miércoles, 24 de octubre de 2018

LA FÁCIL EXPLICACIÓN DEL DOLOR . Teosis 18 Fin.

Elio. El fin del mal. Teosis 18 final.

Goyo me había ya contado cómo se aman las almas (el misterio del sexo de los ángeles, al fin resuelto): cuando dos almas se abrazan, entran despacio en trance (un semisueño sumiso al deseo, que crea vivos sueños manejables). Las fases humanas normales son el sueño o la vigilia, raramente caen en trance; las almas sí gozamos del trance a voluntad, con su intenso ensoñar (es nuestra fase Rem, pero hiperclara).
Los abrazados -si quieren- practican el sexo: mezclan sus mentes a concierto y cada uno ve al otro en su sueño: lo desviste, besa, abraza... Funden sus memorias y mentes: es el máximo acto de unión entre dos seres. El otro actúa parejo a tu voluntad y deseos, haciendo realidad los sueños: tejiendo lentas y eróticas juergas, siempre frescas y nuevas.
También gozamos -despiertos- viendo a gente en pleno sexo: el placer que irradian, te contagia (así la mujer antes fría, por fin se corre de alegría). En trance o despiertos, tenemos todo el sexo que queremos. Lo único especial es la falta de clímax final; pero justo por eso, nuestro goce es más continuo y pleno, sin fatiga y sereno. Como todo es mental y nada orgánico te frena, puedes amar cuanto y cuando quieras, sin trabas ni barreras. Somos amos del deseo, el hombre es su vago siervo, esclavo inconstante de la voluble carne. Para él, el sexo es un breve alivio endeble; para nosotros, un claro y largo deleite.

