lunes, 25 de junio de 2018
EL CALVINISMO ES DESCABELLADO. Teosis 14
martes, 16 de agosto de 2016
LA MORAL RACIONAL: ¿QUÉ ES EL BIEN Y EL MAL?
El Bien sólo puede ser lo más deseado por todos: la dicha, el placer y el gozo. El Bien es: ''el Placer y sus causas'', es causar o conservar el placer sano y la alegría. El Mal es cuanto impide, aleja o reduce el placer. Pero cuidado: el mal -visto a fondo- es bueno, pues potencia el bien; por eso es vital y forzoso que exista, como parte del Bien, no como enemigo. No hay dos polos ‘Bien y Mal’; sólo existe el Bien (puro y total), y dentro de él y a su servicio, hay un poco de mal.
-Bien físico (reducir lo adverso o dañino),
-Bien estético (aumentar lo agradable y bello),
-Bien moral (la bondad: el instinto de ayudar y no dañar),
-Bien mental (añadir saber y conocimiento útil). Hablo del Saber valioso y alto, no de un conocer bajo y vano. Si eres erudito en cocina, deportes, mancias, telebasura, morbo, cotilleo, alta costura o videojuegos, tienes mucho conocimiento necio, muchos datos vanos, pero nada de saber real y elevado.
¿Cómo inclinar la gente a la unión, la concordia y la paz? Ese es un reto básico de la Historia, muy mal resuelto por ahora. Mientras haya en el mundo una simple pistola -no digamos bombas y armas atómicas- el género humano será un fracaso y un asco.
La norma ética general es simple y clara, lo complejo es aplicarla. ‘Trata a los otros como a ti mismo, no los dañes aunque no los ames’, ésta es -en esencia- la ‘Regla de oro’ (la moral mínima), loada por todo credo, sea budista, humanista, hebreo, hindú o ateo. Sólo el árido islam da facilidad a la crueldad y al mal.
Cristo manda incluso ‘amar a enemigos y extraños, y sacrificarse por ellos’ (que sería la moral máxima). Pero mandar sacrificarse por otros, es vano y malo. Primero:
porque los actos éticos han de ser libres, no obligados, y la gente corriente -que es sociable y no es mala- sólo ayuda a otros si no es muy fatigoso. (Puedes mostrarles lo bello del altruismo, pero no afearles su egoísmo, que no es culpa suya, sino un rasgo innato evolutivo.) Segundo:
Si no controlas a los pobres y los desarmas, en vez de bien, se causará el mal a mayor escala. El mal lo hacen los pobres igual que los ricos. Al procrear sin calcular, condenan a sus muchos hijos a sufrir en su mundo mísero.
-Apego (amor a las plantas, al dinero, al lujo, al trabajo, a la música... el apego a las cosas que te gustan),
-Afecto (amor filial, hacia la familia, amigos o gente apreciada),
-Apetito (amor-pasión, Eros: deseo de contacto estrecho de las mentes y los cuerpos),
-Admiración (amor a la patria, a las grandes figuras, a Dios...),
-Altruismo: el sacrificio o servicio gratis en bien de otros.
Al Dios real nadie lo puede contrariar, pues nada pide ni exige; el clerical es tan chiflado, que está siempre frustrado y contrariado, pues lo que manda no lo cumplen ni los santos.
El real sólo crea infiernos breves y buenos; el clerical creó un infierno malo, inútil y eterno.
El real no pide ni que lo adoren, regala todo gratis, no es altivo; el clerical es un vanidoso y prepotente basilisco: mandón, celoso y vengativo. Sólo tiene algo bueno, y es... que no existe, es un engendro chapucero de mentes llenas de miedo.
Sólo ayudando a la mujer se hace el bien; si ayudas a los machos, ayudas a los malos. Pues toda la violencia y la crueldad terrenal, de hoy y siempre, todos los abusos, injusticias, opresiones y horrores, son obras tristes de los locos varones.
Ellas son siempre las pobres entre los pobres y el último eslabón en la cadena de la opresión. Por eso ellas son las únicas que sufren y que merecen ayudas. Los machos ni lloran ni sufren, la Historia bien lo demuestra: si sufrieran, no harían tantas guerras ni llenarían el mundo de violencia. Sin saber bien qué es el Bien, se hace el mal sin querer.
En realidad, los pobres del tercer mundo sufren poco, pues son los del trópico: impasibles por sus genes y embotados por el calor, sienten muy poco el dolor, por eso no luchan por lograr un mundo mejor. Su desgracia no es sufrir grandes penas, sino el no sufrir apenas. Conllevan dolencias y miserias sin apenas padecerlas.
