martes, 15 de octubre de 2013

EL HORROR DE LA REENCARNACIÓN. Teosis 2


Entre las infinitas majaderías Nueva-Eristas, la reencarnación es la trola más gansa, junto a la astrología, la videncia y el karma. 
  Hay quien muestra datos verificados de supuestas vidas pasadas. Tales datos los insuflan las almas a gente en trance (o en la mente de los durmientes: no hace falta ser médium ni caer en trance para recibir ideas de parte de almas). 
   Los datos insuflados pueden ser ciertos o falsos, pues las almas son tan traviesas como diversas (las recién llegadas son tan necias o sabias como antes; pero con el tiempo todas se mejoran). Para las almas, la vida es puro ocio, broma y juego -la seriedad es un pecado para ellos-, por eso no hay que creerse sus mensajes supuestos. (Si ellas fueran visibles, la vida humana sería imposible: nadie soportaría sufrir, y elegiría morir para ser de golpe alma feliz.)
   La visión telepática o de viajes astrales, son -igualmente- regalos no fiables que ciertas almas nos hacen. Las sicofonías, teleplastias, mensajes de Ouija, poltergeist, fantasmas y todo lo paranormal en general, es obra ordinaria de las traviesas almas (muy dadas a bromas de dudosa gracia). Los fenómenos paranormales no son constantes, ni sometibles a control clínico, pues no ocurren si las almas no ayudan. Al saberse la verdad, toda esa traca de misterios, lejos de ser paranormal, es aburrida y trivial.
   Las almas siguen y conviven con nosotros (hay ya más almas que humanos en el globo), si bien les resultamos torpes y sosos, incluso penosos, y acaban por irse a otros globos. Su gozo es el trato con otras almas más sabias, testigos de tiempos y hechos remotos. También tratan con aliens visitantes, pero son tantas sus razas y tan variadas, que la charla no pasa de imágenes e ideas básicas. 
   Sin cesar llegan -como esferas de luz- grupitos de aliens a la Tierra, todos distintos (son los latosos Ovnis, cosas inocuas y rutinarias que tanta alarma causan). Ya en tierra, por prudencia toman cualquier apariencia. No pueden prever quién los podrá ver; si ven que asustan a la gente, bajan a nivel invisible. Ya había aliens antes de surgir el hombre, por lo que el planeta es más suyo que nuestro. (Son almas de otros globos, no seres de carne: sus naves son obras estéticas, ropajes, mera apariencia, que se disuelven en el aire.)

Elio Coreli - El fin del mal (Vamos al cielo, a la Gloria)  Teosis 2

(El diario y delicado milagro.) Y comenta Coré: “El frío, los dolores diversos, el ignorar perplejo y el miedo... son el precio de la paz y el gozo eterno. La muerte es la puerta al Edén, la cita con la gloria bendita. Aun así, un mortal sano no necesita envidiarnos, pues nuestro sublime estado tiene también sus fallos: que no puedes tocar lo material, ni abrir dilectos libros ni pulsar pianos, ni besar bellos cuerpos ni acariciarlos (admirarlos sí, pero no palparlos). La música y los libros nos los sirven los humanos: en cuanto alguien abre un buen libro, lo bendecimos y acudimos en racimo. Gracias a ellos, almas antes iletradas, ahora florecen cultas y sabias. Pobre es la vida y mezquina, si el Saber no la ilumina.

Nada destila tanta vida como la palabra escrita. La imagen bella agrada y la música deleita: pero sólo las palabras ‘piensan’. La palabra de tinta vivifica la mente y la agiliza. Leer es co-crear: es ver, tocar, escuchar... es juzgar, resaltar, completar: el lector se dobla en co-autor. En cambio, ver vanas imágenes -en la Red o la Tele- colma el ojo pero deja vacía la mente. Leer activa las neuronas; ver la tele, las atrofia, tirando en vano horas, meses y años.

