jueves, 5 de diciembre de 2013

ES CRIMINAL NEGAR LA INMORTALIDAD. Teosis 4

No puede haber prueba científica de la trasvida. Incluso si lograras hablar claramente con almas, eso nunca sería una evidencia total (podrían ser ecos de la sub-mente, alucinación, seres de otra dimensión, multiversos, aliens...). Nunca habría pruebas definitivas. 
   Y sobre todo: lo que a otros -tras morir- les ocurra, no tiene valor de prueba segura. Sólo al tú morir puedes salir de toda duda. Puedes creer, pero nunca saber. Y además: la atanasia ni se puede ¡ni se debe demostrar! (en nuestra penosa e infeliz sociedad, es peligroso probar la verdad).
   Pero tampoco cabe demostrar que el alma no subsiste, pues ni siquiera se sabe cómo el cerebro crea la mente ni cuál es la base final del universo ni de la realidad. Es imposible saber qué es el mundo, siendo como somos seres minúsculos. La ignorancia de la Ciencia es tan vasta como el Cosmos. 
   Puesto que la atanasia No Es imposible, se está moralmente obligado a aceptarla. Quien niega que vaya a sobrevivir, sin darse cuenta está asesinando a toda la humanidad. Quien se niega para él la esperanza, se la niega a toda la especie humana.
   Negar la inmortalidad devasta la moral, pues reduce al hombre a nivel de robot o cosa, a mera máquina ingeniosa. Los que niegan la trasvida, creen en ella sin darse cuenta. Pues tratan a los seres como reales y valiosos, no como meros espejismos sin sustancia salidos de la Nada. La conducta ética evidencia la fe -consciente o no- en la trasvida y la trascendencia. Si son morales, creen en ella por mucho que lo nieguen.
   Hasta el ateo de Sils-Mária se tuvo que agarrar al Eterno Retorno para escapar -aunque por vía falsa- a la oscura Muerte y a la Nada, que amenazan tragarse la vida y la hacen vana. Pero la correcta solución ya la dio Platón en el Fedón. Un universo cíclico puede ser válido, con un reparo: que el número de combinaciones en cada ciclo es tan abismal, que -en realidad- nunca se va a alcanzar, con lo que el ciclo no se cerrará, ni la verdad se comprobará.
   Solo hay dos opciones: el Sí racional (basado en la intuición, en indicios abundantes y en la sólida carga lógica), o el Sí moral (no puedo saber si hay trasvida, pero moralmente no puedo negársela a los seres). Negar la atanasia es una opción insensata, una venganza de malvados o amargados que buscan aniquilar a todo ser humano.
   Como la Ciencia imperfecta ni afirma ni niega, se debe optar por lo más moral, que es desear la eternidad a todos por igual.
   La lluvia cae, las plantas crecen, la gente come, se reproduce y muere... ¿Es ese todo nuestro destino y nuestra suerte?

Elio Coreli - (El fin del mal.) Teosis 4

(Sábado.) Las almas no despiertan renegando, como la gente que madruga y sale pitando para el trabajo. No. Las almas con el sol se abren al amor -y al beso de la luz- como una flor. Ya las almas deshojaban el tierno rubor del alba, el cielo florecía y las aves piaban. Pero la gente apenas lo notaban: con cara de sueño iban de sus cuartos al aseo, y de allí al comedor directos. Desayuno a las 9. Es curioso que las chicas son más lindas estando adormiladas: hablan con una dulce pereza, sonríen con más gracia, son más tiernas y blandas, voluptuosas, con un brillo soñador en la mirada. Fianna -que fue maestra- comenta:

¡Qué chicas tan majas con sus caritas rosadas! Su vida es más fábula que drama. En las encuestas, sólo el 20 % dice que no es feliz, que pasan baches como: depresión, mala salud, carencias, desamor... Lo habitual es el bienestar, sin ser precisa la dicha total. La beatitud continua aburriría: vivir sin retos ni pruebas daría un pobre vivir sin fuerza. Sólo creces con reveses que te despierten, y te muestren mejor los bienes. Tras el dolor, el Bien y el Placer se ven mejor. Por ejemplo: apresan por error a un tristón; cuando lo sueltan, flota en gozo, siente todo más hondo.

Cuando en los óvulos se unen materia y mente, empieza la mente a crecer, y con ella el placer: esto da los millones de especies donde el placer late y florece. El placer animal es mayor que el vegetal. Pero más alto es el placer humano, abierto a las brisas frescas de las artes, ciencias y letras, amén del goce sensual. Con el hombre aflora en la Tierra lo mejor: el temblor de la belleza y del amor.

El mundo es una fruta sabrosa que los seres degustan en sus bocas, siendo el hombre quien más placer logra. Su lujuria es tanta, que sólo estima placer las vivencias más gratas y no las rutinarias. Pero el simple existir es ya una hazaña, algo que de niño te pareció una fábula. Cada instante es misterio y es milagro: cuanto eres y te envuelve... es incesante regalo, del Universo que te ama y te ha creado.

La dicha se da sólo en grados: en goces cambiantes y mezclados. El placer variable, es lo real, no la vaga inmutable felicidad. El placer te invade plural e inagotable: la eterna juventud de sentir y amar, de ver y oír, pensar y anhelar, recordar y planear, sin cese ni final... Hay armonía divina y hay portento en el más leve sentimiento. El placer ondea en la luz y el viento, baña la tierra y el cielo, late en canciones y juegos, en amores y besos...”

Coré terció: “Cuando se unen mente y materia... un gran milagro empieza. La Realidad siempre será un misterio: una viva fuerza creadora de la cual somos simples gotas. Como Vida, puedes sentir qué es, mas no busques causa ni porqué, no lo tiene. Pero abarca lo físico (materia-energía) y lo síquico (lo subfísico: mente-alma). Lo físico y lo síquico son grados de lo mismo. El Cosmos genera siquismo porque él mismo está vivo. La fina y ágil sique es más activa que lo físico -denso y lento-, por eso logra entrar en la materia y formar organismos vivos: sicofísicos.

La dark matter -el 96 % del Cosmos- es sique en muchos grados, algunos rozan lo material. Parte de ella se liga a la materia en condiciones aptas, que se dan muchas veces en todo sistema solar. En la Tierra, esa unión ocurrió hace 4.000 millones de años, en la célula inicial de la evolución. (Hace 3.000 nace la fotosíntesis, hace 2.000 los pluricelulados blandos, hace 1.000 los eucariotas y el sexo.) Y cuando el Sol anciano haga a la Tierra estéril, ya habrá vida floreciente en otro planeta o satélite.

Antes de nacer, eras mera vitalidad dormida y fija: al nacer te haces vida personal activa. Si la luz de un cuarto se aprieta en un punto, es fuego. Así hace el cuerpo: encapsula la sique y la concentra, y la pasa de simple a compleja. También la planta o animal son almas, pero más livianas. En carne o en plantas, la vida se hace alma. Antes de ser óvulo fecundado -que te empieza a dar un Yo personal- eras parte del Yo único impersonal. Tras el deceso, el alma queda libre, con la forma del cuerpo.

La mente humana es activa y creativa, por eso crece y cambia sin pausa; pero las plantas y animales, al faltarles memoria personal, tras morir se funden en un solo ser: el bioplasma, con vida y sentir pero sin vista ni discurrir. Este plasma lo chupan las almas y los seres que duermen: la mente se nutre durmiendo, para seguir activa y creciendo. Así las plantas y animales, al tú absorberlos, los vuelves vida pensante, los haces ángel. Fuera del planeta chupas luz solar sin más.

Aunque el alma sea subfísica, es divisible en chispas, sutilísimas e intocables por los físicos (si ya los marea el neutrino ¿cómo van a captar algo aun más fino?). Esas chispas sueltas, cuando se unen forman milagros cual nosotros: todas las almas y ángeles del Cosmos, con su eterna vida de gozo. No somos ni siquiera luz, sino algo más fino aun. Sólo siendo seres subfísicos, ultrafinos, esquivamos todo daño o peligro. También la materia es vida; de no serlo, la ignorarías, pues sólo puedes captar por fuera lo que tenga tu propia esencia: por eso todo el universo es -de hecho- tu cuerpo, y vibra con tu misma vida.

Mente y Materia se complementan: la mente es el actor, la materia el teatro (sin mente no hay acción, sin materia no hay escenario). Por eso quien muere no va a ‘otro mundo’: sigue aquí con su vida, pero inicia una fase distinta. La Tierra es común morada de hombres y almas: éstas moran en planetas, no en ningún Limbo idílico (si lo hubiera, sobraría el plano físico). Las almas ellas solas no pueden ni procrear: sólo por la carne se pueden formar. Sólo con la carne y sus penas, se crean seres y belleza. Mente y Materia por siempre jugarán, aunque sus juegos no dejen de variar.” * * *

Tras desayunar y fregar los trastos, tocaba la primera charla, a cargo de Tito. Éste, de rostro orondo y lirondo, con bigote y perilla, tomaba el sol con su mujer Éthel junto a la fuente, en beata calma luterana y sin sospecha de trastadas. Porque llegó una chica y le dice: ‘Tito, perdona, pero hay que hacer algo. ¿Sabes qué nos encontramos al hacer el desayuno? Que anoche entraron y se zamparon varias tortas sin pedir permiso. Y eso no es lo peor: olimos unos vasos usados y tenían restos de licor, que no hemos traído nosotros, como es lógico. Fíjate qué palo. Debes hablar con los culpables y espabilarlos. ¡Qué escándalo en un retiro cristiano! ¡Y ni siquiera se molestaron en fregar los vasos!’

