martes, 23 de junio de 2015

EL ENIGMA DE SAN PABLO Y EL MISTERIO DE CRISTO

(Fragmento de Teosis, tomo 2. Hablan varios tertulianos.)

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-El mismo Jesús, que decía predicar la buena nueva, deja bien claro el mal fin que aguarda a casi todos (la buena nueva será para cuatro, para el resto son noticias de espanto). ‘Al que me niegue ante los hombres, yo lo negaré ante el Padre’ (Mt 10,33). O sea: ojo por ojo y diente por diente; en vez de amor y perdón: revancha al por mayor. ‘Mandaré a mis ángeles a coger a los protervos y echarlos al fuego’ (13: 41,42,50). ‘E irán éstos al castigo eterno, pero los justos, a la vida eterna’ (25,46). Tenía una mente maniquea, veía a los hombres o buenos o malos, o negros o blancos, sin medias tintas; los buenos sólo hacen obras buenas y los malos sólo malas (7,17./ 12,35./ 25, 32-33). La Biblia hebrea no anuncia castigos tras la muerte (salvo Dan 12,2, un texto muy tardío); más bien dice que los malos quedarán sin vida y ardiendo, pero muertos: ‘Y al salir verán los restos de los que se rebelaron contra mí, su fuego no se apagará’ (fin de Isaías). Fueron los piadosos cristianos los que inventaron el suplicio eterno de los paganos hasta después de muertos.
-Con todo, Jesús todavía dice que los hombres serán juzgados por sus actos, no por sus ideas. Nunca dice: creed que yo soy Dios y asunto arreglado, no necesitáis más obras. Al revés: insiste en que sin buenas obras no hay salvación: ‘Aunque me llaméis Señor, no seréis salvos si no cumplís la Ley de Dios’ (Mt 7,21). Tras su muerte, todo cambia: tanta saliva gastada por Jesús para que se cumpla la Ley, resultó vana. Llega Pablito y le enmienda a Jesús la plana, afirmando contundente: Sólo la fe salva, no las obras; porque si te salvaras simplemente por ser caritativo, no habría hecho falta el sacrificio de Cristo. ‘Si confiesas que Jesús es el Señor y crees que Dios lo resucitó, serás salvo’ (Ro 10,9). Vaya pretensiones las de Pablo: ¿cómo carajo voy a confesar algo que desconozco? ¿Soy acaso adivino para saber si resucitó o no?... ¿Y acaso él mismo creyó al instante que Jesús era el Señor? No, sino que se enfureció. Tuvo que oír en persona al Resucitado antes de creer en él. Y lo que él no quiso creer y necesitó pruebas para creerlo, ahora exige que el mundo lo crea sin prueba alguna, sólo por fe en las bonitas palabras de los apóstoles (menuda cuadrilla de santones). Tampoco ellos creyeron primero que Jesús resucitó (Mc 16, 10-14. Lc 24,11. Jn 20,25), y ahora quieren que los demás lo crean a ciegas y sin rechistar.
-El cristianismo, en vez de traer salvación, hizo casi imposible salvarse. Porque si antes con las buenas obras te salvabas, ahora las obras ya no valen nada: por las obras nadie es salvo (Ro 3,20. Gál 2,16). Ahora hace falta un milagro de Dios para salvarse; estás perdido salvo que a Dios se le antoje mandarte la gracia para poder creer lo increíble: que cierto artesano era Dios camuflado, que un desconocido era un ser divino. Porque a Jesús lo conocían... su barbero y cuatro más, el resto no le vio el pelo jamás. Pocos hebreos vieron en vida a Jesús, y menos los paganos, que ni barruntaban quién era aquel Jesús que tuvo el detalle de salvarlos. Por no saber, no sabían ni dónde estaba Israel, pues por aquel tiempo la gente común ni viajaba ni tenía mapas, por lo que hablarles del mesías en Judea era como hablarles de Jauja. ¿Quién -sin ayuda del cielo- podía creer que un cierto ebanista hebreo fue el autor del universo? ¡Y sin embargo muchos se tragaron el bulo! Y sin saber lo que creían, creían que creían en lo que no entendían. Porque en religión no pasa como en otras materias, donde primero se imparte el contenido y luego se confiere el título; no, en religión primero se da el título de salvo al que diga creer, y luego se le va enseñando qué es aquello en lo que ha creído.