La radio fue un gran avance, al propagar la música y la palabra; pero la tele devora y devasta a las masas incautas: los vuelve sonámbulos pasivos y planos. No usan sus cerebros: la tele piensa por ellos -sembrando basura mental, culto al oro, pobreza vital, memez y falsedad. Leer enriquece y fortalece la mente; la tele la atonta y adormece. La tele es la muerte de la mente: como la Gorgona, paraliza a quien la mira, y cual Vampira le chupa la vida, y lo achica a ciego robot consumista.

También hay libros necios: vanos, groseros o violentos (hechos para el vulgo espeso: como al cerdo el cieno, al vulgo le atrae lo feo y lo violento. Pero mientras leen, no ven la tele: y eso ya es algo bueno.) Para los sensibles y finos, no faltan grandes obras ni libros dignos. ‘Buen libro’ es el que educa o deleita con arte o belleza. Y ‘grandes obras’ son las que nunca se agotan, pues aun releídas, emocionan (con las de primera fila hay ya para colmar una vida). Para un buen lector, ‘cualquier tiempo pasado... leyendo, es el mejor’. Gozar leyendo es todo un privilegio y es el vicio perfecto, pues si grande es el placer, mayor es el provecho.

Leer es libar un mosto divino: el jugo del pensamiento creativo. La mente es la flor más divina: leer es nutrirla de docta ambrosía. Un buen libro es el Yoga ideal: con sólo abrirlo, te bañas en gozo y paz, te fundes en luz celestial. (El libro -como un néctar- eleva la mente y la serena.) En los libros se ve desnuda hasta la realidad oculta: son serenos espejos del vasto y vario Universo. La mente de un gran lector es la cima de la evolución: la más plena, intensa y rica en vida interior (y cuanto más rica es la mente, más altos placeres siente).

Por tres virtudes son clásicos los libros: por la altura-hondura humana (p.e. Tolstói, Dostievski, Chéjov, Kafka), por la belleza-destreza verbal (Rojas, Cervantes, Sexpir, Borges) y por lo ameno-grato de lo narrado (1001 Noches, Decamerón, Molière, Shaw). En los tramos más logrados -y en las obras cumbre- confluyen y relucen las tres juntas virtudes.

El alquimista verbal más colosal es sin duda Sexpir: nadie pulsó las cuerdas de una lengua como él pulsa el inglés, con tal arpa y tal poder, donde cada idea -por rara o delicada- encaja en las exactas palabras, con belleza casi mágica. Pero su obra tan diversa -con tantas tramas y escenas- marea. Sus obritas se transitan, no se habitan. No son moradas para soñar: no puedes reposar y arraigar en una veloz ficción teatral.

En cambio ¿un espacio hechizado, pausado... un tempo lento, de verano... un sereno mundo inmortal... donde habitar, perdurar y soñar, siempre fresco y fluvial? Dadme El Quijote: ¡qué salerosa prosa poderosa, cuánta vida fecunda y frondosa florece entre sus hojas! Su tono irónico y cómico es más creíble y real que todo lo serio y soso. (Entre gracias y donaires, vemos y sentimos a seres reales más allá del arte.) Luego están las cumbres altivas de la Antigüedad, soberbias, mas no siempre suaves de escalar: Homero, Virgilio, Dante y la Tanák.

La lectura es liturgia y sacralidad: es pre-gustar la angelidad. (El hombre por dentro, es calma y pensamiento, y los libros siembran sueños en silencio.) Miles de mentes eminentes, han vivido y laborado a tu servivio, gracias a los libros. Ciencia, historia, ideas... prosas, versos, lenguas: Leer es llenar tu ser de variedad y placer. (Los libros son frascos de vida nutritiva, frescas y finas golosinas.)

