(De Teosis, tomo dos)
De la bestia al ángel: la senda vegana.
“Implantar el veganismo es la tarea capital de la humanidad, sin la cual lo demás fracasará, pues a un ser brutal todo le va a salir mal.”
-¿Cómo será la nutrición futura?
-¿Por qué el veganismo es vital para sanar la sociedad?
-¿Quién son los aliens?
NUTRICIÓN RACIONAL. Es para llorar, que la Ciencia sepa clonar ovejas o detallar el Big-Bang, y no sepa frenar el desperdicio de comida actual (la mitad del cultivo global). La forma de comer aún imperante es de trogloditas; no ha cambiado desde el Paleolítico, cuando se usó el fuego para ablandar lo no masticable y para hacer digerible la carne, ya que el hombre no es carnívoro: la carne cruda lo mataría. La carne ni es sabrosa ni saludable: para hacerla tragable hay que guisarla, adobarla o resecarla con sales: por sí sola es repugnante.
En 2019 un patán en China se come a un animal, y siembra el caos mundial. La covid y tantas otras plagas, nacen de comer carne y de las granjas. Ningún vegetal ha causado epidemias jamás, casi todas proceden de animales. Y el resto -de gérmenes naturales- serían poco dañinas si la dieta vegana mantiene las defensas naturales muy altas.
El éxito de la Ciencia no es curar -tarde- las dolencias, sino saber prevenirlas por experiencia, sepa o no las causas. Sólo la dieta vegetal potencia las defensas y previene las dolencias; el consumo de carne -en cambio- potencia todo lo malo: cáncer, diabetes, colesterol, obesidad, alergias, epidemias... Y lo peor: hace del hombre un criminal repulsivo, estúpido y engreído.
Mientras no reine el veganismo, no tendrá fin la violencia ni la enfermedad. Los que comen carne son criminales, pues dañan al planeta y expanden entre los pobres el hambre: matan a niños y le roban comida a los más desvalidos. Pues la ganadería reduce la comida y la desperdicia: para un kilo de carne se gasta 30 de cereales (y caudales de agua); al suprimirse habría ya el doble de comida, y el triple si el alimento se moliera en vez de cocinarse, pues se haría comible muchos más vegetales. Plantas muy nutritivas (y partes de plantas: brotes, tallos, cáscaras, cortezas) que hoy se desechan, por su mal sabor o su dureza, se aprovecharán también, trituradas.
Los cultivos se simplificarán. No hace falta cultivar cientos de plantas para lograr sólo tres sustancias: proteínas, calorías y micronutrientes (vita-minerales). Basta obtenerlo todo de pocas plantas bio-mejoradas, las más aptas en cada zona climática. Y también de cultivo celular o bacteriano, de insectos y hasta de peces si hace falta (aunque lo ideal es criar en los mares algas sanas).
Hoy es muy fácil prescindir tanto de la carne como de los fogones, logrando sacar el triple de comida y con menos agua y tierras. No se perderán los comestibles al mercadearse y guisarse. Es ruinoso repartir los víveres como hasta ahora, cuando parte se desecha en las tiendas, otra parte en las casas, y el resto se degrada al cocinarse. Ya es factible producir comida completa en nutrientes y lista -a la vez- para consumirse sin cocinar, desterrando a los fogones, la escasez, al desperdicio y la enfermedad.
La clave es: Moler, mezclar y envasar. Moler todo en origen (crudo en lo posible), mezclarlo para darle nutrientes completos, y venderlo en vidrio o briks de largo aguante, con multi-sabores y endulzantes. Sería la revolución más trascendente del género humano. No se perdería comida alguna, se frenarían incontables dolencias, la malnutrición y la gordura. Y las casas ganarían un cuarto más en vez de la cocina -bastará con un grifo y un microondas en un rincón.
La gastronomía -salvo la vegana y sencilla- degrada tanto al hombre como a la comida. Lo comestible debería verse como sagrado (pues nos da la vida cada día), y tomarse crudo -o casi crudo- y con el mínimo artificio. Pues con lo santo no se debe jugar, ni degradar ni adulterar. Al cocinar se degrada y profana todo lo natural. Es acto contra Natura el preferir platos golosos a sencillas verduras, y pasteles a frutas.
