La
religión en la Historia ha cumplido varios roles:
1-Dar
una explicación solemne a los misterios del mundo (explicación fantasiosa pero
con rango de dogma, inmune a la crítica y creída por obediencia).
2-Tener
entretenida a la gente con ceremonias, ritos y devociones, en un tiempo donde
casi no había más diversión que la religión.
3-Dar
vía de escape a las penas, agobios y temores, que se descargan al ponerse ante
Dios en súplicas y plegarias.
4-Crear
lazos de hermandad entre las masas, buscando en vano la paz social.
5-Ayudar
a las clases dirigentes a controlar, explotar y tener sumisa a la gente.
Mientras haya desgracias y temores, las masas seguirán adorando a sus dioses.
La religión vive del dolor. Sólo la élite más
holgada, lúcida o confiada se permite el lujo de ser incrédula.
Si Dios hubiese dado Revelación escrita, sería tan clara como la luz del día, toda duda sobraría. Si Dios hubiese hablado, hasta los sordos lo habrían escuchado, no habría tantos credos todos queriendo ser el auténtico. El simple hecho de haber tantos, demuestra que todos son falsos.
Si Dios hubiese dado Revelación escrita, sería tan clara como la luz del día, toda duda sobraría. Si Dios hubiese hablado, hasta los sordos lo habrían escuchado, no habría tantos credos todos queriendo ser el auténtico. El simple hecho de haber tantos, demuestra que todos son falsos.
La
Realidad es el Gran Milagro, inexplicable y máximo, y el único milagro capaz de
existir sin causa ni explicación es Dios. Toda religión tiene su idea de Dios:
como tirano intolerante y feroz (Alá),
como celoso y dudoso protector (Yavé),
como Padre anciano, ñoño y puritano (el Dios cristiano),
como Esencia sosa y nebulosa de la cosas (Brahma, el Tao).
También los ateos tienen su idea golfa de Dios: si ellos y el Cosmos salieron de la Nada, esa Nada es su dios creador. Los ateos son tan torpes como quien cree en las religiones. Como el dios clerical es falso -arguyen- toda idea de Dios ha de ser también falsa; en esa idiotez se estancan.
como tirano intolerante y feroz (Alá),
como celoso y dudoso protector (Yavé),
como Padre anciano, ñoño y puritano (el Dios cristiano),
como Esencia sosa y nebulosa de la cosas (Brahma, el Tao).
También los ateos tienen su idea golfa de Dios: si ellos y el Cosmos salieron de la Nada, esa Nada es su dios creador. Los ateos son tan torpes como quien cree en las religiones. Como el dios clerical es falso -arguyen- toda idea de Dios ha de ser también falsa; en esa idiotez se estancan.
Cada ser tiene -según su nivel mental- su idea de Dios, pero nadie lo puede abarcar, y no puede haber sobre Él idea plena y perfecta. Toda idea de Dios es deficiente, aun el panteísmo, pues Dios -como puede suponerse- no es apresable por el lenguaje ni cabe plenamente en la estrechez de la mente. Dios sólo es intuible por un sentido especial: el sentimiento de unión con el Todo, que es un gozo normal en las almas, pero muy raro y escaso en los humanos.
ELIO CORELI. El fin del mal. Teosis 7
Barrer
o fregar celdas, templo y hostal era tarea de novicios, y en hora y
pico estaba cumplido; las dos siguientes eran de estudio: historia
monástica (san Antonio, san Benito...), sagrada Escritura (en
especial los salmos), tesoros ocultos del año litúrgico (el
eucologio, las Horas canónicas, los Oficios), y el roscón pascual
de la Filosofía Ecclesial, con su ‘dancing party’ de los sancti
beati:
Doctor
gracialis: san Agustín, doctor melifluus: san Bernardo, doctor
seraphicus: Bonaventura, doctor universalis: Alberto Magno, doctor
angelicus: Tomás de Aquino, doctor beatificus: Escoto Erígena,
doctor iluminatus: Raimundo Lulio, doctor subtilis: Duns Escoto,
doctor eximius: Francisco Suárez, doctor mirabilis: Roger Bacon,
doctor venerabilis: Nicolás de Cusa, doctor solemnis: Kempis, doctor
invencibilis: Occam, doctor mysticus: Eckhart...