Leer es vivir muchas vidas, bañarse en muchas mentes, y palpar el pasado en caliente. (El libro es un ámbito místico donde el tiempo ido sigue vivo.) Sólo en lo escrito pervive el eco antiguo de los siglos. (La palabra, sombra del pensamiento, siendo lo más leve, es lo más duradero.) Quien mucho lee, mucho goza..., y además adora, pues el fiel lector sirve y complace a las almas, a los ángeles y a Dios. (Pocos y pobres son los buenos lectores, pero enriquecen a millones.)



Aclaro lo de los ángeles y Dios: ‘ángel’ es la forma bonita (y abusiva) de llamar a las almas ya sabias y limpias, que vuelan a voluntad (nosotros aún surcamos la fase Lustral, de modo temporal). Son mentes iluminadas y en estado de gracia. Nunca se enfadan ni se alteran: van siempre enamorados y en pareja, en tretas de placer y de belleza. No sienten el tiempo como un peso, pues donde hay gusto no hay tedio. Libres de ira, envidia o ambición -que son tipos de dolor- sus días son remansos de armonía y amor. Y hasta el dolor lo ven como parte del Bien (los males humanos son embarazos necesarios). Todo su ser es arte y placer, toda su vida es dicha y poesía. ¡Qué delicia!
En cuanto al Dios real -no el falso dios clerical- es la idea clave más vital. Su presencia es tan total que, de no estar Él, tampoco yo estaría; pues yo no me causo a mí mismo ni autoexisto: sólo Él es causa de mí y de sí mismo. Si existo yo, es porque existe Dios. Si vivo es porque ‘convivo’ con Él: soy fruto de su Ser y acto de su Poder. ¿Cómo -si no viviera en Él- tendría yo poder y alcance para ser? Si existir es un milagro (dulce y a veces agrio) ¿de dónde -sino de Dios- saco yo el poder divino para realizarlo?
Vivir es algo mágico que no he creado: me lo insufla Dios como un milagro, misterioso y diario. Todos los seres: sólo de Dios y en Dios sienten y son. No sólo estamos en Él, sino que somos vividos y somos ‘sidos’ por Él. Feliz quien -libre de toda religión- logra captar y sentir a Dios. No es pedirle ni servirle: es notarlo en todo y contigo, sentirte vivo en su flujo divino. ¡Qué extraño: ser parte de un Ser que no puedes ver ni comprender!
Y no vale -en vez de ‘Dios’- usar otra palabra gris y vaga. Sólo ‘Dios’ -por su inmenso peso- es voz capaz de abarcar al viviente Universo. Los ateos son pobres ciegos: tumban al Dios clerical -gran hazaña-, pero luego no saben hallar al Dios real, su hazaña resulta vana. Privarse de sentir a Dios y lo divino, es la más tonta forma de ascetismo. Cabe ser ateo de la religión clerical, no de la divina realidad. Cada cual puede atisbar lo divino en lo Real, y abrirse a lo celestial.
Nadie brotó él solito, sino del eterno Poder creador que el corazón clama Dios. La palabra ‘Dios’ es común y mercenaria, pero alberga la idea más necesaria. Sin la mano de Dios, el mundo es un abismo aterrador: sólo Dios es la luz que lo ilumina y lo explica: sabiéndonos en su seno, nada tememos y todo está bien hecho. La simple palabra ‘Dios’ le pone sentido y bondad a la oscura Realidad: le da remanso y rumbo al ciego espanto del mundo.
Dios envuelve y posee tu vida y tu ser. En esencia no difieres de Él (pues fuera y ajeno a Él nada puede haber), pero sí difieres en magnitud y poder: eres sólo una gota de su mar, una chispa del Fuego universal. Un millón y un céntimo tienen igual esencia (son dinero) pero muy desigual poder; así, en ti está la esencia de Dios, pero sólo un fotón de su poder y su amor. No eres divino aunque tu esencia sea Dios, pues tu poder no es el de Dios. Eres sólo un fotón, pero un fotón de Dios: esto te da dignidad y humildad a la par.
Los bobos teólogos han condenado a Dios a ser indivisible e invariable; en realidad, Dios se divide y varía todo cuanto le place (a Dios no lo traba la lógica humana). Y como Él es todo, también es persona: Siendo fuente de los seres, claro está que piensa y siente, pero en modo no humano ni imaginable. En Dios está -en plenitud- lo que en los seres son chispas de luz. El vivir que para ti es parcial y sucesivo, en Dios se da total e infinito: su Presente alberga todos los presentes, y en su Ser se entretejen los seres.