(Martes.) El día asomó tibio y con nubes, pero sin ganas de llover. Tito y el chef, sus esposas y niños, se fueron al alba al pueblo, a sus oficios. Hoy no habría charlas, nadie madrugó. Tras desayunar tarde y fregar los trastos, se juntaron los grupitos al sol. Y leyeron de un tirón entre todos -al alimón- a Juan, capítulos 13 al 17, blando y vago sermón, surrealista y bobalicón.
Pero la tutora no propuso las preguntas de rigor, sino que -olvidando el texto- les pidió que dijeran lo que más les había gustado del retiro y lo que menos. Para los más lo mejor había sido la unión fraternal y las edificantes charlas; también se alabó los cantos, la comida y las veladas. Lo que menos gustó fue el frío de noche en la cama, obra de la alta montaña.
Tras esto, quedaban las últimas faenas: barrer y fregarlo todo: cuartos, aseos, cocina y salón. Sólo los más entregados se arremangaron; el resto miraba y charlaba. Faltaba un rato para las despedidas. Todos estaban de vista risueños, pero tristes por dentro: ojalá pudiesen seguir allí más tiempo, ahora que ya eran un clan fraterno. Pero había que partir sin remedio: se dispersarían como el humo por el ancho mundo, y no volverían a verse, salvo algunos. Las guiris volverían a su patria al acabar los cursos: sólo quedarían las fotos y el recuerdo... pronunciando un ayer que fue feliz y no pudo ser eterno.
A la una dieron bocatas y frutas, y los comieron charlando al fresco. Y empezaron sin prisa los adioses para la partida. Podían estarse allí todo el día si querían; pero un largo viaje les esperaba y mejor llegar temprano a casa. Tras dar los besitos de rigor, un primer coche partió...
De pronto llegan Fianna y Kimla anunciando que se iban a Sevilla. Las abrazamos y partieron con los de un coche, cual dos más del retiro: pero nuestro adiós sí que era definitivo. También Yania y Coré se irían en pocos días y los perdería. Entonces sentí: ¿no me podría ir con Nadia en algún grupo? Yo pensaba que ya ella me apreciaba (pero confundí el candor con el amor). La abordé con mi plan: ‘¿Qué te falta por ver en el pueblo de Tito? ¿No es mejor irse con Débora o Pedro..., ver nuevos y mayores templos?’ Me contestó que cualquier sitio vale ante Dios, cuanto más humilde mejor.
Oh Nadia, ¿por qué no piensas más en nosotros y menos en tu Dios? Tú ya no eres humana ni tienes por qué ser santa. ¿No ves que te adoro, que todos queremos amar como locos...? Jachú liubít (recordé un canto ruso), óchin núzhna liubít.’
Shtó ia magú, míli, nie vinaváta (qué puedo hacer yo, bonito, no es mi culpa). Amar es santo, pero en pareja es malo.’ ‘¿Cómo es eso?’ ‘El Señor dijo: en la otra vida seremos como ángeles, sin consortes ni amantes’ (Mt 22,30. Lc 20,35).
Me quedé mudo. Era obvio que Jesús sólo decretó doctrinas humanas, no para las almas. Pero era inútil contrariar a Nadia. Preferí suscitarle dudas amplias: ‘Ay Nadia ¿y si estamos errados y esperamos al Señor en vano? Si hemos muerto, ya debíamos gozarlo, y no le vemos el pelo. ¿Estamos ya salvados, o enredados en otro mundo extraño? Dios no aclara qué hacemos aquí, para qué existir: por qué nacer, por qué vivir, por qué luchar, por qué sufrir. ¿Por qué no da señas, y nos tiene a oscuras en esta ratonera?’
Nadia reprendió mi torpeza: ‘Dios es Espíritu, no materia, y quiere adoradores en espíritu y en verdad (Jn 4,24), por fe, no por vista.’ ‘Pero Jesús sí tendría que verse, y ni rastro de él. Tanto ocultarse es ya cruel. ¿Sabes lo que pienso? Que todo lo de Jesús es fantasía. Habrá un Dios, si quieres, pero no existe el Hijo ni la hija, y cuanto antes lo admitas mejor.’ Me contesta risueña: ‘Yo no necesito verlo para creer: Jesús ha llenado mi vida con su ser...’
Se había quedado alelada mirando algo tras mí. Me volví: de una zarza en la sombra salía una luz curiosa, un fulgor que pronto se volvió un ángel: un ser de luz que me evocó a Jesús. ¿No hablaba yo de él, reprochándole no mostrarse; no era él, que venía a inculparme? Y he aquí que abre sus brazos hacia Nadia. Yo me alarmé: ¿no iría ella con él, al creerlo Jesús, cuando sería cualquier ángel gandul? Como me temía, Nadia avanzó, el ser la abrazó, y todo se borró. Quedó la verde zarza en la sombra intacta. Si era una broma, no tenía gracia.
Esperé un rato, soñando aparecer de pronto Nadia. Al fin fui a contárselo a Coré, que me contesta grave: “Elio, dile adiós a Nadia, los ángeles la guardan, y contra ellos no somos nada. De poco sirve quejarse; era un amor inviable. Sí, es lindísima Nadia: pero por eso mismo no era tu talla. Conténtate con recordarla, pues sólo en tu mente podrás gozarla. Así que Josué 1,9: Esfuérzate y no temas, porque el Señor va a tu vera y te alienta.”
Mas cómo no temer y aflojar, cuando un ángel te vino a castigar -¿es que es pecado amar?- y a robarte la flor más celestial... El placer es fácil de agradecer, pero para agradecer el dolor hay que confiar firme en Dios. También Goyo se quedaba solo. Ante varias atentas almas y para consolarnos, Coré se lanzó a filosofar como un Platón:
(No hay cielo sin infierno.) “El mundo en sí no es un misterio: es Vida igual que tú. Todo es vida -en formas infinitas- pues sin vida nada se mostraría. Dios es la Vida absoluta: los seres son chispas suyas. Tú -por ser chispa sola- creas dos zonas: Tú, y lo externo. Lo interno es el Yo, Placer y Tiempo. Lo externo lo ves como Poder y Espacio inmenso (poder que te acoge y envuelve, omnipotente). Eres un puro Ser-de-placer, tu esencia es el placer; pero por ser mera gota, puedes perder ser, y eso es el dolor: que un poco de ti escapa fuera (es el precio a pagar por tu soledad).

El placer es la esencia de todo, aun de lo físico, que es vida básica (si te hicieras materia, tendrías alto goce, pero baja consciencia). Ser-Vida-Placer son lo mismo, y -por absolutos- no tienen opuestos: sólo admiten contrastes o frenos. El placer debe fluctuar y variar para poder sorprender e impactar. Contra la opinión vulgar, alguien muy feliz no podría ya gozar, pues sin previa carencia no cabe saciedad (para que el placer pueda llegar, antes tuvo que no-estar). Lo ideal es bailar cerca de la dicha y rozarla, pero no agotarla, para que así el deseo no decaiga.

Dormido eres pura dicha, porque allí -hundido en tu Esencia- estás chupando vida nueva, en forma de bioplasma (sique cercana de animales y plantas); por eso al despertar sientes tanta plenitud vital. Despierto se chupa vida al cuerpo, durante los goces. El placer tiene el sabor del sueño, es un dormir despierto. La mera esperanza de algún bien, chupa ya placer. Al sentir placer, toda pregunta se esfuma, pues ves que tu esencia es la Esencia única: la separación acaba, el Atman se funde con el Brahma.