-Un punto crucial en las conversiones masivas es que les decían: el resto de la gente son hijos de la ira (Ef 2,3), pero vosotros, por la gracia de decir que Jesús es el Señor, sois salvos desde antes de la Creación (Ef 1,4). Todos tus pecados se borran -hasta el homicidio- con sólo creer que Jesús es divino. Pero si no crees, aunque vivas como un santo, vas al fuego por malo. Estos devotos quieren mandar al infierno hasta al gato, y les da igual que hayas sido un criminal que un agnóstico honrado: el castigo es uno solo: el fuego eterno. Pero le basta al criminal arrepentirse y creer, para ganar el cielo. Pongamos que este criminal mató a 10: si éstos no creían en Jesús, por muy buenos que fuesen van al infierno, pese a haber sido asesinados; en cambio su asesino va al cielito lindo sólo con que se moleste en creer en Cristo.
-San Pablo se lo ponía fácil a la gente: le ofrecía eternos beneficios y perdón absoluto a todos los delitos, sólo con molestarse en confesar a Jesús como Cristo. Por grande que sea tu culpa, quedas limpio. Éste es el secreto de la oscura mente de Pablo: que él mismo estaba hundido en la más negra culpa y en un atroz delito: él fue instigador en la muerte de Cristo. Y lo confiesa con un rodeo, al decir: ‘Los judíos dieron muerte al Señor Jesús’ (1Tes 2,15), siendo él judío fariseo y estando en Jerusalén por aquel tiempo (Act 26,4); se acusa pues a sí mismo. San Lucas lo asperja con la sangre de Esteban (Act 7,58), pero omite con tino su crimen contra Cristo, aunque el mismo Pablo casi lo declara: ‘También yo creí mi deber obrar con rigor contra Jesús de Nazaret, y así lo hice en Jerusalén’ (Act 26, 9-10). Desde luego, su furia no nació de ver a los discípulos postular a un tal Jesús como Cristo (¿cómo le iba a molestar un desconocido?); su ira venía de antes, de sus peleas con el Maestro, al que conoció harto bien (1Co 9,1) y al que logró eliminar. Jesús incordiaba a los fariseos cerriles (vamos, los ponía a parir: Mt 23) y eso Pablo no se lo pudo perdonar (y con él muchos más: 12,14./ 21,46./ 26,4). Para odiar a Jesús con tal ira, tuvo que chocar con él en vida.
-Me pregunto cuál de los fariseos enzarzados con Jesús, pudo ser Pablo. ¿El que le dijo: tú echas a los demonios en virtud de Belcebú (Mt 12,24)? ¿O el que le increpa: por qué los tuyos para comer no se lavan según la Ley (15,2)? Cuando Jesús dijo aquello de: ‘¡fariseo ciego, limpia primero el vaso por dentro!’ (23,26), me parece que ya sé a quién le hablaba. Y es que Pablo era doble ciego: de mente y de vista a la vez; tan cegato que ni podía escribir cartas, las dictaba y luego ponía su firma (Ro 16,22. 1Co 16,21. Gál 6,11. Col 4,18. 2Tes 3,17). Es curioso cómo intenta negar que conoció a Jesús: ‘Aun si conocimos a Cristo en la carne, ya no le conocemos así. Si alguno está en Cristo, nueva criatura es’ (2Co 5, 16-17). ¡Qué angustioso esfuerzo por enterrar el pasado, verse libre de la culpa y ser alguien nuevo! ‘Despojaos del hombre viejo y revestíos del nuevo’ (Ef 4,22. Col 3, 9-10). ¿Y qué mejor para ello que la doctrina que aventaban los cristianos: que nadie mató a Jesús, sino que él libremente dio su vida para salvarnos?
-La historia de Pablo la pudo haber escrito Dostoevski, parece salido de un novelón suyo. Como Raskólnikov tras su crimen, Pablo siguió algún tiempo en sus trece, viendo a los cristianos como herejes dignos de muerte, ‘respirando amenazas de muerte contra ellos’ (Act 9,1). Ya logró que los romanos matasen al jefe; ahora había que aplastar a sus secuaces. Pablo padecía brotes psicóticos, uno de los cuales le hizo caerse rumbo a Damasco y oír voces (típico de la esquizofrenia). Tras esta caída del caballo, su cerebro se trastornó y empezó a sucumbir a la culpa. Como Raskólnikov, empezó a derrumbarse y ansiar el castigo liberador: dar su vida por Jesús, hacer su voluntad hasta la muerte, ganando así el perdón (Act 20,24./ 21,13. Fil 1,20./ 2,17.)