A los pobres ya se les ayuda bastante, y -si no hacen guerras- progresan; lo urgente ahora es que los ricos dejen de ser tan dañinos. Quien vive sin derrochar ni dañar, le está ayudando a todo ser por igual. La ayuda real es: No Dañar, ni a los seres ni al medio. Y -lejos de eso- los adictos al consumismo obran como ciegos y ebrios ogros destructivos. Para que mejoren los pobres, deben cambiar también los ricos, dejando de arrasar con sus caprichos. Pero ¿quién les quita sus filetes, su petróleo, sus drogas legales e ilegales, sus desperdicios, a las masas de consumistas, de adultos-niños sordos, soberbios y engreídos? Su ciego egoísmo es más dañino que los ciclones y los seísmos. Su ceguera pasiva es más cruel que la maldad activa.
Los come-carne convierten sus duras entrañas en viles cementerios de alimañas, y de sus cuerpos puros hacen sepulcros inmundos. En vez de imitar al ángel, obran como monstruos repugnantes, con una insaciable sed de sangre.
Quien come carne se vuelve un criminal, pues mata a gente y a fauna sin necesidad. Con ello se degrada, se hace odioso y se atrae todo género de mal. La revolución más crucial... será el día en que se cierre la última carnicería, cuando ningún pagado matarife degüelle, ensangriente ni asesine, y la Humanidad deje para siempre atrás el salvajismo y la brutalidad.
Predicar el pacifismo sin más, es ingenuidad, porque la paz duradera sólo puede ser fruto de dos cosas previas:
-el veganismo (respeto sagrado a todo lo vivo, empezando por los millones de seres sacrificados por un capricho culinario),
-y el feminismo (ellas son el modelo moral a imitar, víctima inocente de toda la violencia terrenal). Cuando ambas cosas sean lo normal, la paz será el fruto natural.
El amor puede ayudar igual al bien y al mal. Por eso, predicar sin más el amor no lleva dirección, se queda en un vano sermón; y es además ineficaz, pues alabar el Amor no hace a nadie amar, igual que alabar la Salud no cura la enfermedad.
Pero ni los ateos, los escépticos ni los creyentes flojos, gozan de Dios; no viven lo que sea Dios, ni notan su Ser contigo y continuo (que está en todo sitio, hasta en ti mismo); sólo los más devotos -cuando rezan al menos- logran eso a su modo.
Hay formas mil de devoción, pero en todas el fiel siente vivo a su Dios. La deidad se puede llamar Brahma, Buda, Yavé, Cristo, María, San Tal-Cual o Alá. Pero el fiel alcanza al rezar una vivencia emocional: de temor y anhelo, o de gozo y paz, según su necesidad. Un hindú le ora a una vaca (Visnú) o a un elefante (Ganesa), y eso es tan válido y él lo siente tan igual, como el que ve a Dios cual pura Luz celestial.
Esto -siendo aún vago- implica ya un gran cambio: no dañar a seres vivos ni matarlos (para devorarlos), no aprobar la violencia, ni derrochar ni dañar al planeta. Vivir el Bien y odiar el Mal. (El Mal es lo único que es bueno odiar.)
martes, 23 de junio de 2015
EL ENIGMA DE SAN PABLO Y EL MISTERIO DE CRISTO
sábado, 30 de mayo de 2015
¿PODRÁ LA CIENCIA LIBRARNOS DE LA VIOLENCIA? Teosis 10
“En el neolítico -cuando ya podía vivir sólo del agro- pasó a cazar humanos, en busca de botín y esclavos. La mente humana lleva diez mil años atrasada. Golpe a golpe y siglo a siglo: cada vez más guerra, y más brutal y sangrienta... hasta el nazismo, donde el poder de las armas infernales creció hasta triturar a millones en un charco de sangre. Esa sangre derramada sigue fresca y no se seca: cada generación que lee la Historia se mancha con ella.
“La Era glacial creó hordas de sicópatas listos para matar: locos que mueren por su tribu con tal de arrasar las otras tribus. Al volver a las cuevas llevando carne, eran héroes loables: al volver las armas contra sus iguales, se volvieron criminales. El cazador atrevido pasó a ser un asesino, claro que bajo el mote alabado de luchador, guerrero o soldado.