Placer y dolor son hechos tan básicos, que ningún pensador ha osado explicarlos. Hasta una ameba sabe sentir placer, pero ni Kant supo esclarecer qué es. Y sin embargo es claro: sentir placer es sentir entrar en ti vida nueva (biotoma), y dolor es cuando la radias fuera (biofuga). Al ser nosotros vida, sentirse vivo ya es placer; pero -por pereza o rutina- sólo se llama placer a lo nuevo, al aumento, al contraste con lo previo. La duda ancestral sobre el origen del mal, es fácil de explicar: que los seres -por ser partes aisladas- pueden perder sustancia. Sentir dolor o placer es ganar o perder algo de ser, no hay más misterio.

El dolor (o el malestar mental) tiene 5 modos:

1- Vacío (infra-tensión): apatía, atonía, letargo, tedio, hastío, abulia, desgana.

2- Miedo (tensión de alarma): temor, ansiedad, angustia, pavor, pánico, espanto.

3- Ira (tensión agresiva): disgusto, enfado, enojo, irritación, malhumor, celos, envidia, odio, rencor, furia, rabia, cólera, furor.

4- Pena (tensión por carencia o pérdida, material o afectiva): pesar, congoja, tristeza, aflicción, amargura, humillación, duelo, desamparo, desaliento, desespero; puede incluir culpa o remordimiento.

5- Dolor físico: cualquier daño o molestia corporal, sea de causa interna o externa (herida, lesión, enfermedad, indigestión, ruido excesivo, sed, hambre, frío...). La depresión honda es daño físico: al cuerpo le falta endorfina o serotonina (vital para la salud cerebral).

¿Cómo ocurre el dolor? El cuerpo, si se daña, toma en defensa vida al alma (que va a la zona dañada -si es dolor físico- o sólo al cerebro, si es dolor síquico). Pero el alma sufre con ello: se agita y desgarra, porque esa vida es parte de sí misma, es sustancia íntima. Si entrar vida se siente como placer, salir es lo opuesto: descenso temporal del tono vital. El vacío o ‘depre’ es biotoma deficiente, que frena o acorta los deseos y el gasto. Todo acto envía vida al cuerpo, pero en grado tan leve que no duele. El dolor es un escape brusco y grande; tanto, que -para frenarlo- el cuerpo puede desmayarse.

El perder sustancia causa el desgarro del Yo que es el dolor: el orden y armonía del alma se vuelven distorsión y disonancia. El Yo es el centro más sensible del alma: al menor cambio brusco, pierde libertad, claridad y calma (pero con la ventaja de que el Yo se agranda y se ensancha). El alma es armonía tan delicada, que un leve estímulo la daña; basta una idea o recuerdo infeliz para afectarla. (Respirar hondo y lento calma la mente como el sueño.)

También las plantas -si las dañan- sienten dolor, aunque suave. Incluso las almas lo sentimos, pero no dolor físico, sino mental (es dolor inercial, eco del dolor antiguo, y por eso fácil de calmar). Todo ser vivo debe sentir dolor en su grado y nivel, pues si no es sensible al dolor, tampoco lo es al placer. La facultad de sufrir y gozar van juntas: las plantas sufren poco porque gozan poco.

Un niño apenas sufre, pero también es leve su dicha: juegos, caricias, golosinas... En cambio, el placer del adulto es vasto y variado, bebe de muchas fuentes: arte, belleza, ideas, saberes, sexo, logros, amores, recuerdos, proyectos... (según maduras, gozas de todo con más hondura). El alma es como una jarra: el dolor la ensancha, y así le cabe después más placer. Quien poco ha sufrido, sus placeres son nimios, porque su alma es de niño.

El placer se vive, es tu íntima esencia; el dolor no se vive, sólo se siente, como cosa ajena -pues no es la esencia de nada, ni tiene ser ni sustancia (es un mero mecanismo defensivo, un aguijón siempre listo... pero evitado casi de continuo). El dolor es temporal y sólo ocupa un punto del Yo; el placer -en cambio- es el Yo entero, y es tu ser perpetuo. ¡No eres dolor: eres placer; el dolor se siente: el placer se es!

La facultad de sufrir se tiene para ‘no’ sufrir, para saber evitar el dolor. Y quien más sensible es al dolor, es quien menos sufre, porque lo evita mejor. Pues el dolor no necesita estar presente, basta con haberlo conocido y que se recuerde. Cuando se pierde a un ser querido -por muerte o ruptura- el dolor es bella expresión de amor, es un dolor tan bueno y santo, que no quieres borrarlo. También, dolerse del mal que has hecho, es dolor deseable y bueno (lamentarse por sus faltas lo hacen hasta las almas).

La causa inicial del Mal es la materia, útil para los seres, pero que a veces se rebela y aflige en formas traviesas: frío, calor, sequías, plagas, tormentas... virus, lesiones, vejez, dolencias... Hasta el vicio moral nace del fallido material cerebral, que ocasiona egoísmo o crueldad. La materia no es mala, es sólo resistente y porfiada. Pero el hombre nació para retar a la materia y sacarle bienes y belleza, y crecer como Ser gracias a ella. Es milagro soberbio que la sique dome a la materia y cree un ágil cuerpo, con el que goza y juega, crece, actúa e inventa.

