miércoles, 24 de octubre de 2018

LA FÁCIL EXPLICACIÓN DEL DOLOR . Teosis 18 Fin.

Elio. El fin del mal. Teosis 18 final.

Goyo me había ya contado cómo se aman las almas (el misterio del sexo de los ángeles, al fin resuelto): cuando dos almas se abrazan, entran despacio en trance (un semisueño sumiso al deseo, que crea vivos sueños manejables). Las fases humanas normales son el sueño o la vigilia, raramente caen en trance; las almas sí gozamos del trance a voluntad, con su intenso ensoñar (es nuestra fase Rem, pero hiperclara).
Los abrazados -si quieren- practican el sexo: mezclan sus mentes a concierto y cada uno ve al otro en su sueño: lo desviste, besa, abraza... Funden sus memorias y mentes: es el máximo acto de unión entre dos seres. El otro actúa parejo a tu voluntad y deseos, haciendo realidad los sueños: tejiendo lentas y eróticas juergas, siempre frescas y nuevas.
También gozamos -despiertos- viendo a gente en pleno sexo: el placer que irradian, te contagia (así la mujer antes fría, por fin se corre de alegría). En trance o despiertos, tenemos todo el sexo que queremos. Lo único especial es la falta de clímax final; pero justo por eso, nuestro goce es más continuo y pleno, sin fatiga y sereno. Como todo es mental y nada orgánico te frena, puedes amar cuanto y cuando quieras, sin trabas ni barreras. Somos amos del deseo, el hombre es su vago siervo, esclavo inconstante de la voluble carne. Para él, el sexo es un breve alivio endeble; para nosotros, un claro y largo deleite.