“Los grupos se cerraron en tribus, y rebajaron las demás a fauna, a la que matar o saquear. La guerra es caza horrenda de fauna humana, un combate a muerte entre orates. El lobo mata por hambre, y nunca a sus clanes; el hombre se mata entre sí, por simple codicia vil. Los dos actos más horribles -matar y morir- son para el macho deporte feliz: con tal de matar, no le asusta morir.
“Pero la fuerza se le dio para sobrevivir, no para depredarse entre sí. Sólo hay dos casos de lícita violencia: para protegerse en justa defensa, o para frenar a gente que es violenta (la coartada de César al invadir la Galia: pacificar a tribus bárbaras). La guerra antigua no era un mal que asustase, pues la vida era tan triste y dura, que morir en cruda lucha no era peor que de fiebre o penurias. Ni un tercio de los niños llegaba vivo al medio siglo... Por eso, la guerra y sus crueldades las veían suaves, y admiraban el heroísmo de una muerte brillante.
“La gloria del Imperio Romano se edificó matando: sus reyes gobernaron sobre cadáveres y espanto. La grandeza de un linaje se medía en la extensión de sus masacres: la gloria militar se cocinaba con sangre. Y todos se inclinaban ante el más fuerte con la espada. Así ha sido siglo tras siglo: se ha glorificado a los mejores asesinos. El sumo valor personal era la fuerza bruta para arrasar y matar.
“Hoy controla el mundo la riqueza: antes eran las lanzas y espadas sangrientas. Para vencer a las fieras, el macho tuvo que hacerse peor que ellas. La violencia brutal nos salvó en la Era glacial, hay que admitirlo: a la ira le debemos la vida. Justo por eso, su furor perdura tan obstinado: resulta difícil olvidar de pronto lo aprendido en cien mil años.
“El hombre es hijo maltratado de la Era glacial, acosado sin tregua por el hambre, el frío, las fieras y la enfermedad. No es agresivo por libre albedrío -como cree la religión- sino por sus genes hijos del paleolítico. Ni a su pasado lo ha elegido ni es culpable de sus instintos. Culparlo por ser agresivo, sería como culpar a una zarza por tener pinchos, o a un león por ser carnívoro. El hombre no es libre: cien mil años de salvajismo lo empujan al delito. No hay más que ver a los niños varones (cómo les atraen los guerreros, piratas y matones) para comprender con pena qué fácil sería hacerlos nazis, y qué difícil compasivos y amables. Qué cerca están de Rambo y qué lejos de Gandhi.
“Hoy la gente está escarmentada y la guerra es deplorada (aunque prosigue el vil negocio de las armas). Pero sólo habrá paz real cuando el macho -como los herbívoros- ignore el impulso de matar, cuando la Ciencia le dote de los genes exactos de la bondad y del freno innato contra la crueldad. Los faltos de empatía -más que malvados- son seres insensibles y atrofiados, a los que hay que lograr curar. La maldad es inútil lamentarla: lo que hay que hacer es curarla. La Ciencia que ya evita la pobreza, debe curar también la violencia. Y crear nuevas armas no letales -que no destruyan ni maten-, en vez de bombas y de tanques.
“Dan yuyu las masas locas del fútbol, aullando en los Estadios, babeantes por que los suyos aplasten a los rivales: son las viejas hordas bélicas que perpetraron todas las guerras. Hasta el lenguaje es bruto en el fútbol: todo son tiros y disparos, ataques y bombazos, patadas y trallazos (si no hay más muertos es por la mala puntería, porque tirar, tiran). La pelota simboliza al planeta: cada patada contra el balón, es una patada a un mundo mejor.
“Machos enfrentados en juegos fanáticos, masas horrendas que aúllan violentas, ¿cómo evitarán nuevas guerras?, ¿cómo saldrá el Pacifismo del odio y el sadismo? Los Estadios son incubadoras de odio, templos de Satanás, donde hordas furiosas adoran la lucha, la violencia y al Mal, en repugnantes rituales nazis. El atraso del mundo se mide en el inmundo estiércol del fútbol.
“Los deportes competitivos son culto a la brutalidad y al fascismo (con el secreto afán de matar y masacrar, como era habitual). Se ponen a competir, no en quién crea más medicinas o inventos, sino en ver quién es más brutal: quién corre más, quién salta más, quién golea más. (Pero correr y brincar no es de humanos, sino de animal.)
