jueves, 23 de octubre de 2014

VARIAS FRASES VITALES Y MEMORABLES. Teosis 9


La Utopía sirve de estrella polar: nunca se alcanza pero guía el caminar.’ Hay incontables frases brillantes, algunas valen para Lemas Vitales, dignas de recordarse y repasarse. Vayan unas cuantas:
1 -Mientras todo en torno se desploma, el sabio sigue firme como una roca entre las olas. Cuanto menos necesites, eres más rico y más libre. Renuncia a casi todo, y no perderás casi nada. (Séneca)
2 -Sufrir es malo, pero haber sufrido es sano.
3 -Sólo al medirte con los problemas, desarrollas tu fuerza.
4 -El futuro no está escondido para quien se ocupa en construirlo.
5 -Al mejorar el futuro, mejoras el pasado en el conjunto.
6 -El pasado empeora conforme el mundo mejora.
(Extrañamente, la 5 y la 6 son opuestas siendo ambas igual de ciertas.)
7 -Por cada azar desdichado, hay mil cosas con encanto.
8 -Sólo las preguntas superfluas tienen respuesta.
9 -Tengo 80 años, y aun no sé si la vida es un acertijo o una trampa. (L. Felipe)
10 -Si el Mundo es infinito y el Tiempo es un misterio, ya somos el pasado que seremos. (Borges)
11 -La Religión se basa en el miedo de muchos y en la astucia de pocos.
12 -El único pecador... es Dios, el causante de todo dolor. Pero también: el Gran Benefactor.
13 -El Mal y el Error son parte del Bien y de Dios.
14 -Los males de la existencia, son buenos aunque duelan.



Elio Coreli - (El fin del mal) Teosis 9

En el salón -antes del desayuno- se juntaron para orar Bianka, Débora, Pedro y varios más, en santo amor y hermandad. Cantaron frescas baladas como la blanda alborada, y rogaron por sus familias y por el día, para que abundase en paz y alegría. Y Coré asentía:
¡Chico, qué devoción! Adoran al buen Jesús como si fuera Dios; y no les falta razón, pues todo ser es parte de Dios. No andan muy descaminados. Los cristianos quieren un Dios cercano y majo (no abstracto e ideal como Yavé o Alá), quieren ver claro al amado: por eso, un pobre soñador fracasado (que predijo el fin del mundo en vano) lo sublimaron a Dios increado. Cristo sacia su pasión por ver a Dios: él es la imagen visible del Dios invisible (Col 1,15). Los griegos dieron a sus dioses forma amable; los cristianos le dan al suyo hasta carne y sangre. (El Jesús real es hoy un ángel más, igual a todos, hastiado del follón que armó y de que lo adoren como a Dios.)”
A las 10, tras comer y tras el rezo y los cantos -que crearon el clima íntimo y cálido- Tito pasó a inflamar los pechos con su verbo inspirado. Tito era dócil al soplo divino, y en vez de lo previsto -El nuevo nacimiento- el Espíritu le movió a hablar de la tribulación. Ministrando con gracia la santa Palabra, allí nos soltó: “El Señor no nos prometió un camino de rosas, sino que nos dijo: En el mundo tendréis aflicción; mas confiad: yo he vencido al mundo (Jn 16,33).
Ah, qué magnas, divinas palabras; qué hermoso saber que el Señor ya venció sobre el mal y el dolor. En el Señor tenemos una esperanza que nunca desespera, y un suave refrigerio que ablanda toda pena. Es cierto que al fiel le pueden herir los mismos males que al resto; lo distinto es que él no las sufre igual que el incrédulo: su confianza en Dios le da sentido al dolor, y lo libra del temor. Si Dios permite el mal, es para hacerte avanzar. Si te dice que No, es para darte algo mejor.
Todo lo nacido está de muerte herido. A Adán y Eva Dios les dio vida eterna: fue al pecar que se hicieron mortales. Desde entonces es caduco el hombre, incluso los redimidos, por ser carne. Sólo cuando el Señor cree nuevos cielos y tierras, alejará la muerte su lepra (2Pe 3,13). Pero ya en la cruz, el Señor nos sanó de la herida mortal de Adán, al hacernos hijos de la eternidad (2Tim 1,10). Ése es el gozo que Dios te da, y la paz que sobrepasa todo razonar (Fil 4,7).
