jueves, 23 de octubre de 2014

VARIAS FRASES VITALES Y MEMORABLES. Teosis 9


La Utopía sirve de estrella polar: nunca se alcanza pero guía el caminar.’ Hay incontables frases brillantes, algunas valen para Lemas Vitales, dignas de recordarse y repasarse. Vayan unas cuantas:
1 -Mientras todo en torno se desploma, el sabio sigue firme como una roca entre las olas. Cuanto menos necesites, eres más rico y más libre. Renuncia a casi todo, y no perderás casi nada. (Séneca)
2 -Sufrir es malo, pero haber sufrido es sano.
3 -Sólo al medirte con los problemas, desarrollas tu fuerza.
4 -El futuro no está escondido para quien se ocupa en construirlo.
5 -Al mejorar el futuro, mejoras el pasado en el conjunto.
6 -El pasado empeora conforme el mundo mejora.
(Extrañamente, la 5 y la 6 son opuestas siendo ambas igual de ciertas.)
7 -Por cada azar desdichado, hay mil cosas con encanto.
8 -Sólo las preguntas superfluas tienen respuesta.
9 -Tengo 80 años, y aun no sé si la vida es un acertijo o una trampa. (L. Felipe)
10 -Si el Mundo es infinito y el Tiempo es un misterio, ya somos el pasado que seremos. (Borges)
11 -La Religión se basa en el miedo de muchos y en la astucia de pocos.
12 -El único pecador... es Dios, el causante de todo dolor. Pero también: el Gran Benefactor.
13 -El Mal y el Error son parte del Bien y de Dios.
14 -Los males de la existencia, son buenos aunque duelan.



Elio Coreli - (El fin del mal) Teosis 9

En el salón -antes del desayuno- se juntaron para orar Bianka, Débora, Pedro y varios más, en santo amor y hermandad. Cantaron frescas baladas como la blanda alborada, y rogaron por sus familias y por el día, para que abundase en paz y alegría. Y Coré asentía:
¡Chico, qué devoción! Adoran al buen Jesús como si fuera Dios; y no les falta razón, pues todo ser es parte de Dios. No andan muy descaminados. Los cristianos quieren un Dios cercano y majo (no abstracto e ideal como Yavé o Alá), quieren ver claro al amado: por eso, un pobre soñador fracasado (que predijo el fin del mundo en vano) lo sublimaron a Dios increado. Cristo sacia su pasión por ver a Dios: él es la imagen visible del Dios invisible (Col 1,15). Los griegos dieron a sus dioses forma amable; los cristianos le dan al suyo hasta carne y sangre. (El Jesús real es hoy un ángel más, igual a todos, hastiado del follón que armó y de que lo adoren como a Dios.)”
A las 10, tras comer y tras el rezo y los cantos -que crearon el clima íntimo y cálido- Tito pasó a inflamar los pechos con su verbo inspirado. Tito era dócil al soplo divino, y en vez de lo previsto -El nuevo nacimiento- el Espíritu le movió a hablar de la tribulación. Ministrando con gracia la santa Palabra, allí nos soltó: “El Señor no nos prometió un camino de rosas, sino que nos dijo: En el mundo tendréis aflicción; mas confiad: yo he vencido al mundo (Jn 16,33).
Ah, qué magnas, divinas palabras; qué hermoso saber que el Señor ya venció sobre el mal y el dolor. En el Señor tenemos una esperanza que nunca desespera, y un suave refrigerio que ablanda toda pena. Es cierto que al fiel le pueden herir los mismos males que al resto; lo distinto es que él no las sufre igual que el incrédulo: su confianza en Dios le da sentido al dolor, y lo libra del temor. Si Dios permite el mal, es para hacerte avanzar. Si te dice que No, es para darte algo mejor.
Todo lo nacido está de muerte herido. A Adán y Eva Dios les dio vida eterna: fue al pecar que se hicieron mortales. Desde entonces es caduco el hombre, incluso los redimidos, por ser carne. Sólo cuando el Señor cree nuevos cielos y tierras, alejará la muerte su lepra (2Pe 3,13). Pero ya en la cruz, el Señor nos sanó de la herida mortal de Adán, al hacernos hijos de la eternidad (2Tim 1,10). Ése es el gozo que Dios te da, y la paz que sobrepasa todo razonar (Fil 4,7).
Amigos y hermanos, quien posee esta paz escapa al miedo, que cruza los rostros, a la alarma, que golpea las almas, y a tanta frente fruncida y nublada sin bandera ni causa. Los del mundo dicen ante el infortunio: ¿dónde está Dios, que permite esto? Nosotros, ante la prueba, sabemos bien dónde está Dios: está confortando a los suyos aun en el dolor. Leemos en Hebreos 2,10: ‘Porque convenía a Dios para el bien de sus hijos, que perfeccionase con aflicciones a Cristo’. La eterna lección: el dolor trae perfección. ¿Por qué no dejar que Dios nos perfeccione igual? ¿Por qué no esperar frutos buenos aun del mal?
El Señor es mi pastor’, cuántas veces lo decimos. Pero ¿no lanza piedras el pastor para juntar al ganado? Así obra con nosotros Dios: permite las pruebas para que no queramos zafarnos de su lado. Pero tampoco nos dará una carga no llevable (1Co 10,13). Sabiendo esto, el dolor se vuelve bendición, pues nos une más a Dios; en vez de castigo, se convierte en amigo.
El dolor sin sentido es el que recibimos en rebelión y por olvidar a Dios; entonces sí que sufrimos en balde y sin razón. Unidos a Dios, el dolor nos purifica y acrisola nuestro amor. Los del mundo sufren sin luz ni sentido; junto a Dios, el dolor nos vuelve agradecidos. Podemos pues aceptar con fe las pruebas del Señor, diciendo con el apóstol: Nos gozamos de compartir las fatigas de Cristo, para gozar de su gloria a su tiempo debido (1Pe 4,13).”
Sólo al final del sermón tan ‘celestial’ me acordé de la chica que admirar, que era Judit, una esbelta cordobesa de larga y cobriza melena. Tenía una cara garbosa, ojos muy negros, nariz algo curva y hoyuelo en la barbilla. De frente era corriente, pero de perfil parecía preciosa (Judit Perfil, la llamé). Era toda bondad hablando con sus amigas, con su mirar atento y sincero, tan cariñosa y sencilla..., en fin, un encanto de chica, para llenar de alegría media vida.
Tras la charla, los grupitos al sol estudiaron la parábola de las 10 vírgenes (Mt 25). Sólo las 5 prudentes llevaron aceite y el novio las recibió. ‘Velad, pues no sabéis el momento en que vendré yo’, dijo Cristo, y dos mil años después muchos aún lo esperan, contra viento y marea. Nos dice Fianna: “Con qué candor se traga esta gente la santa Biblia. ‘Cada línea es eterna y divina’, cuando en realidad cada frase ha dado más vueltas que una tortilla. Ni una palabra de Jesús la dijo él, porque él habló en arameo y los textos están en griego. Hasta las parábolas están trucadas. Por ejemplo, la del buen samaritano (Lc 10), tal como está es absurdo. ¿Desde cuándo un judío deja de ayudar a un justo?
El original era distinto: a un viajero lo asaltan dos bandidos, pero hiere a uno y el otro huye. El leví y el cohén -enterados- no ayudaron al ladrón herido, para que escarmentara. Luego vino el otro ladrón (el buen samaritano), recogió al colega y lo llevó al mesón. Sólo así se comprende el relato. En los evangelios hay absurdos a manta: tantos, que lo absurdo es lo que menos extraña. Como aquello de la piscina probática: Una vez al día bajaba un ángel al agua y sanaba al primer lisiado que llegaba (Jn 5). ¡Qué atorrante disparate! ¿Desde cuándo se bañan los ángeles?
O cuando Jesús curó con saliva a un ciego, pero éste le dice: veo la gente como arbustos, algo ha fallado (Mc 8,22...). Y Jesús tuvo que repetir los salivazos, pues por lo visto hay milagros que salen sólo a plazos. No menos gracioso es cuando está ayunando en el desierto (Mt 4) y Satán lo tienta y lo traslada al final a un monte altísimo, allá en el quinto pino, y allí lo deja. ¿Cómo volvió después a Galilea? ¿Y cómo no se mareó con esas volandas aéreas?”
Añadió Goyo: “A mí de Jesús lo que más me admira es la IBM que debe tener en el caletre; porque vemos a esta gente orarle, junto a otros millones de rogantes, y Jesús los oye día y noche sin cansarse. ¿Cómo no se arma un lío divino entre tantos millones de ruegos distintos? Un ser así, que está invisible en todas partes, más que una persona parece el aire. Y de su previa vida pasada, tan estudiada, tiene aún más lagunas que Finlandia. Por ejemplo, ¿qué hacía antes de acostarse? ¿Cepillaba su ropa, o se cepillaba a la criada? ¿Encendía fuego, o se calentaba con la criada? ¿Bebía leche, o prefería los senos de la criada? ¿Comía una tostada, o le comía la flor a la criada? ¿Tiraba recto para la cama, o se tiraba primero a la criada? El Evangelio no dice nada.”
Replica Coré: “Con todo, los bautistas tienen una frescura que yo nunca he visto entre papistas. Los bautistas tienen por guía a la Biblia, obra potente del Dios inefable; los papistas, al Catecismo Oficial, ñoño aborto de obispos carcamales. Los pastores practican el acto más humano: folgar, están todos casados; los curas en cambio, son castramentes y sexicidas inhumanos.
Desde luego, el panteísmo es el mejor credo: sin ascetismo, pecado original ni infierno... Y luego los cristianos reformados: sin curas, estatuas, brujería ni sacrificio de la Misa. Pero los papistas mancillan tanto a Cristo y a la Biblia, que sólo por burla se llaman cristianos, siendo en verdad tercos politeístas paganos, ciegos esclavos de dioses falsos: el Papa, la Curia, la Virgen, los Santos... Son en el fondo ateos, pues ignoran a Dios por completo. Jamás verás a un papista pedirle algo al Creador: son siempre los santos, la Virgen y los beatos los que se llevan la devoción, robándosela a Dios.
La Iglesia Romana es una gran farsa pagana; se tragó -indigestos- todos los credos previos: las Isis y Deméter se volvieron la Virgen, y los dioses paganos son hoy los Santos. Montaron el vil negocio del Purgatorio, el ritualismo, la sotanocracia y el cleroteísmo (con los curas usurpando el puesto divino), la sede primada, la voz infalible del Papa, las reliquias y estatuas, la venta de indulgencias y de misas pagadas... Con este infame cóctel cristipagano, pudrieron al paganismo y al cristianismo al mezclarlos.
Por eso a los bautistas los vemos sobrios, sinceros y sanos; y a los católicos, fúnebres, fastuosos y falsos. La Reforma fue un sano repudio a tanta brujería pagana y a sus negros oficiantes (infames y horrendos chamanes). Los curas son brujos repugnantes: cada vez que dicen misa están sacrificando a un judío y bebiéndose su sangre; con este ritual satánico tienen a los fieles sumisos y embrujados.
En cambio, los cultos reformados son sanas sesiones de hipnosis curativa: se crea cantando un fervor apto al trance hipnótico, y los fieles claman y asimilan las bellas y eternas consignas: Cristo te salva y te hace libre, la Biblia te guía, Dios te ama y te cuida... Las Iglesias Evangélicas son Peñas Terapéuticas, donde cada fiel es pastor y puede oficiar si hace falta; la Reforma trajo libertad y democracia.
La Iglesia Romana -en cambio- es dictadura rancia, una Mafia clerical autoritaria. Aunque hoy se limitan a mandar a sus rivales al infierno, mientras pudieron quemarlos y torturarlos, lo hicieron; son herederos de asesinos, sucesores de los que bañaban en sangre sus privilegios divinos. Usaron la religión del bien para ejercer el mal, el nombre de Dios para servir a Satán, un credo amoroso para inculcar el odio, y una fe pacifista para atizar guerras impías. Mira si serán antisemitas tenaces, que su emblema y estandarte es un judío torturado agonizante.
En realidad, la base de la religión es la hipnosis. Los animales viven como dormidos y siguen como autómatas sus instintos. En similar hipnosis vivía el hombre primitivo, y así creó los primeros mitos, claramente oníricos: seres del todo mentales (dioses y númenes) los creía reales, obrando en los procesos naturales, y les rendía culto para tenerlos favorables.
Pero -desde los griegos- el hombre fue despertando, disolviendo los mitos, y hoy son los fieles los pocos que quedan dormidos: dóciles a la hipnosis religiosa, se les manda ir a misa y leer libros devotos, para reforzar el influjo hipnótico. Si a uno de estos chicos se lo aleja del ambiente devoto, él solo sin apremio se volvería escéptico, y los dogmas hoy tan creídos, le sonarían a cuento chino. Convertir a un infiel es simplemente hipnotizarlo e insuflarle unas órdenes, que hay que intentar que no se borren.” * * *

