(Fragmento de Teosis, tomo 2. Hablan varios tertulianos.)
-(.......)
-El mismo Jesús, que decía predicar la buena nueva, deja bien claro el
mal fin que aguarda a casi todos (la buena nueva será para cuatro, para el
resto son noticias de espanto). ‘Al que me niegue ante los hombres, yo lo
negaré ante el Padre’ (Mt 10,33). O sea: ojo por ojo y diente por diente; en
vez de amor y perdón: revancha al por mayor. ‘Mandaré a mis ángeles a coger a los
protervos y echarlos al fuego’ (13: 41,42,50). ‘E irán éstos al castigo eterno,
pero los justos, a la vida eterna’ (25,46). Tenía una mente maniquea, veía a
los hombres o buenos o malos, o negros o blancos, sin medias tintas; los buenos
sólo hacen obras buenas y los malos sólo malas (7,17./ 12,35./ 25, 32-33). La
Biblia hebrea no anuncia castigos tras la muerte (salvo Dan 12,2, un texto muy
tardío); más bien dice que los malos quedarán sin vida y ardiendo, pero
muertos: ‘Y al salir verán los restos de los que se rebelaron contra mí, su
fuego no se apagará’ (fin de Isaías). Fueron los piadosos cristianos los que
inventaron el suplicio eterno de los paganos hasta después de muertos.
-Con todo, Jesús todavía dice que los hombres serán juzgados por sus actos, no por sus ideas. Nunca dice: creed que yo soy Dios y asunto arreglado,
no necesitáis más obras. Al revés: insiste en que sin buenas obras no hay
salvación: ‘Aunque me llaméis Señor, no seréis salvos si no cumplís la Ley de Dios’ (Mt 7,21). Tras su muerte, todo cambia: tanta saliva gastada por
Jesús para que se cumpla la Ley, resultó vana. Llega Pablito y le enmienda a
Jesús la plana, afirmando contundente: Sólo la fe salva, no las obras; porque
si te salvaras simplemente por ser caritativo, no habría hecho falta el
sacrificio de Cristo. ‘Si confiesas que Jesús es el Señor y crees que Dios lo
resucitó, serás salvo’ (Ro 10,9). Vaya pretensiones las de Pablo: ¿cómo carajo
voy a confesar algo que desconozco? ¿Soy acaso adivino para saber si resucitó o
no?... ¿Y acaso él mismo creyó al instante que Jesús era el Señor? No, sino que
se enfureció. Tuvo que oír en persona al Resucitado antes de creer en él. Y lo
que él no quiso creer y necesitó pruebas para creerlo, ahora exige que el mundo
lo crea sin prueba alguna, sólo por fe en las bonitas palabras de los apóstoles
(menuda cuadrilla de santones). Tampoco ellos creyeron primero que Jesús
resucitó (Mc 16, 10-14. Lc 24,11. Jn 20,25), y ahora quieren que los demás lo
crean a ciegas y sin rechistar.
-El cristianismo, en vez de traer salvación, hizo casi imposible
salvarse. Porque si antes con las buenas obras te salvabas, ahora las obras ya
no valen nada: por las obras nadie es salvo (Ro 3,20. Gál 2,16). Ahora hace
falta un milagro de Dios para salvarse; estás perdido salvo que a Dios se le
antoje mandarte la gracia para poder creer lo increíble: que cierto artesano
era Dios camuflado, que un desconocido era un ser divino. Porque a Jesús lo
conocían... su barbero y cuatro más, el resto no le vio el pelo jamás. Pocos
hebreos vieron en vida a Jesús, y menos los paganos, que ni barruntaban quién era
aquel Jesús que tuvo el detalle de salvarlos. Por no saber, no sabían ni dónde
estaba Israel, pues por aquel tiempo la gente común ni viajaba ni tenía mapas,
por lo que hablarles del mesías en Judea era como hablarles de Jauja. ¿Quién
-sin ayuda del cielo- podía creer que un cierto ebanista hebreo fue el autor del
universo? ¡Y sin embargo muchos se tragaron el bulo! Y sin saber lo que creían,
creían que creían en lo que no entendían. Porque en religión no pasa como en
otras materias, donde primero se imparte el contenido y luego se confiere el
título; no, en religión primero se da el título de salvo al que diga creer, y
luego se le va enseñando qué es aquello en lo que ha creído.