Las recetas suculentas drogan a masas adictas y obesas. El arte culinario es un triste engaño, un cebo fatal que trae detrás dolor y daño. (¡Esos tragones condenados!, mientras millones pasan hambre, ellos engordan como marranos. ¡Qué espanto! La insana gordura es tan pesada como impura, mermando el placer además, al embotar el paladar.) Es el paladar vegano -sensible y sano- el que da sabor a la comida, no el falso arte de la cocina.
La comida debe ser sana y santa -no golosa- pues el hambre es la mejor salsa. Para un paladar sano, todo alimento es suculento. El placer es inherente al comer, no hay que buscarlo: es inevitable cuando se sacia el hambre. Los que se pringan con platos caros y se regodean con la alta cocina ... pasteles, exquisiteces, jamón, caviar, ternera, licores... son idiotas y no lo saben. ¿Qué se imaginan, que -salvo ellos- todo el mundo practica un acto de penoso ascetismo cada vez que come? La comida está siempre riquísima para quien tiene hambre, es ya un altísimo placer natural que no hace falta mejorar.
Y -por lo común- lo más goloso y seductor al paladar y al olfato, es hoy día lo más insano y procesado, que en cuanto se traga se ve que son engaños, empalagan la boca pero le pesan al estómago. Grasas malas, sobrecocción, refinados, frituras, exceso de sal y azúcar...: lo procesado y los platos complicados, en vez de atraer el placer, lo que hacen es alejarlo, al embotar el paladar con lo artificial e insano.
La mayor delicia sanísima y nutritiva son las frutas maduras, las frescas verduras, los frutos secos y el cereal entero. Cuanto más se adapta el paladar a lo natural, más placeres y matices capta. A poco de ser vegano, se recobra un paladar finísimo para los aromas y sabores, de forma que una simple fruta llega a conmover de puro placer. Sólo un vegano puede comer y disfrutar sin conflicto moral, con santidad ni miedo a engordar o enfermar.
Pero ni la dieta vegana -siendo la más segura- es perfecta. Pues nadie logra ni sabe tomar las dosis de nutrientes justas, sin pasarse. Las dosis justas deben venir ya hechas -en los frascos o botes- según claros criterios médicos. De forma que nadie tenga que ser cabal chef y nutricionista a la vez, ni mártir de las dietas, para estar sana y esbelta. Y se olvide del engorro de controlar lo que tiene que tomar, y hasta de cocinar. Nadie debería saber nada de alimentación, igual que se toman medicinas sin saber ni jota de química.
Que tu medicina sea el buen alimento, decían los sabios griegos. Hay que medicinar la comida; que -igual que las medicinas- nadie tenga por qué saber cómo ni dónde se hace lo que come: basta con que esté bajo control sanitario exacto. Así se evitarán las generales dolencias junto con toda infección o epidemia.
Y sobre todo: liberando a la vida femenina de la condena de la cocina, causa sustancial de su sujeción y su atraso secular. Se han hecho miles de revoluciones fallidas, falta la principal: la liberación final de la esclavitud de cocinar. El Reino de la libertad -para la mujer- sólo llegará cuando no tenga que cocinar. Comer es gran placer, pero perder cada día horas en la tarea, es una triste condena.
Todo alimento se venderá triturado y ya mezclado, envasado según convenga: harina, copos, crema (a modo de batido vegano, pero con más proteínas e hidratos)... Incluso como ricas galletas para irse tomando despacio. ¡Sólo disfrutar, no cocinar!, todo siempre sano y preparado, sin tenerse que guisar (sólo acaso calentar), listo para beberse o chuparse, y dejando al paladar degustar con poco masticar, lográndose así más placer: al ahorrar el triturar, el sabor se disfruta más.
Se borrarían así -a corto plazo- enormes males y daños:
-La vasta pérdida actual de comida (la mitad de las cosechas), y con ello la malnutrición de medio planeta.
-Las infinitas horas gastadas en comprar, guardar, cocinar, desperdiciar y fregar (la mitad del tiempo libre diario de la mujer).
-La obesidad y casi todas las dolencias actuales, con su enorme coste sanitario (pues lo que se coma será siempre ultra-sano).
-Los dentistas (pues los dientes no se gastarán) y la mitad de los hospitales y médicos (que se ocuparán de cuidar la salud, en vez de curar la enfermedad).
-La mitad de los basureros, pues apenas habrá desechos...
