la tierra: flotamos por el aire místico del cielo, los cuerpos transfigurados, la carne disuelta, los rostros encendidos, los pechos transidos por una pasión secreta... Y entonces suena el órgano... como una voz dormida que despierta, y es luz surcando el reino de la noche, y llama que dispersa las tinieblas. Con qué poder nos mece y zarandea con sus bajadas y subidas intensas. Con qué dulzor nos enlaza y nos eleva con sus lentos acordes obstinados, mientras cantamos en latín los más bellos salmos, en suave canto gregoriano. Por largo rato dudábamos estar si entre ángeles o entre humanos, habíamos cruzado los atrios del cielo, rasgado el velo sagrado, gozando la mística unión reservada a los santos...
Feliz el alma que feliz labora
por evitar las lenguas lisonjeras,
el que aleja sus pasos y su sombra
de las gentes perdidas y agoreras.
Ni cruza sus guaridas
ni atiende a sus promesas,
sino que en la doctrina
y en los caminos de Señor se goza.
Las sendas rectas de la ley divina
medita por la noche y rememora
cuando comienza y cuando muere el día.
Es como el árbol de perennes hojas
plantado junto al agua de la vida,
rico en solaz de frutos y de aromas,
y todo cuanto emprende fructifica
a su tiempo y medida.
Pero los necios, bajo el sol se agotan,
se secan como estopa,
como las zarzas ávidas de espinas,
y todos sus enredos se malogran.
Y los cita la Muerte vengativa
en su Mansión eterna y afligida. (Sal 1)
Contra lo que uno pensaría, la dulzura del órgano no decae con los días, ni fatiga su alta magia la rutina. Al revés: la costumbre propicia el trance; entras en vena absorta con solo oír las primeras notas. Como todo es repetición en un cenobio, todo cobra poder hipnótico; el cuerpo se vuelve autómata y deja volar al alma cual mariposa. Por algo decía una santa que Dios está entre los pucheros, pues mientra el cuerpo se afana, la mente libre vaga por el séptimo cielo.
A las 8, descanso. O Capítulo -dos veces por semana- donde se discuten los asuntos comunales, dando el abad charlas amables sobre el servicio mutuo y los buenos modales, avisos y escarmientos útiles a purgarnos de cuanto nos defectúa y conflictúa como monjes y como humanos. A las 8,30 llega la cena, con la misma bendición y el lector siguiendo los textos por donde los dejó.
Tras la cena que recrea y enamora, hay un cálido Recreo de media hora, y los novicios subimos a nuestra sala entre animada charla. Junto a la estufa, la noche crea un aire de intimidad inefable; la luz suave ablanda los semblantes, dulcifica los ojos, enardece la carne. A veces iba a una ventana y escrutaba: en la penumbra vasta, las estrellas dormidas sobre las casas, las luces vivas de las aldeas lejanas... Dentro: voces de amigos alegres y hermanas, seguridad y afecto, la claridad de un techo y una cama... Fuera: la noche desierta y desolada, sumergida en la Nada. Y pensaba en mi aldea perdida en Córdoba la llana, y me sentía extraño en tierra castellana, pero feliz y cautivo en nueva patria.
Si algún caminante anochecido mirase a mi ventana, pensaría: ‘allí sí que serán benditos, en esa intimidad hospitalaria, entre gente amiga que se ayudan y se aman, a salvo de la torva noche solitaria.’ Porque es verdad que tantos años juntos crean lazos humanos profundos, y es tras la cena cuando más aprietan, en el último recreo, cuando los minutos vuelan y quisieras retenerlos, cuando se ríe sin saber de qué y se habla sin pensar palabras, como ebrios, como si todo fuera un sueño: ocho vidas unidas por el sortilegio del tiempo, sin otro hogar ni contento que el largo y lento abrazo eterno del convento.