Dios no te evita las penas necesarias -eso te frenaría-, lo que hace es compensarlas. La razón del infortunio no es un mal en el pasado (un mal karma que ahora pagas) sino un bien en el futuro: las penas de la carne te ganan una gloria interminable. El dolor crea una deuda a tu favor. El árbol más grande nació de una semillita: así, de la frágil carne sale una vida casi divina. De la movida vida y su pizca de mal, nace la incansable facultad de gozar.

El hombre se queja: ‘¿por qué no nos hizo Dios inmunes al dolor?’ Pues porque tienes un valioso Ser que proteger. Las madres no quieren ser sordas al dolor de sus hijos: sufren junto con ellos, para mejor protegerlos. Por lo mismo, Dios dota del dolor a sus seres -parte suya- para que sepan protegerse.

Siendo tan poderoso ¿por qué no le regaló la dicha a todos?’ Eso es justo lo que hace, pero primero tiene que formarlos, y para eso el dolor es necesario (pero el bien logrado es sin medida mayor que el dolor causado). La infinitud de Dios debe incluir de todo, hasta dolor: los tragos de dolor aumentan tu perfección. El Bien y el Mal han de ser vecinos, pero el Bien en grande y el Mal al mínimo: opuestos en cantidad igual que en cualidad, dan la armonía ideal.

La vida alberga espantos y encantos, pero lo normal son los encantos. Hay que tumbar los tópicos: ‘Qué dolor tan grande’ (no: sólo te roe a ti y al breve instante), ‘Esta pena me ahoga’ (no: te agranda y te mejora), ‘Dios es cruel’ (sí, pero su crueldad es mínima y su bondad infinita: da eterno galardón por el dolor). Hasta la Biblia lo zanja: ‘Su ira dura un momento, pero su amor es eterno’ (Sal 30,5. Isa 54,7-8). Dios puede un instante ser cruel, pues lo compensa eternamente con placer.

El Mal es servidor del Bien, pues redunda en placer antes o después (en cuanto un mal termina, ya es alegría). Dios causa el mal para el Bien final (el bien mayor, hace bueno al mal menor). Las penas que Dios permite o causa, quedan archicompensadas: como la vida nunca acaba, el dolor se aleja según el placer se alarga: menos va pesando el dolor en la balanza.

(Sólo a través de males terrenales, llegas a ser un ángel: sin cruzar el fuego del dolor, no te haces un ser de amor. Si Dios creara al ángel ya acabado, sería un bebé, no un ser sabio. No puede haber un Edén prefabricado: cada cual debe crearlo con su esfuerzo y su trabajo. El hombre fue hecho para ser feliz, sí; pero no de forma gratis: su dicha ha de ser fruto de su esfuerzo y de bregar con el medio, sea fácil o adverso. La dicha debe ser activa y creativa: la felicidad pasiva se adormila y se disipa.)

Explicar el dolor no lo suprime, pero lo redime. Saber que el frío pasará, no borra el invierno, pero aporta consuelo. La explicación del dolor no quita el dolor (cuando toca sufrir, hay que sufrir) pero da esperanza y paciencia al infeliz. Sabiendo que el dolor es benéfico, me consuelo; pues la Nada no existe, la muerte es un breve paso, y el dolor no es malo sino bueno y necesario.

¿Cómo amaríamos el bien, sin haber sufrido el mal? No seríamos como somos -ricos, intensos y complejos- sin el don de sentir dolor; sin ello seríamos como fetos -oscuros, amorfos, superfluos. No sabríamos de qué alegrarnos ni qué desear, ni habría sentido ni meta a que aspirar. Sin el mal, la Vida no pasaría del nivel vegetal. Cierto, no habría dolores, pero no seríamos ángeles sino coles.

La facultad de valorar el bien vale igual que los bienes mismos, y eso sólo se alcanza tras haber sufrido. Eva y Adán, aunque estaban en el Edén, el Edén no estaba en ellos: por eso lo perdieron. Como niños, vivían el bien sin notarlo: tuvieron que perderlo para hallarlo; al oponerlo al mal, lo descifraron.