Tras
las clases, vas a tu celda ensimismado y te paras a contemplar
absorto el ocaso: desde la ventana, miras la llama del sol que se
apaga, despaciosa y rosada. La luz que se aleja baña en misterio y
quietud la tierra, y entrega al beso de la noche las sosegadas villas
y dehesas, los valles rumorosos y las huertas, las cumbres trémulas
con las primeras estrellas... En plena contemplación suena el timbre
para Vísperas, a las 7,30. Coges un pliego de salmos selectos en
latín y bajas al templo, ya sumido en el rojo fulgor de unas velas,
con claridad que apenas rasga las tinieblas y te parece suave y
humana, sobrenatural, incierta...
Ya
la iglesia no es de este mundo, ya no pisamos la tierra: flotamos por
el aire místico del cielo, los cuerpos transfigurados, la carne
disuelta, los rostros encendidos, los pechos transidos por una pasión
secreta... Y entonces suena el órgano... como una voz dormida que
despierta, y es luz surcando el reino de la noche, y llama que
dispersa las tinieblas. Con qué poder nos mece y zarandea con sus
bajadas y subidas intensas. Con qué dulzor nos enlaza y nos eleva
con sus lentos acordes obstinados, mientras cantamos en latín los
más bellos salmos, en suave canto gregoriano. Por largo rato
dudábamos estar si entre ángeles o entre humanos, habíamos cruzado
los atrios del cielo, rasgado el velo sagrado, gozando la mística
unión reservada a los santos...
Feliz
el alma que feliz labora
por
evitar las lenguas lisonjeras,
el
que aleja sus pasos y su sombra
de
las gentes perdidas y agoreras.
Ni
cruza sus guaridas
ni
atiende a sus promesas,
sino
que en la doctrina
y
en los caminos de Señor se goza.
Las
sendas rectas de la ley divina
medita
por la noche y rememora
cuando
comienza y cuando muere el día.
Es
como el árbol de perennes hojas
plantado
junto al agua de la vida,
rico
en solaz de frutos y de aromas,
y
todo cuanto emprende fructifica
a
su tiempo y medida.
Pero
los necios, bajo el sol se agotan,
se
secan como estopa,
como
las zarzas ávidas de espinas,
y
todos sus enredos se malogran.
Y
los cita la Muerte vengativa
en
su Mansión eterna y afligida. (Sal 1)
Contra
lo que uno pensaría, la dulzura del órgano no decae con los días,
ni fatiga su alta magia la rutina. Al revés: la costumbre propicia
el trance; entras en vena absorta con solo oír las primeras notas.
Como todo es repetición en un cenobio, todo cobra poder hipnótico;
el cuerpo se vuelve autómata y deja volar al alma cual mariposa. Por
algo decía una santa que Dios está entre los pucheros, pues mientra
el cuerpo se afana, la mente libre vaga por el séptimo cielo.
A
las 8, descanso. O Capítulo -dos veces por semana- donde se discuten
los asuntos comunales, dando el abad charlas amables sobre el
servicio mutuo y los buenos modales, avisos y escarmientos útiles a
purgarnos de cuanto nos defectúa y conflictúa como monjes y como
humanos. A las 8,30 llega la cena, con la misma bendición y el
lector siguiendo los textos por donde los dejó.
Tras
la cena que recrea y enamora, hay un cálido Recreo de media hora, y
los novicios subimos a nuestra sala entre animada charla. Junto a la
estufa, la noche crea un aire de intimidad inefable; la luz suave
ablanda los semblantes, dulcifica los ojos, enardece la carne. A
veces iba a una ventana y escrutaba: en la penumbra vasta, las
estrellas dormidas sobre las casas, las luces vivas de las aldeas
lejanas... Dentro: voces de amigos alegres y hermanas, seguridad y
afecto, la claridad de un techo y una cama... Fuera: la noche
desierta y desolada, sumergida en la Nada. Y pensaba en mi aldea
perdida en Córdoba la llana, y me sentía extraño en tierra
castellana, pero feliz y cautivo en nueva patria.
Si
algún caminante anochecido mirase a mi ventana, pensaría: ‘allí
sí que serán benditos, en esa intimidad hospitalaria, entre gente
amiga que se ayudan y se aman, a salvo de la torva noche solitaria.’