(Martes.) El día asomó tibio y con nubes, pero sin ganas de llover. Tito y el chef, sus esposas y niños, se fueron al alba al pueblo, a sus oficios. Hoy no habría charlas, nadie madrugó. Tras desayunar tarde y fregar los trastos, se juntaron los grupitos al sol. Y leyeron de un tirón entre todos -al alimón- a Juan, capítulos 13 al 17, blando y vago sermón, surrealista y bobalicón.
Pero la tutora no propuso las preguntas de rigor, sino que -olvidando el texto- les pidió que dijeran lo que más les había gustado del retiro y lo que menos. Para los más lo mejor había sido la unión fraternal y las edificantes charlas; también se alabó los cantos, la comida y las veladas. Lo que menos gustó fue el frío de noche en la cama, obra de la alta montaña.
Tras esto, quedaban las últimas faenas: barrer y fregarlo todo: cuartos, aseos, cocina y salón. Sólo los más entregados se arremangaron; el resto miraba y charlaba. Faltaba un rato para las despedidas. Todos estaban de vista risueños, pero tristes por dentro: ojalá pudiesen seguir allí más tiempo, ahora que ya eran un clan fraterno. Pero había que partir sin remedio: se dispersarían como el humo por el ancho mundo, y no volverían a verse, salvo algunos. Las guiris volverían a su patria al acabar los cursos: sólo quedarían las fotos y el recuerdo... pronunciando un ayer que fue feliz y no pudo ser eterno.
A la una dieron bocatas y frutas, y los comieron charlando al fresco. Y empezaron sin prisa los adioses para la partida. Podían estarse allí todo el día si querían; pero un largo viaje les esperaba y mejor llegar temprano a casa. Tras dar los besitos de rigor, un primer coche partió...
De pronto llegan Fianna y Kimla anunciando que se iban a Sevilla. Las abrazamos y partieron con los de un coche, cual dos más del retiro: pero nuestro adiós sí que era definitivo. También Yania y Coré se irían en pocos días y los perdería. Entonces sentí: ¿no me podría ir con Nadia en algún grupo? Yo pensaba que ya ella me apreciaba (pero confundí el candor con el amor). La abordé con mi plan: ‘¿Qué te falta por ver en el pueblo de Tito? ¿No es mejor irse con Débora o Pedro..., ver nuevos y mayores templos?’ Me contestó que cualquier sitio vale ante Dios, cuanto más humilde mejor.
Oh Nadia, ¿por qué no piensas más en nosotros y menos en tu Dios? Tú ya no eres humana ni tienes por qué ser santa. ¿No ves que te adoro, que todos queremos amar como locos...? Jachú liubít (recordé un canto ruso), óchin núzhna liubít.’
Shtó ia magú, míli, nie vinaváta (qué puedo hacer yo, bonito, no es mi culpa). Amar es santo, pero en pareja es malo.’ ‘¿Cómo es eso?’ ‘El Señor dijo: en la otra vida seremos como ángeles, sin consortes ni amantes’ (Mt 22,30. Lc 20,35).
Me quedé mudo. Era obvio que Jesús sólo decretó doctrinas humanas, no para las almas. Pero era inútil contrariar a Nadia. Preferí suscitarle dudas amplias: ‘Ay Nadia ¿y si estamos errados y esperamos al Señor en vano? Si hemos muerto, ya debíamos gozarlo, y no le vemos el pelo. ¿Estamos ya salvados, o enredados en otro mundo extraño? Dios no aclara qué hacemos aquí, para qué existir: por qué nacer, por qué vivir, por qué luchar, por qué sufrir. ¿Por qué no da señas, y nos tiene a oscuras en esta ratonera?’
Nadia reprendió mi torpeza: ‘Dios es Espíritu, no materia, y quiere adoradores en espíritu y en verdad (Jn 4,24), por fe, no por vista.’ ‘Pero Jesús sí tendría que verse, y ni rastro de él. Tanto ocultarse es ya cruel. ¿Sabes lo que pienso? Que todo lo de Jesús es fantasía. Habrá un Dios, si quieres, pero no existe el Hijo ni la hija, y cuanto antes lo admitas mejor.’ Me contesta risueña: ‘Yo no necesito verlo para creer: Jesús ha llenado mi vida con su ser...’
Se había quedado alelada mirando algo tras mí. Me volví: de una zarza en la sombra salía una luz curiosa, un fulgor que pronto se volvió un ángel: un ser de luz que me evocó a Jesús. ¿No hablaba yo de él, reprochándole no mostrarse; no era él, que venía a inculparme? Y he aquí que abre sus brazos hacia Nadia. Yo me alarmé: ¿no iría ella con él, al creerlo Jesús, cuando sería cualquier ángel gandul? Como me temía, Nadia avanzó, el ser la abrazó, y todo se borró. Quedó la verde zarza en la sombra intacta. Si era una broma, no tenía gracia.
Esperé un rato, soñando aparecer de pronto Nadia. Al fin fui a contárselo a Coré, que me contesta grave: “Elio, dile adiós a Nadia, los ángeles la guardan, y contra ellos no somos nada. De poco sirve quejarse; era un amor inviable. Sí, es lindísima Nadia: pero por eso mismo no era tu talla. Conténtate con recordarla, pues sólo en tu mente podrás gozarla. Así que Josué 1,9: Esfuérzate y no temas, porque el Señor va a tu vera y te alienta.”
Mas cómo no temer y aflojar, cuando un ángel te vino a castigar -¿es que es pecado amar?- y a robarte la flor más celestial... El placer es fácil de agradecer, pero para agradecer el dolor hay que confiar firme en Dios. También Goyo se quedaba solo. Ante varias atentas almas y para consolarnos, Coré se lanzó a filosofar como un Platón:
(No hay cielo sin infierno.) “El mundo en sí no es un misterio: es Vida igual que tú. Todo es vida -en formas infinitas- pues sin vida nada se mostraría. Dios es la Vida absoluta: los seres son chispas suyas. Tú -por ser chispa sola- creas dos zonas: Tú, y lo externo. Lo interno es el Yo, Placer y Tiempo. Lo externo lo ves como Poder y Espacio inmenso (poder que te acoge y envuelve, omnipotente). Eres un puro Ser-de-placer, tu esencia es el placer; pero por ser mera gota, puedes perder ser, y eso es el dolor: que un poco de ti escapa fuera (es el precio a pagar por tu soledad).

El placer es la esencia de todo, aun de lo físico, que es vida básica (si te hicieras materia, tendrías alto goce, pero baja consciencia). Ser-Vida-Placer son lo mismo, y -por absolutos- no tienen opuestos: sólo admiten contrastes o frenos. El placer debe fluctuar y variar para poder sorprender e impactar. Contra la opinión vulgar, alguien muy feliz no podría ya gozar, pues sin previa carencia no cabe saciedad (para que el placer pueda llegar, antes tuvo que no-estar). Lo ideal es bailar cerca de la dicha y rozarla, pero no agotarla, para que así el deseo no decaiga.