Como la cola de la flecha (que al sofrenarla, la endereza), el dolor -al estorbar la vida- le da su dirección. Sabes lo que es el bien, tras conocer el dolor, antes no. Sin infierno, no hay paraíso. El bien es invisible hasta que el dolor lo exhibe. Quien sufre, ve un cielo luminoso: el dolor crea la felicidad, las lágrimas limpian los ojos.” * * *

Calló Coré, y rumiando sus palabras me alejé. Volví ante la zarza, mirando a las almas a ver si eran Nadia. Mientras, los coches partían sin prisa y sin pausa. Al fin, sólo quedaron tres chicas y dos chicos, hermanos suyos: Tito debía venir con su furgón a las 3 y llevarlos a la Estación para Granada. Como había tiempo, los chicos se fueron a jugar al ping-pong y las chicas a leer al sol. Sólo una tenía novio, y en chicos debían pensar, porque -con textos en las manos- no lograban leer; se lo acercaban y al momento lo bajaban, mirando al aire absortas.

Aunque todo latía en perfecta calma, la fresca belleza las deslumbraba: los colores vibraban, la limpia luz cegaba, y las flores embriagaban. Verde variado y fértil, puro aire alpestre, altas montañas, cielo ardiente y nubes blancas: góndolas de otoño surcando un mar de azules aguas... En sus mentes: ecos de las voces recién idas, junto a los besos de las despedidas. Y en su memoria más honda: el fulgor de cuatro días de intensa vida, junto a amigos y amigas. Y por dentro el amor les resonaba como un dulce revuelo de campanas...

Pero se acercaban las 3 y Tito no llegaba. Mas llegará, y a la noche estarán todos en casa. Y toda la belleza de aquella tarde... vagaría en silencio en los senderos, disolvería su luz en el viento, ardería en el fondo de algún sueño. Seguiría el rumor de la fuente sonando solitario y alegre, junto a los chopos y la hierba floreciente. Y aquel edén abandonado... bañaría de amor los espacios, quemaría su luz en los cuartos, buscando el beso de unos labios... Montes, pinos... cielos, prados... sendas, cortijos... caricias, pecados... todo quedaba atrás, en la tarde que nunca se repetirá igual. Donde habían sonado risas y voces de juventud vibrando, ya sólo reinaba el silencio y el canto de los pájaros... ¡Cuánta vida encendida ahora se apaga y se olvida!

La tarde dormitaba y Tito no llegaba. Ya debía estar viniendo, pero tardaba y tardaba... Y la tarde se miraba en el espejo del cielo, y Nadia no aparecía, y las chicas pasearon y volvieron, y todos se adormilaron bajo los chopos dorados... Las 3 y 30 y Tito se negaba a llegar. Los chicos silbaban tonadas, las chicas se susurraban, los pájaros piaban: todos esperábamos, no había en la vida otra cosa que hacer, salvo esperar y esperar... ¿a quién? Tito ya debe estar llegando, ya va a llegar... esperábamos... Y sin embargo, uno quisiera que no acabara nunca por llegar. Pero lo hizo al fin pasadas las 4, salimos hacia el pueblo, dejamos en la Estación a la gente, y -por si Nadia aparecía- nos quedamos con Tito para varios días.

(Fin del primer tomo.)