-Un punto crucial en las conversiones masivas es que les decían: el
resto de la gente son hijos de la ira (Ef 2,3), pero vosotros, por la gracia de
decir que Jesús es el Señor, sois salvos desde antes de la Creación (Ef 1,4).
Todos tus pecados se borran -hasta el homicidio- con sólo creer que Jesús es
divino. Pero si no crees, aunque vivas como un santo, vas al fuego por malo.
Estos devotos quieren mandar al infierno hasta al gato, y les da igual que
hayas sido un criminal que un agnóstico honrado: el castigo es uno solo: el
fuego eterno. Pero le basta al criminal arrepentirse y creer, para ganar el
cielo. Pongamos que este criminal mató a 10: si éstos no creían en Jesús, por
muy buenos que fuesen van al infierno, pese a haber sido asesinados; en cambio
su asesino va al cielito lindo sólo con que se moleste en creer en Cristo.
-San Pablo se lo ponía fácil a la gente: le ofrecía eternos beneficios
y perdón absoluto a todos los delitos, sólo con molestarse en confesar a Jesús
como Cristo. Por grande que sea tu culpa, quedas limpio. Éste es el secreto de
la oscura mente de Pablo: que él mismo estaba hundido en la más negra culpa y
en un atroz delito: él fue instigador en la muerte de Cristo. Y lo confiesa con
un rodeo, al decir: ‘Los judíos dieron muerte al Señor Jesús’ (1Tes 2,15),
siendo él judío fariseo y estando en Jerusalén por aquel tiempo (Act 26,4); se
acusa pues a sí mismo. San Lucas lo asperja con la sangre de Esteban (Act 7,58),
pero omite con tino su crimen contra Cristo, aunque el mismo Pablo casi
lo declara: ‘También yo creí mi deber obrar con rigor contra Jesús de Nazaret, y
así lo hice en Jerusalén’ (Act 26, 9-10). Desde luego, su furia no nació de ver
a los discípulos postular a un tal Jesús como Cristo (¿cómo le iba a molestar un desconocido?); su ira venía de antes, de sus peleas con el Maestro, al que
conoció harto bien (1Co 9,1) y al que logró eliminar. Jesús incordiaba a los
fariseos cerriles (vamos, los ponía a parir: Mt 23) y eso Pablo no se lo
pudo perdonar (y con él muchos más: 12,14./ 21,46./ 26,4). Para odiar a Jesús con tal ira, tuvo que chocar con él en vida.
-Me pregunto cuál de los fariseos enzarzados con Jesús, pudo ser
Pablo. ¿El que le dijo: tú echas a los demonios en virtud de Belcebú (Mt
12,24)? ¿O el que le increpa: por qué los tuyos para comer no se lavan según la
Ley (15,2)? Cuando Jesús dijo aquello de: ‘¡fariseo ciego, limpia primero el vaso por
dentro!’ (23,26), me parece que ya sé a quién le hablaba. Y
es que Pablo era doble ciego: de mente y de vista a la vez; tan cegato que ni
podía escribir cartas, las dictaba y luego ponía su firma (Ro 16,22. 1Co 16,21.
Gál 6,11. Col 4,18. 2Tes 3,17). Es curioso cómo intenta negar que conoció a
Jesús: ‘Aun si conocimos a Cristo en la carne, ya no le conocemos así. Si
alguno está en Cristo, nueva criatura es’ (2Co 5, 16-17). ¡Qué angustioso
esfuerzo por enterrar el pasado, verse libre de la culpa y ser alguien nuevo!
‘Despojaos del hombre viejo y revestíos del nuevo’ (Ef 4,22. Col 3, 9-10). ¿Y
qué mejor para ello que la doctrina que aventaban los cristianos: que nadie
mató a Jesús, sino que él libremente dio su vida para salvarnos?
-La historia de Pablo la pudo haber escrito Dostoevski, parece salido
de un novelón suyo. Como Raskólnikov tras su crimen, Pablo siguió algún tiempo
en sus trece, viendo a los cristianos como herejes dignos de muerte,
‘respirando amenazas de muerte contra ellos’ (Act 9,1). Ya logró que los
romanos matasen al jefe; ahora había que aplastar a sus secuaces. Pablo padecía
brotes psicóticos, uno de los cuales le hizo caerse rumbo a Damasco y oír voces
(típico de la esquizofrenia). Tras esta caída del caballo, su cerebro se
trastornó y empezó a sucumbir a la culpa. Como Raskólnikov, empezó a
derrumbarse y ansiar el castigo liberador: dar su vida por Jesús, hacer su
voluntad hasta la muerte, ganando así el perdón (Act 20,24./ 21,13. Fil 1,20./ 2,17.)