Porque es verdad que tantos años juntos crean lazos humanos
profundos, y es tras la cena cuando más aprietan, en el último
recreo, cuando los minutos vuelan y quisieras retenerlos, cuando se
ríe sin saber de qué y se habla sin pensar palabras, como ebrios,
como si todo fuera un sueño: ocho vidas unidas por el sortilegio del
tiempo, sin otro hogar ni contento que el largo y lento abrazo eterno
del convento.
Se
presiente la hora extraña del dormir, soñar... quizás morir. Se
acerca ya la esquiva y muda despedida: son los últimos minutos para
hablar, hasta mañana tras la misa. Por eso se chancea, se discute y
hasta se pelea entre risas. ¡Qué expansión de la energía
refrenada durante el día! ¡Cuántas historias se cuentan, cuántas
bromas se inventan y cuántos sueños se despiertan! ¡Cuántas
formas de sentirse unidos en esta santa locura, en esta dulce ventura
en la que pocos entran!...
Pero
de pronto suena el timbre final (a las 9,30), no por esperado menos
contundente, llamando a conticinio y a elevar al cielo la mente.
Todos enmudecemos como por ensalmo: es la hora de Completas, el
último Oficio, el que cierra la puerta y apaga la vela, y promulga
el silencio y el toque de queda. Nos damos el amable Hasta Mañana.
Nos
levantamos serios, salimos en fila y -en completo fantasmal silencio,
bajo la noche sagrada y constelada- cruzamos el claustro con su
fuente encantada, sus viejos ecos y sus piedras románicas. Laten en
la sombra nuestros pasos... ¿a dónde peregrinamos? En algún lugar
al fondo de la noche hay un ámbito claro, allí debemos congregarnos
en concilio santo, para sellar la luz, para consagrar la sombra, para
ungir de misterio la noche y despedir con cantos el día, como quien
despide a una amiga.
Allí
mismo y allí solo, en el furtivo reposo del coro, en la penumbra
ardiente de unas velas, sin abrir ningún libro ni mirar ningún
folio, con voces que tiemblan más allá de nosotros, de memoria
entonamos los últimos alados cánticos: Te lucis ante términum...
Salve regina... Sálvanos Dómine vigilantes, custódinos
dormientes... Lentos rezos medievales que aquietan el alma y dejan el
hondo corazón en calma...
Y
de pronto quedamos absortos, mudos y hechizados, porque el Oficio ha
terminado. ¿Y ahora qué? Quietos y en vilo esperamos... Hasta que
arriba estalla una súbita campana, con un tañido firme y obstinado
(un golpe fuerte y dos leves) que hace vibrar el tablado y nos baña
con un escalofrío sagrado... Bajo el solemne cantar de la campana,
volvía la muda hueste de fantasmas hacia sus mudas celdas
solitarias. Cuando calla la campana, los monjes son ya sueño y
sombra milenaria... * * *
‘Amén’
dijo Coré. Y añade: “Esos monjes soñadores sirven más a una
ilusión que a Dios. Amar a Dios es hacer su voluntad, dicen. Pero su
voluntad cambia de pelo según el credo: el dios católico manda
rezarle al Papa, la Virgen y los Santos, cosa que espanta al dios
luterano; Alá manda acatar sin rechistar a Mahoma y al Corán, cosa
que sulfura a Cristo y a Jehová... ¿Qué leche es pues su Santa
Voluntad? La voluntad de Dios es exactamente la Realidad total: todo
cuanto es, fue y será.
“De
otro modo Dios -en vez de omnipotente- sería un Dios frustrado, pues
nadie lo complace, ni los santos; estaría siempre jodido y puteado
por la afición de las gentes al pecado. Toda religión ridiculiza a
Dios, y le atribuye libros que Él no ha escrito (es más, ni
siquiera los ha leído). Si Dios quisiera algo, no necesita pedirlo,
pues tiene a cada átomo creado a su entero y fiel servicio. Sólo
tiene que desear, y se hará su voluntad.