Amigos y hermanos, quien posee esta paz escapa al miedo, que cruza los rostros, a la alarma, que golpea las almas, y a tanta frente fruncida y nublada sin bandera ni causa. Los del mundo dicen ante el infortunio: ¿dónde está Dios, que permite esto? Nosotros, ante la prueba, sabemos bien dónde está Dios: está confortando a los suyos aun en el dolor. Leemos en Hebreos 2,10: ‘Porque convenía a Dios para el bien de sus hijos, que perfeccionase con aflicciones a Cristo’. La eterna lección: el dolor trae perfección. ¿Por qué no dejar que Dios nos perfeccione igual? ¿Por qué no esperar frutos buenos aun del mal?
El Señor es mi pastor’, cuántas veces lo decimos. Pero ¿no lanza piedras el pastor para juntar al ganado? Así obra con nosotros Dios: permite las pruebas para que no queramos zafarnos de su lado. Pero tampoco nos dará una carga no llevable (1Co 10,13). Sabiendo esto, el dolor se vuelve bendición, pues nos une más a Dios; en vez de castigo, se convierte en amigo.
El dolor sin sentido es el que recibimos en rebelión y por olvidar a Dios; entonces sí que sufrimos en balde y sin razón. Unidos a Dios, el dolor nos purifica y acrisola nuestro amor. Los del mundo sufren sin luz ni sentido; junto a Dios, el dolor nos vuelve agradecidos. Podemos pues aceptar con fe las pruebas del Señor, diciendo con el apóstol: Nos gozamos de compartir las fatigas de Cristo, para gozar de su gloria a su tiempo debido (1Pe 4,13).”
Sólo al final del sermón tan ‘celestial’ me acordé de la chica que admirar, que era Judit, una esbelta cordobesa de larga y cobriza melena. Tenía una cara garbosa, ojos muy negros, nariz algo curva y hoyuelo en la barbilla. De frente era corriente, pero de perfil parecía preciosa (Judit Perfil, la llamé). Era toda bondad hablando con sus amigas, con su mirar atento y sincero, tan cariñosa y sencilla..., en fin, un encanto de chica, para llenar de alegría media vida.
Tras la charla, los grupitos al sol estudiaron la parábola de las 10 vírgenes (Mt 25). Sólo las 5 prudentes llevaron aceite y el novio las recibió. ‘Velad, pues no sabéis el momento en que vendré yo’, dijo Cristo, y dos mil años después muchos aún lo esperan, contra viento y marea. Nos dice Fianna: “Con qué candor se traga esta gente la santa Biblia. ‘Cada línea es eterna y divina’, cuando en realidad cada frase ha dado más vueltas que una tortilla. Ni una palabra de Jesús la dijo él, porque él habló en arameo y los textos están en griego. Hasta las parábolas están trucadas. Por ejemplo, la del buen samaritano (Lc 10), tal como está es absurdo. ¿Desde cuándo un judío deja de ayudar a un justo?
El original era distinto: a un viajero lo asaltan dos bandidos, pero hiere a uno y el otro huye. El leví y el cohén -enterados- no ayudaron al ladrón herido, para que escarmentara. Luego vino el otro ladrón (el buen samaritano), recogió al colega y lo llevó al mesón. Sólo así se comprende el relato. En los evangelios hay absurdos a manta: tantos, que lo absurdo es lo que menos extraña. Como aquello de la piscina probática: Una vez al día bajaba un ángel al agua y sanaba al primer lisiado que llegaba (Jn 5). ¡Qué atorrante disparate! ¿Desde cuándo se bañan los ángeles?
O cuando Jesús curó con saliva a un ciego, pero éste le dice: veo la gente como arbustos, algo ha fallado (Mc 8,22...). Y Jesús tuvo que repetir los salivazos, pues por lo visto hay milagros que salen sólo a plazos. No menos gracioso es cuando está ayunando en el desierto (Mt 4) y Satán lo tienta y lo traslada al final a un monte altísimo, allá en el quinto pino, y allí lo deja. ¿Cómo volvió después a Galilea? ¿Y cómo no se mareó con esas volandas aéreas?”
Añadió Goyo: “A mí de Jesús lo que más me admira es la IBM que debe tener en el caletre; porque vemos a esta gente orarle, junto a otros millones de rogantes, y Jesús los oye día y noche sin cansarse. ¿Cómo no se arma un lío divino entre tantos millones de ruegos distintos? Un ser así, que está invisible en todas partes, más que una persona parece el aire. Y de su previa vida pasada, tan estudiada, tiene aún más lagunas que Finlandia. Por ejemplo, ¿qué hacía antes de acostarse? ¿Cepillaba su ropa, o se cepillaba a la criada? ¿Encendía fuego, o se calentaba con la criada? ¿Bebía leche, o prefería los senos de la criada? ¿Comía una tostada, o le comía la flor a la criada? ¿Tiraba recto para la cama, o se tiraba primero a la criada? El Evangelio no dice nada.”