Tito: ‘Tranquila Débora, cosas así pasan con los nuevos, que no saben las reglas. Busca a los que fueron y hacia la una los traes a mi cuarto.’ Se fue la chica y Tito sonrió a Éthel con amor (ella era inglesa treintañera, él andaluz cuarentón). Era un buen tipo este Tito, pues vivía de profesor, no cobraba por ser pastor, ni era ningún cura gorrón. Por eso nos gustaba aquella gente: porque su fe era libre y limpia, sin curas ni jerarquía, atrayendo a las almas con su gracia y lozanía.
Pero en esto llega un chico: ‘Tito, disculpa, pero anoche nos sentamos al fresco unos cuantos, y uno encendió un pitillo. Me dice: ‘lo necesito para dormir.’ Pero veo que se lo pasan de uno a otro: era un canuto. Me callé, por no armar escándalo. Pero hay que pararlos, porque hasta dos de nuestra iglesia le dieron chupadas al petardo. Si no se remedia, en vez de edificar a los mundanos, vamos a salir nosotros infectados.’
Tito: ‘Tranquilo, Pedro, que el que comenzó la buena obra, la llevará a buen puerto (Fil 1,6). Trae a los del canuto sobre la una a mi cuarto.’ Se fue el chico, pero Tito quedó ya tocado y le dice a Éthel: ‘Hay que convocar reunión de oración para las 5. El enemigo nos ha cogido descuidados y está haciendo de las suyas; hay que expulsarlo de aquí en nombre de Cristo...’
De nuevo llegó Débora: ‘Ay Tito, parece que los males nunca vienen solos. Es conveniente que hables y amonestes también a otro, que me está atacando los nervios. Es Liberio, este gracioso de Sevilla, que no para de dar el cante. Si todos fuéramos creyentes, no me importaría; pero hay inconversos a los que da mal ejemplo. Estábamos fregando el desayuno, llega uno atrasado y le dice: ¡Hombre!, los últimos serán los primeros (Mt 20,10), así que friega tú todo esto. Un chiste de mal gusto. Luego nos ofrece chicles diciendo: Venga, que no sólo de pan vive el hombre (Mt 4,4). Pero donde ya me dolió, es que había uno raspando una mancha en un fogón y le dice: Eso no sale raspando ni con estropajo, eso sólo sale con la oración y el ayuno (Mt 17,21). Qué suplicio. Por favor, ¡habla con él y que deje ya de blasfemar!’
No había acabado la chica de irse cuando llega de nuevo Pedro: ‘Ay Tito, lamento ser pesado, pero acabo de saber algo grave: que a Adán lo vieron anoche en plena faena con su novia tras unos árboles. ¿Te imaginas el ejemplo para los demás? Más que un retiro cristiano, esto va a ser un cursillo de pecado. Por favor, ¡dile a Adán que se reprima aunque sólo sean tres días!’ Tito: ‘Tranquilo, Pedro, Adán es un buen chico, dile que se pase a la una y media por mi cuarto y asunto arreglado.’ Pedro se fue, pero Tito ya vio claro que ‘en verdad, las aflicciones del justo son un raudal’ (Sal 34,20).
Una chica nueva se acercó con cara seria. Y salta Tito: ‘¡No me digas nada! ¿A quién han violado? ¿Qué nueva insolencia o qué desmán hay que aguantar?’ La chica balbució: ‘¿Eh? No. Si sólo vengo a avisarte que ya te esperamos para la charla...’ Tito: ‘¡Gloria al Altísimo! Menos mal... Vamos pues, antes de que alguno venga diciendo que se ha hundido un techo, que es lo único que falta por pasar.’
Llegaron al suave salón, ebrio del fulgor del sol. Tito se sentó al frente, Biblia en mano, y dijo: ‘Dalia, por favor, ¿quieres poner esta reunión a los pies del Señor?’ Dalia se levantó y -con alzados ojos y tierna voz- le agradeció sus infinitos regalos al Señor, las bondades eternas de su amor, y pidió para la charla unción y bendición. Tras ello, Bianka de Marbella nombró la canción a cantar y empezó en la guitarra el compás. Los demás buscaron la letra en un papel y... la sala se llenó del calor de un cántico alado y seductor. Al cual le siguieron varios otros, llenos de sosiego, que palpitaron en el aire dorado como palomas en el cielo.
Eran coplas selectas y trilladas de las iglesias reformadas, casi todos se las sabían. El canto tierno, suave y fresco, las limpias voces cristalinas, el puro y sincero acento -cantando sólo a Dios-, el blando suspirar de las guitarras..., todo creaba un lento encanto de sueño y magia, un cálido hechizo alado que apaciguaba el alma. Se cumplía allí lo que cantara Fray Luis: El aire se serena / y viste de hermosura y luz no usada, / doncellas, cuando suena / la música templada / por vuestra dulce lengua sosegada. (O algo parecido.)
La charla anunciada era ‘El nuevo nacimiento’, pero por lo visto, Tito decidió echarle el trapo a un toro nuevo: “La muerte vendrá sin avisar -exclamó serio- y nadie podrá escapar. Ni el joven ni el sano ni el guapo están a salvo. Todos han de rendir completa cuenta de sus actos. En aquel día tremendo, Cristo nos mirará: ¿hemos ansiado su salvación, o le hemos dicho No? Porque nos lo avisó: El que me niegue ante los hombres, yo lo negaré ante el Padre: Mt 10,33.
¿No es para asustarse?... Por esto se teme a la muerte, se le piden años a la medicina y se amasan fortunas para siete vidas. ¿Es que esperan sobornar a Dios, y decir: Hemos hecho un pacto con la muerte, una alianza con el Sheól: cuando pase su azote, no nos tocará (Isaías 28,15)?
Ni el dinero ni la ciencia nos va a salvar: la única vacuna conocida contra la muerte es... Dios. Cerca de aquí hay unas magnas tumbas megalíticas, donde ponían a nobles y reyes, con sus collares y enseres. ¿Para qué? Para que los usaran al revivir. Los egipcios por su lado, metían en vastas pirámides a sus reyes disecados -esperando nueva vida- junto a tesoros magnos. ¡Cuánto sudor en vano! Porque el único capaz de dar vida a los muertos... ¡es Jesucristo! Él es el único puente seguro hacia el otro mundo.
Quizá alguno diga: ‘Bueno, ¿qué podía ningún faraón saber, si Jesús asomó después? Buscaban ser inmortales a su modo.’ Sí. Pero sólo hay un modo: el dispuesto por Dios. Y si Jesús faltaba, sí que tenían a Dios, y bien cerquita. Veamos Génesis 47, del 7 al 10. (Lo leyó.) El faraón miró a Jacob y ¿qué le preguntó? ‘¿Cuántos años tienes?’ Esto es -pasmosamente- todo cuanto el faraón quiso saber de Jacob.
Le pudo preguntar por Abraham, por Isaac, por los milagros de Jehová; pudo recibir de Jacob la luz y la salvación. La riqueza de Egipto se la debían al Dios de Israel, quien les mandó a un sabio varón como José. Pero el faraón, para la voz de Dios era sordo, para la luz de Dios era ciego: de Dios veía menos que la momia de su abuelo. Sólo miraba a la carne. Vio en Jacob a un anciano fuerte y pensó: cómo habrá éste llegado a vivir tanto, para yo imitarlo.
Pero Jacob le contesta: ‘130 son los años de mi peregrinaje, pocos y malos años; no veré la edad de mis padres.’ Jacob le decía claramente: olvídate de los años carnales y piensa en la otra vida perdurable. Pero el faraón, que para salvar su ajada carne alzaba pirámides, para salvar su alma fue incapaz de alzar a Dios la vista y el corazón. Ay amigos, no seamos como el ciego faraón, o como el vano Pilato que -teniendo a la Verdad delante- miró para otro lado. No vivamos a oscuras y en huida de quien es la Luz y la Vida...”
Así daba Tito la santa lata con su larga perorata, aunque con voz afable y grata; pues Tito -aunque devoto- no era el típico chiflado, ni uno de esos pelmazos que -chillando como posesos- más que pastores, parecen cabreros. Por supuesto, yo no miraba a Tito: saboreaba el rostro serio y atento de las chicas.
Para orillar las charlas previstas, decidí admirar -en cada una- las caras más lindas. Como no es otro el oficio del alma sino captar la belleza y admirarla, recordé que hay 4 tipos de cuerpos y de caras. Por el Cuerpo, la mujer puede ser: 1 flaca (delgada sin curvas), 2 gruesa (exceso de grasa o de anchura), 3 esbelta (delgada con curvas), 4 opulenta (rolliza pero bien hecha). Gruesas y flacas pueden atraer con buenas caras.
Por la Cara, la mujer puede ser: 1 sosa (poco mona), 2 normalita (mona sencilla), 3 vistosa (mona con chispa), 4 selecta (mona divina). Si muy guapas las hay pocas, gracia y aroma circundan a todas (y a todas les endulza la cara la sagrada luz del alma). El don de procrear da a la mujer gracia especial. Las almas son preciosas, sí, pero fascinan menos, al ser sólo imagen: impacta más la belleza hecha carne, adornando cuerpos capaces de ser madres; la certeza de vida nueva añade promesa a su belleza.
Empecé pues por Karen, una esbelta pelirroja irlandesa con ojos glaciales y boca de fresa, tierna y seria, dulce y fresca. Las caras las admiro según un orden fijo: la suave barbilla grácil, los dulces labios frutales, la naricita graciosa, los ojos: espejos del alma misteriosos, las cejas: leves trazos de canela, la frente pura y tersa, el pelo sedoso y lujoso, las lindas orejitas, y las mejillas blanditas: lisas y limpias delicias. En fin, la incesante maravilla: tantas caritas lindas, y todas distintas. ¿Es que hay formas infinitas de ser bonita? Como esta Karen, con su gracia fresca de leyenda celta. Mirando sus ojos gris-perla, trataba de leer sus ideas (detrás escuchaba a Tito como el que oye llover, y lo iba siguiendo a medias).
Cuando a las 11 y pico acabó, todos salieron y al rato se sentaron a la sombra o al sol. Formando varios grupos, leían por turno un episodio bíblico, luego la tutora hacía preguntas, que eran de parvulario, pero todos las meditaban largo rato. ‘¿Por qué dijo Jesús esto o lo otro? ¿A qué se estaba refiriendo?’ Todos callaban, hasta que alguno daba al fin la obvia respuesta. Uno no sabía si pensaban en la Biblia, en las ingles de los chicos o en el escote de las chicas. Con todo, ninguno se aburría: gozaban del ciego esplendor del día, del verde frescor del campo, de la hermosa compañía y los trinos de los pájaros... A las 12 pasadas dieron tiempo libre. Coré y yo fuimos en busca de Tito, con Goyo -un andaluz chistoso- que nos decía:
Estos pastores tienen tela marinera; con muy santas ideas sólo predican cuentos de niñeras. La verdad es que la Biblia es Palabra vieja del Hombre -no de Dios-, ni infalible ni eterna. Y Jesús no fue más que un chiflado metido a profeta, que acabó con el rabo entre las piernas. Los dogmas los precisa la mentira, no la verdad. Quien sigue dogmas en vez de la razón, sigue al hombre y desprecia a Dios. ¿Acaso ha bajado un ángel a decir que la Biblia es Palabra divina? No. Lo dicen siempre humanos, y la gente se lo traga como enanos.”