Pasadas las 12 había una excursión al monte; repartieron bollos y frutas, y casi todos partieron con gorras ladera arriba, en bella tropa colorida. Pero un grupito se quedó: Débora, Juliet, Liberio, Golfus, Adán y varios más. Juliet era una tejana de rostro regordete, ojos claros, largo pelo castaño y un cuerpo que invitaba al pecado. Cuando se juntaron en la fuente a comerse los bollos, hablaron sobre si es más bonita la piel dorada o blanca; había gustos variados, pero tenían claro que la clave del rostro son los labios: si faltan unos buenos labios, no hay encanto.
Es verdad: los labios de mujer son pétalos del placer, un dulce fruto blando que invita a ser chupado (su rostro está ideado para lucir en él los labios). Al parecer, los labios rojos bajo los pómulos evocan la vulva entre los muslos: un rostro bonito rebosa erotismo. Un rostro grato tiene en los ojos gozo o bondad, y en los labios dulzura frutal. El pelo vistoso -en todo estilo y color- alegra como el sol, y las mejillas rosadas, como el rosicler del alba. Toda la belleza -en fin- reposa en tres cosas: labios sabrosos, ojos melosos y cutis sedoso.
La mejor belleza es la discreta y modesta, porque un rostro deslumbrante asusta más que atrae, y -sin querer- humilla a las normales. Lo fascinante es que cada rostro sea tan único: el animal usa un solo rostro plural, pero el rostro personal es un diseño en singular, de uno y nadie más. El rostro -como mágico espejo- refleja los varios y cambiantes sentimientos. Los ojos evocan lo espiritual: la luz, el cielo, la mente; y los labios lo sensual, la carne y la materia (así el rostro refleja la unión Cielo-Tierra).
Un cuerpo de mujer es un bordado muy cuidado de contrastes galantes. Su trazo femenino logra un milagroso equilibrio entre lo grande y lo chico: caderas anchas / fina cintura, gruesos muslos / finos tobillos, gordos senos / finos brazos, hombros anchos / fino cuello, gruesos labios / nariz chica, amplias mejillas / leve barbilla, ojos grandes / cejas finas, mucho cabello / poco vello... Lo grande y lo pequeño traban un concorde juego de opuestos: ¡qué soberbio arte de los contrastes, que haya armonía entre encantos tan dispares!
La belleza de la mujer... sólo Dios la puede entender. La belleza la origina quien la mira: es espejismo, es ilusión... pero aun así, hechiza el corazón. La mujer es modelo de lo más bello, pues es quien despierta el mayor placer: el del sexo. Hay otras cosas sin duda bellas -músicas, artes, flores, paisajes, gatitos, gacelas- pero ninguna hace temblar de placer ni alumbra bebés, como hace la grácil mujer. Hasta para ellas, la mujer es la bella, no el hombre: éste atrae por su fuerza, no su belleza (si un chico es bonito, es que tiene cara de niño).
El hombre quiere ver y tocar, ella ser tocada y poseída; él goza de ella, ella de sí misma (se retroama a través del hombre, con placer narcisista). El amor del hombre realza su autoestima y les muestra su valía (ser deseadas las excita). En el calentón del hombre -cual termómetro- ellas miden su atractivo, y la aguja que indica el grado es el falo alzado. Toda mujer es así bisexual por narcisista, pues junto a un varón, aman siempre a una mujer: a sí misma.
Si un chaval tiene cerebro mujeril, será gay o bisexual (es natural). Pero hasta el gay sabe que la belleza fina es la femenina. El duro cuerpo varonil no es sensual: lo sensual es... las dulces curvas, los finos brazos, la grácil cintura, los senos en punta... la suave delicadeza de la piel mimosa y tersa... los muslos, caderas, nalgas y tetas tiernas (el varón sólo exhibe fuerza). Los gays tras fallecer se vuelven locos por la mujer, es fácil. Pero las lesbianas no cambian, pues son necesarias: los machos homicidas no llegan a almas (son disueltos): al sobrar doncellas, se acoplan entre ellas.
El gay humano ronda lo trágico: lo rodean cientos de heteros guapos, que no le van a dar más que un No claro (de darle algo, será un guantazo). No sabe si hacerse fibroso -para gustar a los otros- o volverse femenil, para agrado propio. Su cuerpo fue hecho para saciar a Venus, pero su mente le ofrenda el desprecio. Su deseo no procrea, es estéril como una piedra. El cuerpo femenino es el plato más divino: ante la belleza suma, el gay se queda en ayunas. Las lesbis sí gozan de las chicas, y las heteros también: de sí mismas. Pero los gays tienen que tragarse sapos y amar lo tosco y zafio, ¡fríos ante Afrodita y sus encantos, qué infortunados!
Con el invento del sexo, la Vida patentó su genio, y la grácil damisela es su obra maestra: su tersa piel es un poema visual que la palabra oral nunca podrá imitar: la lengua no puede copiar su cuerpo (aunque sí lamerlo) ni la boca expresar sus encantos (aunque sí chuparlos).
Las flores -faltas de ojos- le regalan su belleza a otros; también la mujer busca regalar a otros su ser: de su hermosura es otro quien disfruta. Necesitan darse para completarse; su sana vanidad es agradar a los demás. Sólo en su vientre suave puede nacer un ángel: la vida, la belleza y el placer son mágicos regalos de la mágica mujer. (Para las almas, todo cuerpo se desnuda, todo el año es verano, toda beldad es gozable, todo el tiempo es milagro. Cómo no alabar al Creador por tanta belleza y amor.)

Fianna me preguntó por mi vida y cómo decidí ser monje. Puesta en Nadia como musa la mirada, empecé: Nací al sur de Córdoba, en una aldea serrana de 1.500 almas, tierra de ovejas y cabras. Mi padre vino de Apulia -sur de Italia- y luchó por el Fascio en España. Tras la guerra, se quedó como barbero y se casó, pero su mujer murió tras parir una niña, Lidia. Luego se volvió a casar y nacimos Tulio, yo Elio (en el 52) y Amalia.
Cuando supe que Lidia era de otra madre, empecé a cavilar en lo insondable: si esa mujer no muere ¿sería yo hijo de ella, o de mi madre en otra casa? Y si mi padre se queda en su patria ¿dónde estaría yo ahora: en Bari o en España? Tan imposible es saberlo como por qué no naciste en otra galaxia.
Lidia por salir lista cursó una carrera (de maestra) pero no Tulio ni yo. Tulio entró de barbero con mi padre, y yo seguí los pasos del rey David: cuidar cabras ‘a solis ortu usque ad occasum’. Era mucho tiempo pero poco esfuerzo, pues mientra el hato mordía el pasto, yo dormía o leía bajo un árbol. Lidia me dejaba el Quijote, la Biblia, Homero, Virgilio, Fray Luis, Bécquer, Machado, Tolstói, Clarín y otros varios clásicos ‘para chuparlos despacio’.
También pulí el toscano con libros que nos trajo de Bari una tita médica (que de joven sufrió prisión por libertaria; ‘il suo fratello’ en cambio no pasó de barbero ni de facha). Yo no fui a la mili; era flaco, miope y bajo: casarme sería un milagro, y me veía fuera de lugar en aquel mundo rural. Ardua es la briega del labriego, gresca y sudor de sol a sol, y ser pastor no es ninguna flor. Pero ¿dónde ir mejor?
Llegó entonces la moda hippy y elevó a Jesús a norte y flor de la ‘flower people’ (el galileo tiene el don de que cada cual lo mete en su bando: para los hippies es un hippy, para los budistas un budista, para los rojos un rojazo...) Este Cristo juvenil me gustó, pero mis primeros vuelos místicos datan de más atrás:
Tendría yo diez años, iba en la tarde hacia la escuela, un sol bendito, las calles desiertas. No sé por qué, empecé a meditar en los altos misterios: ¿Cómo es que existimos? ¿Por qué -de tan inmenso universo- tú estás en un punto tan concreto? ¿Quién te ha puesto aquí? Y si no hubiera lo que vemos, ¿qué tendría que haber mejor, qué era lo lógico que hubiera? Lo lógico es que no hubiera nada; por tanto, el mero universo es ya un abismo como un templo.
No había explicación posible para el mundo; lo único claro es que algún poder había que lo obligaba a ser y lo movía. Pero ¿quién era ese poder y qué quería? La cosa era grave, tremenda. Porque, bueno o malo, el mundo ya estaba hecho y nos había atrapado; estábamos en manos de ese poder extraño, indefensos como ratones de experimento, y sin escape contra un destino impuesto: habíamos nacido lanzados a un fin cierto... ¿Y luego qué?... Oh misterio.
Entonces tuve una visión: vi un inmenso llano con dos caminos que se iban separando; eran el camino del cielo y el infierno, del bien y el mal. Ahora estaban cercanos, pero luego cruzar del uno al otro sería más arduo. Había ya que elegir por cuál ir. Si había una vida futura que es la buena -no la fugaz nuestra- entonces había que tomar el buen camino hacia la vida eterna, renunciando al mundo vano, que te invitaba a ser malo. Aquel día -niño aún- decidí ser un futuro ermitaño, era la vida más sensata en vista a sus resultados.