“Todo el sudor deportivo es árido y baldío: miles de atletas insensatos no han aportado ni el más leve adelanto; ningún bien sale de su trabajo. Al revés: alientan lo más vil que hay en el macho: la división, el combate, la arrogancia, el antagonismo, el culto a la fuerza, el tribalismo, el querer que haya vencedores y vencidos (en una palabra: el nazismo). ¡Malditos simios! ¿A qué guerra van, con tanto correr y saltar?
“Se entrenan sin piedad sólo para perpetrar el mal: para hundir, aplastar, derrotar y humillar al rival. Rebajándose a perros o a caballos, se ponen cien a correr: para uno que vence, quedan 99 humillados (ganador: un idiota, perdedor: el género humano). El ejercicio tasado es grato y sano; el deporte en cambio, es brutal e insensato: es sobresfuerzo y maltrato. En vez de unirse todos y mejorar el mundo, el deporte separa y enfrenta a países y a grupos, y les hace competir no en algo útil y loable, sino en el fanatismo de vencer y aplastar al rival, en ostentaciones innobles de fuerza muscular, y en combates indignos de un ser racional.
“El deporte combativo se podría redimir, con todo: bastaría con que sólo lo hagan las chicas -nunca los machos- y que las ganancias se donasen a fines sociales. Las luchas dejarían de ser siniestras riñas trogloditas, de saña, guerra e ira. Perderían sus rasgos satánicos y quedarían en blandos juegos simpáticos, tolerables y humanos.
“Pues toda infamia terrenal tiene al macho detrás: guerras, violencias, estafas, mafias, chicas forzadas, drogas, armas... y todas las maldades, injusticias y opresiones del orbe. La mujer mientras tanto cuida a los débiles, enfermos y ancianos, nutre a los bebés y aplaca los llantos... Todo en ella sirve al amor, al bien y a la paz... El macho en cambio siembra el mal por donde va, por su brutal fuerza muscular. Ella es un ser ya perfecto y completo; no es sólo dulce y blanda, sino fuerte y valiente cuando hace falta; no precisa cambios: quien debe feminizarse -y deprisa- es el macho (si no, apaga y vámonos).
“Se gasta mucho más en armamento que en sanidad o inventos. Mientras haya más armas que personas, la vida social será una derrota. Éste es un planeta de monstruos: antaño los dinosaurios, y ahora... el macho humano (caníbal y brutal, salvo los biófilos veganos). Su codicia, ceguera y dureza siguen amargando al planeta, y haciendo triste y dura la vida en la Tierra. Luego llegan aquí -como abyectos engendros- y se derriten de vergüenza.
“La mayor revolución será -no la vana victoria proletaria- sino la adopción en masa de la dieta vegana. Es el remedio a casi todo mal: violencia, hambre, dolencias y crisis ambiental. Masacrar animales es fuente de los peores males, y lo que impide que reine la salud, la bondad y la paz, en vez del egoísmo y la crueldad. Renunciar a matar y dañar es la base de toda moral y el inicio de la paz real, al verse como sagrado a todo lo vital. Nada degrada más al hombre que ver como normal lo que es una obvia atrocidad: el matar y devorar animales (antes disculpable por causa del hambre, hoy ya no).
“¿Qué sociedad va a crearse con ogros ciegos, soberbios y brutales? El feminismo está condenado si no se humaniza antes al macho. Es la ferocidad humana lo que causa las guerras, no sólo las opuestas ideas, etnias, credos o lenguas; el simple diferir o disputar no llevaría a masacres, si el macho no tuviera instintos salvajes, que tomó cuando empezó a matar animales: allí se volvió una bestia y condenó a su estirpe a la guerra eterna y la violencia. Matar fauna o humanos son el mismo acto. Allí el hombre se volvió un peligro para sí mismo, y sólo cuando deje de matar, se podrá salvar. Y pasar de maldito simio malvado a pacífico sabio sensato.
“Pues el homo sapiens no es aún ni sabio ni humano: es el simio más inhumano, y sobre mil millones de muertos en la Historia son el saldo (sólo en el siglo 20 se mató a cien millones de blancos y a doscientos de asiáticos). La Gran Guerra del 14 mató a 10 millones ¡y no mató al loco que iba a matar 50 millones más! ¡Qué azar infernal! ¿Por qué admite el Cosmos o Dios tanto dolor? Pues porque sólo con el dolor puede el hombre aprender la lección (y aún le queda mucho que sufrir, hasta que renuncie a agredir).