Pero Coré matizó: “No hay que mirar niñerías, sino a la esencia: cómo adoran a su Creador toda esta buena peña. Lo divino nos invita y nos rodea, pero pocas veces le abres la puerta. Sé que Dios es mi ser, pero sólo lo ‘siento’ estando bien atento. De ahí el valor de retiros como éstos, oasis donde sentir al hondo Dios por dentro, donde gustar la más alta contemplación: el placer de ser Uno interior con el Todo-Creador. Estos devotos, en sus cultos donosos, sacian esa gran pasión: sentir y gozar de Dios y de su Amor, y recibir de Él su Vida y el Perdón. ¿Te parece poco?”


jueves, 7 de noviembre de 2013

LA MENTE ES MÁS QUE EL CEREBRO. Teosis 3

Si a una ameba en agua, le echan una gota ácida, huye; si la gota es dulce, la busca. Distingue pues el placer y el dolor, cosa que nunca hará un robot; por muy complejo que éste sea, nunca tendrá sique como la ameba. Hasta una ameba es capaz de desear, cosa que un robot jamás hará: nunca podrá temer ni soñar, reír ni llorar. 
El intento de imitar con artefactos al cerebro, nunca creará consciencia ni pensamiento, que es privilegio de seres con sentimientos. Todo el poder ruidoso de la Ciencia no logra crear ni a una bacteria, pues ésta no es solo átomos sino la sique que los maneja.

Los seres vivos son la fusión de sique y materia. (Alma-sique-mente-espíritu... son lo mismo.) No tenemos alma, sino que ‘somos’ almas (insertas ahora en materia). Tenemos cuerpo pero no somos el cuerpo: el cuerpo se tiene, el alma se es. El cuerpo es mero muñeco que el alma maneja desde dentro. La carne sola tiene poca vida, y esa poca el alma la absorbe y la utiliza. Morir es librarse de la materia corpórea, como algo que ya cumplió su papel y ahora sobra.
Todo lo que el hombre piensa, ve y siente son hechos síquicos, ocurren en su mente. Se deduce que hay un mundo fuera, pero no es como aparenta, ni es materia muerta. Todo el Cosmos es sique y vida como nosotros, pero vida externa y con rasgos propios. Si lo externo no fuera sique, sería algo indetectable, sin contacto posible contigo: pues tú sólo puedes captar lo que te es afín, lo síquico.
Aunque nuestra memoria son apuntes mínimos de lo vivido, en la sique está la memoria total, que nunca logras del todo abarcar, ni siquiera tras salir del cuerpo (aunque el subconsciente en las almas está muy cercano, no oculto ni alejado, y los recuerdos son velocísimos). 
El cerebro -como un filtro- aleja la memoria que no se usa, pero ella perdura. Si el cerebro se atrofia o lesiona, deja de crear nuevas memorias, pero la antigua permanece aunque no se recuerde (tras morir la recobramos intacta: aunque se haya tenido demencia, es como el dormido que despierta).

  Elio Coreli - EL FIN DEL MAL. Teosis 3                            

Silencio inmaculado. En el principio era el sueño... y en el sueño estaba Dios... y Dios era el sueño... Silvia y los otros salieron hace rato. De pronto entró al salón un chico fibrado, y fijó en un panel este cartel: “Prueba a Cristo. Si no quedas satisfecho, te devolvemos todos tus pecados.” Con tan santa proclama, vimos que el santo retiro estaba en marcha. Salimos fuera...
Ya el sol final vestía de oro suave los limpios paisajes de la tarde fragante. Ya había gente, sones, risas, coches y bienvenidas. Luz floreciente bañaba las colinas, y gente sonriente se besaba en las mejillas. Chicas bonitas la mayoría, entre bromas y gracias charlaban animadas, mientras la tarde lánguida se doraba y la noche grávida brotaba... Bagajes esparcidos, maletas y mochilas, desorden y armonía, nostalgias y alegría: el sueño eterno de la vida. Todos en poder de aquel jardín seductor, con su fresca luz de caminos en flor, donde no es un sueño que reine el amor.
Llegó en furgón el pastor Tito (profe de inglés en un pueblo vecino) con el chef (ya madurito) y varios chicos, mujeres y niños. Entre otras almas, con él vino Nadia, una eslava que trabó amistad directa con Yania. (Yania Korévski -Coré le tomó su nombre- era hebrea, salió del Este en los 70 y vivió de fotógrafa en América.) Pero Nadia me hechizó: mujer de un pope ruso en España, vivía pegada a Tito y aún creía en Cristo. Tenía un rostro dulce y serio a la vez, de atenta y fresca mirada, con esa melosa y mansa modestia eslava. Había bastado un breve encuentro para avistar en ella a mi amor eterno, quien daría a mis días el aroma del sueño.
Y en un Amén quedó la cena lista (por arte y pericia de las chicas). Ya sentados, cerraron los ojos y Tito le agradeció la cena a Dios, pidiendo sobre los 4 días del retiro su santa y atenta bendición. Al abrir los ojos y despertar, todos sonreían, mejorados por la humildad. Eran más de 20 chicas y 13 chicos, todos estudiantes o graduados (de 18 a 25 años).
La mayoría eran guiris lindas: anglicanas y bautistas. Varias poco monas eran católicas. Todas eran pues creyentes, mansas corderas alegres en aquel pastoril albergue (aunque luego hallamos a algunas licenciosas, de vida más mundana que devota). El retiro era para edificar a los fieles y avivar a los tibios y mundanos, pero bajo manga buscaba también atraer a los romanos a los santos ritos reformados.
Llegó un coche atrasado, con tres chicos y dos novios, y se sentaron a cenar tras saludar. De los novios, la chica era escultural, y el chico un latin-lover juncal. Hasta el nombre le cuadraba, pues dijo llamarse Adán, y al oír su apellido, Tito lo miró pasmado: “¡Hombre!, el hijo de mi amigo Carlos, ¡choca esos cinco! Ya decía yo que tu cara me sonaba. Tu padre y yo estudiamos juntos Teología. Él se fue a Sevilla de pastor, y se casó antes que yo; mi hija mayor tiene 11 años, y tú tendrás 20. Cuánto me alegra tenerte en el retiro.” Y Adán, cortés, charló un rato con Tito.
Tras cenar, todos llevaron su equipaje a sus cuartos (de literas, salvo varios con camas para casados). No todos eran devotos, pues un tal Juan Tebano le decía a otro: “Envidio a estos fieles, que logran el ideal surrealista: fundir el sueño con la vida: le cantan y hablan a su Dios invisible, y se tragan contentos su Libro infalible. Aun despiertos, tiñen su vida de sueño. Nosotros sólo gozamos eso enamorados, que pasa volando: pronto la pasión se adormila en la rutina; la realidad contra el sueño conspira. Realidad y Vida son pareja mal avenida: la Vida es prodigio y maravilla, la Realidad un lío o una pesadilla. ¿Cuándo tendrán armonía?” Y tenía razón, pues en sí la Vida es un milagro, pero a veces sus abrazos hacen daño.
Luego todos en el salón hicieron su presentación: decían su nombre, de dónde eran y qué estudiaban. Las chicas dijeron nombres que hacían soñar: ¡cuántos miles de chicas monas los llevarán! Nátaly, Álison, Émily, Dórothy, Débora, Júliet, Silvia, Brenda, Sandra, Cárol, Karen, Mónica, Dalia, Bianka, Gabriela, Eva, Judit, Dolcét y Silvét (dos gemelas belgas), Sheila, Yolanda, Laura, Anabel... Los nombres bonitos de mujer evocan un blando y vago Edén: son mágicos conjuros de turbios placeres ocultos, tersas promesas de cuerpos desnudos.
Nada cautiva como el tierno encanto de una chica: su cuerpo es el Paisaje sereno y suave con el que sueñan las artes. Si según Coré los humanos serán ángeles a su tiempo, basta mirar las manos de una chica para creerlo, o un rizo de su pelo, para sentir justificado el Universo. Los machos serán ángeles tras muchos rodeos, pero ellas lo son ya de nacimiento.
De momento, el mocerío del retiro se puso a imitar sin pudor a los críos, con juegos ingenuos como: una chica vendada -según le digan caliente o frío- intenta tocar a un chico; al lograrlo, se sienta en sus rodillas, mientras el resto les recita una verde letrilla; luego vendaban al chico y el juego se repetía. Jamás en la calle verás jugar así a veinteañeros; pero éstos eran mansos corderos, bien atentos al dicho del Maestro: ‘De los niños es el reino de los cielos. Si no os volvéis como ellos, no entraréis en el reino’ (Mt 18,3/ 19,14). Con todo, latía mucho erotismo tras de las niñerías, y los chicos restregaban con gusto la vista en los encantos y en los ceñidos cuerpos de las chicas.
Los chicos, la mayoría eran mundanos, ávidos de tentaciones y de pecados. Y entre gritos y risas ¿quién va a distinguir una mirada limpia de otra lasciva? Así el candor del juego cebaba de discreta lujuria los calientes cuerpos. Sobre las 11 se paró la velada para que los cansados se acostaran. Pero un grupo prefirió salir a oscuras al fresco, y allí se sentaron charlando y riendo. Coré quiso saber cómo yo Elio llegué al retiro. Y digo:
Hace nueve días debí morir dormido, de infarto, pues al despertar me vi en el pasillo de un tren, de noche. Y me extrañó que, siendo yo miope, ahora veía bien las caras, y también luces extrañas. Una de ellas veo que es un ser con cuerpo de luz y honda mirada. Y a su lado, otro ser -mujer- me miró con un dulzor que me hechizó y me durmió. (Después supe que los dos seres eran almas corrientes, que al azar me hallaron dormido y me llevaron por gusto consigo.) Desperté ya con el sol -cerca del pueblo de Tito- en mitad del campo, solo y en blanco. Y recobré la memoria: mi mujer, mi casa, mi vida reciente -ya lejana...
Entro en un chalet y veo unas figuras difusas; una de ellas me toca y se vuelve clara. Era Fianna, una preciosa y desnuda colegiala (sólo era una imagen de luz, pero qué guapa). En ese instante agradecí ser un alma entre otras almas. Y advertí que veía y oía con la mente, no con el cuerpo, y que todo el Cosmos es mental y por eso lo captas.