miércoles, 9 de julio de 2014

EL FALLO DE INTERNET (EDUCAR O ATONTAR). Teosis 8

Hace tres mil años, un rapsoda cantó sus odas en un palacio griego; el palacio hoy es polvo, pero los versos del aedo perduran y resuenan a salvo del tiempo. Troya pasó, pero queda Homero. Todo cuanto fue Sumeria o Asiria ha volado, no así lo grabado en leves hojas de barro. Las palabras de hombres remotos, sus mentes, idiomas y pensamientos, gracias a la escritura, siguen vivos y frescos.
   Los libros plasman el genial y antiguo invento para retro-viajar en el tiempo, y escuchar en presente a incontables pasados intelectos. Sólo el leer regala a la vez placer, provecho y saber. La palabra es el eterno vector del conocimiento, muy por delante de la muda imagen. Internet es vital a nivel laboral y social, pero para el ocio privado tiene un gran fallo: el predominio mareante de la vana imagen, que encandila y resbala sin aportar nada. Otro fallo es ser mucho más caro que la radio: la mitad de la especie humana, nunca podrá pagar ni la tarifa plana.
   El gran avance cultural sería un Internet casi gratis sin sonido ni imagen, sólo con texto: con todos los buenos libros y textos del planeta, al alcance igualitario de toda la gente del planeta (pudiéndose imprimir cual libros en papel si se desea). La Web actual es un invento clasista para crear adictos de lo banal en la sociedad consumista. Aunque su potencial educativo es grande, no crea la motivación para aprender sino para aborregarse.


Elio Coreli - (El fin del mal) Teosis 8

(Israel y Yavé.) Resultó que un chico argentino -morocho y petiso- era hebreo bautizado y no comía porcino. A hilo de ello, Yania nos aclaró en inglés el curioso origen de los judíos (según almas de antaño se lo mostraron). Ya los aliens -buscando seres pensantes- trocaron genes de simios hasta educir al hombre. (En los planetas blandos, el ser pensante surge pronto y fácil; pero en los duros la evolución va lenta y se le suele ayudar -sin crear con ello nada anormal.)

Tras miles de años cazando bichos, el hombre llegó al neolítico. Y ahí cesó el progreso: todo era plantar y segar, comer y engendrar, nacer y morir, reír y llorar: eso era la vida humana, junto con guerras, sequías y plagas. Las almas más sabias miraban cansadas. Veían la maldad cruenta de la guerra, el llanto helado de los esclavos, la torpe adoración de dioses falsos. Y pensaron en avivar el progreso mejorando los cerebros de un grupo selecto, y luego ayudarle a pulular (‘tu linaje será incontable como los astros, como la arena del mar’ Gn 22,17).

La idea les vino al ver aliens explorando a humanos (los aliens son muy diversos: no es raro que algunos quieran ver al hombre por dentro). Los hebreos son mezcla antigua de sumerios y semitas (de ahí el influjo sumerio en la Biblia); las almas eligieron mejorar a los hebreos cautivos en Egipto. Tocando puntos cruciales del cerebro en fetos, la zona crece o cambia, y la persona sale más apta y sabia. Los cambios tempranos los heredan los hijos; cambios tardíos afectan a la persona sin trasmitirlos (como pasó con los griegos: sus hijos no fueron ya listos).

Pero al aplicar mal el estímulo, dañaban a muchos fetos, que abortaban. Los hebreos pensaron que los magos egipcios querían diezmarlos. Lo refleja el Éxodo: el faraón mandó ahogar a los bebés hebreos (en realidad, lo que se tiraban eran los fallidos fetos). Por fin los niños nacieron mejorados, sobre todo en la memoria, base del talento en ciencias, artes y letras.

Sólo faltaba darles un país propio y un nuevo credo (el monoteísmo de Akenatón, que en Egipto fracasó). Se fijaron en un tal Tut-Mosis (Moisés), noble egipcio de madre hebrea, a quien las almas -con luces y voces mentales- hicieron conductor de los hebreos hacia el Sináy. Y allí retocaron más los fetos, para hacer de Israel una virgen preñada de bendiciones para todas las naciones (Gn 12,3/ 22,18/ 28,14).

También le dictaron a Moisés el nuevo credo, una fe racional y de alta moral, opuesta a toda magia pagana. (Pero como era de temer, luego surgió una casta clerical que en nombre de Dios añadió ritos, diezmos y sacrificios rentables a ellos -no ordenados por Moisés: Jer 7,22. Un credo simple, ético y humano se fue viciando de rabinismo y legalismo pagano.)

Israel debía ser un pueblo especial y santo (o sea, separado: Ex 19, 5-6. Dt 7, 3-6), singular en hábitos, dieta y moral, no mezclable con los demás. (Las minorías étnicas, en cuanto se integran, se desintegran: se diluyen en la masa que las acepta.) A los hebreos les contrarió su austero nuevo credo, pero se convencieron ante los éxitos. Pues ocuparon Canán (sin demasiada crueldad), las leyes eran justas y el pueblo crecía y florecía como nunca (en Dt 4, 6-8 se los ve ufanos de ser prósperos y sabios). Pero no eran tantos como para vencer a los imperios vastos que -uno tras otro- les fueron atacando: los asirios, babilonios, persas, griegos y romanos, que los forzaron en masa al exilio amargo.

En el siglo I había unos 5 millones de hebreos, gran logro si se piensa que de Egipto saldrían pocos miles, que se unieron a otros hebreos de Canán. Luego los conversos y connubios mixtos hicieron a los judíos muy variopintos (los genes se han diluido un poco, pero aún son el grupo más talentoso). Bajo el Terror Cristiano -con sus estragos y bautismos forzados- quedaron mermados a la mitad, hasta que hacia 1800 empezaron a crecer y en 1940 eran ya 17 millones. Pero entonces la locura nazi los diezma en un tercio (junto con otros 40 millones de europeos: tristes cenizas del brutal incendio).

¿Qué decir ya de los judíos? Que el Destino los ha elegido... y malherido. (Y todos aquí nos sentimos culpados, de hacerlos un pueblo sabio y casi santo, pero destinado al llanto.) Los hebreos son el ejemplo claro de lo mucho que podemos las almas... equivocarnos. Jugando a ser Dios, al crear a un grupo talentoso, lo hicimos blanco trágico del odio.

Poner a un grupo sabio y desarmado entre los otros, es poner a un cordero en medio de lobos. La nobleza del talento, que ellos encarnan, atrae el odio lógico de la gente amargada. Ser talentoso es terrible en un mundo rencoroso. La inteligencia inspira orgullo propio, pero envidia cainita en los otros, y eso -siendo inofensivos- lo han pagado con sangre los judíos.

Bení bejorí Israel (Israel es mi hijo, mi primogénito -Ex 4,22): este lema fatídico les hizo creer que un dios fiel los iba siempre a proteger: no vieron que el Dios real no protege a nadie en especial. Se fiaron del dios clerical, y ya vemos el resultado: golpe tras golpe y llanto tras llanto. Millones de judíos han sufrido sin que Yavé los haya atendido; por eso, rendirle culto a tal dios es ya ofensivo (y por eso son tan laicos los judíos). Las desgracias de Israel socavan a Yavé y lo proclaman un dios falso y cruel. ‘No duerme ni dormita el que guarda a Israel’ dice un salmo; millones de masacrados dicen lo contrario. (El Dios real, como nada promete, tampoco engaña; pero el dios clerical, siendo falso, defrauda todas las vanas esperanzas.)

En la Shoáh pereció la ilusión de ser los elegidos de Dios. Israel cayó en una trampa mortal: su mero talento enojaba a los demás, y no tenían dónde escapar. La mejora en intelecto les ha costado mil infiernos. Nadie ha aportado más a la ciencia, las letras y la moral: a cambio han recibido el odio a raudal.

Los griegos brillaron tres siglos, luego se apagaron: los hebreos llevan tres milenios aportando al mundo... y recibiendo a cambio palos. Pese a ser pocos y oprimidos, han prodigado ingenios que han fecundado a los siglos: Jesús, Rambam, Colón, Cervantes, Sexpir, Spinoza, Heine, Marx, Freud, Kafka, Pessoa, Einstein, Bohr, Popper, Chomsky... y una pasmosa lista de inquietas mentes creativas.

Añadió Coré: “Vemos que terciar en la Historia convoca tragedias ignotas. Por eso los aliens sabios se limitan a escrutar a dormidos sin variarlos (o a despiertos, tras sumirlos en sueño). Sobre todo les intriga la mujer encinta. Una de ellas fue María, según vemos: estando encinta de Jesús, los aliens miraban el bebé, ella despertó, vio las luces y temió, y ellos la calmaron -por sicotacto- con algún mensaje como: ‘No temas, somos de Dios, vas a tener un buen niño.’ Ella contó el suceso, y el tiempo lo fue adornando y variando, metiendo a San Gabriel, la Salve y al Espíritu Santo.