Dormido eres pura dicha, porque allí -hundido en tu Esencia- estás chupando vida nueva, en forma de bioplasma (sique cercana de animales y plantas); por eso al despertar sientes tanta plenitud vital. Despierto se chupa vida al cuerpo, durante los goces. El placer tiene el sabor del sueño, es un dormir despierto. La mera esperanza de algún bien, chupa ya placer. Al sentir placer, toda pregunta se esfuma, pues ves que tu esencia es la Esencia única: la separación acaba, el Atman se funde con el Brahma.

Placer y dolor son hechos tan básicos, que ningún pensador ha osado explicarlos. Hasta una ameba sabe sentir placer, pero ni Kant supo esclarecer qué es. Y sin embargo es claro: sentir placer es sentir entrar en ti vida nueva (biotoma), y dolor es cuando la radias fuera (biofuga). Al ser nosotros vida, sentirse vivo ya es placer; pero -por pereza o rutina- sólo se llama placer a lo nuevo, al aumento, al contraste con lo previo. La duda ancestral sobre el origen del mal, es fácil de explicar: que los seres -por ser partes aisladas- pueden perder sustancia. Sentir dolor o placer es ganar o perder algo de ser, no hay más misterio.

El dolor (o el malestar mental) tiene 5 modos:

1- Vacío (infra-tensión): apatía, atonía, letargo, tedio, hastío, abulia, desgana.

2- Miedo (tensión de alarma): temor, ansiedad, angustia, pavor, pánico, espanto.

3- Ira (tensión agresiva): disgusto, enfado, enojo, irritación, malhumor, celos, envidia, odio, rencor, furia, rabia, cólera, furor.

4- Pena (tensión por carencia o pérdida, material o afectiva): pesar, congoja, tristeza, aflicción, amargura, humillación, duelo, desamparo, desaliento, desespero; puede incluir culpa o remordimiento.

5- Dolor físico: cualquier daño o molestia corporal, sea de causa interna o externa (herida, lesión, enfermedad, indigestión, ruido excesivo, sed, hambre, frío...). La depresión honda es daño físico: al cuerpo le falta endorfina o serotonina (vital para la salud cerebral).

¿Cómo ocurre el dolor? El cuerpo, si se daña, toma en defensa vida al alma (que va a la zona dañada -si es dolor físico- o sólo al cerebro, si es dolor síquico). Pero el alma sufre con ello: se agita y desgarra, porque esa vida es parte de sí misma, es sustancia íntima. Si entrar vida se siente como placer, salir es lo opuesto: descenso temporal del tono vital. El vacío o ‘depre’ es biotoma deficiente, que frena o acorta los deseos y el gasto. Todo acto envía vida al cuerpo, pero en grado tan leve que no duele. El dolor es un escape brusco y grande; tanto, que -para frenarlo- el cuerpo puede desmayarse.

El perder sustancia causa el desgarro del Yo que es el dolor: el orden y armonía del alma se vuelven distorsión y disonancia. El Yo es el centro más sensible del alma: al menor cambio brusco, pierde libertad, claridad y calma (pero con la ventaja de que el Yo se agranda y se ensancha). El alma es armonía tan delicada, que un leve estímulo la daña; basta una idea o recuerdo infeliz para afectarla. (Respirar hondo y lento calma la mente como el sueño.)

También las plantas -si las dañan- sienten dolor, aunque suave. Incluso las almas lo sentimos, pero no dolor físico, sino mental (es dolor inercial, eco del dolor antiguo, y por eso fácil de calmar). Todo ser vivo debe sentir dolor en su grado y nivel, pues si no es sensible al dolor, tampoco lo es al placer. La facultad de sufrir y gozar van juntas: las plantas sufren poco porque gozan poco.

Un niño apenas sufre, pero también es leve su dicha: juegos, caricias, golosinas... En cambio, el placer del adulto es vasto y variado, bebe de muchas fuentes: arte, belleza, ideas, saberes, sexo, logros, amores, recuerdos, proyectos... (según maduras, gozas de todo con más hondura). El alma es como una jarra: el dolor la ensancha, y así le cabe después más placer. Quien poco ha sufrido, sus placeres son nimios, porque su alma es de niño.