“En
realidad todo ser ya obedece a Dios, porque obedece al placer. Desde
la ameba al ángel: todos aman y buscan el placer (sin tenerlo que
aprender). Hasta el penitente asceta halla neurótico placer en el
dolor, pues así cree agradar a su dios. Hay miles de tratados
-escritos por miles de zánganos- pretendiendo enseñar la voluntad
de Dios. Qué sudor tan vano, porque la voluntad de Dios no hay que
enseñarla: hasta los peces y plantas la cumplen sin falta. Pues
quien busca el placer -cuanto más mejor- cumple a fondo la voluntad
de Dios. Y quien -sin daño propio- logra aliviar el dolor en otros,
agrada el doble a Dios (pues ayuda al placer al reducir el dolor).
“El
panteísmo, por su hondura abismal, suele entenderse mal. Pues,
aunque somos parte de Dios, no somos divinos -sería bobo- porque la
parte nunca será el Todo. Ser divino es ser omnipotente: las partes
son falibles y endebles; ergo divino sólo es Dios. El mundo es
imperfecto justo por ser parte y no todo: su imperfección prueba la
existencia de Dios. Un punto oscuro muestra por contraste el fondo
claro: así el Mal es lo que revela la presencia del Bien. El mal -al
revés de lo pensable- es lo que demuestra a Dios: el Mal, la
imperfección y el dolor son la prueba de Dios.
“El
mar es grandioso, sus gotas no. Puedes decir ‘Dios es todo’, pero
no ‘Todo es Dios’, pues eso sugiere que cada cosa es Dios (gran
sandez). Un átomo de Newton no es Genio de la Ciencia, ni una
molécula de Miss Mundo es Reina de Belleza. Una hoja del bosque no
es un bosque, ni un pelo de león es un león. Así, una chispa de
Dios no puede llamarse Dios.
“Como
chispa de Dios, eres un milagro divino: tal es tu única gloria. Pero
sería bobo creerte divino, igual que es delirio creerte hijo de Dios
(pues si un hijo de pez es un pez y un hijo de halcón es un halcón,
un hijo de Dios sería un dios). Vano es creerte un halcón si no
corres como un halcón; vano es creerte hijo de Dios si no tienes la
fuerza de Dios.
“Hay
rasgos que sólo son de las partes, no del Todo: así, los seres son
reos de endeblez, pequeñez, dolor, error... Dios no, pero -para que
su poder sea total y perfecto- tiene que generar hasta lo débil e
imperfecto. Así, Dios da lugar al Mal -físico y moral- pero a Él
no le afecta, sólo afecta (en leve grado) a los seres. Sentimos la
imperfección para mayor gloria de Dios. El saberte unido a Dios, no
te salva del dolor, pero te vuelve santa la aflicción. El hombre, al
soportar paciente el dolor, ayuda al plan de Dios...”
Se
calló al ver llegar a Bianka, que llamó a otros a la reunión de
las 5. Unas 12 chicas y chicos se juntaron en el cuarto de Tito. Con
voz sumisa y sedosa Tito les contó los desafíos de cierta gente y
el apremio de oración urgente. Todos debían clamar a las altas
esferas y atraer la bendición superna. Cerrados los ojos, uno a uno
fueron con unción rogando, mientra los otros musitaban por debajo:
‘amén, señor Jesús, gloria, sí Señor, santo, aleluya...’ que
creaba un ferviente rumor exaltante.
A
veces parecían aludirnos: ‘Esas almas, Señor, que buscan el
camino, tócalas para que puedan conocerte y glorificarte’... A la
gente les dicen almas o vidas, y así les salían frases lindas: ‘En
esta finca ideal para que las vidas puedan meditar...’ ‘Sana
Señor a las almas resfriadas’... Pero pese a los dislates, era un
primor aquella dulce reunión de tiernas euménides suplicantes:
rogaban por la gente con tanta solicitud y amor -rebosando bendición-
que te mordía a ti mismo la emoción.
Por
supuesto, toda la gracia fina la ponían las chicas; de orar solo los
chicos, harían el indio; pero donde esté la mujer, siempre hay
algún placer. La gracia de la mujer es lo que le da a este planeta
un poco de nivel; si no, sería una broma cruel. Cerca de las 6, tras
el último amén, alzaron la vista con aire enamorado, como si
hubieran chupado ambrosía por un rato. Y es que orar juntos es un
íntimo rito mágico que los inflama con fuego sagrado, y los
embriaga de afecto como un bálsamo. La escuela de Cristo hermana
hermosamente a sus pupilos. Tras el rito de orar, eran seres
angélicos, puros, incapaces de odiar. Sonó el esquilón y se fueron
a merendar al salón, regado por el oro prístino del sol.