Nosotros metemos a veces imágenes en los dormidos, por juego. Pero los aliens en sus raras visitas, si desvelan al estudiado, lo calman con visiones: antes la persona creía ver seres celestes de su credo; hoy -en la Era espacial- cree ver marcianos en platillos: todo es un ensueño inducido.

No hay seres carnales llegando en naves. Los Ovnis -los reales- son luces que radian sin querer los aliens volantes. Éstos -aunque sabios- no llegan a entender a los humanos ni pretenden ayudarlos (saben que sería en vano). El dolor lo podrá el hombre acortar, no eliminar. El macho se amansará, la crueldad bajará... pero el mal por azar y el dolor natural seguirán doliendo igual. Sólo entre problemas se progresa. Sin sortear desgracias, no cobra hondura el alma. No se crea una joya sin fricción, ni un ángel sin aflicción.

La vida carnal es un viaje hacia otro aire. Es tránsito y no meta, por eso nunca dará la dicha completa. Tiene harto más placer que pesar: lo que nunca tendrá es felicidad real, pues donde no hay ni seguridad ¿cómo va a haber felicidad? La sombra del mal pasado o futuro, enturbia todo frágil gozo inseguro. Todo Bien lleva escondido -como un lamento- el temor cristalino de perderlo. La carne nos dio lo imperfecto para que amemos lo perfecto; nos puso la dicha en el deseo, para que aquí sin trabas la gocemos. La carne es necesaria, pero la dicha plena sólo la hereda el alma.”


(Domingo.) Desperté temprano y fui a ver con Coré cómo Nadia indagaba cosas del Tebano, que dormía. Tocando su frente, Nadia entró en su sueño y lo engatusó para que le mostrase su vida, la cual vimos como un vídeo. Así supimos que era de Teba (Málaga). Tras secundaria entró de repartidor. Tuvo algún exceso con las drogas o el alkol, y se vio metido en cierto follón; Juan no tuvo culpa, pero pasó una noche en prisión. Esto le hizo cambiar de rumbo vital. Con la sana amistad de Santi (dormido allí al lado) empezó a leer, a hacer yoga y a vivir vegano. Sufrió un desamor, y fue luego pescado por una rubia nórdica, maestra de tantra y yoga, que lo inició y luego lo desechó. Para reponerse acudió a un áshram al sur de Granada: un hotelito donde un Gurú (o gorrón) daba clases de yoga y meditación (en inglés y en español).
El gurú era un gallego que fue a la India de mochilero, y volvió Maharishi y con adeptos. Juan amó la paz que el Swami infundía, y la gracia y carita de varias discípulas. Era un encanto meditar con ellas al alba y al ocaso, entre acordes seráficos. Pronto puso su mira en una asturiana guapita, pero la chica le dio largas, indecisa. Su pasión más se inflamó, y Juan -por mor de la asturiana- acabó sirviendo gratis en el hotel al quedarse sin plata.
Las lecturas y clases hicieron en él mella perdurable: aprendió a ver el mundo con desapego, a valorar el Ser y lo Eterno más que lo fungible y el dinero, a sentir la vida como un milagro sereno (tener la amada cerca, algo influía en esto). Pero a los dos meses de amor ideal en este plan, llegó allí un italiano fibrado y galán, y en menos de una semana ya probó en la cama a la asturiana... Adiós esperanzas. Juan, cansado de sudar para el gurú -que se cepillaba a las alumnas al tuntún-, regresó a su aldea sin lamentar del todo la experiencia.
Pero en vez de volver a currar, empezó Historia en la Universidad, tras los pasos de su amigo Santi. Como aprobaron todo en junio, deciden con la beca viajar en tren por Europa. Cruzan en agosto España, Provenza, norte de Italia... y llegan a un hostal barato en Kíev con Santi gripado por la lluvia. Allí conoció a dos eslavas: una rubia y la pelirroja Lena, que le sembró esperanzas. Como Santi guardaba cama, Juan se aventuró solo por la urbe, fría, grande y variada. En un callejón le asaltan dos tipos y le piden en inglés la pasta. Juan -al no ver armas- intentó correr, pero le empujaron contra la pared, rayándole la cara primero y desplumándolo luego.
Lena le dio pomada para la cara y le redobló la charla. Con Lena tan atenta, a Juan le invadió la ‘amazing grace’, la sin par gracia de las eslavas, su trato paciente y grato, sus puros rasgos delicados, su fresca voz melosa libando el ruso y el ukranio. El dulzor de su lengua y de su voz, forman un cóctel seductor.
Las eslavas son tan gratas porque si no, no habría dios que aguantara ese clima sin calor (el invierno es largo, triste y lento; el verano, una breve flor al viento). La mujer eslava -luminosa y cálida- aporta allí el calor y el color que el Sol no les regala. En su gracia y belleza perdura todo el año la secreta, acogedora y sonriente primavera.
Nombres lindos son Viera, Nadia y Liubóv (o sea: Fe, Esperanza y Amor). Los nombres se ajustan al grado afectivo concreto: Iliena, Liena, Linochka, Ilinusha, Liénak... Nadiezhda, Nadia, Nadiuska, Nadiusha, Nádinka... Las hablas del Este -y el ruso en especial- son obras suaves y femeninas sin igual, creadas con primor por las eslavas para hechizar con el simple hablar, y enamorar con su voz celestial.
Muy fáciles no lo son -por su profusa flexión y lo cariñoso-forzoso de la dicción-, pero ¡santo Dios, irradian y emanan gracia y amor! Como la seda fina, seducen y acarician con su brisa de sibilantes continua: sus variadas Eses, sus frescas Tses y Ches, sus opulentas Shches, sus blandas Shes y Zhes, tan efusivas, tan tiernas.
El calor fonético eslavo busca borrar el frío siberiano, y endulzar así la vida contra lo amargo del clima. Las más frías tierras nos dan las más bellas lenguas: como milagros bajo el cielo helado, su timbre es amoroso, dulce y cálido. Al no poder alegrar el paisaje, las eslavas idearon alegrar el lenguaje: le dieron calidez al idioma, ya que no podían al clima. (Otra vía -fatídica- de alegrar allí la vida, es el uso y abuso de la bebida. Tienen que palpar que, aun con frío glacial, se puede reír y gozar.)
Los eslavos son héroes ignorados: logran amar con calor cercados por la nieve, y vivir con pasión... en medio de la muerte. En su tierra inmensa -intimista y fresca- logran el arte de adornar la tristeza y elevar la melancolía a belleza (Chopin bien lo demuestra). El hondo abismo de las tinieblas y el frío, lo trasmutan en dulzura y en lirismo. Sostener el ánimo alto con el mercurio tan bajo, hace del eslavo un ser pasional, lanzado y veletario, para lo bueno y lo malo.
Los rusos son algo locos, cierto; pero con una locura necesaria y vital, heroica frente al horror invernal, sin la cual se aterrarían de verdad ante tanto frío glacial (se volverían del todo locos, de no estarlo ya un poco); su locura es vacuna contra la angustia, como la locura valiente de Don Quijote, tan venerado por los eslavos. (Don Quijote es más ruso que hispano, pues los rusos se ven pintados en el divino Hidalgo, mientras que el ‘homo hispano’ es sanchopanzesco nato.) En Rusia nada es normal, todo es extremoso y exorbitado, tanto lo bueno como lo malo. Pero donde suene el ruso, hay un trozo de Cielo, aunque el aire esté a bajo cero.
Ebrio de Lena, Juan llegó al pub donde ella bailaba: era una chica gogó, y probable loba del amor. Juan, que soñaba requebrarla y traérsela a Málaga, se atascó en un dilema. Podía aceptar que una eslava -pobre entre millones- vendiese su carita joven, que el ser venal no la volvía inmoral... Pero tampoco la hacía de fiar.
Juan no se sentía un héroe de novela rusa, y mientras se aclaraba, Santi -ignorante de todo- le cuenta con calma: ‘¿Sabes que vino Lena? Qué chica más maja. Me ayudó a ducharme y acabamos en la cama; le regalé unos euros...’ Tuvo que pechar con la muda y cruda realidad, y al sanar Santi -con gran pesar- se alejaron de allí para siempre quizás. Esto fue hace seis semanas y Juan aún sangraba de aquel secreto drama. (Nadia lo dejó ya dormir en paz.)
Europa es eslava por excelencia y esencia, pues los eslavos -300 millones- son su mayor etnia, con 70 lindos millones de chicas casaderas, las más melifluas del planeta, pues a su gracia y belleza le añaden la dulzura de su lengua. (Afrodita -que hizo a sus hijas lindas en todas partes- con las eslavas llegó a la cima de su arte: les dio caritas tan finas, que hasta las normales cautivan; y no digamos las ‘krasavítsa’, de líneas casi divinas.)
Basta repasar las hablas del mundo, para quedarse mudo ante el milagro del ruso. Sólo Europa ha creado lenguas melodiosas, y así como el toscano brilla sobre las hablas de Italia, sobre las hablas eslavas fulge celeste el ruso estándar, como la más rara y delicada selecta joya planetaria. Siendo en Asia, África e Indo-américa toscas las lenguas y pobres en fonemas (sosas, feas y trompeteras), el ruso queda como el habla más grácil y excelsa del planeta, la Reina-Estrella de las lenguas, dueña de la más dulce, suave, fresca y tierna de las cadencias. Ninguna otra realza y afina con tanto encanto y chispa la voz femenina: cualquier canción suena en ruso más que mejor.
Siguen en belleza las otras hablas eslavas (algo menos guapas); luego el dulce y tonal toscano (que se habla casi cantando), el rumano (afín al toscano), el inglés (diestro y ágil) y el sueco (cantarino y suave, aunque impronunciable). Por detrás quedan otras más dudosas: el francés no es feo, pero sí vanidoso y amanerado, pues -amén de poco claro- suena cursi y afectado (quieren ser tan finos, que rozan lo ridículo); el catalán es muy nasal, rácano y apresurado (por ahorrar sonidos, caen en lo opaco); el letón y lituano son gratos pero sin encanto; el finés, húngaro y albano muy cerrados; el griego e hispano lentos y claros...
Pero el griego es harto más musical que el español: con su armónica fonética y su helénica estética, el griego es la más regia, serena y majestuosa de las lenguas, pletórica de voces eufónicas, como: Kérkira, Dórida, Sákinzos, Elafónisos, Kálimnos... Frente al melódico griego -áulico y poético- el español suena insulso y ramplón como un trombón. No es raro que los italo-argentinos, hartos del sosiego español, fraguaran el melodioso acento porteño, con su melosa lle-ye (que es el ‘sce’ toscano). Toda América ‘gosa un habla dulse y grasiosa’, con su seseo tan sabroso: ‘Azucena luce zarcillos azules’ suena harto mejor en Acapulco que en Burgos.
La lengua más rica y eficaz: English; la más bella y celestial: Russki (izík angilói, ni zimliói). En el polo opuesto -el de lo feo- hay idiomas rústicos y horrísonos, como el turco, el bereber o el chino: crudos y brutos gañidos. También feas -pero ya tolerables- son las hablas árabes (todas secas, abruptas y guturales), o -ya en nuestros lares- el sombrío portugués, turbio, sincopado y farfullante (el brasileiro es más calmo y gozable); el insultante alemán, tan bestial como marcial, frío como la muerte, duro y cortante, tan contundente como infame (la lengua infernal de los nazis, tan brutal en el sonido como en la sintaxis); el rasposo y ‘grujrujél’ holandés, o el pedregoso y erre-patoso euskera (sólo chicas de voz bella pueden endulzar tan tristes lenguas).
El inglés -lengua modélica- usa 35 fonemas; el español -haragán y parco- se ciñe a 22 (21 si seseas). El inglés -por sus ricas virtudes- es la primera y merecida lengua del orbe; el español es la segunda en occidente, no por sus finas dotes, sino por los fieros conquistadores (aunque su claridad solar compensa algo su pobreza musical). El jodido español es tan soso como claro y cómodo, merced a sus pocos fonemas, su espesor en vocales y su miedo a las consonantes (se asusta sólo de ver varias juntas, como: vskrish, srpski, vspriáshchim -pan trillado para un eslavo).
El español es como el Sol: calmo, relajado y poltrón; trufado de largas vocales abiertas, se puede farfullar cuan lento quieras, sin esfuerzo apenas: es la lengua más muelle, sibarita y golfa en toda Europa. (Y los andaluces -encima- la han condensado y abreviado con alegre descaro; así ‘¿Dónde está tu madre?’ les sale: ‘¿Ohta tu mae?’ ‘Estás desnortada’ se queda en ‘Taen nortá’. ‘Voy a casa de mi cuñada’ lo dejan en ‘Viaca mi cuñá’. Pero su jerga, aunque chistosa, no parece muy recomendable.) * * *