El mundo externo se hace presente cuando toca tu mente: lo exterior sólo lo ves en tu interior, pues son sique los dos. Todo cuanto ves y vives es síquico, sea dentro o fuera de ti mismo. Lo que vemos soñando es mental, pero también lo que vemos despiertos: las formas cambian pero todo es sueño. El vivir es similar al soñar; por eso, al recordar el pasado, nos parece haberlo soñado.

Fianna me presentó a Goyo y a otros, y me explicó que las almas son bellos cuerpos pero borrosos de lejos, y para hablarles hay que tocarles; y que no buscase a difuntos parientes, pues sólo iba a ver almas recientes (las de más edad nos son invisibles). Los que tras el túnel -que lleva a la nueva luz- creen ver a parientes o a Cristo, no saben que están soñando, semidormidos.

Pero incluso si tu abuelo, digamos, te viera y se te muestra, tú lo ignorarás, pues tendrá el aspecto de un chaval. Imagínate a tu abuela hecha una mozuela, ¿cómo vas a reconocerla? Y a su lado podría estar tu bisabuela, las dos igual de frescas: los lazos de sangre sobran entre las almas, todas jóvenes y guapas. Aquí no hay pariente carnal, pues somos todos familia y hermandad. Hasta los críos, al madurar, ni sus madres los reconocen ya. Somos hijos del Cosmos, no de una cama y un coito.

Mientra aclaraba mis ideas, veo venir de la ducha una mocita esbelta, ceñida por una toalla (y por bastantes almas). Un halo embellecía su carita (pues vemos en cada cara la luz del alma que la habita). Pelirroja, pecosa y lechosa, se sienta en un rincón y abrió la toalla al sol, mostrando la tersura del vientre y la dulzura de los senos pubescentes. Los pezones llameaban sobre la piel clara, y el pubis era tan rojo que quemaba. Se peinaba y a la vez golosa se palpaba. Mimándose despacio, ya frotaba sus senos, ya rozaba fogosa la rosa del sexo...

Se tendió y estiró, avivando el juego: el mecer de las piernas, el vibrar de los dedos, el entornar los ojos, el respirar sediento, el remojarse los labios, el rebose del gozo en el rostro y el cuerpo... Mágico y sagrado es el sexo, como el fuego o el sueño. Pero la chica allí desnuda me vestía a mí de dudas; pues ahora que podía ver en vivo y sin velos los juegos secretos, ¿de qué me servía? Noté cómo miraban las almas a la chica, como codiciando un pastel que no se podían comer. ¿Nos esperaba la fría castidad, el vano anhelo de amar?... Pronto supe que no; pero al que muere ya anciano, con el fuego de Venus apagado, le lleva su tiempo reavivarlo.

Comenta Coré: “El sexo es el juego más bello... pero también el más breve y ciego: un acto febril que se agota en un frenesí, una fogosa y breve rosa que apenas florece, se deshoja. Fugaz rastro de un frágil milagro. Gozada la fiesta, regresa la lenta espera (llenable con delicias más serenas). Nada hechiza cual la belleza femenina, pero todo placer alegra la vida.

Hay tres goces supremos: Logos (el alto placer de leer, meditar y saber), Eros (amor, deseo, sexo) y Melos (música). Le siguen: Cromo (la visión deleitosa de colores y formas) y Soma (lo corporal: comer, dormir, bailar, pasear...). Leer mientras canta una mujer, es logos-eros-melos a la vez. El pensamiento es el gozo -no más intenso- pero sí el más completo, pues con la mente puedes pintar, viajar, cantar, soñar y amar: puedes crear.

La mente tiene tres caras: la amorosa, la estética y la lógica. En el humano medio, cada cara da un placer poco interconexo. Pero en los ángeles -con su esplendor vital- todo placer es triple, porque las tres caras confluyen plenas, de modo que al ver, oír, leer o pensar, mezclan ideas, acordes, amor y visiones: sus gozos son corales, multicolor y polifónicos. Plúrimas ideas, honda belleza, altos afectos: placer a cielo abierto. (Su mente es bella música fluyente, yendo de normal sus ideas al tempo de Andante cantábile assai maestoso, y buscando a ratos la chispa de un Allegro fervoroso, o el reposo de un Adagio dolce e mosso.)

No hay humano sin defectos, pero los ángeles son todos sabios y bellos. Con todo -claro- su dicha no es continua, pues se embotarían. El placer vivido lo aleja el tiempo; pero si se repite, ya es placer nuevo. De ahí que los goces pasan y vuelven, eternamente. No basta lograr el placer: hay que regozarlo cada vez. La función de todo ser es absorber placer (para así mejorarse y crecer), pero el placer humano debe ser sano, y nacer de la Belleza y el Bien, no de las drogas o la estupidez. Hay que buscar el placer con sabiduría, y la sabiduría con placer.

La esencia del mundo es el Placer (Dios en sí es Poder, Plenitud y Placer). ¿Por qué los seres del Cosmos -tan distintos todos- desean por igual la dicha y el gozo? Pues porque son parte de Dios, del Placer Creador. El placer es la clave del Universo: al llegar el placer, queda resuelto todo misterio, pues te importan ya un bledo (los seres están hechos para gozar del Universo, no para entenderlo).

Las preguntas son sólo ruegos de ayuda -gritos de angustia- y el placer cura la angustia y anula las preguntas. Goza, y el Mal se borra. Disfrutar es olvidar el Mal. El Placer es la Luz, la Verdad y la Vida, la sanación de todas las heridas, la solución de todos los misterios, y lo que hace justo y bueno al Universo. El porqué del existir y del ser, no es más que disfrutar del Placer, que -siendo breve palabrita- firma en formas infinitas: hasta la queja y la pena son a veces placenteras.

Dios es Deseo y Placer, y tú lo has de imitar, pues quien se niega a desear y a gozar -sea asceta o budista- es ateo y nihilista (sólo hay que evitar el placer insano o inmoral, el que te daña a ti o a los demás). Servir a Dios es amar el placer sano -gozarlo y fomentarlo- y detestar el dolor: ni aprobarlo ni causarlo. Lo que no es Placer, es pecado. Lo que no es Venus, es vano.

La Belleza selecta -de inútil función práctica- prueba la atanasia, pues sacia a pocos humanos pero a todas la almas: de la belleza minoritaria, se deleitan todas las almas. Basta que haya una élite culta y nos brinde sus libros y su música. No importa la indocta idiocia de las masas, pues luego como almas se harán sabias, al aprender de libros y de otras almas.

Culto es quien ama el saber, la belleza y el arte, el capaz de filosofar a lo grande. Es lector pasional, y adicto a lo bello en su plenaria variedad: verbal, musical y visual. Y si además busca la paz y la armonía fraternal, entonces es un Biófilo, pues ama a la vez el saber, la belleza y el bien. El biófilo no daña la vida, y esto implica:

1 No tomar carne, drogas ni alkol (peces como mal menor). Quien come carne... mancha su vida vil de sangre, y asesina a niños, al fomentar el hambre. Además es caníbal: ceba sus duras entrañas con sangre humana, pues la carne animal es igual que la humana, y tragarla es salvajada. Sólo si no hay vegetales, pueden comerse animales: matarlos por capricho es infame. La comida -por dar la vida- debe ser no sólo sana sino santa. Un ser que mata y devora a otros es un monstruo; quien come vegetales -en cambio- es un ángel.

2 Odiar toda violencia, aun la aceptada: los deportes, los toros, el cine cruento, el rock infernal y cualquier cosa brutal. Los deportes machistas son luchas fascistas, siembras de violencia que embrujan a masas tigrescas, marciales y horrendas. El fútbol sobre todo, es un loco negocio odioso donde unos pocos monstruos explotan a infinitos bobos. Nefasto signo de atraso del nefasto macho humano, alocado y sádico.