El
tiempo parecía parado mientras sorbían sus vasos, y las chicas
hablaban y reían con incansable inventiva, ebrias de su voz
cantarina. Llegó perezosa la hora de la charla, a cargo de Éthel, y
todos giraron hacia ella las sillas, con corazones cálidos, en aquel
santo salón con vistas al campo, con el sol derramando su oro claro,
formando regueros suaves de rayos dorados... Lo primero, la breve
oración; luego la tanda de cánticos: tiernos latidos de fe, que
aman, puras voces de paz, que adoran, limpios labios de luz, que
alaban, himnos de amor que elevan... el corazón en llamas...
Uno
quería ser Cristo para pagar en aquellas caritas el cariño que
recibías. Aun sin ser el Mesías, nada me impedía besar y admirar a
una chica; a Eva, por ejemplo: la catalana rubita un pelín gordita,
de piel tan suave como lisa, labios sonrientes delicados, y cálidos
ojos castaños. A mi espalda, Éthel empezó su charla con voz
efusiva y grata, en fluido español anglizado. El tema: La Oración.
“Somos
hijos de un mundo impaciente, nadie escucha al corazón, porque teme
hallarlo vacío. El alma tiene sed de Dios, de sentirlo a su lado,
guardándote en sus manos. Pero ¿nos paramos a hablarle y
escucharle? Pues en eso consiste la oración. Orar es compartir un
tiempo a solas con Dios, y agradecerle lo mucho que nos dio.
“Una
maestra mandó a sus niñas hacer una lista de 7 grandes maravillas;
todas pusieron lo esperable: la muralla china... las pirámides... la
Alhambra... la melena de Golfus (risas)... Pero una niña hizo una
lista distinta, y dijo: ‘Mis 7 grandes maravillas son: poder ver,
poder oír, poder tocar, poder sentir, poder amar, poder jugar y
poder reír...’ Y toda la clase quedó tocada. ¿Cuándo pensamos
en Dios y en sus regalos, que son la vida y el mundo que habitamos?
Él nos ha creado y salvado. Es sólo por su amor que existimos y
gozamos. Y sin embargo, cuánto nos cuesta darle gracias orando.
“¿Sabéis aquel chiste?
Iban en un barco varios y un capellán, estalló un ciclón, iban a
naufragar, se ponen a tirar la carga; cuando no queda más que
arrojar, dice el capitán: ya lo único que podemos hacer es orar; y
exclama serio el capellán: ¡a tal extremo hemos llegado! (Risas.)
Para él, por lo visto, orar es cosa de desesperados. Y así pasa con
muchos: se acuerdan de Dios sólo estando en apuros. Nosotros en
cambio debemos sentir necesidad de Dios sin cesar y orarle sin
flaquear. Por el breve tiempo ofrecido, mucho más recibimos. En Él
descargamos nuestra tensión y Él nos restaura con su amor, y llena
de paz profunda el tumulto del corazón...”
Y
así siguió un buen rato, a trote largo, citando trozos bíblicos
que deleitaban los oídos. Con qué candor creían que cada frase en
la Biblia tiene autoría divina. Y el autor más citado es san Pablo:
él ha zanjado para siempre qué es de fe y qué no. Sus delirios son
dogmas y sus ocurrencias oráculos. Si lo que dice Pablo es tan
divino como lo que dice Jesús, en ese caso convierten en Dios a
Pablo. Creer en un Dios, pase; creer en Jesús, también puede
tragarse; pero tener que creer en san Pablo es pedir demasiado.
Ahora,
lo de las 7 maravillas es digno de meditarse a diario, pues ¿qué
hay superior al don de ver, oír, soñar, sentir, anhelar y vivir?
Ésos son los grandes milagros olvidados, los que gozamos sin apenas
pensarlo.
Tras
la charla de Éthel vino la santa cena, muy animada, y a las 10 la
alegre velada, donde los de Sevilla -una tropa de tiro y guasa-
hicieron cundir las risas con sus gags y sus chanzas. Había un aire
cálido que los desinhibía y los volvía simpáticos, y los hacía
sentirse hermosos y hermanos. Hacia las 12 se fueron felices a
dormir, cansados y con el corazón saciado.
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