miércoles, 11 de junio de 2014

LA RELIGIÓN ALEJA DE DIOS. Teosis 7

La religión en la Historia ha cumplido varios roles:

1-Dar una explicación solemne a los misterios del mundo (explicación fantasiosa pero con rango de dogma, inmune a la crítica y creída por obediencia).
2-Tener entretenida a la gente con ceremonias, ritos y devociones, en un tiempo donde casi no había más diversión que la religión.
3-Dar vía de escape a las penas, agobios y temores, que se descargan al ponerse ante Dios en súplicas y plegarias.
4-Crear lazos de hermandad entre las masas, buscando en vano la paz social.
5-Ayudar a las clases dirigentes a controlar, explotar y tener sumisa a la gente.

   Mientras haya desgracias y temores, las masas seguirán adorando a sus dioses. La religión vive del dolor. Sólo la élite más holgada, lúcida o confiada se permite el lujo de ser incrédula.
   Si Dios hubiese dado Revelación escrita, sería tan clara como la luz del día, toda duda sobraría. Si Dios hubiese hablado, hasta los sordos lo habrían escuchado, no habría tantos credos todos queriendo ser el auténtico. El simple hecho de haber tantos, demuestra que todos son falsos.
   La Realidad es el Gran Milagro, inexplicable y máximo, y el único milagro capaz de existir sin causa ni explicación es Dios. Toda religión tiene su idea de Dios: 
como tirano intolerante y feroz (Alá), 
como celoso y dudoso protector (Yavé), 
como Padre anciano, ñoño y puritano (el Dios cristiano), 
como Esencia sosa y nebulosa de la cosas (Brahma, el Tao). 
   También los ateos tienen su idea golfa de Dios: si ellos y el Cosmos salieron de la Nada, esa Nada es su dios creador. Los ateos son tan torpes como quien cree en las religiones. Como el dios clerical es falso -arguyen- toda idea de Dios ha de ser también falsa; en esa idiotez se estancan. 
   Cada ser tiene -según su nivel mental- su idea de Dios, pero nadie lo puede abarcar, y no puede haber sobre Él idea plena y perfecta. Toda idea de Dios es deficiente, aun el panteísmo, pues Dios -como puede suponerse- no es apresable por el lenguaje ni cabe plenamente en la estrechez de la mente. Dios sólo es intuible por un sentido especial: el sentimiento de unión con el Todo, que es un gozo normal en las almas, pero muy raro y escaso en los humanos.

ELIO CORELI. El fin del mal. Teosis 7
 
Barrer o fregar celdas, templo y hostal era tarea de novicios, y en hora y pico estaba cumplido; las dos siguientes eran de estudio: historia monástica (san Antonio, san Benito...), sagrada Escritura (en especial los salmos), tesoros ocultos del año litúrgico (el eucologio, las Horas canónicas, los Oficios), y el roscón pascual de la Filosofía Ecclesial, con su ‘dancing party’ de los sancti beati:
Doctor gracialis: san Agustín, doctor melifluus: san Bernardo, doctor seraphicus: Bonaventura, doctor universalis: Alberto Magno, doctor angelicus: Tomás de Aquino, doctor beatificus: Escoto Erígena, doctor iluminatus: Raimundo Lulio, doctor subtilis: Duns Escoto, doctor eximius: Francisco Suárez, doctor mirabilis: Roger Bacon, doctor venerabilis: Nicolás de Cusa, doctor solemnis: Kempis, doctor invencibilis: Occam, doctor mysticus: Eckhart...
Tras las clases, vas a tu celda ensimismado y te paras a contemplar absorto el ocaso: desde la ventana, miras la llama del sol que se apaga, despaciosa y rosada. La luz que se aleja baña en misterio y quietud la tierra, y entrega al beso de la noche las sosegadas villas y dehesas, los valles rumorosos y las huertas, las cumbres trémulas con las primeras estrellas... En plena contemplación suena el timbre para Vísperas, a las 7,30. Coges un pliego de salmos selectos en latín y bajas al templo, ya sumido en el rojo fulgor de unas velas, con claridad que apenas rasga las tinieblas y te parece suave y humana, sobrenatural, incierta...
Ya la iglesia no es de este mundo, ya no pisamos la tierra: flotamos por el aire místico del cielo, los cuerpos transfigurados, la carne disuelta, los rostros encendidos, los pechos transidos por una pasión secreta... Y entonces suena el órgano... como una voz dormida que despierta, y es luz surcando el reino de la noche, y llama que dispersa las tinieblas. Con qué poder nos mece y zarandea con sus bajadas y subidas intensas. Con qué dulzor nos enlaza y nos eleva con sus lentos acordes obstinados, mientras cantamos en latín los más bellos salmos, en suave canto gregoriano. Por largo rato dudábamos estar si entre ángeles o entre humanos, habíamos cruzado los atrios del cielo, rasgado el velo sagrado, gozando la mística unión reservada a los santos...
Feliz el alma que feliz labora
por evitar las lenguas lisonjeras,
el que aleja sus pasos y su sombra
de las gentes perdidas y agoreras.
Ni cruza sus guaridas
ni atiende a sus promesas,
sino que en la doctrina
y en los caminos de Señor se goza.
Las sendas rectas de la ley divina
medita por la noche y rememora
cuando comienza y cuando muere el día.
Es como el árbol de perennes hojas
plantado junto al agua de la vida,
rico en solaz de frutos y de aromas,
y todo cuanto emprende fructifica
a su tiempo y medida.
Pero los necios, bajo el sol se agotan,
se secan como estopa,
como las zarzas ávidas de espinas,
y todos sus enredos se malogran.
Y los cita la Muerte vengativa
en su Mansión eterna y afligida. (Sal 1)
Contra lo que uno pensaría, la dulzura del órgano no decae con los días, ni fatiga su alta magia la rutina. Al revés: la costumbre propicia el trance; entras en vena absorta con solo oír las primeras notas. Como todo es repetición en un cenobio, todo cobra poder hipnótico; el cuerpo se vuelve autómata y deja volar al alma cual mariposa. Por algo decía una santa que Dios está entre los pucheros, pues mientra el cuerpo se afana, la mente libre vaga por el séptimo cielo.
A las 8, descanso. O Capítulo -dos veces por semana- donde se discuten los asuntos comunales, dando el abad charlas amables sobre el servicio mutuo y los buenos modales, avisos y escarmientos útiles a purgarnos de cuanto nos defectúa y conflictúa como monjes y como humanos. A las 8,30 llega la cena, con la misma bendición y el lector siguiendo los textos por donde los dejó.
Tras la cena que recrea y enamora, hay un cálido Recreo de media hora, y los novicios subimos a nuestra sala entre animada charla. Junto a la estufa, la noche crea un aire de intimidad inefable; la luz suave ablanda los semblantes, dulcifica los ojos, enardece la carne. A veces iba a una ventana y escrutaba: en la penumbra vasta, las estrellas dormidas sobre las casas, las luces vivas de las aldeas lejanas... Dentro: voces de amigos alegres y hermanas, seguridad y afecto, la claridad de un techo y una cama... Fuera: la noche desierta y desolada, sumergida en la Nada. Y pensaba en mi aldea perdida en Córdoba la llana, y me sentía extraño en tierra castellana, pero feliz y cautivo en nueva patria.
Si algún caminante anochecido mirase a mi ventana, pensaría: ‘allí sí que serán benditos, en esa intimidad hospitalaria, entre gente amiga que se ayudan y se aman, a salvo de la torva noche solitaria.’ Porque es verdad que tantos años juntos crean lazos humanos profundos, y es tras la cena cuando más aprietan, en el último recreo, cuando los minutos vuelan y quisieras retenerlos, cuando se ríe sin saber de qué y se habla sin pensar palabras, como ebrios, como si todo fuera un sueño: ocho vidas unidas por el sortilegio del tiempo, sin otro hogar ni contento que el largo y lento abrazo eterno del convento.
Se presiente la hora extraña del dormir, soñar... quizás morir. Se acerca ya la esquiva y muda despedida: son los últimos minutos para hablar, hasta mañana tras la misa. Por eso se chancea, se discute y hasta se pelea entre risas. ¡Qué expansión de la energía refrenada durante el día! ¡Cuántas historias se cuentan, cuántas bromas se inventan y cuántos sueños se despiertan! ¡Cuántas formas de sentirse unidos en esta santa locura, en esta dulce ventura en la que pocos entran!...
Pero de pronto suena el timbre final (a las 9,30), no por esperado menos contundente, llamando a conticinio y a elevar al cielo la mente. Todos enmudecemos como por ensalmo: es la hora de Completas, el último Oficio, el que cierra la puerta y apaga la vela, y promulga el silencio y el toque de queda. Nos damos el amable Hasta Mañana.
Nos levantamos serios, salimos en fila y -en completo fantasmal silencio, bajo la noche sagrada y constelada- cruzamos el claustro con su fuente encantada, sus viejos ecos y sus piedras románicas. Laten en la sombra nuestros pasos... ¿a dónde peregrinamos? En algún lugar al fondo de la noche hay un ámbito claro, allí debemos congregarnos en concilio santo, para sellar la luz, para consagrar la sombra, para ungir de misterio la noche y despedir con cantos el día, como quien despide a una amiga.
Allí mismo y allí solo, en el furtivo reposo del coro, en la penumbra ardiente de unas velas, sin abrir ningún libro ni mirar ningún folio, con voces que tiemblan más allá de nosotros, de memoria entonamos los últimos alados cánticos: Te lucis ante términum... Salve regina... Sálvanos Dómine vigilantes, custódinos dormientes... Lentos rezos medievales que aquietan el alma y dejan el hondo corazón en calma...
Y de pronto quedamos absortos, mudos y hechizados, porque el Oficio ha terminado. ¿Y ahora qué? Quietos y en vilo esperamos... Hasta que arriba estalla una súbita campana, con un tañido firme y obstinado (un golpe fuerte y dos leves) que hace vibrar el tablado y nos baña con un escalofrío sagrado... Bajo el solemne cantar de la campana, volvía la muda hueste de fantasmas hacia sus mudas celdas solitarias. Cuando calla la campana, los monjes son ya sueño y sombra milenaria... * * *