lunes, 25 de junio de 2018

EL CALVINISMO ES DESCABELLADO. Teosis 14


Elio Coreli - El fin del mal (Memorias de un ángel) Teosis 14
 
(Lunes.) Amaneció el imperioso día postrero, el último que vivirían completo. Al alba, Tito -por ser lunes- fue a su trabajo al pueblo de al lado, pero volvería por la tarde a dar su charla. Éthel pasó la suya a la mañana y le pareció atinado hablar -como broche final- del rezo ideal, dado por Cristo mismo en Mateo 6,9. Rezo -según Éthel- divino e inefable, pero en verdad una linda sarta de dislates: Si Dios es Padre, sus hijos seríamos deidades; Él no está sólo en los Cielos sino en todas partes, y su Voluntad ya la cumple -velis nolis- todo ser que nace... Y lo más triste es tener que decir: ‘guárdanos de la tentación y líbranos del mal’; eso hay que pedirlo sin cesar, Dios no lo hace motu proprio (pues le encanta repartir desgracias por haber mordido Eva la manzana).
Mientras Éthel toreaba el Padrenuestro y se lucía, yo me fijé en las lindas gemelas Dolcét y Silvét, una de pelo oscuro, la otra teñida de rubio, pero ambas idénticas: ojos de ensueño, dulces mejillas, blanda naricita y labios de ambrosía. No es soñable un Paraíso si no lo alegran rostros lindos. Besan con la mirada, y su sonrisa encandila y embriaga... Oh Señor, creaste cada monada... Basta una dulce carita para alegrarte la vida.
Tras las reinas, había otras caras más modestas: Clara, Dalia, Nátaly, Brenda... Débora -morena y alta, seria y decidida- seducía por su agradable sonrisa. Bianka era amable y entrañable, su pelo castaño orlaba el blanco rostro ovalado. La novia de Adán -rubia teñida- era esbelta de hombros y caderas, pero de cara no tan bella... Y las demás, todas tenían algo chic: ante todo, su frescura juvenil. En toda joven luce la gracia inmaculada de la flor en la planta: son la forma humana más dulce y grata. La primavera de su belleza seduce y sosiega como fuente serena, y su fina voz cristalina alegra y anima como la brisa marina.
No hay estampa tan divina como la figura femenina, delicia caliente y viva. Son sueños de suave carne, música visible y poesía besable. Son obras primorosas de tan fino detalle (hasta de espaldas tienen arte) que parece indudable que las hicieron los exoángeles a su imagen. Pues, sólo por selección natural ¿cómo se va a volver un simio en mujer, ...una mona en un ángel? ¿Cómo -sin ayuda de arriba- pudo la mona Chita volverse la Monalisa?
Ya bordaba Éthel el colofón final: “Dios nos manda pruebas de paciencia para darnos más fuerza; permite opresiones para mostrar mejor sus bendiciones; así nos lo enseñan Job y los profetas. Pero podemos confiar: nunca nos pondrá una carga mayor que la llevadera (1Co 10,13). Y también, Dios permite la tentación para que no lo olvidemos y lo busquemos: cada oración declara tu dependencia de Dios.
Si en Él confiamos al orar, el diablo volará (Sant 4,7). Cuando rogamos ‘líbranos del mal’ pedimos algo ya ganado por Cristo en el Calvario, donde aplastó a Satanás (Col 2,15). Allí en la cruz, él -falto de pecado- recibió nuestro pecado, y nosotros -faltos de santidad- recibimos su santidad. Por su victoria los débiles somos hechos fuertes, los mortales vencemos a la muerte y los pecadores pisamos al pecado. ¿Alelúuuya...? Améeen.”
Con tan confortantes palabras concluyó la santa charla. Salieron los grupitos al sol y leyeron la parábola del sembrador (Lc 8, 11-15), que muestra a unos que desoyen la Palabra, a otros que fallan por flaqueza o placeres, y a los pocos que perseveran fieles. Resultaba pasmoso cómo hace dos mil años, Jesús ya previera lo que hoy hace la gente (que muchos rechazan la buena nueva, otros la aceptan a medias, y pocos se entregan de veras). Antes de estar la Iglesia andando, Jesús ya vio el resultado, qué milagro.
Liberio flipaba de que Jesús fuese profeta, y que supiera que lo que él decía a cuatro gatos en Judea, resonaría un día por el ancho planeta (Mt 24,14 / 26,13). Parecía de cajón que Jesús era Dios, para saber de antemano tanto. ¿O cómo se explica que a dos mil años de palmarla, aún tenga vastas masas rendidas que lo aclaman y lo aman? El tal Jesús, capaz de ganarse al mundo con dos sandalias... y de hechizar a millones con su magia, no pudo ser un mero soplagaitas...
Débora y Pedro se lo recalcaban, pero Liberio -contumaz- replicó: ‘Si Jesús vino a salvarnos a todos, ¿por qué se salvan sólo unos pocos? Eso no cuadra. Si para tú creer, primero debe enviar Dios su gracia, ¿por qué no se la envía a todos..., por qué acusa a los rebeldes, si sólo Él puede abrirles los ojos?’
Le replica Débora: ‘Jesús dice: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y os abrirán (Mt 7,7). Si no le pedimos, él no va a enviarnos su Espíritu, pues Dios respeta tu libertad. Si libremente le pides de su Gracia, Dios te la dará, porque te ama y quiere salvarte; pero no al que no quiere salvarse. La fe es por gracia, sí, pero a ti te toca anhelarla. Todos debemos decidir: ¿prefiero arreglarme sin Dios, o aceptar su salvación? Y sólo la puede recibir quien le abre su corazón, quien siente anhelo y sed de Dios. Dios no es un tirano que imponga su mandato: respeta tu albedrío; te llama, no te fuerza; te ofrece la gracia, tú la aceptas o la niegas.