Replica Coré: “Con todo, los bautistas tienen una frescura que yo nunca he visto entre papistas. Los bautistas tienen por guía a la Biblia, obra potente del Dios inefable; los papistas, al Catecismo Oficial, ñoño aborto de obispos carcamales. Los pastores practican el acto más humano: folgar, están todos casados; los curas en cambio, son castramentes y sexicidas inhumanos.
Desde luego, el panteísmo es el mejor credo: sin ascetismo, pecado original ni infierno... Y luego los cristianos reformados: sin curas, estatuas, brujería ni sacrificio de la Misa. Pero los papistas mancillan tanto a Cristo y a la Biblia, que sólo por burla se llaman cristianos, siendo en verdad tercos politeístas paganos, ciegos esclavos de dioses falsos: el Papa, la Curia, la Virgen, los Santos... Son en el fondo ateos, pues ignoran a Dios por completo. Jamás verás a un papista pedirle algo al Creador: son siempre los santos, la Virgen y los beatos los que se llevan la devoción, robándosela a Dios.
La Iglesia Romana es una gran farsa pagana; se tragó -indigestos- todos los credos previos: las Isis y Deméter se volvieron la Virgen, y los dioses paganos son hoy los Santos. Montaron el vil negocio del Purgatorio, el ritualismo, la sotanocracia y el cleroteísmo (con los curas usurpando el puesto divino), la sede primada, la voz infalible del Papa, las reliquias y estatuas, la venta de indulgencias y de misas pagadas... Con este infame cóctel cristipagano, pudrieron al paganismo y al cristianismo al mezclarlos.
Por eso a los bautistas los vemos sobrios, sinceros y sanos; y a los católicos, fúnebres, fastuosos y falsos. La Reforma fue un sano repudio a tanta brujería pagana y a sus negros oficiantes (infames y horrendos chamanes). Los curas son brujos repugnantes: cada vez que dicen misa están sacrificando a un judío y bebiéndose su sangre; con este ritual satánico tienen a los fieles sumisos y embrujados.
En cambio, los cultos reformados son sanas sesiones de hipnosis curativa: se crea cantando un fervor apto al trance hipnótico, y los fieles claman y asimilan las bellas y eternas consignas: Cristo te salva y te hace libre, la Biblia te guía, Dios te ama y te cuida... Las Iglesias Evangélicas son Peñas Terapéuticas, donde cada fiel es pastor y puede oficiar si hace falta; la Reforma trajo libertad y democracia.
La Iglesia Romana -en cambio- es dictadura rancia, una Mafia clerical autoritaria. Aunque hoy se limitan a mandar a sus rivales al infierno, mientras pudieron quemarlos y torturarlos, lo hicieron; son herederos de asesinos, sucesores de los que bañaban en sangre sus privilegios divinos. Usaron la religión del bien para ejercer el mal, el nombre de Dios para servir a Satán, un credo amoroso para inculcar el odio, y una fe pacifista para atizar guerras impías. Mira si serán antisemitas tenaces, que su emblema y estandarte es un judío torturado agonizante.
En realidad, la base de la religión es la hipnosis. Los animales viven como dormidos y siguen como autómatas sus instintos. En similar hipnosis vivía el hombre primitivo, y así creó los primeros mitos, claramente oníricos: seres del todo mentales (dioses y númenes) los creía reales, obrando en los procesos naturales, y les rendía culto para tenerlos favorables.
Pero -desde los griegos- el hombre fue despertando, disolviendo los mitos, y hoy son los fieles los pocos que quedan dormidos: dóciles a la hipnosis religiosa, se les manda ir a misa y leer libros devotos, para reforzar el influjo hipnótico. Si a uno de estos chicos se lo aleja del ambiente devoto, él solo sin apremio se volvería escéptico, y los dogmas hoy tan creídos, le sonarían a cuento chino. Convertir a un infiel es simplemente hipnotizarlo e insuflarle unas órdenes, que hay que intentar que no se borren.” * * *

Pasadas las 12 había una excursión al monte; repartieron bollos y frutas, y casi todos partieron con gorras ladera arriba, en bella tropa colorida. Pero un grupito se quedó: Débora, Juliet, Liberio, Golfus, Adán y varios más. Juliet era una tejana de rostro regordete, ojos claros, largo pelo castaño y un cuerpo que invitaba al pecado. Cuando se juntaron en la fuente a comerse los bollos, hablaron sobre si es más bonita la piel dorada o blanca; había gustos variados, pero tenían claro que la clave del rostro son los labios: si faltan unos buenos labios, no hay encanto.