Amén’ dijo Coré. Y añade: “Esos monjes soñadores sirven más a una ilusión que a Dios. Amar a Dios es hacer su voluntad, dicen. Pero su voluntad cambia de pelo según el credo: el dios católico manda rezarle al Papa, la Virgen y los Santos, cosa que espanta al dios luterano; Alá manda acatar sin rechistar a Mahoma y al Corán, cosa que sulfura a Cristo y a Jehová... ¿Qué leche es pues su Santa Voluntad? La voluntad de Dios es exactamente la Realidad total: todo cuanto es, fue y será.
De otro modo Dios -en vez de omnipotente- sería un Dios frustrado, pues nadie lo complace, ni los santos; estaría siempre jodido y puteado por la afición de las gentes al pecado. Toda religión ridiculiza a Dios, y le atribuye libros que Él no ha escrito (es más, ni siquiera los ha leído). Si Dios quisiera algo, no necesita pedirlo, pues tiene a cada átomo creado a su entero y fiel servicio. Sólo tiene que desear, y se hará su voluntad.
En realidad todo ser ya obedece a Dios, porque obedece al placer. Desde la ameba al ángel: todos aman y buscan el placer (sin tenerlo que aprender). Hasta el penitente asceta halla neurótico placer en el dolor, pues así cree agradar a su dios. Hay miles de tratados -escritos por miles de zánganos- pretendiendo enseñar la voluntad de Dios. Qué sudor tan vano, porque la voluntad de Dios no hay que enseñarla: hasta los peces y plantas la cumplen sin falta. Pues quien busca el placer -cuanto más mejor- cumple a fondo la voluntad de Dios. Y quien -sin daño propio- logra aliviar el dolor en otros, agrada el doble a Dios (pues ayuda al placer al reducir el dolor).
El panteísmo, por su hondura abismal, suele entenderse mal. Pues, aunque somos parte de Dios, no somos divinos -sería bobo- porque la parte nunca será el Todo. Ser divino es ser omnipotente: las partes son falibles y endebles; ergo divino sólo es Dios. El mundo es imperfecto justo por ser parte y no todo: su imperfección prueba la existencia de Dios. Un punto oscuro muestra por contraste el fondo claro: así el Mal es lo que revela la presencia del Bien. El mal -al revés de lo pensable- es lo que demuestra a Dios: el Mal, la imperfección y el dolor son la prueba de Dios.
El mar es grandioso, sus gotas no. Puedes decir ‘Dios es todo’, pero no ‘Todo es Dios’, pues eso sugiere que cada cosa es Dios (gran sandez). Un átomo de Newton no es Genio de la Ciencia, ni una molécula de Miss Mundo es Reina de Belleza. Una hoja del bosque no es un bosque, ni un pelo de león es un león. Así, una chispa de Dios no puede llamarse Dios.
Como chispa de Dios, eres un milagro divino: tal es tu única gloria. Pero sería bobo creerte divino, igual que es delirio creerte hijo de Dios (pues si un hijo de pez es un pez y un hijo de halcón es un halcón, un hijo de Dios sería un dios). Vano es creerte un halcón si no corres como un halcón; vano es creerte hijo de Dios si no tienes la fuerza de Dios.
Hay rasgos que sólo son de las partes, no del Todo: así, los seres son reos de endeblez, pequeñez, dolor, error... Dios no, pero -para que su poder sea total y perfecto- tiene que generar hasta lo débil e imperfecto. Así, Dios da lugar al Mal -físico y moral- pero a Él no le afecta, sólo afecta (en leve grado) a los seres. Sentimos la imperfección para mayor gloria de Dios. El saberte unido a Dios, no te salva del dolor, pero te vuelve santa la aflicción. El hombre, al soportar paciente el dolor, ayuda al plan de Dios...”
Se calló al ver llegar a Bianka, que llamó a otros a la reunión de las 5. Unas 12 chicas y chicos se juntaron en el cuarto de Tito. Con voz sumisa y sedosa Tito les contó los desafíos de cierta gente y el apremio de oración urgente. Todos debían clamar a las altas esferas y atraer la bendición superna. Cerrados los ojos, uno a uno fueron con unción rogando, mientra los otros musitaban por debajo: ‘amén, señor Jesús, gloria, sí Señor, santo, aleluya...’ que creaba un ferviente rumor exaltante.
A veces parecían aludirnos: ‘Esas almas, Señor, que buscan el camino, tócalas para que puedan conocerte y glorificarte’... A la gente les dicen almas o vidas, y así les salían frases lindas: ‘En esta finca ideal para que las vidas puedan meditar...’ ‘Sana Señor a las almas resfriadas’... Pero pese a los dislates, era un primor aquella dulce reunión de tiernas euménides suplicantes: rogaban por la gente con tanta solicitud y amor -rebosando bendición- que te mordía a ti mismo la emoción.
Por supuesto, toda la gracia fina la ponían las chicas; de orar solo los chicos, harían el indio; pero donde esté la mujer, siempre hay algún placer. La gracia de la mujer es lo que le da a este planeta un poco de nivel; si no, sería una broma cruel. Cerca de las 6, tras el último amén, alzaron la vista con aire enamorado, como si hubieran chupado ambrosía por un rato. Y es que orar juntos es un íntimo rito mágico que los inflama con fuego sagrado, y los embriaga de afecto como un bálsamo. La escuela de Cristo hermana hermosamente a sus pupilos. Tras el rito de orar, eran seres angélicos, puros, incapaces de odiar. Sonó el esquilón y se fueron a merendar al salón, regado por el oro prístino del sol.
El tiempo parecía parado mientras sorbían sus vasos, y las chicas hablaban y reían con incansable inventiva, ebrias de su voz cantarina. Llegó perezosa la hora de la charla, a cargo de Éthel, y todos giraron hacia ella las sillas, con corazones cálidos, en aquel santo salón con vistas al campo, con el sol derramando su oro claro, formando regueros suaves de rayos dorados... Lo primero, la breve oración; luego la tanda de cánticos: tiernos latidos de fe, que aman, puras voces de paz, que adoran, limpios labios de luz, que alaban, himnos de amor que elevan... el corazón en llamas...
Uno quería ser Cristo para pagar en aquellas caritas el cariño que recibías. Aun sin ser el Mesías, nada me impedía besar y admirar a una chica; a Eva, por ejemplo: la catalana rubita un pelín gordita, de piel tan suave como lisa, labios sonrientes delicados, y cálidos ojos castaños. A mi espalda, Éthel empezó su charla con voz efusiva y grata, en fluido español anglizado. El tema: La Oración.
Somos hijos de un mundo impaciente, nadie escucha al corazón, porque teme hallarlo vacío. El alma tiene sed de Dios, de sentirlo a su lado, guardándote en sus manos. Pero ¿nos paramos a hablarle y escucharle? Pues en eso consiste la oración. Orar es compartir un tiempo a solas con Dios, y agradecerle lo mucho que nos dio.
Una maestra mandó a sus niñas hacer una lista de 7 grandes maravillas; todas pusieron lo esperable: la muralla china... las pirámides... la Alhambra... la melena de Golfus (risas)... Pero una niña hizo una lista distinta, y dijo: ‘Mis 7 grandes maravillas son: poder ver, poder oír, poder tocar, poder sentir, poder amar, poder jugar y poder reír...’ Y toda la clase quedó tocada. ¿Cuándo pensamos en Dios y en sus regalos, que son la vida y el mundo que habitamos? Él nos ha creado y salvado. Es sólo por su amor que existimos y gozamos. Y sin embargo, cuánto nos cuesta darle gracias orando.
¿Sabéis aquel chiste? Iban en un barco varios y un capellán, estalló un ciclón, iban a naufragar, se ponen a tirar la carga; cuando no queda más que arrojar, dice el capitán: ya lo único que podemos hacer es orar; y exclama serio el capellán: ¡a tal extremo hemos llegado! (Risas.) Para él, por lo visto, orar es cosa de desesperados. Y así pasa con muchos: se acuerdan de Dios sólo estando en apuros. Nosotros en cambio debemos sentir necesidad de Dios sin cesar y orarle sin flaquear. Por el breve tiempo ofrecido, mucho más recibimos. En Él descargamos nuestra tensión y Él nos restaura con su amor, y llena de paz profunda el tumulto del corazón...”
Y así siguió un buen rato, a trote largo, citando trozos bíblicos que deleitaban los oídos. Con qué candor creían que cada frase en la Biblia tiene autoría divina. Y el autor más citado es san Pablo: él ha zanjado para siempre qué es de fe y qué no. Sus delirios son dogmas y sus ocurrencias oráculos. Si lo que dice Pablo es tan divino como lo que dice Jesús, en ese caso convierten en Dios a Pablo. Creer en un Dios, pase; creer en Jesús, también puede tragarse; pero tener que creer en san Pablo es pedir demasiado.
Ahora, lo de las 7 maravillas es digno de meditarse a diario, pues ¿qué hay superior al don de ver, oír, soñar, sentir, anhelar y vivir? Ésos son los grandes milagros olvidados, los que gozamos sin apenas pensarlo.
Tras la charla de Éthel vino la santa cena, muy animada, y a las 10 la alegre velada, donde los de Sevilla -una tropa de tiro y guasa- hicieron cundir las risas con sus gags y sus chanzas. Había un aire cálido que los desinhibía y los volvía simpáticos, y los hacía sentirse hermosos y hermanos. Hacia las 12 se fueron felices a dormir, cansados y con el corazón saciado.