-Al principio se resistió,
intentó como Jonás huir de Dios y se fue a Arabia (Gál 1,17). Pero fue
inútil: el rostro moribundo del galileo empezó a poblar sus pesadillas y a
cercar sus noches y sus días. Su mente se oscureció y se anegó en angustia, y
comprendió lo dicho por Pilato: Jesús era inocente, y él -Saulo- un loco cegado
por el diablo... y culpable de un crimen contra Dios: estaba condenado sin
salvación... A menos que... como los discípulos decían, Jesús fuese en verdad el
Cordero de Dios, previsto por Dios para borrar las culpas de todos. ¡Claro!
‘Toda la Creación gime en dolor de parto, esperando la redención’ (Ro 8,
22-23). Además, el haber matado a Jesús queda anulado desde el momento en que
Jesús resucita. Si Jesús vive, no hay crimen. Así que, tras maquinar la muerte
de Jesús, Pablo podía ahora declarar: soy inocente, porque Jesús no está
muerto, él vive, y además nadie lo mató sino que él mismo se entregó por
obediencia a Dios (Fil 2,8. 1Tim 2,6). Hizo de la resurrección el núcleo de su predicación: todo para borrar su culpa.
-Veinte siglos antes de Freud, Pablo halló una terapia contra la culpa
que aún hoy cura. En la pasión y muerte de Jesús se halla cifrado todo un
dramón de crimen y castigo, de delito y perdón entre el hombre y Dios. Como
dicen los devotos: el hombre natural es enemigo de Dios, el mundo odia a Dios
(Jn 15, 18. Ro 8,7. Ef 2,3). No es extraño que cuando Dios se encarnó lo
matasen: todos queremos matar a Dios. ¿Por qué razón? Por el dolor que hay en
la vida, del cual sólo Dios es culpable, pues él nos creó para sufrir en un
mundo atroz. El dolor nos fuerza a odiar a Dios. Este odio no viene sólo del odio
a padres tiranos (vuelto luego hacia Dios, según Freud), sino que nace de todo
dolor, desgracia o aflicción que se padezca, ya sea de causa natural, por culpa
ajena o por culpa nuestra: Dios es el culpable, porque él lo creó todo, él
inventó el dolor y nos fuerza a sufrirlo quieras o no: cada dolor o pena que padezcas, es
una tortura que te inflige Dios. El pecado original (innato en todos) es el
odio inevitable contra Dios por imponernos la tortura del dolor.
-Para librarte del odio a Dios hay que castigar a Dios, y eso es lo
que es Jesús: Dios castigado por los hombres. Al saciar tu odio contra Dios,
quedas vengado. Es vital que Jesús sea Dios y no -como querían los arrianos- un
hombre premiado por Dios por su labor; porque en la cruz debe sufrir Dios,
matado por los hombres. Ahora viene el otro lado del drama: al odiar y castigar
a Dios (al torturador culpable de todo el dolor), te vuelves culpable tú mismo,
porque has alzado la mano contra Dios, y tu acto tan atrevido merece atroz
castigo: estás atrapado en el trágico laberinto del odio, la culpa y el castigo
fatídico. La única salida es culparte sólo a ti mismo, y dirigir a tu interior
el odio que quiere ir a Dios. Como lo dice Pablo: la carne es de por sí
contraria a Dios, debes negarte a ti mismo y crucificarte con Cristo (Ro 6,6./
8, 6-8. Gál 5: 16,17,24).
-Jesús, al ser hombre también, encarna al ser que se somete a Dios,
que acepta el dolor sin rebelión y torna sobre sí el odio en vez de contra
Dios. En Jesús logras el milagro de matar a Dios (muerto por tus pecados), de
arrepentirte (ya no odias a Dios sino a tu egoísmo) y de salir indemne (Jesús
asumió tu culpa y sufrió tu castigo merecido). Jesús nos da el ejemplo a
seguir: beber sin rebelión el cáliz del dolor, negarse a sí y tomar la cruz
cada día (Lc 9,23). Jesús es hombre divino y Dios humanado a la vez, y por ser
hombre y Dios a la vez, nos libra del odio de dos modos a la vez: pues 1: sacia
nuestra ira contra Dios, y 2: nos enseña a odiarnos a nosotros y no a Dios. Es
esencial arrepentirte, porque sin eso Jesús no te sirve. Es imitar a Cristo
(aceptar el dolor y la abnegación) lo que te da la salvación. La paz con Dios
dimana de vivir resignado, sin rebeldía, a imitación de Cristo. No es que
Cristo en la cruz borre por magia la culpa de todos, sino que indica cómo cada
cual puede borrarla y quedar en paz con Dios.