3 Honrar al Dios Creador, amando el puro Bien, sin ritos ni religión. Las religiones son cebos dorados, santos amaños para explotar y aborregar al rebaño (el dios de los clérigos es un títere ciego). El mejor culto a Dios son los libros, la ciencia y la paz: las religiones son el sepulcro de la mente y la tumba de la paz. No Religión, sino unión con tu Creador. Dios no tiene religión: quien ama a Dios, tampoco. Como Dios es libre, quiere al hombre libre, no esclavo de credos tiranos (con los Libros Sagrados se montan pingües y tristes tinglados).

Un biófilo -en suma- rechaza cuanto degrada la vida, sea la droga, la violencia, el matar animales mansos o la fe borreguil que crea esclavos. El biófilo sano digiere incluso el pecado: odio, envidia, soberbia y codicia. (La gula, pereza y lujuria son simples excesos sin malicia.) Sentir malos impulsos es normal: son actos defensivos, pero hay que saber enfocarlos al bien:

El Odio: hay cosas dignas de santa ira: la guerra, la usura, el machismo, la violencia, el clero, el chovinismo, la prepotencia... todo eso es odiable sin pena. La Envidia: si te irrita el bien ajeno, reconoces la ventura del envidiado, y eso ya es algo sano. La Soberbia: si te crees superior, autoestima no te falta; basta con bajar el autobombo a sano amor propio, para ver como iguales a los otros. La Codicia: en vez de codiciar lo torpe y material, gira tu avidez al saber o la paz, la salud o la bondad: al afán de conocer -no al ansia de poder- y al hambre de bien, no a la sed de poseer. Así harás buen uso de los malos impulsos.”

Una furtiva pareja vino y se tendió en la hierba, cantados por el río y claros por las estrellas. Eran Adán y su novia, que empezaron a sobarse entre besos, oficiando a media ropa el rito secreto, con pasión pero con prisa, pues el sexo allí era un riesgo y el tiempo urgía. Nos dice Goyo:

Con este galán va a estar el retiro animado, las ingles de las inglesas ya lo están notando. Hace un rato oí a Tito decirle a su mujer: Adán el hijo de Carlos es ya un mozo guapo; pero el diablo lo acosa con vanidades para enfriarlo. Según su padre, ya no asiste al culto y quiere dejar los estudios y ser modelo publicitario: un mundo fabuloso de idilios cenagosos y turbios lazos. Hay que orar por él, pues más se alegra el Señor por una oveja que regresa, que por 99 buenas (Mt 18,13).”

Adán y la chica -saciados de dulce y blando pecado- volvieron con cautela a sus cuartos. Seguí a la chica. Como las otras ya dormían, se desvistió ante la puerta, sacudió la ropa, entró descalza en tanga y se acostó. Y con ella yo.









martes, 15 de octubre de 2013

EL HORROR DE LA REENCARNACIÓN. Teosis 2


Entre las infinitas majaderías Nueva-Eristas, la reencarnación es la trola más gansa, junto a la astrología, la videncia y el karma. 
  Hay quien muestra datos verificados de supuestas vidas pasadas. Tales datos los insuflan las almas a gente en trance (o en la mente de los durmientes: no hace falta ser médium ni caer en trance para recibir ideas de parte de almas). 
   Los datos insuflados pueden ser ciertos o falsos, pues las almas son tan traviesas como diversas (las recién llegadas son tan necias o sabias como antes; pero con el tiempo todas se mejoran). Para las almas, la vida es puro ocio, broma y juego -la seriedad es un pecado para ellos-, por eso no hay que creerse sus mensajes supuestos. (Si ellas fueran visibles, la vida humana sería imposible: nadie soportaría sufrir, y elegiría morir para ser de golpe alma feliz.)
   La visión telepática o de viajes astrales, son -igualmente- regalos no fiables que ciertas almas nos hacen. Las sicofonías, teleplastias, mensajes de Ouija, poltergeist, fantasmas y todo lo paranormal en general, es obra ordinaria de las traviesas almas (muy dadas a bromas de dudosa gracia). Los fenómenos paranormales no son constantes, ni sometibles a control clínico, pues no ocurren si las almas no ayudan. Al saberse la verdad, toda esa traca de misterios, lejos de ser paranormal, es aburrida y trivial.
   Las almas siguen y conviven con nosotros (hay ya más almas que humanos en el globo), si bien les resultamos torpes y sosos, incluso penosos, y acaban por irse a otros globos. Su gozo es el trato con otras almas más sabias, testigos de tiempos y hechos remotos. También tratan con aliens visitantes, pero son tantas sus razas y tan variadas, que la charla no pasa de imágenes e ideas básicas. 
   Sin cesar llegan -como esferas de luz- grupitos de aliens a la Tierra, todos distintos (son los latosos Ovnis, cosas inocuas y rutinarias que tanta alarma causan). Ya en tierra, por prudencia toman cualquier apariencia. No pueden prever quién los podrá ver; si ven que asustan a la gente, bajan a nivel invisible. Ya había aliens antes de surgir el hombre, por lo que el planeta es más suyo que nuestro. (Son almas de otros globos, no seres de carne: sus naves son obras estéticas, ropajes, mera apariencia, que se disuelven en el aire.)

Elio Coreli - El fin del mal (Vamos al cielo, a la Gloria)  Teosis 2

(El diario y delicado milagro.) Y comenta Coré: “El frío, los dolores diversos, el ignorar perplejo y el miedo... son el precio de la paz y el gozo eterno. La muerte es la puerta al Edén, la cita con la gloria bendita. Aun así, un mortal sano no necesita envidiarnos, pues nuestro sublime estado tiene también sus fallos: que no puedes tocar lo material, ni abrir dilectos libros ni pulsar pianos, ni besar bellos cuerpos ni acariciarlos (admirarlos sí, pero no palparlos). La música y los libros nos los sirven los humanos: en cuanto alguien abre un buen libro, lo bendecimos y acudimos en racimo. Gracias a ellos, almas antes iletradas, ahora florecen cultas y sabias. Pobre es la vida y mezquina, si el Saber no la ilumina.

Nada destila tanta vida como la palabra escrita. La imagen bella agrada y la música deleita: pero sólo las palabras ‘piensan’. La palabra de tinta vivifica la mente y la agiliza. Leer es co-crear: es ver, tocar, escuchar... es juzgar, resaltar, completar: el lector se dobla en co-autor. En cambio, ver vanas imágenes -en la Red o la Tele- colma el ojo pero deja vacía la mente. Leer activa las neuronas; ver la tele, las atrofia, tirando en vano horas, meses y años.

La radio fue un gran avance, al propagar la música y la palabra; pero la tele devora y devasta a las masas incautas: los vuelve sonámbulos pasivos y planos. No usan sus cerebros: la tele piensa por ellos -sembrando basura mental, culto al oro, pobreza vital, memez y falsedad. Leer enriquece y fortalece la mente; la tele la atonta y adormece. La tele es la muerte de la mente: como la Gorgona, paraliza a quien la mira, y cual Vampira le chupa la vida, y lo achica a ciego robot consumista.

También hay libros necios: vanos, groseros o violentos (hechos para el vulgo espeso: como al cerdo el cieno, al vulgo le atrae lo feo y lo violento. Pero mientras leen, no ven la tele: y eso ya es algo bueno.) Para los sensibles y finos, no faltan grandes obras ni libros dignos. ‘Buen libro’ es el que educa o deleita con arte o belleza. Y ‘grandes obras’ son las que nunca se agotan, pues aun releídas, emocionan (con las de primera fila hay ya para colmar una vida). Para un buen lector, ‘cualquier tiempo pasado... leyendo, es el mejor’. Gozar leyendo es todo un privilegio y es el vicio perfecto, pues si grande es el placer, mayor es el provecho.

Leer es libar un mosto divino: el jugo del pensamiento creativo. La mente es la flor más divina: leer es nutrirla de docta ambrosía. Un buen libro es el Yoga ideal: con sólo abrirlo, te bañas en gozo y paz, te fundes en luz celestial. (El libro -como un néctar- eleva la mente y la serena.) En los libros se ve desnuda hasta la realidad oculta: son serenos espejos del vasto y vario Universo. La mente de un gran lector es la cima de la evolución: la más plena, intensa y rica en vida interior (y cuanto más rica es la mente, más altos placeres siente).

Por tres virtudes son clásicos los libros: por la altura-hondura humana (p.e. Tolstói, Dostievski, Chéjov, Kafka), por la belleza-destreza verbal (Rojas, Cervantes, Sexpir, Borges) y por lo ameno-grato de lo narrado (1001 Noches, Decamerón, Molière, Shaw). En los tramos más logrados -y en las obras cumbre- confluyen y relucen las tres juntas virtudes.

El alquimista verbal más colosal es sin duda Sexpir: nadie pulsó las cuerdas de una lengua como él pulsa el inglés, con tal arpa y tal poder, donde cada idea -por rara o delicada- encaja en las exactas palabras, con belleza casi mágica. Pero su obra tan diversa -con tantas tramas y escenas- marea. Sus obritas se transitan, no se habitan. No son moradas para soñar: no puedes reposar y arraigar en una veloz ficción teatral.

En cambio ¿un espacio hechizado, pausado... un tempo lento, de verano... un sereno mundo inmortal... donde habitar, perdurar y soñar, siempre fresco y fluvial? Dadme El Quijote: ¡qué salerosa prosa poderosa, cuánta vida fecunda y frondosa florece entre sus hojas! Su tono irónico y cómico es más creíble y real que todo lo serio y soso. (Entre gracias y donaires, vemos y sentimos a seres reales más allá del arte.) Luego están las cumbres altivas de la Antigüedad, soberbias, mas no siempre suaves de escalar: Homero, Virgilio, Dante y la Tanák.