La población podrá crecer al doble sin escasez -sana y esbelta-, con una salud casi perpetua, usando a la vez energías y métodos sostenibles. Será el inicio de una Humanidad racional, libre de violencia, estupidez y maldad; con hábitos pacíficos y humanos, al cesar la monstruosa matanza de animales actual, y al crecer el respeto por la vida y la paz. Será un avance trascendental, un nuevo Neolítico, una nueva Era de libertad y bienestar, como nadie la soñó jamás.
De los campos, los frutos pasarán directos al taller, donde se trituren y mezclen en las dosis óptimas de nutrientes. Máquinas autoservicio darán los botes o frascos (reciclados), algunos con más calorías o vitaminas, según convenga a cada cual. Con sabor y aromas muy variados, para que lo saludable nunca canse. Se podrá comer a cualquier hora y haciendo cualquier cosa, en el ocio o el trabajo, sin tener que fregar ningún cacharro.
Aparte de eso, en las calles, plazas y campos cercanos, habrá incontables frutales neogénicos (con nutrientes más completos) ricos en frutas y semillas crudi-comibles, que son delicias tal como ya están, sin cocinar.
Habrá menos millones de animales pero más gente, que es lo deseable. En los montes no cultivables, sí habrá rebaños -como reserva para emergencias- que desbrocen la maleza y beneficien la arboleda (cuidando que no tengan predadores ni pasen hambre). Se aprovechará su lana, leche, cuerpos... y hasta su carne y pieles cuando mueran de viejos.
A los que habría que diezmar es a los grandes carnívoros dañinos: lobos, osos, felinos, cocodrilos... El derecho a vivir es un lujo humano autodado, ningún animal lo admite, y mata o hiere cuando le conviene. No cabe impedir que los peces se coman entre sí, pero -donde pueda- el hombre debe frenar el matar hasta en el reino animal.
También son dañinos los elefantes, que devastan los sitios en donde pastan y privan a otros de comida. Es pasmoso que aún haya tales monstruos: rinocerontes, elefantes, hipopótamos... Sólo las aves y animales que depredan a reptiles o roedores, habría que conservar. A los grandes felinos se les podría alterar los genes hasta hacerlos como gatitos y servir de mascotas para niños. Hasta habría que achicar a gatos y perros, para que consuman menos y dañen menos al medio.
También es pasmoso ver aún permitidos claros cancerígenos como: la junk-food, el tabaco y el alkol, y no se hayan creado drogas más sanas -calmantes o excitantes- que desplacen a las nefastas actuales, causa de miles de muertes y de males. La culpa no es del pobre desgraciado que toma alkol o tabaco, sino de la sociedad y del Estado, que permiten la venta de tales venenos insanos. Ya existen fármacos con mejores efectos y menos daño que el vino o las drogas, pero más ecológicos y baratos.
¡Qué locura arruinar toneladas de sanísima uva para crear brebajes dañinos e indigestos que envenenan el cuerpo! Era antes el único quitapenas de la sufrida gente, pero -puesto que los piden las masas- ya es hora de darles fármacos más sanos y nuevos: Nuevas drogas para los nuevos tiempos.
(Otro avance aún por lograr: En el norte habitado, se gasta un horror para calentarse la mitad del año. El frío es un problema y una tragedia aún irresuelta. La ciencia -que logra tantos avances- aún tiene que mejorar la forma de abrigarse. Hoy se calientan las casas enteras, cuando ni las paredes ni muebles sienten frío, sólo hay que calentar a la gente.
Falta idear trajes ligeros pero superaislantes, que retengan el calor del cuerpo, o lo generen con el roce ellos o un emisor portátil. Bajaría así ese enorme dispendio de energía y su impacto en el clima. Y en vastas zonas como Canadá o Siberia, podrían vivir muchos más millones sin problemas.)
VEGANOS. Lo intragable es la ganadería industrial: dañina, insana e inmoral, que reduce la comida y degrada a la Humanidad. Comer carne es torturar a millones con la miseria y el hambre. La excusa de que no es carne humana, es una sádica falsedad, pues toda carne es químicamente igual. Devoran sus propios cuerpos, y masacran a seres buenos e indefensos. Esto es lo repugnante.