Es verdad: los labios de mujer son pétalos del placer, un dulce fruto blando que invita a ser chupado (su rostro está ideado para lucir en él los labios). Al parecer, los labios rojos bajo los pómulos evocan la vulva entre los muslos: un rostro bonito rebosa erotismo. Un rostro grato tiene en los ojos gozo o bondad, y en los labios dulzura frutal. El pelo vistoso -en todo estilo y color- alegra como el sol, y las mejillas rosadas, como el rosicler del alba. Toda la belleza -en fin- reposa en tres cosas: labios sabrosos, ojos melosos y cutis sedoso.
La mejor belleza es la discreta y modesta, porque un rostro deslumbrante asusta más que atrae, y -sin querer- humilla a las normales. Lo fascinante es que cada rostro sea tan único: el animal usa un solo rostro plural, pero el rostro personal es un diseño en singular, de uno y nadie más. El rostro -como mágico espejo- refleja los varios y cambiantes sentimientos. Los ojos evocan lo espiritual: la luz, el cielo, la mente; y los labios lo sensual, la carne y la materia (así el rostro refleja la unión Cielo-Tierra).
Un cuerpo de mujer es un bordado muy cuidado de contrastes galantes. Su trazo femenino logra un milagroso equilibrio entre lo grande y lo chico: caderas anchas / fina cintura, gruesos muslos / finos tobillos, gordos senos / finos brazos, hombros anchos / fino cuello, gruesos labios / nariz chica, amplias mejillas / leve barbilla, ojos grandes / cejas finas, mucho cabello / poco vello... Lo grande y lo pequeño traban un concorde juego de opuestos: ¡qué soberbio arte de los contrastes, que haya armonía entre encantos tan dispares!
La belleza de la mujer... sólo Dios la puede entender. La belleza la origina quien la mira: es espejismo, es ilusión... pero aun así, hechiza el corazón. La mujer es modelo de lo más bello, pues es quien despierta el mayor placer: el del sexo. Hay otras cosas sin duda bellas -músicas, artes, flores, paisajes, gatitos, gacelas- pero ninguna hace temblar de placer ni alumbra bebés, como hace la grácil mujer. Hasta para ellas, la mujer es la bella, no el hombre: éste atrae por su fuerza, no su belleza (si un chico es bonito, es que tiene cara de niño).
El hombre quiere ver y tocar, ella ser tocada y poseída; él goza de ella, ella de sí misma (se retroama a través del hombre, con placer narcisista). El amor del hombre realza su autoestima y les muestra su valía (ser deseadas las excita). En el calentón del hombre -cual termómetro- ellas miden su atractivo, y la aguja que indica el grado es el falo alzado. Toda mujer es así bisexual por narcisista, pues junto a un varón, aman siempre a una mujer: a sí misma.
Si un chaval tiene cerebro mujeril, será gay o bisexual (es natural). Pero hasta el gay sabe que la belleza fina es la femenina. El duro cuerpo varonil no es sensual: lo sensual es... las dulces curvas, los finos brazos, la grácil cintura, los senos en punta... la suave delicadeza de la piel mimosa y tersa... los muslos, caderas, nalgas y tetas tiernas (el varón sólo exhibe fuerza). Los gays tras fallecer se vuelven locos por la mujer, es fácil. Pero las lesbianas no cambian, pues son necesarias: los machos homicidas no llegan a almas (son disueltos): al sobrar doncellas, se acoplan entre ellas.
El gay humano ronda lo trágico: lo rodean cientos de heteros guapos, que no le van a dar más que un No claro (de darle algo, será un guantazo). No sabe si hacerse fibroso -para gustar a los otros- o volverse femenil, para agrado propio. Su cuerpo fue hecho para saciar a Venus, pero su mente le ofrenda el desprecio. Su deseo no procrea, es estéril como una piedra. El cuerpo femenino es el plato más divino: ante la belleza suma, el gay se queda en ayunas. Las lesbis sí gozan de las chicas, y las heteros también: de sí mismas. Pero los gays tienen que tragarse sapos y amar lo tosco y zafio, ¡fríos ante Afrodita y sus encantos, qué infortunados!