La lectura es liturgia y sacralidad: es pre-gustar la angelidad. (El hombre por dentro, es calma y pensamiento, y los libros siembran sueños en silencio.) Miles de mentes eminentes, han vivido y laborado a tu servivio, gracias a los libros. Ciencia, historia, ideas... prosas, versos, lenguas: Leer es llenar tu ser de variedad y placer. (Los libros son frascos de vida nutritiva, frescas y finas golosinas.)

Leer es vivir muchas vidas, bañarse en muchas mentes, y palpar el pasado en caliente. (El libro es un ámbito místico donde el tiempo ido sigue vivo.) Sólo en lo escrito pervive el eco antiguo de los siglos. (La palabra, sombra del pensamiento, siendo lo más leve, es lo más duradero.) Quien mucho lee, mucho goza..., y además adora, pues el fiel lector sirve y complace a las almas, a los ángeles y a Dios. (Pocos y pobres son los buenos lectores, pero enriquecen a millones.)



Aclaro lo de los ángeles y Dios: ‘ángel’ es la forma bonita (y abusiva) de llamar a las almas ya sabias y limpias, que vuelan a voluntad (nosotros aún surcamos la fase Lustral, de modo temporal). Son mentes iluminadas y en estado de gracia. Nunca se enfadan ni se alteran: van siempre enamorados y en pareja, en tretas de placer y de belleza. No sienten el tiempo como un peso, pues donde hay gusto no hay tedio. Libres de ira, envidia o ambición -que son tipos de dolor- sus días son remansos de armonía y amor. Y hasta el dolor lo ven como parte del Bien (los males humanos son embarazos necesarios). Todo su ser es arte y placer, toda su vida es dicha y poesía. ¡Qué delicia!
En cuanto al Dios real -no el falso dios clerical- es la idea clave más vital. Su presencia es tan total que, de no estar Él, tampoco yo estaría; pues yo no me causo a mí mismo ni autoexisto: sólo Él es causa de mí y de sí mismo. Si existo yo, es porque existe Dios. Si vivo es porque ‘convivo’ con Él: soy fruto de su Ser y acto de su Poder. ¿Cómo -si no viviera en Él- tendría yo poder y alcance para ser? Si existir es un milagro (dulce y a veces agrio) ¿de dónde -sino de Dios- saco yo el poder divino para realizarlo?
Vivir es algo mágico que no he creado: me lo insufla Dios como un milagro, misterioso y diario. Todos los seres: sólo de Dios y en Dios sienten y son. No sólo estamos en Él, sino que somos vividos y somos ‘sidos’ por Él. Feliz quien -libre de toda religión- logra captar y sentir a Dios. No es pedirle ni servirle: es notarlo en todo y contigo, sentirte vivo en su flujo divino. ¡Qué extraño: ser parte de un Ser que no puedes ver ni comprender!
Y no vale -en vez de ‘Dios’- usar otra palabra gris y vaga. Sólo ‘Dios’ -por su inmenso peso- es voz capaz de abarcar al viviente Universo. Los ateos son pobres ciegos: tumban al Dios clerical -gran hazaña-, pero luego no saben hallar al Dios real, su hazaña resulta vana. Privarse de sentir a Dios y lo divino, es la más tonta forma de ascetismo. Cabe ser ateo de la religión clerical, no de la divina realidad. Cada cual puede atisbar lo divino en lo Real, y abrirse a lo celestial.
Nadie brotó él solito, sino del eterno Poder creador que el corazón clama Dios. La palabra ‘Dios’ es común y mercenaria, pero alberga la idea más necesaria. Sin la mano de Dios, el mundo es un abismo aterrador: sólo Dios es la luz que lo ilumina y lo explica: sabiéndonos en su seno, nada tememos y todo está bien hecho. La simple palabra ‘Dios’ le pone sentido y bondad a la oscura Realidad: le da remanso y rumbo al ciego espanto del mundo.
Dios envuelve y posee tu vida y tu ser. En esencia no difieres de Él (pues fuera y ajeno a Él nada puede haber), pero sí difieres en magnitud y poder: eres sólo una gota de su mar, una chispa del Fuego universal. Un millón y un céntimo tienen igual esencia (son dinero) pero muy desigual poder; así, en ti está la esencia de Dios, pero sólo un fotón de su poder y su amor. No eres divino aunque tu esencia sea Dios, pues tu poder no es el de Dios. Eres sólo un fotón, pero un fotón de Dios: esto te da dignidad y humildad a la par.
Los bobos teólogos han condenado a Dios a ser indivisible e invariable; en realidad, Dios se divide y varía todo cuanto le place (a Dios no lo traba la lógica humana). Y como Él es todo, también es persona: Siendo fuente de los seres, claro está que piensa y siente, pero en modo no humano ni imaginable. En Dios está -en plenitud- lo que en los seres son chispas de luz. El vivir que para ti es parcial y sucesivo, en Dios se da total e infinito: su Presente alberga todos los presentes, y en su Ser se entretejen los seres.
Ahora, Dios es mucho más que el mundo, pues el mundo es sólo parte finita de ese Poder infinito. Al mundo lo envuelve el resto infinito de Dios; de no ser así, el mundo -siendo cantidad finita- sería infinito al no haber nada fuera que lo ciña; sería pues finito e infinito a la vez, lo cual es absurdo. Esto prueba que hay un Dios infinito (no-espacial) que ciñe al mundo finito (tempo-espacial), y que el mundo no es el Todo, como venden los físicos bobos.
Ahora, Dios no es sólo Amor, como venden los devotos. Dios lo engloba todo: el dolor y el placer, el mal y el bien. La divina Realidad es multicapaz, y abarca al par al bien y al mal. Por el mero crear seres sensibles al dolor, crea el mal. Pero no hay que temer, pues para obtener el máximo bien, Dios usa el mínimo mal: tiene que haber suficiente mal para que el bien pueda triunfar. El mal lo que hace es mostrar al bien con más claridad.
La vida codicia al mal como a enemigo vital: ella misma lo crea, para poder vencerlo sin cesar (igual que la luz crea la sombra para contrastar más). Si un fugaz dolor lo notamos, ¡cuánto más grande es el placer, continuo y callado! El mal -en Dios- sirve al bien, y el dolor al placer (no pueden -pues- faltar). Dios no es el anciano ñoño de los bobos devotos: Dios es pavoroso. ¿O no es aterrante Alguien que mueve galaxias gigantes de soles sin quemarse? Sólo cabe quedarse mudo y absorto ante su inmensidad y su poder grandioso.
El Dios real es Creador, no ‘creado’ por el miedo o el anhelo humanos (como el dios clerical falso). Y es la Realidad total: el habla no lo puede asir ni cercar. Decir que es Bueno, Uno, Eterno... sirve para nosotros, no para Él. Lo que Él es o hace, no cabe en palabras ni ideas humanas, su lógica nos sobrepasa. Él es sólo intuible, no comprensible. Su Voluntad no es cual la nuestra: Dios no ‘decide’ las cosas, sino que Ser y Hacer son uno en Él, sin antes ni después (por eso su eterno Obrar equivale a Descansar).
Y además, Dios usa el Azar sin cesar, de modo que hasta para Él el mundo es una caja de sorpresas, un juego febril a rienda suelta. El Azar es un recurso creativo para atraer imprevistos, quitar rigidez e insuflar libertad en la atada realidad. Sin Azar no hay Libertad (y lo salido del azar es tan ‘obra de Dios’ como lo demás). Lo causal y lo casual no se pueden separar: bailan juntos su vals. Nunca habrá predicción total: en todo se cuela el travieso Azar. La Vida es amable o indomable, nunca fiable. El Azar tuerce la Necesidad, el Yin le guiña al Yang, y el Bien al final devora al Mal.
La prueba cabal del panteísmo es el misterio del mal: ¿por qué permite Dios el dolor? Pues porque el autor y el sufridor del dolor son uno: Dios. Si una tierna doncella se tortura con el hambre o la cera para estar más bella o esbelta ¿no va Dios a usar un poco de dolor para cuidar tu perfección? Al sufrir tú (fotón de Dios), el Todo no lo nota, pero tú te mejoras.
Nuestro globo es nada en el Cosmos (uno más entre infinitos otros), y sus tragedias, un soplo. En el Todo el dolor es muy poco pero muy valioso. El Cosmos es -sin medida- más orden que azar, acierto que error, bien que mal, y placer que dolor: es una Fuerza infinita y eterna dirigida al Bien, al Placer y a la Belleza. ¿Para qué crear tan inmenso universo, si no es para la dicha y el placer eterno?
El dolor -pronto o luego- es útil y bueno por cinco bellos efectos:
1- con su crudeza, agranda y aclara la consciencia (la hace más sensible y despierta),
2- te impele a madurar y a ser valiente (te obliga a crecer, para tu bien),
3- te enseña a conocer, valorar y escoger (el Mal hace ver el Bien),
4- le da a la Vida drama y fuerza, hondura y grandeza (le da riqueza),
y 5- purifica tu ser si te despierta al bien (sufrir con humildad lleva a la mejora moral). Siendo pues benéfico, el dolor es un bien más, aunque secreto: es el genio guardián del placer, pues le da fuerza al ser para cuidarse, rectificar y aprender.”