Ahora, Dios es mucho más que el mundo, pues el mundo es sólo parte finita de ese Poder infinito. Al mundo lo envuelve el resto infinito de Dios; de no ser así, el mundo -siendo cantidad finita- sería infinito al no haber nada fuera que lo ciña; sería pues finito e infinito a la vez, lo cual es absurdo. Esto prueba que hay un Dios infinito (no-espacial) que ciñe al mundo finito (tempo-espacial), y que el mundo no es el Todo, como venden los físicos bobos.
Ahora, Dios no es sólo Amor, como venden los devotos. Dios lo engloba todo: el dolor y el placer, el mal y el bien. La divina Realidad es multicapaz, y abarca al par al bien y al mal. Por el mero crear seres sensibles al dolor, crea el mal. Pero no hay que temer, pues para obtener el máximo bien, Dios usa el mínimo mal: tiene que haber suficiente mal para que el bien pueda triunfar. El mal lo que hace es mostrar al bien con más claridad.
La vida codicia al mal como a enemigo vital: ella misma lo crea, para poder vencerlo sin cesar (igual que la luz crea la sombra para contrastar más). Si un fugaz dolor lo notamos, ¡cuánto más grande es el placer, continuo y callado! El mal -en Dios- sirve al bien, y el dolor al placer (no pueden -pues- faltar). Dios no es el anciano ñoño de los bobos devotos: Dios es pavoroso. ¿O no es aterrante Alguien que mueve galaxias gigantes de soles sin quemarse? Sólo cabe quedarse mudo y absorto ante su inmensidad y su poder grandioso.
El Dios real es Creador, no ‘creado’ por el miedo o el anhelo humanos (como el dios clerical falso). Y es la Realidad total: el habla no lo puede asir ni cercar. Decir que es Bueno, Uno, Eterno... sirve para nosotros, no para Él. Lo que Él es o hace, no cabe en palabras ni ideas humanas, su lógica nos sobrepasa. Él es sólo intuible, no comprensible. Su Voluntad no es cual la nuestra: Dios no ‘decide’ las cosas, sino que Ser y Hacer son uno en Él, sin antes ni después (por eso su eterno Obrar equivale a Descansar).
Y además, Dios usa el Azar sin cesar, de modo que hasta para Él el mundo es una caja de sorpresas, un juego febril a rienda suelta. El Azar es un recurso creativo para atraer imprevistos, quitar rigidez e insuflar libertad en la atada realidad. Sin Azar no hay Libertad (y lo salido del azar es tan ‘obra de Dios’ como lo demás). Lo causal y lo casual no se pueden separar: bailan juntos su vals. Nunca habrá predicción total: en todo se cuela el travieso Azar. La Vida es amable o indomable, nunca fiable. El Azar tuerce la Necesidad, el Yin le guiña al Yang, y el Bien al final devora al Mal.
La prueba cabal del panteísmo es el misterio del mal: ¿por qué permite Dios el dolor? Pues porque el autor y el sufridor del dolor son uno: Dios. Si una tierna doncella se tortura con el hambre o la cera para estar más bella o esbelta ¿no va Dios a usar un poco de dolor para cuidar tu perfección? Al sufrir tú (fotón de Dios), el Todo no lo nota, pero tú te mejoras.
Nuestro globo es nada en el Cosmos (uno más entre infinitos otros), y sus tragedias, un soplo. En el Todo el dolor es muy poco pero muy valioso. El Cosmos es -sin medida- más orden que azar, acierto que error, bien que mal, y placer que dolor: es una Fuerza infinita y eterna dirigida al Bien, al Placer y a la Belleza. ¿Para qué crear tan inmenso universo, si no es para la dicha y el placer eterno?
El dolor -pronto o luego- es útil y bueno por cinco bellos efectos:
1- con su crudeza, agranda y aclara la consciencia (la hace más sensible y despierta),
2- te impele a madurar y a ser valiente (te obliga a crecer, para tu bien),
3- te enseña a conocer, valorar y escoger (el Mal hace ver el Bien),
4- le da a la Vida drama y fuerza, hondura y grandeza (le da riqueza),
y 5- purifica tu ser si te despierta al bien (sufrir con humildad lleva a la mejora moral). Siendo pues benéfico, el dolor es un bien más, aunque secreto: es el genio guardián del placer, pues le da fuerza al ser para cuidarse, rectificar y aprender.”