Dios no condena: es la persona la que elige no salvarse, si rechaza el don de Dios. En el fondo es un misterio, pero lo cierto es que en tu mano está salvarte clamando al cielo. Sólo hace tres días que te conozco, Liberio, pero siento que llevas tiempo luchando con Dios. No te resistas más: clama a Jesús, ábrele el corazón y él te bendecirá con su amor. Con Dios todo te irá mejor. Jesús te llevará a amar y el amor te dará paz. Sea cual sea la prueba, en el placer o en la pena, Jesús estará a tu vera.’ Débora besó deprisa a Liberio en la mejilla, y se alejó diciendo: ‘Que Dios te bendiga. Tengo que ayudar en la cocina.’ Liberio la miró irse, pensativo.
Le digo a Coré: ‘Liberio está ya tocado y herido, con Débora y sus besitos. No todos los días te besa una chica linda, y además elocuente. Tanto, que me ha dejado dudoso a mí mismo: ¿es que van a tener razón los devotos, después de todo?’ Coré me calmó: “Razón la tienen todos, ateos y devotos. La fe en el buen Jesús no puede ser algo malo. Creer que él solito creó el mundo vasto, que andaba sobre el agua como un pato, que a muertos reanimaba y ascendió al cielo sin alas ¿qué daño puede hacer? Son cosas ‘creíbles’ y llanas, que a nadie extrañan. (Qué guasa.)
Pero al decir ‘es la persona quien se condena sola’ están aceptando que haya
infierno, y eso no cuadra con un Dios bueno, porque infierno y condenación son el
fracaso de Dios. Con el infierno, en vez de salvar a la humanidad, se perpetúa el mal.
Crear un mundo con un infierno adjunto, crear seres malos para que pequen y sean
castigados, no tiene nada de cristiano.
Ningún ser puede ser culpable ante su Hacedor, porque éste es tan responsable por sus criaturas como el relojero por su reloj. Hizo al hombre como bien le pareció; le dio mente, cuerpo y sentimientos: ¿qué culpa tiene el hombre si entre sus impulsos está la envidia, el odio, la codicia o el orgullo? No es el hombre quien los inventó. El odio y la maldad fue obra de Dios, que pudo haber creado un mundo mejor. Por eso él es el único culpable del pecado, y la criatura es víctima -y no autor- del pecado, que es un defecto que hay en su ser y lo hace desgraciado.
¿Cómo permite el mal un Dios que dicen ser todo amor? Esto ellos no lo alcanzan, es arduo misterio, y salen del entuerto echándole la culpa al hombre pecador, o al Mangui del copón. Y encima viene Calvino diciendo que ab aeterno Dios predestinó a unos a salvarse y otros al fuego; con lo cual hace de Dios un monstruo que ni con queso: creó seres ex profeso para que sean malos y los puedas torturar en el Averno. Los calvinistas descabellados quieren tomarnos el pelo con sus fregados, hasta dejarnos calvos.
El Dios real no tiene ira, odio, castigo ni venganza de ningún tipo: nadie puede agraviarlo. Atribuirle ira, como hace san Pablo (Ro 1,18 / 9,22. Ef 5,6) es degradarlo al nivel de hombre insensato. Siendo un Dios bueno, ¿cómo va a destinar a nadie al infierno? Si allí sufriera un ser hecho a su imagen, él también sufriría. ¿Cómo va a aceptar que criaturas por él creadas acaben fracasadas?
Si Dios es amor, el amor le obliga a salvar a todos por igual; y a los malvados los primeros, pues un buen médico atiende más al loco que al cuerdo. Salvar a quien desea salvarse es muy fácil: donde Dios muestra su valía es al salvar a los reacios, logrando que lo amen quien antes lo odiaron. Si los manda impotente al infierno, es Satanás quien queda contento.
Si Dios ama a sus seres, ni uno sólo podrá perderse, porque para un doctor omnisciente no hay paciente incurable: no hay tan gran pecador que no lo cure Dios. El Dios real es el que saca bien del mal y orden del caos. Mientras que al dios de Calvino lo vemos incapaz de salvar más que a unos cuantos; por tanto no es Dios, sino un malvado que -habiendo creado el infierno- necesita gente para llenarlo. Así que estos creyentes, al tiempo que dicen que Dios es amor, lo muestran como un malvado y un fracasado, y un Dios así no lo compra ni el Tato.
Los pobres creyentes tienen que hacer malabarismos mentales para no odiar al Dios que desean amar. Con típica esquizofrenia, su odio a Dios lo desvían hacia el diablo. Pero es evidente que el malo no es Satán, sino el Dios que -siendo harto más fuerte que Satán- lo deja tan pancho actuar.
Cuando los fieles celebran que Cristo venció a Satán, sin darse cuenta le dan honores divinos al diablo, al mostrarlo tan grande y fuerte que hasta retó al sumo Hacedor. En realidad, su distancia en poder es tal, que luchar Satán contra Dios es como luchar una pulga contra un ciclón. Y esa pulga está dejando calvo a Dios, pues cada día manda a millones de incrédulos al Averno, en tanto que Dios sólo gana a cuatro gatos para el cielo.