Quien come carne... mancha su vida vil de sangre, y asesina a niños, al fomentar el hambre. Además de homicida, es caníbal: ceba sus duras entrañas con sangre humana, pues la carne animal es igual que la humana, y tragarla es salvajada. Sólo si no hay vegetales, pueden comerse animales: matarlos por capricho es infame (y la maldad se paga, no es gratis: la vida acaba por vengarse).
Masas de fieras sangrientas usurpan el planeta, ¿cómo extrañarse de que éste rebose de injusticia, egoísmo, destrozo y violencia? Los ‘hombres honorables’ son en realidad masas de criminales, con las manos rojas de sangre (matan y devoran a miles de animales año tras año). Esos millones de fatuos que se creen honrados, casi cada día agarran a un pobre animal, lo asesinan y lo descuartizan. Falso, se dirá. Pero si no hacen eso ellos, sí les pagan a otros por hacerlo: son igual de culpables, sus manos están manchadas de sangre, por mucho que se las laven (es sangre de animales y de millones de niños, que ellos matan de hambre).
La comida -por dar la vida- debe ser no sólo sana sino santa. Un ser que mata y devora a otros es un monstruo; quien come vegetales -en cambio- es un ángel. (Aunque las mujeres coman carne, no son culpables: si ellas tuviesen que matar a los animales, todas serían ya veganas: tendrían compasión de los mamales y hasta de las pobres aves.)
Hay también veganos necios: los egoístas, que sólo buscan su salud y no la del mundo, siendo en lo demás dañinos consumistas. O los activistas pro-animales, que en vez de ayudar a niñas pobres o chicas oprimidas, protegen a seres ultra-resistentes y poco sufrientes, cual los animales. Lo grave de comer carne es el dolor humano (reduce la comida y daña al clima) y -sobre todo- que degrada al hombre a bestia asesina; el dolor animal en cambio, es algo secundario y escaso, siendo ellos poco sensibles o angustiables.
Para los aliens y almas los animales son seres fallidos y tristes, desde que surgió el hombre. Éste les repele justo por su animalismo, su atraso, y aman a los más racionales, sensibles y veganos, que ven a los que comen carne como monstruos repugnantes, cebados de muerte y sangre.
Tener que cazar fauna volvió al hombre en una impía bestia, y aun paga las consecuencias: la guerra, la crueldad y la violencia. Los herbívoros no le hacían -ni le hacen- daño alguno al hombre; él en cambio se dedicó a matarlos sin piedad, como una bestia demencial: esta locura marcó con sangre el curso de la humanidad. Mientras no se repudie con rigor el matar animales por capricho, el hombre seguirá estando maldito, como monstruo ciego y asesino.
Matar por necesidad es atroz, pero disculpable; matar por capricho es un crimen repugnante. Hasta que al macho no le entre entre las cejas que: ‘los seres vivos no hay que matarlos por capricho’ no habrá paz ni dignidad en el mundo. Matar fauna o humanos son el mismo acto: mientras se mate animales, se puede matar -y se va a matar- a gente.
La gran noticia diaria -en vez de los chismes usuales- tendría que ser: "Comer carne es criminal y aberrante, y causa los peores males sociales." De un mundo que se ceba del crimen en masa ¿qué va a esperarse sino desastres? ¿Qué sociedad va a crearse con ogros ciegos, soberbios y brutales? El feminismo está condenado si no se humaniza antes al macho.
La mayor revolución será -no la vana victoria proletaria- sino la adopción en masa de la dieta vegana. Renunciar a matar y dañar es el inicio de la paz real, al verse como sagrado a todo lo vital. Es el remedio a casi todo mal: violencia, hambre, pestes, dolencias y crisis ambiental. Masacrar animales es lo que impide que reine la salud, la bondad y la paz, en vez del egoísmo y la crueldad.
Es la ferocidad humana lo que causa las guerras, no las meras opuestas ideas, credos, lenguas o etnias -todo esto es secundario. El simple diferir o disputar no llevaría a masacres, si el macho no tuviera instintos salvajes. Y éstos los tomó cuando empezó a matar animales: allí se volvió una bestia, y condenó a su estirpe a la eterna guerra y violencia. Allí el hombre se volvió un peligro para sí mismo, y sólo cuando deje de matar, se podrá salvar. Y pasar de maldito simio malvado a pacífico sabio sensato.