Se presiente la hora extraña del dormir, soñar... quizás morir. Se acerca ya la esquiva y muda despedida: son los últimos minutos para hablar, hasta mañana tras la misa. Por eso se chancea, se discute y hasta se pelea entre risas. ¡Qué expansión de la energía refrenada durante el día! ¡Cuántas historias se cuentan, cuántas bromas se inventan y cuántos sueños se despiertan! ¡Cuántas formas de sentirse unidos en esta santa locura, en esta dulce ventura en la que pocos entran!...
Pero de pronto suena el timbre final (a las 9,30), no por esperado menos contundente, llamando a conticinio y a elevar al cielo la mente. Todos enmudecemos como por ensalmo: es la hora de Completas, el último Oficio, el que cierra la puerta y apaga la vela, y promulga el silencio y el toque de queda. Nos damos el amable Hasta Mañana.
Nos levantamos serios, salimos en fila y -en completo fantasmal silencio, bajo la noche sagrada y constelada- cruzamos el claustro con su fuente encantada, sus viejos ecos y sus piedras románicas. Laten en la sombra nuestros pasos... ¿a dónde peregrinamos? En algún lugar al fondo de la noche hay un ámbito claro, allí debemos congregarnos en concilio santo, para sellar la luz, para consagrar la sombra, para ungir de misterio la noche y despedir con cantos el día, como quien despide a una amiga.
Allí mismo y allí solo, en el furtivo reposo del coro, en la penumbra ardiente de unas velas, sin abrir ningún libro ni mirar ningún folio, con voces que tiemblan más allá de nosotros, de memoria entonamos los últimos alados cánticos: Te lucis ante términum... Salve regina... Sálvanos Dómine vigilantes, custódinos dormientes... Lentos rezos medievales que aquietan el alma y dejan el hondo corazón en calma...
Y de pronto quedamos absortos, mudos y hechizados, porque el Oficio ha terminado. ¿Y ahora qué? Quietos y en vilo esperamos... Hasta que arriba estalla una súbita campana, con un tañido firme y obstinado (un golpe fuerte y dos leves) que hace vibrar el tablado y nos baña con un escalofrío sagrado... Bajo el solemne cantar de la campana, volvía la muda hueste de fantasmas hacia sus mudas celdas solitarias. Cuando calla la campana, los monjes son ya sueño y sombra milenaria... * * *

Amén’ dijo Coré. Y añade: “Esos monjes soñadores sirven más a una ilusión que a Dios. Amar a Dios es hacer su voluntad, dicen. Pero su voluntad cambia de pelo según el credo: el dios católico manda rezarle al Papa, la Virgen y los Santos, cosa que espanta al dios luterano; Alá manda acatar sin rechistar a Mahoma y al Corán, cosa que sulfura a Cristo y a Jehová... ¿Qué leche es pues su Santa Voluntad? La voluntad de Dios es exactamente la Realidad total: todo cuanto es, fue y será.
De otro modo Dios -en vez de omnipotente- sería un Dios frustrado, pues nadie lo complace, ni los santos; estaría siempre jodido y puteado por la afición de las gentes al pecado. Toda religión ridiculiza a Dios, y le atribuye libros que Él no ha escrito (es más, ni siquiera los ha leído). Si Dios quisiera algo, no necesita pedirlo, pues tiene a cada átomo creado a su entero y fiel servicio. Sólo tiene que desear, y se hará su voluntad.
En realidad todo ser ya obedece a Dios, porque obedece al placer. Desde la ameba al ángel: todos aman y buscan el placer (sin tenerlo que aprender). Hasta el penitente asceta halla neurótico placer en el dolor, pues así cree agradar a su dios. Hay miles de tratados -escritos por miles de zánganos- pretendiendo enseñar la voluntad de Dios. Qué sudor tan vano, porque la voluntad de Dios no hay que enseñarla: hasta los peces y plantas la cumplen sin falta. Pues quien busca el placer -cuanto más mejor- cumple a fondo la voluntad de Dios. Y quien -sin daño propio- logra aliviar el dolor en otros, agrada el doble a Dios (pues ayuda al placer al reducir el dolor).