Entraron los gerentes con bocatas y refrescos, y se sentaron con Silvia a comerlos. Sigue Coré: “Hay unos cenizos cegatos que -yendo de canallas- niegan su alma y su atanasia, se autoenvían a la nada, con impávida audacia (pero más que osados y atrevidos son unos cándidos cretinos). ¿Es que no ven ya misterios en el vasto universo eterno? Grave es ignorar: más grave es ignorar que se ignora. El sabio de verdad es el que ve clara su ignorancia, no el cegado por su arrogancia. Sabio es dudar del alma, no el negarla. Hasta un ateo debe tragarse que tras la carne haya otras fases vitales.
Quien descree de las almas, mira a la Creación con mezquindad e insulta su divina habilidad (más sutil cual puedas ni soñar). Si desconfías de que la Vida es infinita, la infamas y la mancillas. Sólo un bobo le niega milagros al Cosmos. Creer en la Nada es una asnada propia de gente amargada (gente funeral, que quiere aniquilar sin piedad a la entera Humanidad). Como al cerdo el cieno, al ateo le atrae lo feo y lo muerto.
Naturela no da puntada sin hilo: no teje para la Nada y el Vacío, ni crea a sus hijos pensando en destruirlos. No talla la joya de cada mente humana sólo para tirarla y enterrarla. ¿Por qué sigue el Yo tras la muerte? Pues porque la carne es sólo un molde donde el alma increada se hace humana. La vida carnal es temporal porque su fin es hacer almas, igual que la preñez está para hacer bebés. La carne es la cuna del ángel.
Igual que el crío sale de la madre, el alma sale del cuerpo a una vida libre y grande, lujuriosa e indañable (morir es un ‘éxtasis’, un salir de la carne). Tras un plazo lustral (de meses o años, según tu pureza inicial) llegas a ángel y ya puedes buscar en nuevos planetas nuevas sorpresas. Éramos arcilla informe: la vida nos moldea con sus golpes, y nos hace altas obras de arte noble. Éramos todos lo mismo, hoy somos muchos y distintos. De un solo Yo dormido y eterno, pasamos a infinitos y despiertos.
Si el fruto entero del vivir fuese el morir, resulta turbador qué ventaja tiene ser humano en vez de planta o animal, casi insensibles al mal. ¿Para qué abrazar tantos trabajos, si se pierde el resultado? ¿Para qué andar arduas jornadas, si te llevan a la Nada? ¿Qué vale el mundo, si todo es sombra y humo? ¿Qué vale la vida, si somos sueño y mentira? ¿Para qué tener hijos, si son sólo espejismos?
¿Y qué realidad puede tener lo que puede dejar de ser? Lo que de la nada sale y a la nada vuelve ¿cómo puede ser otra cosa que Nada? En realidad, sin ser eterno nadie sería real: el Cosmos eterno hace eterno a cuanto alberga (al ser parte de Dios, eres tan eterno como Él). No saliste de la Nada: Si tu madre es un pez, tú eres un pez; si tu origen fuera la Nada, tú serías también Nada. No hay vía posible de la nada al ser: ergo ya eras vida eterna antes de nacer.
Imagina una pompa de jabón donde se forman rostros, unos tristes, otros gozosos, unos gratos y otros torvos; la pompa estalla: ¿qué realidad tuvo su ser, qué verdad su dolor o placer? Pues eso quieren los cenizos: reducir todo ser a mísero espejismo, a vana sombra y soplo del olvido. Como al cerdo el cieno, al cenizo le atrae lo más feo: convertir lo real en humo y falsedad.