-Si Dios castiga al hombre en Cristo y el hombre castiga a Dios en Jesús, los dos vierten su ira pero no hacen la paz, la cual llega solo cuando el hombre se une a Cristo y castiga en Cristo a sí mismo, yendo contento a la cruz con Cristo. Jesús en la cruz
es alivio a los infelices, catarsis para los angustiados por la culpa, bálsamo
para los devorados por la tristeza, y luz para los hundidos en la amargura.
Ninguna otra fe hunde tan sutiles raíces en la mente ni regala consuelos tan
potentes. Ahora bien, al ser una terapia, una medicina para la mente en pena,
sólo la pueden apetecer los angustiados, cosa que no todo el mundo es, ni lo es
a todas horas. La medicina de Cristo sana a los enfermos, pero enferma a los
sanos. Sin sentir ira y culpa hacia Dios, no se comprende la redención.
-Por eso le resulta tan difícil a una persona satisfecha entender el
mensaje de la cruz: no se explica qué hace Dios allí clavado; si quería
perdonarnos con ello ¿no había otra forma menos incómoda de hacerlo? No en balde avisaba
Pablo que Cristo en la cruz le parecerá locura a más de cuatro: para los judíos
es un ultraje, para los griegos un disparate (1Co 1,18-25). Ni griegos ni
judíos lograban adivinar por qué Jesús -por haber sido crucificado- pasaba a
ser el Mesías anunciado. Ellos seguían el sentido común, pero eso no vale para
captar el misterio de la cruz (1Co 2,7-15). En realidad, la clave del evangelio
no es decible, es tabú: que en la cruz se realiza el deseo humano de matar a
Dios, porque todo humano sufre -poco o mucho- y mientras sufre, odia a muerte a
Dios (conscientemente o no). Pero claro, algo así no se puede decir, sólo cabe aludir a un pecado original contra Dios. Y si tal pecado merece la muerte (Ro
6,23), se deduce que tal pecado es el odio de muerte contra Dios.
-Y -oh milagro- Dios acepta ese odio contra él y se deja matar por los
hombres en silencio, como un manso cordero. Ya el odio humano quedó saciado al
ver al culpable en la cruz castigado: ahora lo que desgarra al creyente es la
conciencia de su crimen, el terror a su osadía y al justo castigo que merece,
que no es otro que la muerte, ya que él ha matado a Dios (tus pecados llevaron
a Jesús a la cruz; por eso todo pecador en todo tiempo es culpable de la muerte
de Cristo). Y Jesús, en vez de vengarse, perdona a sus asesinos, tomando él
mismo todo el castigo. Y Dios acepta el sacrificio, perdona a los hombres, les
dice que aunque pequen y lo odien, no los va a castigar, porque el castigo ya
lo recibió Cristo... Así que el pecador, después de haber odiado a Dios, se ve
perdonado en vez de castigado, ¿cómo pudo odiar a un Dios tan majo? Es cierto
que creó un mundo con mucho dolor, pero ¿no es mayor aún su bondad y su amor?
-El creyente se siente conmovido por el perdón, se arrepiente de su
odio: de ahora en adelante, cuando el dolor -que nunca falta- lo incite a odiar
a Dios, se acordará de las dolientes llagas de Cristo, abiertas por amor a él,
para salvarlo a él del castigo. Recordará su largo y manso suplicio: lo verá sudando
sangre bajo un olivo, solo y angustiado, apresado por los brutales guardas, empujado y golpeado, ensangrentado,
desollado a latigazos, herida su cabeza por espinas, desgarrada su carne por
clavos, muriendo de dolor colgado en una cruz, olvidado y abandonado... ¿Para
qué odiar más a Dios? ¿Es que no ha sufrido ya bastante? Quien comprende el
mensaje de la cruz, ya no le queda ningún odio contra el hombre o contra Dios:
todo el odio que nazca en él lo vierte sobre sí, se inculpa a sí y a nadie más,
depone su orgullo y su razón y se somete a Dios, aceptando todo el lote vital
del dolor, bendiciendo al que lo injurie, devolviendo bien por mal... (Lc 6,
27-30). Toda esta catarsis del odio interior la logra sólo la fe en Jesús y no
otra religión: ninguna otra fe ablanda tanto el corazón.