Nada degrada al hombre más que ver como normal lo que es una obvia atrocidad: el matar y devorar animales (antes disculpable por causa del hambre, hoy ya no). Todas las monsergas sobre el amor, la justicia y la paz... son mero teatro mientras no se respete la vida animal y se deje de masacrar. Los derechos humanos son derechos para hacer el mal, si no se implanta primero el veganismo global. El veganismo es el amor plasmado, la bondad perenne, la justicia palpable, la paz real, y la salud del planeta y la humanidad.
Sin el veganismo, ni la caridad hace el bien: ayuda al mal, al ayudar a un ser cruel y brutal. Es suicida dar más poder y técnicas a seres duros, soberbios y dañinos. El único progreso real es aumentar el bien general, y esto requiere un hombre que sea más sensible, compasivo y con bondad hacia todo (y hacia los animales para empezar). Las sociedades más envidiables son las más pacíficas, sensibles, compasivas, veganas y femeninas.
Sólo la vida vegana es fe que sana y salva. El veganismo es más trascendente que el cristianismo, el comunismo y todos los credos juntos. Toda religión o ideología -si no exalta el veganismo, el feminismo y el no-dañar- se puede tirar a la basura, por dañina y estúpida. Es de peso sobrenatural que el hombre rechace por fin el masacrar animales, y que se gire para siempre desde la bestia al ángel. Será un paso abismal a una mayor paz, bienestar y felicidad.
Pero por desdicha, faltan decenios o siglos para eso: el atraso humano no puede dar saltos, cambiar genes e ideas debe ser lento para ser seguro. La especie en masa sigue aún en la infancia, y -tal que los críos- no distingue el bien del mal, lo bello de lo feo, ni lo falso de lo real.... Sólo cuando el cambio climático cree una grave crisis alimentaria, se pondrá por fuerza freno al actual desperdicio y a la crueldad.
ALIENS. Los aliens ven al macho tal cual es: un maldito simio brutal y repulsivo. ¿Cómo van a ser amables con caníbales repugnantes, con sangrientos comedores de animales? En cuanto miran sus cerebros, y ven su tosquedad y sus actos, se apartan asqueados. No comprenden a los humanos: sólo comprueban su atraso.
No culpan de sus locuras al macho (han visto ya tanto, que están curados de espanto) lo único es que se alejan de ellos: esquivan lo feo y se centran en lo bello: tratan con almas y con los otros aliens, que son puros como ángeles.
Ningún animal urde guerras ni es malvado como el macho humano. Su astucia -mezclada a la estupidez- le hace más irracional que cualquier animal. Su gran enemigo es él mismo: cada tribu mantiene arsenales listos para diezmar a los vecinos, y tanto es el odio y la ceguera, que ya les sobran bombas para borrarse a todos del planeta (son simios salvajes, nada de ‘sapiens’). El mejor modo de ayudarlos es insultarlos, para ver si de una vez despiertan.
No es que por esencia sean malos, ni son culpables de sus fallos; es sólo que están atrasados. No son odiosos por ser malos, sino por sus locos actos. Bastaría con humanizarse y ser veganos, para ver lo soñado por las utopías: un mundo sin violencia, delitos, abusos ni injusticias. En cuanto logren más compasión y empatía, el planeta vivirá como una gran familia -con sus lógicos roces y riñas- pero sin saña ni maldad continua.
La brutalidad humana puebla hasta sus ocios: campa en el culto al odio y al fascismo que son los combates deportivos, empapa de violencia las pantallas -en juegos o vídeos-, y mancha hasta los libros de crimen y thriller, donde se mata a gente como hormigas en aras de una triste trama indigna (basura sin vida para gente aburrida).
Por contra, tanto almas como aliens bendicen a los biófilos veganos y los protegen si pueden (que algo pueden, aunque no hacer milagros). A los veganos más receptivos -de vida santa- les regalan ideas cósmicas y elevadas, que los pone a siglos de adelanto moral respecto al hombre actual. (La santidad no es algo místico ni especial, es sólo repudiar lo brutal.)
La variedad de aliens es apabullante, y sin cesar llegan unos y otros parten: imposible saber su número total, pero -como poco- cientos de millones. Lo que los iguala es que todos son ángeles: buenos, felices e inmortales (igual que los humanos tras salir de la carne).
Limpios de todo mal, su vivir es jugar, les sería pecado la seriedad. Sus mentes van desde casi opuestas a similares; pero como usan el sicotacto -trasvase directo de imágenes- todos pueden entenderse sin lenguaje. Sus mentes con el tiempo se van ajustando a las nuestras, olvidando en parte su vida previa, que se les aleja.