Entraron los gerentes con bocatas y refrescos, y se sentaron con Silvia a comerlos. Sigue Coré: “Hay unos cenizos cegatos que -yendo de canallas- niegan su alma y su atanasia, se autoenvían a la nada, con impávida audacia (pero más que osados y atrevidos son unos cándidos cretinos). ¿Es que no ven ya misterios en el vasto universo eterno? Grave es ignorar: más grave es ignorar que se ignora. El sabio de verdad es el que ve clara su ignorancia, no el cegado por su arrogancia. Sabio es dudar del alma, no el negarla. Hasta un ateo debe tragarse que tras la carne haya otras fases vitales.
Quien descree de las almas, mira a la Creación con mezquindad e insulta su divina habilidad (más sutil cual puedas ni soñar). Si desconfías de que la Vida es infinita, la infamas y la mancillas. Sólo un bobo le niega milagros al Cosmos. Creer en la Nada es una asnada propia de gente amargada (gente funeral, que quiere aniquilar sin piedad a la entera Humanidad). Como al cerdo el cieno, al ateo le atrae lo feo y lo muerto.
Naturela no da puntada sin hilo: no teje para la Nada y el Vacío, ni crea a sus hijos pensando en destruirlos. No talla la joya de cada mente humana sólo para tirarla y enterrarla. ¿Por qué sigue el Yo tras la muerte? Pues porque la carne es sólo un molde donde el alma increada se hace humana. La vida carnal es temporal porque su fin es hacer almas, igual que la preñez está para hacer bebés. La carne es la cuna del ángel.
Igual que el crío sale de la madre, el alma sale del cuerpo a una vida libre y grande, lujuriosa e indañable (morir es un ‘éxtasis’, un salir de la carne). Tras un plazo lustral (de meses o años, según tu pureza inicial) llegas a ángel y ya puedes buscar en nuevos planetas nuevas sorpresas. Éramos arcilla informe: la vida nos moldea con sus golpes, y nos hace altas obras de arte noble. Éramos todos lo mismo, hoy somos muchos y distintos. De un solo Yo dormido y eterno, pasamos a infinitos y despiertos.
Si el fruto entero del vivir fuese el morir, resulta turbador qué ventaja tiene ser humano en vez de planta o animal, casi insensibles al mal. ¿Para qué abrazar tantos trabajos, si se pierde el resultado? ¿Para qué andar arduas jornadas, si te llevan a la Nada? ¿Qué vale el mundo, si todo es sombra y humo? ¿Qué vale la vida, si somos sueño y mentira? ¿Para qué tener hijos, si son sólo espejismos?
¿Y qué realidad puede tener lo que puede dejar de ser? Lo que de la nada sale y a la nada vuelve ¿cómo puede ser otra cosa que Nada? En realidad, sin ser eterno nadie sería real: el Cosmos eterno hace eterno a cuanto alberga (al ser parte de Dios, eres tan eterno como Él). No saliste de la Nada: Si tu madre es un pez, tú eres un pez; si tu origen fuera la Nada, tú serías también Nada. No hay vía posible de la nada al ser: ergo ya eras vida eterna antes de nacer.
Imagina una pompa de jabón donde se forman rostros, unos tristes, otros gozosos, unos gratos y otros torvos; la pompa estalla: ¿qué realidad tuvo su ser, qué verdad su dolor o placer? Pues eso quieren los cenizos: reducir todo ser a mísero espejismo, a vana sombra y soplo del olvido. Como al cerdo el cieno, al cenizo le atrae lo más feo: convertir lo real en humo y falsedad.
Sin un alma inmortal, el hombre es una mera máquina locuaz; entonces ¿para qué usar con un cacharro la moral, para qué sentir compasión por el dolor de un robot? No se diría ‘Luis mató a Juan, que dejó de vivir’ sino ‘Luis averió a Juan, que dejó de funcionar’. No tendría sentido la moral. Negarle al hombre su atanasia es bajarlo a vana máquina que habla.
El cerebro no crea la mente, sólo modula la sique preexistente. No eres un efímero efecto del cerebro, ni música muerta que sólo existe mientras suena. El cerebro no es un piano cuya música es la mente, pues esa Música es capaz de sentir y pensar, de amar y anhelar, y -oh milagro- de pulsar en el cerebro y así mover el cuerpo, que es como si la música sin manos pulsase sola el piano.
Si el Yo no es más que música neural ¿cómo puede vivir y gozar mucho más que la materia cerebral? Si el hombre es sólo pompa fugaz ¿por qué alberga un celeste afán de eternidad? Respuesta: justo porque capta la verdad, porque intuye que no morirá. (El más allá es idea ancestral, está ya en el neandertal. No es invento de los curas. El invento de los clérigos es el Infierno, el fuego eterno para los réprobos; sobre ese camelo asientan su negro imperio. Expertos en terrorismo mental, confiscan la fe natural en el más allá para aterrar, dominar y esclavizar.)
Para todos, morir es llegar a un final, pero ¿cuál? Cuando un mortal se ve agobiado, querría no haber nacido, y morir le parece un alivio. Distinto es el fatuo vividor, que sólo mienta a la muerte con rencor: llora la juventud perdida, y acusa a Dios de darle tan corta vida. Estos memos van de apasionados del vivir, y condenan la muerte como una ofensa vil. Tragan que la mente salga de la Nada, pero no que perdure una vez creada (qué vainas).
Otros gozan al negar contundentes toda sombra de vida tras la muerte: ‘cuando mueres, se acabó todo; lo demás son cuentos.’ Defienden tercos ese torpe dogma, como cabras en un jardín pisando rosas. Y ni siquiera es una idea lógica, pues si estaban primero en la Nada (según ellos) y una ley los sacó de allí, ¿por qué -vueltos a la Nada tras morir- va a cesar tal ley y no van de nuevo a salir? La ley natural es obstinada, y aunque se hundan en la Nada, de allí otra vez saldrían por patas. (Pero tranquilos, pues el No-ser o la Nada son meras ideas falsas: la Nada es tan nada, que ni siquiera existe; creer en ella es lo más tonto concebible. Ni el materialista debe hablar de muerte, pues si todo es materia y ésta nunca muere, el ser sólo se dispersa, no perece.)
El hombre común, por suerte, no ve con ojos tenebrosos la muerte. Viene a decir: ‘Como la vida es un cóctel de luces y sombras, de penas y glorias, la muerte no es del todo una derrota. Te libras de fatigas, conflictos, los virus y el frío. Si perdura el alma, encantado; si no, tampoco habrá un Yo para llorarlo.’ Es la mejor postura. Hay misterios que mejor no desvelar, que el alma y la trasvida sean enigmas, y que la muerte abismal haga dudar con su sombra funeral: sólo así, los seres en apuros -antes que morir- elegirán luchar.
Pues habría más suicidios si la atanasia se probara. A los suicidas desesperados, se sumarían los suicidas esperanzados, en busca de mejores pastos. Sólo el dudar del más allá hace a la gente aguantar las tragedias y el mal. En un mundo feliz como Avlón, aunque se ve a las almas, nadie se mata, pues no hace falta; pero en la frágil Tierra, las pruebas claras del más allá enlutarían la sociedad: pues la gente en problemas elegiría morir rápido en vez de afrontarlos. (Los suicidas no odian la vida, sino al dolor: quieren dejar de sufrir, no morir. Todo ser vivo ama la vida, aunque se despida. Aun sumido en el dolor, nadie mira a la luz sin asombro y amor.)
No conviene -pues- demostrar la atanasia. Pero la fe en ella es muy sensata, y hay pistas claras de que la vida no se apaga como una triste llama. Primero, razones físicas: En la Natura sólo hay devenir, no comienzo ni fin. Sea la mente lo que fuere, podrá cambiar, no acabar. La Consciencia puede tener muchos grados y estados: pero nunca el estado de la Nada, pues eso no existe. Es imposible dejar de existir, pues no hay una Nada a donde ir. Porque no ‘tenemos’ vida, sino que ‘somos’ vida; el ‘ser’ no es un objeto perdible: ‘vivir’ es tu esencia misma. La fuerza increada que eres, ni nace ni perece. Si eres vida actual, siempre lo has sido y lo serás.
Segundo, razones lógicas: Si el alma no perdura, la humana aventura resulta absurda; pues ¿qué broma intenta Naturela al dar sed de infinito a un ser condenado al olvido? ¿Para qué sacar al hombre del vacío sólo para burlarse de él y luego destruirlo? ¿Para qué tanto aprender, si todo lo vas a olvidar y perder? ¿Un Cosmos tan magno, sólo te va a dar un puñado de años fatigados? Los otros animales van a su fin con ignorancia feliz. Frente a ellos -simples y sanos-, los humanos son como exiliados, incómodos en suelo extraño: sólo la trasvida puede saciarlos.
Si al morir cae para siempre el telón, la Historia sería sólo un largo drama insensato, un cruel teatro del absurdo con actores mal pagados. El hombre sería una triste sombra errante entre misterios inmortales. Y su vida, una agonía vana de náufrago en el agua, un sueño sin esperanza, una turbia lucha inútil contra la Nada. Si extinguirnos fuese el final destino, Naturela se hubiese ahorrado el trabajo no creándonos. Si antes de nacer ya estás en la meta, ¿para qué dar más vueltas? No naciendo, te ahorras el vano rodeo y el esfuerzo.
Tercero, razones morales, que si bien no tienen peso objetivo, pesan con la ciega fuerza de un grito: Sería atroz, sería una abyecta injusticia, si un criminal matase y borrase del todo a sus víctimas. Sería una infernal iniquidad, el triunfo impío de la maldad. El dolor inocente quedaría sin paga ni esperanza, si el homicida hunde a su víctima en la Nada (creer esto es dejar vencer a los nazis, y eso es execrable). Por eso es de justicia sagrada la eterna atanasia del alma.
El mayor mal sólo lo borra el mayor bien, y eso sólo lo goza el alma libre y feliz (las víctimas de graves males reciben presto y dulce consuelo de los ángeles: purificados por el dolor, pasan de golpe al nivel superior). En la vida carnal, en cambio, no hay bastante recompensa a las tragedias, que son traumas imborrables, tercas heridas para el resto de la vida. Lejos de compensar lo padecido, la vida carnal sólo añade dolor nuevo al antiguo, y la memoria del dolor pasado enluta el triste desfile de los años. Como bien dice san Pablo: ‘Si nuestra esperanza se ciñe a esta vida, somos los seres más desdichados’ (1Co 15,19). Por eso es moralmente obligado que haya un después eterno donde el dolor sea compensado, y el duro pasado quede enterrado bajo un cielo feliz y soleado.” * * *