Sin un alma inmortal, el hombre es una mera máquina locuaz; entonces ¿para qué usar con un cacharro la moral, para qué sentir compasión por el dolor de un robot? No se diría ‘Luis mató a Juan, que dejó de vivir’ sino ‘Luis averió a Juan, que dejó de funcionar’. No tendría sentido la moral. Negarle al hombre su atanasia es bajarlo a vana máquina que habla.
El cerebro no crea la mente, sólo modula la sique preexistente. No eres un efímero efecto del cerebro, ni música muerta que sólo existe mientras suena. El cerebro no es un piano cuya música es la mente, pues esa Música es capaz de sentir y pensar, de amar y anhelar, y -oh milagro- de pulsar en el cerebro y así mover el cuerpo, que es como si la música sin manos pulsase sola el piano.
Si el Yo no es más que música neural ¿cómo puede vivir y gozar mucho más que la materia cerebral? Si el hombre es sólo pompa fugaz ¿por qué alberga un celeste afán de eternidad? Respuesta: justo porque capta la verdad, porque intuye que no morirá. (El más allá es idea ancestral, está ya en el neandertal. No es invento de los curas. El invento de los clérigos es el Infierno, el fuego eterno para los réprobos; sobre ese camelo asientan su negro imperio. Expertos en terrorismo mental, confiscan la fe natural en el más allá para aterrar, dominar y esclavizar.)
Para todos, morir es llegar a un final, pero ¿cuál? Cuando un mortal se ve agobiado, querría no haber nacido, y morir le parece un alivio. Distinto es el fatuo vividor, que sólo mienta a la muerte con rencor: llora la juventud perdida, y acusa a Dios de darle tan corta vida. Estos memos van de apasionados del vivir, y condenan la muerte como una ofensa vil. Tragan que la mente salga de la Nada, pero no que perdure una vez creada (qué vainas).
Otros gozan al negar contundentes toda sombra de vida tras la muerte: ‘cuando mueres, se acabó todo; lo demás son cuentos.’ Defienden tercos ese torpe dogma, como cabras en un jardín pisando rosas. Y ni siquiera es una idea lógica, pues si estaban primero en la Nada (según ellos) y una ley los sacó de allí, ¿por qué -vueltos a la Nada tras morir- va a cesar tal ley y no van de nuevo a salir? La ley natural es obstinada, y aunque se hundan en la Nada, de allí otra vez saldrían por patas. (Pero tranquilos, pues el No-ser o la Nada son meras ideas falsas: la Nada es tan nada, que ni siquiera existe; creer en ella es lo más tonto concebible. Ni el materialista debe hablar de muerte, pues si todo es materia y ésta nunca muere, el ser sólo se dispersa, no perece.)
El hombre común, por suerte, no ve con ojos tenebrosos la muerte. Viene a decir: ‘Como la vida es un cóctel de luces y sombras, de penas y glorias, la muerte no es del todo una derrota. Te libras de fatigas, conflictos, los virus y el frío. Si perdura el alma, encantado; si no, tampoco habrá un Yo para llorarlo.’ Es la mejor postura. Hay misterios que mejor no desvelar, que el alma y la trasvida sean enigmas, y que la muerte abismal haga dudar con su sombra funeral: sólo así, los seres en apuros -antes que morir- elegirán luchar.
Pues habría más suicidios si la atanasia se probara. A los suicidas desesperados, se sumarían los suicidas esperanzados, en busca de mejores pastos. Sólo el dudar del más allá hace a la gente aguantar las tragedias y el mal. En un mundo feliz como Avlón, aunque se ve a las almas, nadie se mata, pues no hace falta; pero en la frágil Tierra, las pruebas claras del más allá enlutarían la sociedad: pues la gente en problemas elegiría morir rápido en vez de afrontarlos. (Los suicidas no odian la vida, sino al dolor: quieren dejar de sufrir, no morir. Todo ser vivo ama la vida, aunque se despida. Aun sumido en el dolor, nadie mira a la luz sin asombro y amor.)