Los aliens que se ven son los recién llegados, que no pueden saber si la gente los va o no a ver. La mayoría llegan ya invisibles, pero algunos van a nivel tan cercano al físico, que emiten luz visible: estos son los llamativos Ufos (salvo los que son bromas de almas humanas), que en cuanto notan que asustan a la gente, bajan a nivel invisible.
Sin cesar llegan grupitos a la Tierra, todos distintos. Son almas de otros orbes, no seres de carne. La mayoría llegan como simples bolas de luz ultraveloces (si usan naves, son creaciones no-físicas que se disuelven en el aire: son naves de bioplasma -sique simple de animales y plantas- no son objetos físicos; por eso surgen de la nada y luego se borran como fantasmas). Los efectos físicos que causan, son involuntarios.
Moran igual en tierra, aire o bajo agua. Pero como son libres como dioses, hace años que algunos idearon trazar crop-circles cada verano (con frío no se puede, al faltar energía del aire). Estos crops lo hacen para ellos, no para dar ningún tipo de mensajes a los míseros humanos (sólo a veces por cortesía -vista la atención despertada- nos hacen algún guiño sin importancia).
Se deduce que -visto la multitud de diseños- los autores son plurales, que montan algo así como teatros: sedes ecuménicas temporales donde distintos linajes de aliens comparten charlas o hacen música o artes.
Como este fenómeno inquieta -por extrañísimo-, han salido graciosos que pretenden desprestigiarlo, haciendo seudo-crops, primero toscos, luego algo mejores. Estos idiotas -que gastan penosas horas en planear y ejecutar esos churros, sin beneficio alguno- les hacen un favor a los aliens, al ahorrarles a ellos parte de su trabajo.
Para salir a nivel visible usan energía ambiental: cuando alguien los ve de cerca, nota un silencio espectral, un bajón de calor, y -sin darse cuenta- baja también su voltaje cerebral, con lo que cae en trance (luego toma por minutos lo que quizá fueron horas). Al narrar lo sucedido, mezcla lo real con lo soñado, por lo que -de su relato- sólo es fiable los minutos iniciales. (Los que interrogan a testigos de ovnis, haciendo su labor de reporteros, hacen el ganso sin saberlo. Llevan desde el 47 investigando y no han avanzado ni un paso: siguen igual de liados.)
Aunque algunos aliens podrían ayudar al progreso social, no es lógico esperarlo, pues es absurdo pensar que el mundo está mal hecho y hay que andar de planeta en planeta desfaciendo sus entuertos. No. Los seres deben progresar ellos solos, con su propio esfuerzo, y aprendiendo de sus errores. Pero sin duda ayudarían en casos muy graves, como ante un riesgo de guerra nuclear.
Los humanos sólo creen en lo físico, se imaginan que los ufos son naves ultraavanzadas, con gente carnal de otros globos, casi semidioses, milagrosos. Bonito cuento. Si tan poderosos son ¿qué necesidad tienen de salir de sus globos -o de los cercanos, que estarían supercuidados- para ir con gran riesgo y costo a los sitios más remotos?
Ya la idea humana de colonizar otros globos, es de locos. Si no se sabe aún hacer habitable Siberia o el Sahara -donde sólo falta o el calor o el agua- ¿cómo se va a ‘terraformar’ otros planetas, donde no hay ni aire, calor, agua ni tierra apta? Querer colonizar otros orbes es como querer ver peces en los prados y ciervos en el mar.
Tampoco se trata de visitantes del futuro (¡bonito dislate, pues el futuro no es más que una idea, no una realidad!) ni seres de otras dimensiones que se cuelan es ésta (si de verdad son otros mundos, es como si no existieran, al no poder darse contacto mutuo -y la tarea es aclarar lo que vemos, no inventar ignotos mundos nuevos).
Los aliens son simplemente almas de otros sitios, hechas -con sus fatigas- en cuerpos materiales, que optan por salir fuera para renovarse y vivir nuevos gozos en otros globos. No viajan de sol a sol (cosa imposible) sino por atajos en el intraespacio (especie de puentes dimensionales, sólo accesibles a las almas).