 -Al principio se resistió, intentó como Jonás huir de Dios y se fue a Arabia (Gál 1,17). Pero fue inútil: el rostro moribundo del galileo empezó a poblar sus pesadillas y a cercar sus noches y sus días. Su mente se oscureció y se anegó en angustia, y comprendió lo dicho por Pilato: Jesús era inocente, y él -Saulo- un loco cegado por el diablo... y culpable de un crimen contra Dios: estaba condenado sin salvación... A menos que... como los discípulos decían, Jesús fuese en verdad el Cordero de Dios, previsto por Dios para borrar las culpas de todos. ¡Claro! ‘Toda la Creación gime en dolor de parto, esperando la redención’ (Ro 8, 22-23). Además, el haber matado a Jesús queda anulado desde el momento en que Jesús resucita. Si Jesús vive, no hay crimen. Así que, tras maquinar la muerte de Jesús, Pablo podía ahora declarar: soy inocente, porque Jesús no está muerto, él vive, y además nadie lo mató sino que él mismo se entregó por obediencia a Dios (Fil 2,8. 1Tim 2,6). Hizo de la resurrección el núcleo de su predicación: todo para borrar su culpa.
-Veinte siglos antes de Freud, Pablo halló una terapia contra la culpa que aún hoy cura. En la pasión y muerte de Jesús se halla cifrado todo un dramón de crimen y castigo, de delito y perdón entre el hombre y Dios. Como dicen los devotos: el hombre natural es enemigo de Dios, el mundo odia a Dios (Jn 15, 18. Ro 8,7. Ef 2,3). No es extraño que cuando Dios se encarnó lo matasen: todos queremos matar a Dios. ¿Por qué razón? Por el dolor que hay en la vida, del cual sólo Dios es culpable, pues él nos creó para sufrir en un mundo atroz. El dolor nos fuerza a odiar a Dios. Este odio no viene sólo del odio a padres tiranos (vuelto luego hacia Dios, según Freud), sino que nace de todo dolor, desgracia o aflicción que se padezca, ya sea de causa natural, por culpa ajena o por culpa nuestra: Dios es el culpable, porque él lo creó todo, él inventó el dolor y nos fuerza a sufrirlo quieras o no: cada dolor o pena que padezcas, es una tortura que te inflige Dios. El pecado original (innato en todos) es el odio inevitable contra Dios por imponernos la tortura del dolor.
-Para librarte del odio a Dios hay que castigar a Dios, y eso es lo que es Jesús: Dios castigado por los hombres. Al saciar tu odio contra Dios, quedas vengado. Es vital que Jesús sea Dios y no -como querían los arrianos- un hombre premiado por Dios por su labor; porque en la cruz debe sufrir Dios, matado por los hombres. Ahora viene el otro lado del drama: al odiar y castigar a Dios (al torturador culpable de todo el dolor), te vuelves culpable tú mismo, porque has alzado la mano contra Dios, y tu acto tan atrevido merece atroz castigo: estás atrapado en el trágico laberinto del odio, la culpa y el castigo fatídico. La única salida es culparte sólo a ti mismo, y dirigir a tu interior el odio que quiere ir a Dios. Como lo dice Pablo: la carne es de por sí contraria a Dios, debes negarte a ti mismo y crucificarte con Cristo (Ro 6,6./ 8, 6-8. Gál 5: 16,17,24).