El placer se vive, es tu íntima esencia; el dolor no se vive, sólo se siente, como cosa ajena -pues no es la esencia de nada, ni tiene ser ni sustancia (es un mero mecanismo defensivo, un aguijón siempre listo... pero evitado casi de continuo). El dolor es temporal y sólo ocupa un punto del Yo; el placer -en cambio- es el Yo entero, y es tu ser perpetuo. ¡No eres dolor: eres placer; el dolor se siente: el placer se es!

La facultad de sufrir se tiene para ‘no’ sufrir, para saber evitar el dolor. Y quien más sensible es al dolor, es quien menos sufre, porque lo evita mejor. Pues el dolor no necesita estar presente, basta con haberlo conocido y que se recuerde. Cuando se pierde a un ser querido -por muerte o ruptura- el dolor es bella expresión de amor, es un dolor tan bueno y santo, que no quieres borrarlo. También, dolerse del mal que has hecho, es dolor deseable y bueno (lamentarse por sus faltas lo hacen hasta las almas).

La causa inicial del Mal es la materia, útil para los seres, pero que a veces se rebela y aflige en formas traviesas: frío, calor, sequías, plagas, tormentas... virus, lesiones, vejez, dolencias... Hasta el vicio moral nace del fallido material cerebral, que ocasiona egoísmo o crueldad. La materia no es mala, es sólo resistente y porfiada. Pero el hombre nació para retar a la materia y sacarle bienes y belleza, y crecer como Ser gracias a ella. Es milagro soberbio que la sique dome a la materia y cree un ágil cuerpo, con el que goza y juega, crece, actúa e inventa.

Dios no te evita las penas necesarias -eso te frenaría-, lo que hace es compensarlas. La razón del infortunio no es un mal en el pasado (un mal karma que ahora pagas) sino un bien en el futuro: las penas de la carne te ganan una gloria interminable. El dolor crea una deuda a tu favor. El árbol más grande nació de una semillita: así, de la frágil carne sale una vida casi divina. De la movida vida y su pizca de mal, nace la incansable facultad de gozar.

El hombre se queja: ‘¿por qué no nos hizo Dios inmunes al dolor?’ Pues porque tienes un valioso Ser que proteger. Las madres no quieren ser sordas al dolor de sus hijos: sufren junto con ellos, para mejor protegerlos. Por lo mismo, Dios dota del dolor a sus seres -parte suya- para que sepan protegerse.

Siendo tan poderoso ¿por qué no le regaló la dicha a todos?’ Eso es justo lo que hace, pero primero tiene que formarlos, y para eso el dolor es necesario (pero el bien logrado es sin medida mayor que el dolor causado). La infinitud de Dios debe incluir de todo, hasta dolor: los tragos de dolor aumentan tu perfección. El Bien y el Mal han de ser vecinos, pero el Bien en grande y el Mal al mínimo: opuestos en cantidad igual que en cualidad, dan la armonía ideal.

La vida alberga espantos y encantos, pero lo normal son los encantos. Hay que tumbar los tópicos: ‘Qué dolor tan grande’ (no: sólo te roe a ti y al breve instante), ‘Esta pena me ahoga’ (no: te agranda y te mejora), ‘Dios es cruel’ (sí, pero su crueldad es mínima y su bondad infinita: da eterno galardón por el dolor). Hasta la Biblia lo zanja: ‘Su ira dura un momento, pero su amor es eterno’ (Sal 30,5. Isa 54,7-8). Dios puede un instante ser cruel, pues lo compensa eternamente con placer.

El Mal es servidor del Bien, pues redunda en placer antes o después (en cuanto un mal termina, ya es alegría). Dios causa el mal para el Bien final (el bien mayor, hace bueno al mal menor). Las penas que Dios permite o causa, quedan archicompensadas: como la vida nunca acaba, el dolor se aleja según el placer se alarga: menos va pesando el dolor en la balanza.

(Sólo a través de males terrenales, llegas a ser un ángel: sin cruzar el fuego del dolor, no te haces un ser de amor. Si Dios creara al ángel ya acabado, sería un bebé, no un ser sabio. No puede haber un Edén prefabricado: cada cual debe crearlo con su esfuerzo y su trabajo. El hombre fue hecho para ser feliz, sí; pero no de forma gratis: su dicha ha de ser fruto de su esfuerzo y de bregar con el medio, sea fácil o adverso. La dicha debe ser activa y creativa: la felicidad pasiva se adormila y se disipa.)