De ellos lo único que cabe decir es: ¡Qué bien se está en la Gloria! Pues viven un grado de dicha insoñable para un humano: libres de todo engorro, temor o ansiedad, sin nada que cumplir ni que currar... su vida es un divino gandulear, a salvo del frío, hambre, calor, dolencias, ignorancia o pesar. Siendo tan variados, todos son indañables, libres y sabios.
Lo que no pueden hacer aún es mostrarse claramente a los humanos, pues ello supondría la prueba de la atanasia: la muerte dejaría de dar miedo, con lo que masas de gente agobiada -o puntualmente frustrada- irían al suicidio llenas de esperanza. Solo cuando rija una sociedad mucho más unida y humana, los aliens darán la cara, probando que la vida pensante llena el Cosmos, y que la vida eterna no es un cuento de viejas, sino un hecho físico vulgar del que gozan hasta las amebas.
En los globos avanzados, la gente es feliz y puede tratar con los aliens visitantes -sin riesgo de suicidios masivos. No precisan mandar señales al espacio en busca de vida pensante. Cuando algún otro planeta capte las necias señales que envían los humanos, lo que nunca harán es responder. Pues entenderán que la gente que las emite era tan atrasada, loca y desdichada que no podía tratar abiertamente con los aliens, que están en todas partes. Cabe que algún otro infeliz orbe mande señales como hace el hombre, pero sería milagroso captarlas, pues lo de mandar señales son locuras infantiles y escasas, que pronto acaban.
Los planetas se diferencian en la riqueza mental de su gente, la cual mejora con el tiempo, por lo que a la larga todos se igualan. El punto crucial del progreso es cuando ven y tratan a aliens y almas, pues implica que predomina la bondad y la dicha.
La actual sociedad es una selva insolidaria, donde la gente -para sobrevivir- se ve obligada a ser mala: en una sociedad más armoniosa, la gente casi toda sería benévola y ayudadora. La actual Tierra es más un manicomio que un planeta: hay que curar al macho de la violencia, y potenciar la riqueza mental -interna-, más valiosa y real que la material -externa-, para que cesen las penas y las quejas.
El actual orden productivo es obra del macho, combativo y agresivo. La mujer prefiere colaborar y cooperar sin luchas ni antagonismos: la despiadada competencia imperante no es para ellas, que anhelan un orden social más planificado, con un Estado protector bajo control democrático. El maldito capitalismo agresivo ha sido -hasta ahora- como una guerra perpetua que enfrenta a todos contra todos. Pero los humanos no están hechos para competir sin parar: los seres tienden todos al reposo -o al mínimo esfuerzo- como estado ideal.
Es absurdo que la medicina cure a las personas y no sepa sanar el cuerpo social. Los avances en ciencia ya dan para un orden productivo más racional, sabiamente planificado, que preste una base vital a todos por igual, incluida la nutrición: ya se logró socializar la sanidad y la educación, falta hacer igual con el trabajo y la comida, de forma que ni el paro ni el hambre amenacen. La economía debe ser una ciencia exacta y matemática, racional, no el descontrol actual, de crisis e imprevistos continuos. Si es verdad que el mundo avanza, se logrará una sociedad más sana, vegana y educada, con menos consumismo ni derroche de recursos: mucho más simple y sostenible, sin necesidad ni gusto por los lujos.
Con todo su triste atraso, la joya del planeta son los humanos (si ahora son simiescos, sus bisnietos lo serán menos). En el humano, lo natural es el cambio. Frente al fijo animal, el humano no renuncia a avanzar, por ahora en lo tecnológico, pero pronto también el lo biológico, mejorando sus genes como especie.
El ‘padre procreante’ al uso, está ya cansado y caduco; lo normal será que cada mujer elija tener hijos inseminados de padres selectos, elegidos a su gusto entre muchos. La gente saldrá así más sana, guapa y sabia, y la mezcla genética -al hacerse global y acercar las distintas etnias- irá imbuyendo el sentimiento de unión y hermandad, con su promesa de más bienestar y paz.
Todo alien sabe todo esto: lo ha visto ya en otros planetas. Lo que no pueden saber es cuándo irá ocurriendo. En todo caso, no les preocupa: la vida humana es nada en el Cosmos, una sola leve nota entre infinitas otras (basta mirar al cielo para sentirte pequeño). Su única ayuda es inspirar ideas bellas y avanzadas en algunas mentes santas.
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