El panteísmo, por su hondura abismal, suele entenderse mal. Pues, aunque somos parte de Dios, no somos divinos -sería bobo- porque la parte nunca será el Todo. Ser divino es ser omnipotente: las partes son falibles y endebles; ergo divino sólo es Dios. El mundo es imperfecto justo por ser parte y no todo: su imperfección prueba la existencia de Dios. Un punto oscuro muestra por contraste el fondo claro: así el Mal es lo que revela la presencia del Bien. El mal -al revés de lo pensable- es lo que demuestra a Dios: el Mal, la imperfección y el dolor son la prueba de Dios.
El mar es grandioso, sus gotas no. Puedes decir ‘Dios es todo’, pero no ‘Todo es Dios’, pues eso sugiere que cada cosa es Dios (gran sandez). Un átomo de Newton no es Genio de la Ciencia, ni una molécula de Miss Mundo es Reina de Belleza. Una hoja del bosque no es un bosque, ni un pelo de león es un león. Así, una chispa de Dios no puede llamarse Dios.
Como chispa de Dios, eres un milagro divino: tal es tu única gloria. Pero sería bobo creerte divino, igual que es delirio creerte hijo de Dios (pues si un hijo de pez es un pez y un hijo de halcón es un halcón, un hijo de Dios sería un dios). Vano es creerte un halcón si no corres como un halcón; vano es creerte hijo de Dios si no tienes la fuerza de Dios.
Hay rasgos que sólo son de las partes, no del Todo: así, los seres son reos de endeblez, pequeñez, dolor, error... Dios no, pero -para que su poder sea total y perfecto- tiene que generar hasta lo débil e imperfecto. Así, Dios da lugar al Mal -físico y moral- pero a Él no le afecta, sólo afecta (en leve grado) a los seres. Sentimos la imperfección para mayor gloria de Dios. El saberte unido a Dios, no te salva del dolor, pero te vuelve santa la aflicción. El hombre, al soportar paciente el dolor, ayuda al plan de Dios...”
Se calló al ver llegar a Bianka, que llamó a otros a la reunión de las 5. Unas 12 chicas y chicos se juntaron en el cuarto de Tito. Con voz sumisa y sedosa Tito les contó los desafíos de cierta gente y el apremio de oración urgente. Todos debían clamar a las altas esferas y atraer la bendición superna. Cerrados los ojos, uno a uno fueron con unción rogando, mientra los otros musitaban por debajo: ‘amén, señor Jesús, gloria, sí Señor, santo, aleluya...’ que creaba un ferviente rumor exaltante.
A veces parecían aludirnos: ‘Esas almas, Señor, que buscan el camino, tócalas para que puedan conocerte y glorificarte’... A la gente les dicen almas o vidas, y así les salían frases lindas: ‘En esta finca ideal para que las vidas puedan meditar...’ ‘Sana Señor a las almas resfriadas’... Pero pese a los dislates, era un primor aquella dulce reunión de tiernas euménides suplicantes: rogaban por la gente con tanta solicitud y amor -rebosando bendición- que te mordía a ti mismo la emoción.
Por supuesto, toda la gracia fina la ponían las chicas; de orar solo los chicos, harían el indio; pero donde esté la mujer, siempre hay algún placer. La gracia de la mujer es lo que le da a este planeta un poco de nivel; si no, sería una broma cruel. Cerca de las 6, tras el último amén, alzaron la vista con aire enamorado, como si hubieran chupado ambrosía por un rato. Y es que orar juntos es un íntimo rito mágico que los inflama con fuego sagrado, y los embriaga de afecto como un bálsamo. La escuela de Cristo hermana hermosamente a sus pupilos. Tras el rito de orar, eran seres angélicos, puros, incapaces de odiar. Sonó el esquilón y se fueron a merendar al salón, regado por el oro prístino del sol.