-Jesús, al ser hombre también, encarna al ser que se somete a Dios, que acepta el dolor sin rebelión y torna sobre sí el odio en vez de contra Dios. En Jesús logras el milagro de matar a Dios (muerto por tus pecados), de arrepentirte (ya no odias a Dios sino a tu egoísmo) y de salir indemne (Jesús asumió tu culpa y sufrió tu castigo merecido). Jesús nos da el ejemplo a seguir: beber sin rebelión el cáliz del dolor, negarse a sí y tomar la cruz cada día (Lc 9,23). Jesús es hombre divino y Dios humanado a la vez, y por ser hombre y Dios a la vez, nos libra del odio de dos modos a la vez: pues 1: sacia nuestra ira contra Dios, y 2: nos enseña a odiarnos a nosotros y no a Dios. Es esencial arrepentirte, porque sin eso Jesús no te sirve. Es imitar a Cristo (aceptar el dolor y la abnegación) lo que te da la salvación. La paz con Dios dimana de vivir resignado, sin rebeldía, a imitación de Cristo. No es que Cristo en la cruz borre por magia la culpa de todos, sino que indica cómo cada cual puede borrarla y quedar en paz con Dios.
-Si Dios castiga al hombre en Cristo y el hombre castiga a Dios en Jesús, los dos vierten su ira pero no hacen la paz, la cual llega solo cuando el hombre se une a Cristo y castiga en Cristo a sí mismo, yendo contento a la cruz con Cristo. Jesús en la cruz es alivio a los infelices, catarsis para los angustiados por la culpa, bálsamo para los devorados por la tristeza, y luz para los hundidos en la amargura. Ninguna otra fe hunde tan sutiles raíces en la mente ni regala consuelos tan potentes. Ahora bien, al ser una terapia, una medicina para la mente en pena, sólo la pueden apetecer los angustiados, cosa que no todo el mundo es, ni lo es a todas horas. La medicina de Cristo sana a los enfermos, pero enferma a los sanos. Sin sentir ira y culpa hacia Dios, no se comprende la redención.
-Por eso le resulta tan difícil a una persona satisfecha entender el mensaje de la cruz: no se explica qué hace Dios allí clavado; si quería perdonarnos con ello ¿no había otra forma menos incómoda de hacerlo? No en balde avisaba Pablo que Cristo en la cruz le parecerá locura a más de cuatro: para los judíos es un ultraje, para los griegos un disparate (1Co 1,18-25). Ni griegos ni judíos lograban adivinar por qué Jesús -por haber sido crucificado- pasaba a ser el Mesías anunciado. Ellos seguían el sentido común, pero eso no vale para captar el misterio de la cruz (1Co 2,7-15). En realidad, la clave del evangelio no es decible, es tabú: que en la cruz se realiza el deseo humano de matar a Dios, porque todo humano sufre -poco o mucho- y mientras sufre, odia a muerte a Dios (conscientemente o no). Pero claro, algo así no se puede decir, sólo cabe aludir a un pecado original contra Dios. Y si tal pecado merece la muerte (Ro 6,23), se deduce que tal pecado es el odio de muerte contra Dios.
-Y -oh milagro- Dios acepta ese odio contra él y se deja matar por los hombres en silencio, como un manso cordero. Ya el odio humano quedó saciado al ver al culpable en la cruz castigado: ahora lo que desgarra al creyente es la conciencia de su crimen, el terror a su osadía y al justo castigo que merece, que no es otro que la muerte, ya que él ha matado a Dios (tus pecados llevaron a Jesús a la cruz; por eso todo pecador en todo tiempo es culpable de la muerte de Cristo). Y Jesús, en vez de vengarse, perdona a sus asesinos, tomando él mismo todo el castigo. Y Dios acepta el sacrificio, perdona a los hombres, les dice que aunque pequen y lo odien, no los va a castigar, porque el castigo ya lo recibió Cristo... Así que el pecador, después de haber odiado a Dios, se ve perdonado en vez de castigado, ¿cómo pudo odiar a un Dios tan majo? Es cierto que creó un mundo con mucho dolor, pero ¿no es mayor aún su bondad y su amor?
-El creyente se siente conmovido por el perdón, se arrepiente de su odio: de ahora en adelante, cuando el dolor -que nunca falta- lo incite a odiar a Dios, se acordará de las dolientes llagas de Cristo, abiertas por amor a él, para salvarlo a él del castigo. Recordará su largo y manso suplicio: lo verá sudando sangre bajo un olivo, solo y angustiado, apresado por los brutales guardas, empujado y golpeado, ensangrentado, desollado a latigazos, herida su cabeza por espinas, desgarrada su carne por clavos, muriendo de dolor colgado en una cruz, olvidado y abandonado... ¿Para qué odiar más a Dios? ¿Es que no ha sufrido ya bastante? Quien comprende el mensaje de la cruz, ya no le queda ningún odio contra el hombre o contra Dios: todo el odio que nazca en él lo vierte sobre sí, se inculpa a sí y a nadie más, depone su orgullo y su razón y se somete a Dios, aceptando todo el lote vital del dolor, bendiciendo al que lo injurie, devolviendo bien por mal... (Lc 6, 27-30). Toda esta catarsis del odio interior la logra sólo la fe en Jesús y no otra religión: ninguna otra fe ablanda tanto el corazón.