miércoles, 30 de abril de 2014

DROGAS: OTRO FALLO DE LA CIENCIA. Teosis 6

Un fracaso más de la Ciencia es no saber crear drogas sanas, que desplacen a las ilegales. Aunque se clama contra las drogas, les han ayudado al hombre a soportar las fatigas de la vida y del clima. Pues las drogas son analgésicos, euforizantes y ansiolíticos hallados por azar y usados sin prever sus daños. Por eso han generado un negocio brutal, y las alcoholeras y el narcotráfico explotan hogaño a millones de esclavos degradados. Penas, ansiedad o tedio hunden a los más vulnerables en el cepo de un vicio abyecto.
   Está visto que ni la educación ni la represión acaban con las drogas. El alcohol -encima- hasta se acepta y publicita, siendo causa de males atroces, como es arruinar a millones y matarlos de enfermedad y choques de coches. Las otras drogas juntas, pese a su mala imagen, causan el décimo de daño que el alcohol y el tabaco (el mayor daño que causan son las sumas malgastadas en la represión vana).
   Puesto que casi toda la humanidad usa drogas y las paga caras, el único remedio racional es producir y vender legalmente drogas científicas baratas, que cumplan tres requisitos: ser más ecológicas, menos adictivas y menos dañinas que las actuales. O sea, que no agoten vastos predios (como los que el alcohol funesto roba al cultivo de alimentos) ni causen tanto deterioro físico o del cerebro. Así las drogas seguirán siendo odiadas y evitadas por los cautos, pero -para las masas de usuarios- se mermarán seriamente sus estragos, en costes sociales y sanitarios.