Con el invento del sexo, la Vida patentó su genio, y la grácil damisela es su obra maestra: su tersa piel es un poema visual que la palabra oral nunca podrá imitar: la lengua no puede copiar su cuerpo (aunque sí lamerlo) ni la boca expresar sus encantos (aunque sí chuparlos).
Las flores -faltas de ojos- le regalan su belleza a otros; también la mujer busca regalar a otros su ser: de su hermosura es otro quien disfruta. Necesitan darse para completarse; su sana vanidad es agradar a los demás. Sólo en su vientre suave puede nacer un ángel: la vida, la belleza y el placer son mágicos regalos de la mágica mujer. (Para las almas, todo cuerpo se desnuda, todo el año es verano, toda beldad es gozable, todo el tiempo es milagro. Cómo no alabar al Creador por tanta belleza y amor.)

Fianna me preguntó por mi vida y cómo decidí ser monje. Puesta en Nadia como musa la mirada, empecé: Nací al sur de Córdoba, en una aldea serrana de 1.500 almas, tierra de ovejas y cabras. Mi padre vino de Apulia -sur de Italia- y luchó por el Fascio en España. Tras la guerra, se quedó como barbero y se casó, pero su mujer murió tras parir una niña, Lidia. Luego se volvió a casar y nacimos Tulio, yo Elio (en el 52) y Amalia.
Cuando supe que Lidia era de otra madre, empecé a cavilar en lo insondable: si esa mujer no muere ¿sería yo hijo de ella, o de mi madre en otra casa? Y si mi padre se queda en su patria ¿dónde estaría yo ahora: en Bari o en España? Tan imposible es saberlo como por qué no naciste en otra galaxia.
Lidia por salir lista cursó una carrera (de maestra) pero no Tulio ni yo. Tulio entró de barbero con mi padre, y yo seguí los pasos del rey David: cuidar cabras ‘a solis ortu usque ad occasum’. Era mucho tiempo pero poco esfuerzo, pues mientra el hato mordía el pasto, yo dormía o leía bajo un árbol. Lidia me dejaba el Quijote, la Biblia, Homero, Virgilio, Fray Luis, Bécquer, Machado, Tolstói, Clarín y otros varios clásicos ‘para chuparlos despacio’.
También pulí el toscano con libros que nos trajo de Bari una tita médica (que de joven sufrió prisión por libertaria; ‘il suo fratello’ en cambio no pasó de barbero ni de facha). Yo no fui a la mili; era flaco, miope y bajo: casarme sería un milagro, y me veía fuera de lugar en aquel mundo rural. Ardua es la briega del labriego, gresca y sudor de sol a sol, y ser pastor no es ninguna flor. Pero ¿dónde ir mejor?
Llegó entonces la moda hippy y elevó a Jesús a norte y flor de la ‘flower people’ (el galileo tiene el don de que cada cual lo mete en su bando: para los hippies es un hippy, para los budistas un budista, para los rojos un rojazo...) Este Cristo juvenil me gustó, pero mis primeros vuelos místicos datan de más atrás:
Tendría yo diez años, iba en la tarde hacia la escuela, un sol bendito, las calles desiertas. No sé por qué, empecé a meditar en los altos misterios: ¿Cómo es que existimos? ¿Por qué -de tan inmenso universo- tú estás en un punto tan concreto? ¿Quién te ha puesto aquí? Y si no hubiera lo que vemos, ¿qué tendría que haber mejor, qué era lo lógico que hubiera? Lo lógico es que no hubiera nada; por tanto, el mero universo es ya un abismo como un templo.
No había explicación posible para el mundo; lo único claro es que algún poder había que lo obligaba a ser y lo movía. Pero ¿quién era ese poder y qué quería? La cosa era grave, tremenda. Porque, bueno o malo, el mundo ya estaba hecho y nos había atrapado; estábamos en manos de ese poder extraño, indefensos como ratones de experimento, y sin escape contra un destino impuesto: habíamos nacido lanzados a un fin cierto... ¿Y luego qué?... Oh misterio.
Entonces tuve una visión: vi un inmenso llano con dos caminos que se iban separando; eran el camino del cielo y el infierno, del bien y el mal. Ahora estaban cercanos, pero luego cruzar del uno al otro sería más arduo. Había ya que elegir por cuál ir. Si había una vida futura que es la buena -no la fugaz nuestra- entonces había que tomar el buen camino hacia la vida eterna, renunciando al mundo vano, que te invitaba a ser malo. Aquel día -niño aún- decidí ser un futuro ermitaño, era la vida más sensata en vista a sus resultados.


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