-Es verdad, ninguna otra regala una paz tan mansa. Los otros credos prometen protección en vida y salvación posterior, pero no purifican tan a fondo el corazón. De modo perfecto y milagroso -¿quién pudo idear algo así?- Jesús en la cruz toma para sí la ira de los hombres contra Dios, y el castigo de Dios contra los hombres, todo a la vez. Con lo cual hace la paz entre ambos. Allí en la cruz fue abandonado por los hombres y por Dios, para unir al hombre con Dios; y recibió el odio y el dolor, para volverlos paz y amor. Es cierto que el fiel vuelve a pecar y a sentir odio contra Dios, pero sabe que cuenta con el perdón de Dios por siempre, porque el acto de Jesús vale eternamente.
-Sin Jesús, Dios habría tenido que borrar a la humanidad; pero con Jesús, le basta arrepentirse al pecador, para obtener de Dios el perdón. Pecar y caer es inherente al fiel, mas la gracia y el perdón son eternos en Dios. El fiel se sabe culpable y perdonado a la vez, y vuelve en gratitud y amor el odio y el rencor: limpia su interior y se vuelve como Jesús, manso y humilde de corazón (Mt 11,29). El fiel vive en culpa pero confiado, en el temor reverente a Dios, no en el terror angustiado a su ira. Se ve amado y perdonado, y libre de rencor contra el hombre o contra Dios.
-Jesús libra del castigo a todo creyente que lo acepte, pero no lo libra de incurrir en culpa una y otra vez. Para mejorar, la persona ha de querer imitar a Cristo sin cesar, y como esto por lo visto es obra de la gracia -que mueve el corazón y la voluntad-, el resultado es que la fe sincera siempre ha sido escasa (Mt 7,14. 2Tes 3,2). Han sido muchos los bautizados, pero muy pocos los cristianos: la Historia muestra infinitos Bautizados crueles, hipócritas y reaccionarios, pero muy pocos Cristianos pacíficos, benéficos y solidarios.
-Ya Pablo tuvo que explicar por qué la mayoría no acepta a Jesús por Señor, ni quiere consuelo ni perdón: que Dios -por misterio insondable- ab aeterno ha decidido quién va o no a salvarse (Ro 8, 28-30./ 11,7. Ef 1, 4-5. 2Tes 2,13). Y no le pidas razones a Dios (Ro 9, 13-23). Así que el crédulo oyente de esta doctrina sentía el brusco prurito de estar entre los elegidos, y al instante creía en Cristo. Pablo usaba cualquier argucia con tal de que el oyente se tragase a Jesús. Todo lo que sirviera del paganismo, lo usaba: así lo vemos en Atenas haciendo creer a los griegos que ya desde antiguo y sin saberlo, habían adorado al Dios verdadero (Act 17,23). O que la pobre gente honrada -pero ignorantes de Cristo- también se salvaba (Ro 2,10).
-Que Pablo predicase a los gentiles no era traición a su pueblo, ya que Israel sólo era el medio elegido por Dios para llevar la fe al mundo entero (Is 56, 6-7./ 66,18). Puesto que sólo hay un Dios, Yavé debe ser Dios de todos, no sólo de Israel. Israel debía ser luz a los demás pueblos, pero ella misma fue cegada por el orgullo de ser la elegida, pecado por el cual Dios le daba la espalda y no la escuchaba. Jesús predicó todo esto: Israel es la higuera sin fruto (Mt 21,19), el viñador homicida (21,38), el siervo malo y ocioso (25,26), etc. Y llamó a los orgullosos a arrepentirse; como no lo escucharon, para que Dios no desechase por entero a Israel (21,43), se ofreció a morir en nombre de todos y expiar la culpa él solo, cumpliendo las profecías de Isaías (todo 53) y Daniel (9,28). Fue un valiente admirable, aunque su auto-ofrenda fue en balde.