Elio Coreli - (El fin del mal) Teosis 6

Cruzo después los lentos pasillos y escaleras que llevan a mi celda, en la planta tercera. Hecha la cuenta, son 18 las veces al día que recorro la santa escalera: una forma ajetreada de penitente gimnasia. Hago la cama, me lavo y paso al oratorio de los novicios: un cálido cuartito con velas donde le oramos a un Jesús luciente de vago aire ausente. Si te fijas en los novicios -siete-, radian una cauta sonrisa, cual si estuvieran pensando en cosas indebidas. Por mi parte, ésa era mi envidiable falta: no lograba centrarme en la plegaria, la mente se fugaba en musarañas. Poner riendas a la imaginación siempre fue una vana pretensión, por eso no me esforzaba, y mientras debía estar pensando en Jesús, pensaba en el pelo y talle de sus hermanas... Las fieles lo tienen mejor, que adoran a su Amado; en cambio el fiel no ve a su Amada añorada. La Trinidad debió ser: Padre, Hijo e Hija, y así todos contentos.
Era por aquellos novicios que estaba yo allí. No era la vida austera y santa lo que me llenaba, sino el trato con ellos, sus modales y sus palabras. De haber hallado a otra gente menos cálida, no me hubiera quedado. Ellos eran la gracia y la sal de aquel lugar, los que daban a la morada muerta calor de hogar. Y afinando más, eran sólo tres los novicios que allí me ataban. Uno -Román- había sido docto profesor, algo mayor que yo, a quien un desamor le llevó al monasterio acogedor; admiraba su verbo divino, su trato fino y su gran temple benedictino. Otro -Sideri- era un chaval, el benjamín de la casa: flaco y estrábico, compensaba los defectos del cuerpo con un locuaz revuelo de alma, y una solicitud fraternal que cautivaba.
A los tres meses de yo ingresar, llegó el tercer predilecto -Jorge-, casi de mi edad, de padre hispano y madre irlandesa, criado en Dublín, de donde llegó hacía poco, por lo que su español aún era flojo. De modales indolentes, siempre tenía una fija sonrisa en su rostro regordete, pelo castaño claro y ojos verdes: era un encanto de mirar, y para los gays un peligroso imán. Los otros cuatro novicios eran gente amable, algo sosos, pero adornos de un todo seductor y hermoso. Del resto de monjes, había gente culta y fina entre la grey monda y lisa; no faltaba el ‘frater acediosus’ siempre gris y nuboso, ni los varios afeminados, unos descarados y otros solapados.
Suena el primer timbre para Laudes, vuelvo a mi celda. En total son siete los Oficios y llenan tres horas y pico: Vigilias, Laudes, Misa, Sexta, Nona, Vísperas y Completas. El dichoso salmo 119 es quien decreta celebrar a Dios siete veces: ‘Siete veces al día yo te alabo, por tus justos preceptos y tus leyes’ (v. 164). Me asomo a la ventana de mi celda: ya mana del oriente la pura luz serena que baña en paz la tierra. De la lenta noche sagrada va brotando el verde matinal en las montañas, el brillo frío de las frondas junto al río, las ascuas de los frutos coloridos... mientras la luz disuelve en azul los astros fugaces. Todo está naciendo, ocupando la realidad, regresando a otro sueño: conjurando un mundo fantasma... que apenas florece... cuando escapa...
Suena el segundo timbre, coges el misal y flotas entre el gorjeo de las aves hasta tu puesto en los altares. Media hora de cánticos, lecturas y salmos. Laudes debe bañar en alabanza el blanco brotar del alba, exaltando al nuevo día con serena alegría.
Alzo mis ojos a los montes: ¿de dónde vendrá el consuelo?
El consuelo viene de Yavé, que hizo la tierra y los cielos.
No duerme el que te guarda, el que vigila tu sendero.
No duerme ni dormita el que vela por su pueblo.
Él es tu guardador, él la sombra de tu cuerpo.
De día el sol no te herirá, ni de noche los luceros.
Te guardará Yavé de todo mal, él es tu brazo derecho.
Guardará tu vida en paz, tu salida y tu regreso,
desde el despuntar hasta el ocaso del tiempo. (Sal 121)
Los salmos y lecturas -al variar de día en día- añaden polifonía a tan monótona vida. Pero la monotonía -y es lo curioso- no engendra enojo, sino que apacigua y dulcifica cual narcótico. El cuerpo sigue el ritmo cual mecanismo, yendo al soplo del Espíritu, sin fatiga ni esfuerzo, porque la voluntad ya se ha disuelto: una vez que decidiste ser monje ¡se acabó el tomar más decisiones!
La mente contemplativa, aunque coja frutas o friegue platos, resbala por el tiempo como flotando y sin cansancio. Pasan las horas, los trabajos, los Oficios y el canto, la mañana y la tarde, las lecturas y el susurrar del aire..., y el único incidente es la paz, patrullando el monasterio; el único suceso es el sosiego, vagando por los pasillos, durmiéndose en los patios; el único sobresalto es el eco del silencio y el canto eterno de los pájaros.
¿Qué sorpresa puede ser que acabe Laudes y a las 8 llegue el turno al desayuno? Tras nutrir de salmos el alma, los cuerpos pedían leche, manteca, pan, galletas, fuagrás o mermelada... Al mirar tales jugosas viandas, nos sabíamos indignos de tanta gracia. Pero el Señor es generoso con sus siervos, y en dos milenios no los ha dejado sin platos suculentos, confirmando aquel sabio salmo: ‘Joven fui y ahora soy viejo, y nunca he visto al justo abandonado, ni a su linaje mendigando’ (Sal 37,25).
De vuelta en tu celda, te reclinas en la ventana para saciar la pura mirada, hambrienta del día naciente y de su belleza intacta. Sagrada claridad primera, rubor nupcial que besa la tierra y la despierta, ¡cómo vas vistiendo el huerto de aromas y luces frescas, pintando de azul el cielo, regando de brillos la hierba! (A veces, para variar, el cielo era gris tristón o de algodón llorando agua.) Y yo era dueño de aquel jardín seductor, de aquel rincón encantado, de su silencio elocuente y su aire enamorado; de aquel vergel hechicero, lujurioso y citereo, donde el azul florecía y la luz verdecía entre los setos. Yo era dueño de aquel vasto y venerable monasterio, porque nadie podía echarme: aun sujeto a una Regla, era tan libre en mi traje como el viento o las aves...
Sonó el esquilón; de lo que no era dueño es de mi tiempo: había que salir pitando hacia un salón, donde el prior -libro en mano- nos glosaría unos párrafos. Era la diaria Parasceve del rito cumbre del día: la Misa. Con voz engolada y floripondiosa, el prior nos adormecía un buen rato, explicando punto por coma un devocionario, que por su estilo parecía dictado por Matusalén estando borracho. Todo giraba en pintar y loar al monje ejemplar, en dialecto añejo, porfiando e insistiendo, aturdiendo con el ‘concerto grosso e spesso sul batticuor e il pentimento’. (‘Mira que el Señor te mira, que te está mirando, que te morirás y no sabes cuándo.’) La espesa perorata, la voz tintineante, las frases alambicadas, nos sumían lentamente en ensoñaciones vagas, la mirada nadando entre las nubes por la ventana...
Al fin daban las 9 las campanas, llamando a Misa a los aldeanos (casi todos mujeres o ancianos). En solemne sepulcral silencio, al compás del armonioso campaneo, vamos desfilando en sosiego hacia el templo. Un tercio de los monjes -los ungidos in sacris- luciendo albas, casullas y estolas, suben al altar; los legos, en el reposo del coro. La Misa es el Oficio más largo: tres cuartos de hora. Pero por suerte toda la faena torera recae en los padres; los legos apenas entrábamos al trapo, salvo para corear unos cuantos responsos y comulgar, si se tercia.
Esto me permitía volar con la mente hacia parajes libres y sugerentes, y así escapar de la rutina cansina de la misa, de los eternos y pringosos gestos ceremoniosos, del canturreo empachoso, los estribillos latosos, los recitados absurdos y suntuosos: Por Cristo, con él y en él, a ti Dios padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo... (Y tu suegra de regalo), Santo eres en verdad Señor, fuente de toda santidad... En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación... (Y un jamón para el mejor), Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa... (Qué tostón, my God!)
Así que, mientras los otros sondeaban como podían los abismos eucarísticos, yo ya estaba con la mente en una polis griega -digamos- del tiempo de san Pablo: Esmirna, Mileto, Pérgamo... Me veía de estudiante ocioso, como en el Satiricón de Petronio. ¡Qué vida aquélla, la de aquellas calendas! Pese a su sencillez y escasos inventos, aquella gente sabía sacarle jugo al tiempo. Mientra el padre oficiante daba los primeros capotazos en el ruedo del templo, yo y un colega íbamos a desayunar en alguna surtida bodega. Luego a rezar al altar de la diosa Fortuna, para que nos sonriera oportuna.
Luego al mercado, a recrear la vista en las mozas y mercancías. (En la iglesia el santo lidiador seguía su lidia.) Fluía el mediodía, apretaba el calor: nos íbamos a nadar a las termas hasta la hora de almorzar, en algún mesón popular, con paredes tiznadas de hollín, vigas carcomidas, mesas sin desbastar..., pues así era el mundo en tal edad.
En el templo sonó el clarín, cambio de tercio: se consumó la suerte de varas, se arrearon hostias consagradas; luego las banderillas, bien clavadas. En la colonia griega, tras comer íbamos a dormir la siesta en la posada. Ya a la tarde, sudábamos un rato en el gimnasio, pasábamos por la sauna y nos íbamos al teatro: dos horas de música, comedia y ‘spasso’. (En el templo ya el maestro cargaba la suerte, ligaba pases con temple y empalmaba verónicas con molinetes.)
Luego del teatro -mientra el diestro padre se lucía con la muleta- entrábamos al circo a ver los gladiadores o las fieras. Caía la noche, cenábamos a la rústica en un figón, y -cómo no- con las hijas venales de Eva coronábamos la fiesta, volviendo a la posada con la luna o las estrellas... Así pasaba el santo día, sin un hueco para el tedio o las prisas.
Cuando volvía a la realidad, ya el toro estaba patas arriba en la arena, la litúrgica faena había acabado, y -montera en mano- el aclamado espada saludaba a la afición con las últimas sacras palabras: ‘Dóminus vobiscum.’ Y todos coreábamos: ‘Et cum spíritu túo. Deo gratias.’ Sólo con audaces fantasías como ésta era como yo salía ileso de tanta misa solemne y tanto verbo hueco, tanto padre casposo, tanto sonsonete canónico, tanto florilegio vano y floripondioso, tanta bambolla celestial y tanta palabra repulida que nada dicen a fuer de repetidas, y son meras fórmulas vacías y ruido de pompas frías.
Terminada la santa lidia, los padres entran en la sacristía a dejar el traje de luces, mientras el resto nos dispersamos por el convento como hojas secas que arrastra el viento. Vagamos sin prisa y sin meta por el claustro y los pasillos hasta las pacíficas celdas, pobladas de sueños y anhelos como jilgueros en la floresta. A partir de las 10 tocan tres horas de faena, por lo que nadie se da prisa en ponerse el mono y bajar.
Me asomo a la ventana: las aves siguen cantando en el silencio balsámico. El verde fulgura por la huerta, flamea en oleadas, y trepa las colinas para besar las frescas nubes doradas. Hacia poniente, sierras lejanas nunca pisadas saludan y me llaman con su mirada azulada. Morosa y mansamente dejas pasar los minutos, olvidado de todo salvo de que estás vivo y sano, respirando el verde sabor del campo; ignorante de todo, salvo que estás absorto en tu celda, bebiendo quieto el blando aroma de la huerta...
Al fin te pones el mono y bajas al comedor, a recoger el desayuno con los otros novicios. Después lavar, barrer, fregar... Las horas de faena son las más amenas, porque se está a gusto y entretenido obrando en equipo, y además charlando como benditos, porque el conticinio estricto sólo es desde Completas hasta la Misa, a partir de ahí se puede hablar, aunque sólo -según la Regla- lo indispensable para el trabajo. Nadie le hace caso, y charlamos por los codos de todo lo divino y lo humano. Las lenguas se desatan mientras se barren los suelos, se lavan los platos, se embotella el vino o se llenan de agua los jarros.
Luego ayudar al cocinero: mondar frutas, desplumar pollos, limpiar pescado... O bajar a la cava a por vituallas: mermeladas, compotas, conservas, licores, frutas verdes o secas, miel, quesos y un largo surtido de condumios y viandas hechas la mayoría en casa. Si sobra tiempo, hay que ayudar en la huerta: coger frutas, podar, sembrar... según la fecha (viviendo de nuestro sudor honesto, no chupando de los fieles como el clero). Ya molidos, a la una pisamos las celdas con alivio, a lavarnos y recibir media hora de latín, solfeo y canto. A las dos menos veinte celebramos Sexta, breve Oficio que con unos cuantos salmos e himnos nos deja listos para el almuerzo, a las dos en punto.
Para mí es el almuerzo -más que la misa- el acto cumbre del día, más venerable y antiguo que todo Oficio. Los ritos litúrgicos nos remontan a la Edad de Piedra, cierto, pero el comer data de la primera célula. Comer y copular son los ritos imprescritos de la religión universal: hasta las aves y peces los acatan sin pesar (por eso es chistoso que Dios les dijera: procread; ¿para qué mandar lo que ya ellos cumplen con afán?) Luego le volvió a ordenar a Eva y Adán lo de procrear, y es el único mandato que el hombre ha cumplido gozando.
Quizá porque al monje le está fatal el copular, para compensar hacíamos del comer un arte sin igual: nunca el mero alimentarse se vistió de tal solera y tal empaque. Para empezar, al ramplón ‘comedor’ se lo indexa ‘Refectorio’; cada mesa es un altar, y el bajo papear: alta liturgia sacral. Las mesas rodean en fila el salón, con el Abad en el centro de honor, y a sus lados: los monjes más ancianos.
Al llegar el carrito con los platos, todos de pie y callados, porque el abad en latín canturrea la bendición (nosotros le coreamos), y acaba con un solemne Paternóster dulzón. Y ya nos sentamos a comer: primero la imperial sopa monástica, luego verduras; carne o pescado tres veces por semana; de beber: vino o agua. De postre fruta, compota, yogur casero y hasta dulces y pastas. Como se ve, los benedictinos, de ascetas nada; pero ponen más trabas que otras órdenes para admitir novicios, son más selectivos. El resultado es que nosotros éramos la élite cultural de todo el monjerío.
Mientras comíamos absortos, oíamos en un podio a un lector calmoso: lee un trozo de la Regla Benedictina, otro de la Biblia y otro de algún libro devoto. Por la mágica unión del leer y el comer, se nutría el cuerpo y el alma con fe, para salud y salvación a la vez. Con tan santo apetito, en media hora estábamos listos, y el abad repetía la bendición, dando todos gracias a Dios con satisfecha unción.
Al salir a los pasillos, las voces de todos atronaban los oídos, y es que hasta las 3 hay Recreo Sodalicio, con total libertad para bromear y hablar. Los novicios nos íbamos al huerto si hacía sol, o bien a nuestra sala privada, donde unos jugaban al pin-pong y otros miraban libros o charlaban. Tras las 3, quien quiere se retira a su celda, a dormir la siesta. Pero a las 4 toca celebrar Nona: 15 calmos minutos en el templo rayado de sol, con salmos e himnos de fe y amor. Después tocaba trabajo.
Volviendo tras Nona del templo, me demoraba hechizado en el claustro sosegado. Parecía mentira que en tres horas sería ya noche y en seis ya dormirías. Vuela ligero el tiempo como polvo en el viento, y no hay poder ni dinero capaz de detenerlo. Meditando en lo fugaz de lo bello y alado, me recreaba paseando en el encanto del claustro. Pues dar vueltas por un claustro se trasforma en rito mágico: aun andando y girando, te parece estar fijo y que el tiempo ha cesado. Un claustro -por ser quieto espacio todo interno- es un sereno espejo del calmo universo, su símbolo omfálico y eutrapélico.
De cada lado iba un vado hasta el centro del patio, donde la fuente regaba allí cuatro dunas con un ciruelo en cada una. Y esos frutales esbeltos, al tú girar sobre ellos, parecían un bosque denso: el universo entero parecía latir mágico allí dentro. Te sientes nadando por espacios increados, en el centro místico del cosmos, surcando sagrados estuarios, secretos y seráficos.
Todo allí era hermoso y cercano: el aire limpio, el cielo claro, el sol pintando de sombras el patio, la piedra antigua con brillos dorados, las finas columnas con capiteles labrados, la uniforme elegancia de los arcos, el largo ciprés legendario, el agua en la fuente y en los ciruelos pájaros piando... Y tú girando alrededor, lento y olvidado, por las cuatro galerías sin fin, flotando por un sueño sosegado, más allá del día, por la eternidad del tiempo sin espacio... Así pasaban 10... 20 minutos sin notarlo... Hasta que el deber me desviaba hacia el cuarto de los trapos, cogía el cubo y la fregona y me iba a mi trabajo.