-Es verdad, ninguna otra regala una paz tan mansa. Los otros credos
prometen protección en vida y salvación posterior, pero no purifican tan a
fondo el corazón. De modo perfecto y milagroso -¿quién pudo idear algo así?-
Jesús en la cruz toma para sí la ira de los hombres contra Dios, y el castigo
de Dios contra los hombres, todo a la vez. Con lo cual hace la paz entre ambos.
Allí en la cruz fue abandonado por los hombres y por Dios, para unir al hombre
con Dios; y recibió el odio y el dolor, para volverlos paz y amor. Es cierto
que el fiel vuelve a pecar y a sentir odio contra Dios, pero sabe que cuenta
con el perdón de Dios por siempre, porque el acto de Jesús vale eternamente.
-Sin Jesús, Dios habría tenido que borrar a la humanidad; pero con
Jesús, le basta arrepentirse al pecador, para obtener de Dios el perdón. Pecar
y caer es inherente al fiel, mas la gracia y el perdón son eternos en Dios. El
fiel se sabe culpable y perdonado a la vez, y vuelve en gratitud y amor el odio
y el rencor: limpia su interior y se vuelve como Jesús, manso y humilde de
corazón (Mt 11,29). El fiel vive en culpa pero confiado, en el temor reverente
a Dios, no en el terror angustiado a su ira. Se ve amado y perdonado, y libre
de rencor contra el hombre o contra Dios.
-Jesús libra del castigo a todo creyente que lo acepte, pero no lo
libra de incurrir en culpa una y otra vez. Para mejorar, la persona ha de
querer imitar a Cristo sin cesar, y como esto por lo visto es obra de la gracia
-que mueve el corazón y la voluntad-, el resultado es que la fe sincera siempre ha
sido escasa (Mt 7,14. 2Tes 3,2). Han sido muchos los bautizados, pero muy pocos
los cristianos: la Historia muestra infinitos Bautizados crueles, hipócritas y
reaccionarios, pero muy pocos Cristianos pacíficos, benéficos y solidarios.
-Ya Pablo tuvo que explicar por qué la mayoría no acepta a Jesús por Señor, ni quiere consuelo ni perdón: que Dios -por misterio insondable-
ab aeterno ha decidido quién va o no a salvarse (Ro 8, 28-30./ 11,7. Ef 1, 4-5.
2Tes 2,13). Y no le pidas razones a Dios (Ro 9, 13-23). Así que el crédulo
oyente de esta doctrina sentía el brusco prurito de estar entre los elegidos, y
al instante creía en Cristo. Pablo usaba cualquier argucia con tal de que el
oyente se tragase a Jesús. Todo lo que sirviera del paganismo, lo usaba: así lo
vemos en Atenas haciendo creer a los griegos que ya desde antiguo y sin
saberlo, habían adorado al Dios verdadero (Act 17,23). O que la pobre gente honrada
-pero ignorantes de Cristo- también se salvaba (Ro 2,10).
-Que Pablo predicase a los gentiles no era traición a su pueblo, ya
que Israel sólo era el medio elegido por Dios para llevar la fe al mundo entero
(Is 56, 6-7./ 66,18). Puesto que sólo hay un Dios, Yavé debe ser Dios de todos,
no sólo de Israel. Israel debía ser luz a los demás pueblos, pero ella misma
fue cegada por el orgullo de ser la elegida, pecado por el cual Dios le daba la
espalda y no la escuchaba. Jesús predicó todo esto: Israel es la higuera sin
fruto (Mt 21,19), el viñador homicida (21,38), el siervo malo y ocioso (25,26),
etc. Y llamó a los orgullosos a arrepentirse; como no lo escucharon, para que
Dios no desechase por entero a Israel (21,43), se ofreció a morir en nombre de
todos y expiar la culpa él solo, cumpliendo las profecías de Isaías (todo 53) y
Daniel (9,28). Fue un valiente admirable, aunque su auto-ofrenda fue en balde.