-Jesús murió sólo por su pueblo (Mt 10,6./ 15,24), no por los egipcios, romanos, celtas ni chinos. El plan de Dios era redimir primero a Israel, y a través de Israel al mundo. Porque Israel es el pueblo escogido por Dios para mostrar su gloria al mundo y jamás lo podrá desechar (lo dice bien claro: Lv 26,44. Is 54,10./ 59,21. Jer 31, 35-37). Pero Pablo, al no ser escuchado por los judíos, se volvió a los gentiles (grandísimo error), saltándose a la torera el plan de Dios (Act 13,46. Ro 11,25). Aunque el olivo no era salvo -decía-, los injertos en el olivo iban a ser salvos (Ro 11, 19-20), ¡qué contradicción! La fe del mundo debió ser la judía, que es la fe de Jesús, en su pureza ética y humana, no en su corteza ritual y doctrinaria. Con sus invenciones, Pablo destruyó lo que Jesús tanto amó: la estricta fe judía (Mt 5,17), y se empeñó en que bastaba creer que Jesús es el mesías para tener toda la Ley cumplida.
-Lo que no vio Pablo es que los paganos no iban a ver a Jesús como al mesías de Israel, sino que lo hicieron un dios solar más, un Osiris camuflado en el politeísmo descarado de María, la Trinidad y los Santos. En vez del monoteísmo ético judío -que fue la fe de Cristo- triunfó de nuevo el viejo paganismo. Por querer elevar a Jesús, Pablo destruyó la fe judía por la que Jesús dio su vida. Pero estaba agobiado por la culpa: ay de él si no predicaba (1Co 9,16). Incluso predicando estaba angustiado y lo que deseaba era morir (2Tim 4,6). Ya el cambio de nombre -de Saulo a Pablo- es una muerte simbólica, un enterrar el pasado; pero la culpa no se deja enterrar como los muertos, y la única liberación posible era consagrarse a exaltar a aquel a quien él había aplastado: predicar su venida, anunciarlo viviente, imponerlo como Señor a las gentes. Con el mismo fanatismo con que antes lo había perseguido, ahora buscó llevar encadenado al mundo a la obediencia de Cristo (Ro 1,5. 2Co 10, 4-5).
-No cabe duda de que Pablo era un exaltado, un loco. El estilo de sus escritos es paranoico: verborrea, ilaciones inconexas, conclusiones que no salen de las premisas, contenidos delirantes... Su conducta frenética (Act 26,11), amenazante (2Co 10,6./ 13: 2,10), sus alucinaciones (Act 22, 17-18. 2Co 12, 2-4), sus obsesiones con Dios, Satanás, el pecado... todo revela un cuadro clínico esquizoide. Y no hace falta que venga un médico a decirlo: Pablo mismo se confiesa loco más de una vez. A los corintios les dice: mi predicación es pura locura (1Co 1,21), toleradme un poco de locura (2Co 11,1), lo que voy a decir lo digo como loco (11,17), como loco hablo (11,23), porque si estoy loco es para Dios (5,13). El procurador Festo, tras oír el guirigay de Pablo, llegó a la misma conclusión: ‘Estás loco, Pablo. Las muchas letras te han desquiciado’ (Act 26,24).
-También a Jesús lo llamaron demente (Mc 3,21). Ni Jesús ni Pablo estaban en sus cabales: Jesús con su manía del fin del mundo inminente, y Pablo con sus delirios sobre Cristo, un Cristo que sólo existía en su mente. Porque los judíos no podían creer que Jesús hubiera resucitado ni que fuera el mesías, ya que no había librado a Israel de los romanos; ni siquiera había librado a Israel de la opresión del pecado. Al revés: le ha añadido a Israel el pecado de haber rechazado a su mesías. El cristianismo atizó el odio antijudío desde su inicio. ¿Cómo puede ser Jesús el mesías de Israel, si lejos de salvar a su pueblo, le ha causado dos mil años de odio y matanzas de parte de los cristianos? Si Jesús y Pablo hubieran sospechado la catástrofe que le iban a traer a su pueblo, de horror se habrían quedado muertos, se habrían tirado a un abismo antes de insinuar siquiera que Jesús era el Cristo.

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