No conviene -pues- demostrar la atanasia. Pero la fe en ella es muy sensata, y hay pistas claras de que la vida no se apaga como una triste llama. Primero, razones físicas: En la Natura sólo hay devenir, no comienzo ni fin. Sea la mente lo que fuere, podrá cambiar, no acabar. La Consciencia puede tener muchos grados y estados: pero nunca el estado de la Nada, pues eso no existe. Es imposible dejar de existir, pues no hay una Nada a donde ir. Porque no ‘tenemos’ vida, sino que ‘somos’ vida; el ‘ser’ no es un objeto perdible: ‘vivir’ es tu esencia misma. La fuerza increada que eres, ni nace ni perece. Si eres vida actual, siempre lo has sido y lo serás.
Segundo, razones lógicas: Si el alma no perdura, la humana aventura resulta absurda; pues ¿qué broma intenta Naturela al dar sed de infinito a un ser condenado al olvido? ¿Para qué sacar al hombre del vacío sólo para burlarse de él y luego destruirlo? ¿Para qué tanto aprender, si todo lo vas a olvidar y perder? ¿Un Cosmos tan magno, sólo te va a dar un puñado de años fatigados? Los otros animales van a su fin con ignorancia feliz. Frente a ellos -simples y sanos-, los humanos son como exiliados, incómodos en suelo extraño: sólo la trasvida puede saciarlos.
Si al morir cae para siempre el telón, la Historia sería sólo un largo drama insensato, un cruel teatro del absurdo con actores mal pagados. El hombre sería una triste sombra errante entre misterios inmortales. Y su vida, una agonía vana de náufrago en el agua, un sueño sin esperanza, una turbia lucha inútil contra la Nada. Si extinguirnos fuese el final destino, Naturela se hubiese ahorrado el trabajo no creándonos. Si antes de nacer ya estás en la meta, ¿para qué dar más vueltas? No naciendo, te ahorras el vano rodeo y el esfuerzo.
Tercero, razones morales, que si bien no tienen peso objetivo, pesan con la ciega fuerza de un grito: Sería atroz, sería una abyecta injusticia, si un criminal matase y borrase del todo a sus víctimas. Sería una infernal iniquidad, el triunfo impío de la maldad. El dolor inocente quedaría sin paga ni esperanza, si el homicida hunde a su víctima en la Nada (creer esto es dejar vencer a los nazis, y eso es execrable). Por eso es de justicia sagrada la eterna atanasia del alma.
El mayor mal sólo lo borra el mayor bien, y eso sólo lo goza el alma libre y feliz (las víctimas de graves males reciben presto y dulce consuelo de los ángeles: purificados por el dolor, pasan de golpe al nivel superior). En la vida carnal, en cambio, no hay bastante recompensa a las tragedias, que son traumas imborrables, tercas heridas para el resto de la vida. Lejos de compensar lo padecido, la vida carnal sólo añade dolor nuevo al antiguo, y la memoria del dolor pasado enluta el triste desfile de los años. Como bien dice san Pablo: ‘Si nuestra esperanza se ciñe a esta vida, somos los seres más desdichados’ (1Co 15,19). Por eso es moralmente obligado que haya un después eterno donde el dolor sea compensado, y el duro pasado quede enterrado bajo un cielo feliz y soleado.” * * *




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