-Jesús murió sólo por su pueblo (Mt 10,6./ 15,24), no por los
egipcios, romanos, celtas ni chinos. El plan de Dios era redimir primero a
Israel, y a través de Israel al mundo. Porque Israel es el pueblo escogido por
Dios para mostrar su gloria al mundo y jamás lo podrá desechar (lo dice bien
claro: Lv 26,44. Is 54,10./ 59,21. Jer 31, 35-37). Pero Pablo, al no ser
escuchado por los judíos, se volvió a los gentiles (grandísimo error),
saltándose a la torera el plan de Dios (Act 13,46. Ro 11,25). Aunque el olivo
no era salvo -decía-, los injertos en el olivo iban a ser salvos (Ro 11,
19-20), ¡qué contradicción! La fe del mundo debió ser la judía, que es la fe de
Jesús, en su pureza ética y humana, no en su corteza ritual y doctrinaria. Con sus
invenciones, Pablo destruyó lo que Jesús tanto amó: la estricta fe judía (Mt
5,17), y se empeñó en que bastaba creer que Jesús es el mesías para tener toda
la Ley cumplida.
-Lo que no vio Pablo es que los paganos no iban a ver a Jesús como al
mesías de Israel, sino que lo hicieron un dios solar más, un Osiris camuflado
en el politeísmo descarado de María, la Trinidad y los Santos. En vez del
monoteísmo ético judío -que fue la fe de Cristo- triunfó de nuevo el viejo
paganismo. Por querer elevar a Jesús, Pablo destruyó la fe judía por la que
Jesús dio su vida. Pero estaba agobiado por la culpa: ay de él si no predicaba
(1Co 9,16). Incluso predicando estaba angustiado y lo que deseaba era morir
(2Tim 4,6). Ya el cambio de nombre -de Saulo a Pablo- es una muerte simbólica,
un enterrar el pasado; pero la culpa no se deja enterrar como los muertos, y la
única liberación posible era consagrarse a exaltar a aquel a quien él había
aplastado: predicar su venida, anunciarlo viviente, imponerlo como Señor a
las gentes. Con el mismo fanatismo con que antes lo había perseguido, ahora
buscó llevar encadenado al mundo a la obediencia de Cristo (Ro 1,5. 2Co 10,
4-5).
-No cabe duda de que Pablo era un exaltado, un loco. El estilo de sus
escritos es paranoico: verborrea, ilaciones inconexas, conclusiones que no
salen de las premisas, contenidos delirantes... Su conducta frenética (Act
26,11), amenazante (2Co 10,6./ 13: 2,10), sus alucinaciones (Act 22, 17-18. 2Co
12, 2-4), sus obsesiones con Dios, Satanás, el pecado... todo revela un cuadro
clínico esquizoide. Y no hace falta que venga un médico a decirlo: Pablo mismo
se confiesa loco más de una vez. A los corintios les dice: mi predicación es
pura locura (1Co 1,21), toleradme un poco de locura (2Co 11,1), lo que voy a
decir lo digo como loco (11,17), como loco hablo (11,23), porque si estoy loco
es para Dios (5,13). El procurador Festo, tras oír el guirigay de Pablo, llegó
a la misma conclusión: ‘Estás loco, Pablo. Las muchas letras te han
desquiciado’ (Act 26,24).
-También a Jesús lo llamaron demente (Mc 3,21). Ni Jesús ni Pablo
estaban en sus cabales: Jesús con su manía del fin del mundo inminente, y Pablo
con sus delirios sobre Cristo, un Cristo que sólo existía en su mente. Porque
los judíos no podían creer que Jesús hubiera resucitado ni que fuera el mesías,
ya que no había librado a Israel de los romanos; ni siquiera había librado a
Israel de la opresión del pecado. Al revés: le ha añadido a Israel el pecado de
haber rechazado a su mesías. El cristianismo atizó el odio antijudío desde su
inicio. ¿Cómo puede ser Jesús el mesías de Israel, si lejos de salvar a su
pueblo, le ha causado dos mil años de odio y matanzas de parte de los
cristianos? Si Jesús y Pablo hubieran sospechado la catástrofe que le iban a
traer a su pueblo, de horror se habrían quedado muertos, se habrían tirado a un abismo antes de insinuar siquiera que Jesús era el Cristo.
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