“Tras de tanta violencia, Europa tendría que ser un Templo de la Paz y la Ciencia, sin pobres, delitos, cárceles ni machismo. Y las sumas gastadas en armas voraces y feroces, viradas al progreso y la ayuda a las pobres. Lejos de eso, cada vez hay más pobres mientras los ricos ceban su egoísmo con más locos lujos y caprichos. La riqueza excesiva deshumaniza: engríe, endurece e idiotiza. Los grandes potentados se vuelven grandes desalmados, abismos de vicio y de pecado. La desigualdad es útil si es moderada, más allá es plutocracia. Con la plata concentrada gana la injusticia sus batallas.
“La opulencia de unos pocos empobrece a casi todos. Con lo que le sobra a un megapijo podría haber mil mini-ricos. Es todo el pueblo quien debe ser rico, no una puta panda de pijos podridos. Los ricos altivos pagan aquí todos sus delitos: trabajan de esclavos por lustros o siglos; pasan de la soberbia endiosada, al estiércol de no ser nada (de una patada en el trasero van rodando hasta las cloacas del infierno). Las almas no somos vengativas, pero sin ira santa contra la maldad, nadie sería moral.
“Los asesinos no llegan a almas (quien mata a otro, se mata a sí mismo: Todo homicidio es un suicidio). Pero no perecen, sólo bajan al nivel animal; no se los castiga, simplemente su crimen los hunde con las bestias. Los seres son todos inocentes, pues no se hicieron ellos, los creó la Natura; un criminal no tiene la culpa de ser un monstruo; pero su defecto le impide perdurar. La violencia degrada al hombre en bestia, y sin remedio anula al alma y la nivela con las plantas.
“Los que sólo dañaron y no mataron, llegan manchados, pero pasan una fase de dolor, labor y contrición hasta perder parte de su memoria y su ser, y así extirpar su fealdad moral. La amarga culpa los desgarra y los angustia. Ellos mismos se castigan, gracias a un impulso hacia el bien que aquí empieza a florecer. A las puras víctimas las mimamos con cariño, mas a los malos los atormentan sus delitos hasta quedar limpios.
“La guerra no siega realmente las vidas (sólo muere la carne) pero sí las sume en el dolor más grande. La bondad mayor es reducir el dolor: por eso la guerra es el máximo horror. Mas todo dolor es siempre limitado y tiende a cero comparado al placer, que es eterno. ¿Por qué permite Dios la muerte y el dolor? Pues porque el alma no muere, y recibe eterno galardón por el injusto dolor. Dios es el culpable del dolor y no lo niega: por eso compensa a los seres con la dicha eterna. (Para ser feliz tenemos la eternidad; en la carne conviene sufrir, aunque sea para variar.)
“La lógica de la historia es: más placer para más gente. Antes sólo los nobles palpaban algún deleite, luego los burgueses, por fin la plebe. La gente creció en cantidad; también ha de crecer en calidad, con más hondura en el sentir y el pensar, que es más riqueza mental y más placer real. Igual que se alivian muchas taras físicas, se evitarán las síquicas, dotando a la gente de genes que las hagan más sanas, sensibles y sabias.
“La Ciencia obra ya milagros: vence distancias, sana enfermos, borra dolores, mejora alimentos... Le falta saber curar también la maldad. Por ejemplo: al mejorar el cerebro en los fetos, o crear drogas para cambiar a los violentos, o que los machos con genes selectos donen semen al resto, en bien de todos por igual. (Los chinos darían un taco con tal de tener hijos altos, listos y guapos.)
“Según el macho se amanse, cesarán los males más graves; pero quedarán los restantes: desamor, fracasos, errores, tristes azares, desdichas naturales... Siendo el futuro insondable, ni los ángeles ni nadie pueden prevenir los males. La mente es impredecible: ni yo mismo puedo saber qué voy a pensar para hacerlo después. La voluntad es involuntaria: ni eliges ni decides qué vas a desear; y como de esos deseos depende lo que hagas, el futuro está en blanco.
(“Sí hay un marco-límite de sucesos posibles, con leyes fijas, pero el azar urde -dentro de él- jugadas infinitas, del todo impredecibles (cualquier precognición viola las leyes cuánticas). El mundo -como la mente- es un libre juego cuántico, no un frío mecanismo programado: tiene la grandeza de lo vivo y espontáneo, imprevisible e innovador, siempre en eterna creación. Sólo hay Providencia en lo grande y general; en lo pequeño rige el azar. Por ejemplo: está previsto que los soles tengan planetas, pero qué vida tenga cada cual, lo va dando el azar.