El tiempo parecía parado mientras sorbían sus vasos, y las chicas hablaban y reían con incansable inventiva, ebrias de su voz cantarina. Llegó perezosa la hora de la charla, a cargo de Éthel, y todos giraron hacia ella las sillas, con corazones cálidos, en aquel santo salón con vistas al campo, con el sol derramando su oro claro, formando regueros suaves de rayos dorados... Lo primero, la breve oración; luego la tanda de cánticos: tiernos latidos de fe, que aman, puras voces de paz, que adoran, limpios labios de luz, que alaban, himnos de amor que elevan... el corazón en llamas...
Uno quería ser Cristo para pagar en aquellas caritas el cariño que recibías. Aun sin ser el Mesías, nada me impedía besar y admirar a una chica; a Eva, por ejemplo: la catalana rubita un pelín gordita, de piel tan suave como lisa, labios sonrientes delicados, y cálidos ojos castaños. A mi espalda, Éthel empezó su charla con voz efusiva y grata, en fluido español anglizado. El tema: La Oración.
Somos hijos de un mundo impaciente, nadie escucha al corazón, porque teme hallarlo vacío. El alma tiene sed de Dios, de sentirlo a su lado, guardándote en sus manos. Pero ¿nos paramos a hablarle y escucharle? Pues en eso consiste la oración. Orar es compartir un tiempo a solas con Dios, y agradecerle lo mucho que nos dio.
Una maestra mandó a sus niñas hacer una lista de 7 grandes maravillas; todas pusieron lo esperable: la muralla china... las pirámides... la Alhambra... la melena de Golfus (risas)... Pero una niña hizo una lista distinta, y dijo: ‘Mis 7 grandes maravillas son: poder ver, poder oír, poder tocar, poder sentir, poder amar, poder jugar y poder reír...’ Y toda la clase quedó tocada. ¿Cuándo pensamos en Dios y en sus regalos, que son la vida y el mundo que habitamos? Él nos ha creado y salvado. Es sólo por su amor que existimos y gozamos. Y sin embargo, cuánto nos cuesta darle gracias orando.
¿Sabéis aquel chiste? Iban en un barco varios y un capellán, estalló un ciclón, iban a naufragar, se ponen a tirar la carga; cuando no queda más que arrojar, dice el capitán: ya lo único que podemos hacer es orar; y exclama serio el capellán: ¡a tal extremo hemos llegado! (Risas.) Para él, por lo visto, orar es cosa de desesperados. Y así pasa con muchos: se acuerdan de Dios sólo estando en apuros. Nosotros en cambio debemos sentir necesidad de Dios sin cesar y orarle sin flaquear. Por el breve tiempo ofrecido, mucho más recibimos. En Él descargamos nuestra tensión y Él nos restaura con su amor, y llena de paz profunda el tumulto del corazón...”
Y así siguió un buen rato, a trote largo, citando trozos bíblicos que deleitaban los oídos. Con qué candor creían que cada frase en la Biblia tiene autoría divina. Y el autor más citado es san Pablo: él ha zanjado para siempre qué es de fe y qué no. Sus delirios son dogmas y sus ocurrencias oráculos. Si lo que dice Pablo es tan divino como lo que dice Jesús, en ese caso convierten en Dios a Pablo. Creer en un Dios, pase; creer en Jesús, también puede tragarse; pero tener que creer en san Pablo es pedir demasiado.
Ahora, lo de las 7 maravillas es digno de meditarse a diario, pues ¿qué hay superior al don de ver, oír, soñar, sentir, anhelar y vivir? Ésos son los grandes milagros olvidados, los que gozamos sin apenas pensarlo.
Tras la charla de Éthel vino la santa cena, muy animada, y a las 10 la alegre velada, donde los de Sevilla -una tropa de tiro y guasa- hicieron cundir las risas con sus gags y sus chanzas. Había un aire cálido que los desinhibía y los volvía simpáticos, y los hacía sentirse hermosos y hermanos. Hacia las 12 se fueron felices a dormir, cansados y con el corazón saciado.