Explicar el dolor no lo suprime, pero lo redime. Saber que el frío pasará, no borra el invierno, pero aporta consuelo. La explicación del dolor no quita el dolor (cuando toca sufrir, hay que sufrir) pero da esperanza y paciencia al infeliz. Sabiendo que el dolor es benéfico, me consuelo; pues la Nada no existe, la muerte es un breve paso, y el dolor no es malo sino bueno y necesario.

¿Cómo amaríamos el bien, sin haber sufrido el mal? No seríamos como somos -ricos, intensos y complejos- sin el don de sentir dolor; sin ello seríamos como fetos -oscuros, amorfos, superfluos. No sabríamos de qué alegrarnos ni qué desear, ni habría sentido ni meta a que aspirar. Sin el mal, la Vida no pasaría del nivel vegetal. Cierto, no habría dolores, pero no seríamos ángeles sino coles.

La facultad de valorar el bien vale igual que los bienes mismos, y eso sólo se alcanza tras haber sufrido. Eva y Adán, aunque estaban en el Edén, el Edén no estaba en ellos: por eso lo perdieron. Como niños, vivían el bien sin notarlo: tuvieron que perderlo para hallarlo; al oponerlo al mal, lo descifraron.

Como la cola de la flecha (que al sofrenarla, la endereza), el dolor -al estorbar la vida- le da su dirección. Sabes lo que es el bien, tras conocer el dolor, antes no. Sin infierno, no hay paraíso. El bien es invisible hasta que el dolor lo exhibe. Quien sufre, ve un cielo luminoso: el dolor crea la felicidad, las lágrimas limpian los ojos.” * * *

Calló Coré, y rumiando sus palabras me alejé. Volví ante la zarza, mirando a las almas a ver si eran Nadia. Mientras, los coches partían sin prisa y sin pausa. Al fin, sólo quedaron tres chicas y dos chicos, hermanos suyos: Tito debía venir con su furgón a las 3 y llevarlos a la Estación para Granada. Como había tiempo, los chicos se fueron a jugar al ping-pong y las chicas a leer al sol. Sólo una tenía novio, y en chicos debían pensar, porque -con textos en las manos- no lograban leer; se lo acercaban y al momento lo bajaban, mirando al aire absortas.

Aunque todo latía en perfecta calma, la fresca belleza las deslumbraba: los colores vibraban, la limpia luz cegaba, y las flores embriagaban. Verde variado y fértil, puro aire alpestre, altas montañas, cielo ardiente y nubes blancas: góndolas de otoño surcando un mar de azules aguas... En sus mentes: ecos de las voces recién idas, junto a los besos de las despedidas. Y en su memoria más honda: el fulgor de cuatro días de intensa vida, junto a amigos y amigas. Y por dentro el amor les resonaba como un dulce revuelo de campanas...

Pero se acercaban las 3 y Tito no llegaba. Mas llegará, y a la noche estarán todos en casa. Y toda la belleza de aquella tarde... vagaría en silencio en los senderos, disolvería su luz en el viento, ardería en el fondo de algún sueño. Seguiría el rumor de la fuente sonando solitario y alegre, junto a los chopos y la hierba floreciente. Y aquel edén abandonado... bañaría de amor los espacios, quemaría su luz en los cuartos, buscando el beso de unos labios... Montes, pinos... cielos, prados... sendas, cortijos... caricias, pecados... todo quedaba atrás, en la tarde que nunca se repetirá igual. Donde habían sonado risas y voces de juventud vibrando, ya sólo reinaba el silencio y el canto de los pájaros... ¡Cuánta vida encendida ahora se apaga y se olvida!

La tarde dormitaba y Tito no llegaba. Ya debía estar viniendo, pero tardaba y tardaba... Y la tarde se miraba en el espejo del cielo, y Nadia no aparecía, y las chicas pasearon y volvieron, y todos se adormilaron bajo los chopos dorados... Las 3 y 30 y Tito se negaba a llegar. Los chicos silbaban tonadas, las chicas se susurraban, los pájaros piaban: todos esperábamos, no había en la vida otra cosa que hacer, salvo esperar y esperar... ¿a quién? Tito ya debe estar llegando, ya va a llegar... esperábamos... Y sin embargo, uno quisiera que no acabara nunca por llegar. Pero lo hizo al fin pasadas las 4, salimos hacia el pueblo, dejamos en la Estación a la gente, y -por si Nadia aparecía- nos quedamos con Tito para varios días.

(Fin del primer tomo.)




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