Y el pobre creyente se ve obligado a amar tal figurón, a un Padre y Pastor que mira hacia otro lado y deja al hombre errar extraviado, y que en vez de parar a Satán le ayuda a obrar el mal. El fiel tiene que hacer acrobacias mentales para no aborrecer a tal dios, y no ver en él al culpable grave de todos los males. Les cuesta un riñón mantener la devoción.
Sólo hipnotizados puede haber fe. La fe es un estado adormecido de la mente, y en ese estado viven los creyentes: con un cortocircuito mental permanente, que les encoge bastante el intelecto. Pero también los vuelve más infantiles y simples, y los libra de otras angustias, que es lo que ellos buscan. Su fe es una casta psicoterapia barata, una forma sutil de regresar a la infancia. Así que sólo les puedo decir: que lo disfruten con salud.”
Con disfrute y con salud es como salió la gente tras el almuerzo, a pasear entre las acacias, sauces y fresnos. Un grupito tomó guitarras y se sentó en la hierba, a la sombra perfumada, a la vera del arroyo donde el agua sueña y canta; y empezaron a espigar bellas baladas. Había un clima ya de nostalgia, porque mañana partirían y nadie quería irse, ahora que todos se conocían y un lazo invisible los unía.
Habían compartido tres días intensos de canciones y juegos, de palabras y silencios. Habían recibido heridas de amor y de consuelo. Algunos se habían enamorado, todos se sentían cómplices y aceptados, fuesen gordos o flacos. Liberio el sábado molestó a Débora, ¿cómo se lo pagó ella? Con besos. Ni se ofendió ni le retiró el trato. Pues este ambiente tan majo, tan cálido y fraterno, pronto se iría helando en el salón de mármol del recuerdo. Al volver a las urbes populosas y su bullicio agitado, soñarían con estas brisas limpias y con los pájaros trinando.
Una fiebre amorosa ya los punza con su dardo, les enciende el pecho y los labios. Y en el tiemblo de sus voces, vibran sus corazones rasgados. Hablan como arroyos frescos, callan como enamorados; como diciendo: “Hoy es el día sin mañana, porque mañana nos vamos. Hoy alzamos castillos al aire, mañana serán borrados. Hoy somos un todo hermoso, mañana cuerpos por el mundo vasto. Hoy respiramos el gozo, mañana sueños devastados. Hoy bebemos el reposo, mañana aires olvidados. Hoy juntamos la alegría, mañana las maletas en el patio. Igual que a la llegada, ¡pero tan distinto!
Entonces era el risueño inicio de los juegos, el sabor de la aventura, el desorden bello de un mundo naciendo ...todos heridos de deseo, entre los pinos, acacias y almendros... Las maletas traían su flota de anhelos, su plan de canciones, sus ramos de sueños, promesas de amor, preludios de besos. Todo nacía con risas felices, con frescas miradas, con puros latidos y esperanzas vagas.
Bagajes revueltos, fardos y anhelos, gritos para abrir sigilos, ruegos para urdir secretos, alas para volar feliz, como palomas en el cielo, dilatarse en los espacios puros, fundirse en el azul sereno, surcar la luz ardiente de las nubes, rozar los árboles tibios del sueño, sangrar de verde y refilón en los ribazos, temblar de amor fragante entre los setos, besar el sol con los cinco sentidos, cruzar en paz la sombra amiga del sendero, y descansar feliz junto al arroyo remansado y fresco.
Hoy la tarde todavía... latirá en nuestras voces, dormirá en nuestro pecho... en los goces compartidos, en los acordes al viento... Hoy todavía: las risas, las palabras, los silencios... Mañana... las nostalgias y los ecos. Cuando más felices somos... se quebrará el hechizo y nos iremos. Se quedarán solos aquí los aires sin los besos, y las sombras, sedientas de los cuerpos. Se quedarán los cuartos sin las risas, y desnudos de los sueños. Las sendas, sin la luz de las miradas; la arboleda, sin el roce de los dedos.
Se dormirán los pájaros soñando... el eco antiguo de los juegos. Se quedarán nuestros anhelos olvidados, latiendo en los rumores del viento... y la vida intacta que hoy sembramos, nunca la descifraremos. Se quedarán nuestros secretos sepultados, en dulce y blando sepelio. Florecerán a solas los amores nunca dichos, que no supimos liberar del miedo, y que sólo en la deshora... regresarán de la sombra y segaremos.
Dejaremos la paz de este valle por los latidos urbanos, estas verdes brisas limpias por los humos ciudadanos, y esta tierna hierba fresca por el duro y seco asfalto... El aire puro y fragante, por el polvo fatigoso de las calles. En vez de canciones habrá ruidos; en vez de rezos, estrépito. En vez de amigos, extraños; en vez de bondad, desprecio. En vez de dulzura, egoísmo; en vez de amistad, turbios deseos. Hallaremos un mundo sin Dios y sin amor, ambicioso y agitado; impaciente en sus afanes ciegos, enredado en sus proyectos vanos. Sediento no de paz ni de verdad, sino de tumulto y de pecado: bogando a toda vela hacia el infierno desolado...”