jueves, 26 de septiembre de 2013

EL FALLO DE LA CIENCIA SIN TRASCENDENCIA. Teosis 1


Querer explicar el Cosmos con la Ciencia, es como querer explorar una selva de noche con una vela. El intelecto humano nunca podrá explicar la realidad total, porque no está hecho para tanto, sólo para resolver lo más inmediato. El Cosmos es infinitamente más rico y potente que la endeble y lenta mente. Si el Cosmos cupiera en la mente, el mundo sería una chapuza indecente. Si el mundo fuese explicable, no existiría.
  Hay al menos 5 misterios que nunca serán resueltos:
1- ¿Qué había previo al Big Bang, de dónde salió tanta energía inicial? Decir que había un Ser divino que se sacó al mundo de la manga, no es una explicación clara, pero tampoco la ciencia puede darla.
2- ¿Cómo de la muda materia pudo nacer la vida con su placer, dolor e ideas? ¿Cómo puede lo físico generar lo síquico?
3- ¿Cómo de un mero animal pudo salir el humano y su complejidad? Si es solo cuestión de tiempo ¿por qué las otras millones de especies han fracasado y sólo el hombre ha llegado al pensar, si sólo es un bicho más?
4- ¿Cómo los átomos del cerebro pueden crear el mundo que es cada cual, con nuestro ver, pensar, sentir y soñar?
5- Finalmente, ¿qué son la materia y energía oscuras -el 96 % del Cosmos? Jamás los cosmólogos darán una respuesta comprobable, aunque sí muchas hipótesis indemostrables (la imaginación es libre). No pueden entender su propio cerebro ¡y quieren entender el Universo! ¿Cuándo llegarán a admitir que la 'dark matter' es un abismo insalvable, que el Cosmos es en esencia inexplicable y que la Ciencia es una pulga que presume de gigante? Cada nuevo descubrimiento abre nuevos misterios, y amplía la ignorancia en vez del conocimiento.
   
   Como la ciencia expira ante misterios inmortales, en este Blog voy a trazar vías de explicación según la intuición, sumisa a la lógica y a la razón. A la sombra de Platón y Spinoza, voy a sondear lo inexplicable usando ideas bien razonables, que daré -para endulzarlo- en forma de variado Relato literario (Teosis), en entregas precedidas de breves introitos como el presente. 

Sinopsis (son 5 días): 
   -Viernes (El diario y delicado milagro). Llegada del grupito al retiro en el caserío. Vida en otro planeta. ¿Cómo es el Dios falso y el real? Pruebas de la trasvida. Empieza el Retiro devocional. Dios es Poder y Placer, que genera sin cesar toda la Realidad.
   -Sábado (Un día en la abadía). Mundo total: físico y sub-físico. Eventos simpáticos del Retiro (trama que sigue en los demás días). Un día completo en un convento. El extraño y anormal origen de los hebreos (Israel y Yavé).
   -Domingo (Maldito simio). Lenguas del mundo y el milagro del ruso. La vida de Elio. Locura de la violencia y su remedio. Elio entra en el convento.
   -Lunes (Eterna Deva). Elio por un amor sale del convento.
   -Martes (No hay cielo sin infierno). El placer y el dolor: cómo se crean en la mente.    * * *

Elio Coreli - El fin del mal (Vamos al cielo) Teosis 1

Mini-Credo:
DIOS es la Mente Creadora: sus ideas son los seres y las cosas. Él es -a la vez- causa y Esencia de todo. El Mundo visible es mero atisbo de Dios, no agota ni engloba al Creador.
Las ALMAS no se crean solas, hay que formarlas, a base de la carne y sus desgracias. Y al morir sales de la frágil carne y pasas al estado puro y perdurable: libre, seguro e indañable.
El MAL demuestra la existencia del Bien (de Dios), pues lo imperfecto señala a lo perfecto y la parte indica un Todo. La Vida atrae no pocos males, porque ella misma es el bien más grande.

INDEX. Viernes (El diario y delicado milagro)
Sábado (Un día en la Abadía) (Israel y Yavé)
Domingo (Maldito simio)
Lunes (Eterna Deva)
Martes (No hay cielo sin infierno)

Por eso, cuando el hombre muere, lo mortal en él perece. Y lo inmortal, queda libre e incorruptible.” Platón (Fedón).
Sentimus et experimur nos aeternos esse.” Spinoza (Ética).


(Viernes.) Por suerte la vida es un misterio: un abismo en silencio, un laberinto de sueño, 

un anhelo de algo eterno. Nadie puede huir del tiempo. Los finales son comienzos. Y el 

tan temido Acabóse, fue el umbral de un nuevo enredo.

Era el año duátsat trítsat (2030). Primer viernes de octubre: valle de luz vibrante entre montañas, claro y calmo mediodía, nubecillas varadas en el cielo azul-plata... Edén al sur de Hispania. Sesteando en un llano: un caserío de cortijos blancos entre paseos arbolados. Cerca, un arroyo con un embalse para bañarse. Frescas frondas en su margen; y a los lados, laderas de pinares.

Los cortijos -viejos y nuevos- eran nidos para piadosos retiros (y un plantel devoto de estudiantes se esperaba justo esa tarde). Aquella santa finca era un refugio para el reposo bautista, feudo consagrado al ocio luterano. Ya al hollar su atrio de paz, una fuente termal te brinda su agua bautismal: dos chorros llenando una pileta. Y en sus clementes azulejos se lee: “Mientras tenéis Luz, creed en la Luz, para que seáis hijos de la Luz (Jn 12,36).” Suena de repipa la frasecita, pero su lógica -si la tiene- baila que trina.

Aún no había nadie. Yo era un alma novata y estaba con Goyo y Fianna, cuando vimos llegar a dos senderistas: un latino y una pelirroja nórdica, que al ver el embalse -tendría calor- decide darse un baño... sin bañador. Desnudita, y al agua, fluvial sirena dorada... El chico la imitó. En esto vimos un coche que llegaba, trayendo a cuatro jóvenes (y a varias almas). Descargan cajas de comida en la cocina... Luego uno se va y tres se quedan: una pareja casada -gerentes del retiro- y una tal Silvia, grácil rubita que dando un paseíto no tarda en ver a los bañistas. Éstos la saludan y -ya vestidos- vienen a la cocina, charlan con los gerentes, embolsan algunas frutas, y siguen contentos su ruta.

Los gerentes llevan su bagaje a su cuarto y allí se acuestan (a sestear, soñar, quizás folgar). Silvia se tumbó solita en un sofá del comedor, gran salón acristalado y bañado de sol. Abrió una ajada Biblia, y -con una mano sobando la ingle- se adormiló. Con ella nos juntamos varios, resaltando dos encantos venidas con Coré (manchego, ex-profe de secundaria): su novia eslava Yania, y la inefable Kimla, oriunda de Avlón, planeta encantador.

La primer alien que veía, Kimla me pareció un sol: al llegar a la Tierra hacía poco, se apegó -para tomar su forma- a la­ guapa Yania, pero su pura luz interior la traslucía y sublimaba. (Sin cesar llegan almas desde toda la Galaxia, con caras extrañas que luego cambian.) Kimla -rogada- quiso pintarnos su planeta, pero al no hablar en humano -aunque nos entendía- fue Coré quien narró, pues recibía claras las visiones que Kimla le pasaba. Decía Kimla o dijo Coré:

Avlón (o Auhlohm, según suena) es un planeta algo mayor que la Tierra, todo de llanos y cerros bajos. Su aire es tan denso en agua, que casi se palpa. De lejos: vaghi paesaggi sfumati; pero de cerca: colores vivos y vibrantes. De noche el aire gotea y humedece entero al planeta, todo frondoso de hierbas y árboles de frutas diversas (aquí no hay Saharas ni Siberias). Son anchos y bajos árboles multicolor, opimos, coralinos, bellísimos, de blandas ramas ricas en drupas, frutas y bayas, que colman a miles de millones de bocas.

De la anciana vasta fauna, ya sólo quedan peces, insectos y aves varias. Verdes mares cubren medio globo, el resto es bosque denso con lagunas y arroyos. Sus rojos ocasos son gloriosos: al declinar el lento sol, sus llamas entre la niebla fulguran puras e intensas sobre llanuras inmensas. Las noches -agraciadas con varias lunas- son claras, aunque difusas.

Los avloníes son algo pequeños pero esbeltos, piel dorada con zonas rosadas, sin vello ni cabello; cuerpos prietos y gráciles, casi indañables, pero de tacto y sentidos sagaces. Rasgos sexuales cuasi-humanos: ellos con falo y ellas lindas y bien curvadas, pero sin mamas (los bebés comen fruta ya al nacer). Cierto, no son tan sexis cual las de aquí; pero a cambio, todas guardan -inmarchitas- su fresca lozanía de por vida, siempre guapas y activas. Rostros ovalados, sin orejas, nariz corta, y dulces ojos y labios. La mirada es serena, efusiva e intensa. Su moverse es suave y lánguido, sin los bruscos gestos de los humanos (siempre en peligro de daño).

La vida avloní fluye en remanso como sus ríos, sin conflictos y en clima templado continuo. Se adornan con leves paños. No usan casas: duermen al raso, y -con tres dedos y pulgar- cogen y comen las frutas sin aliñar. Son lentos nómadas: la continua mezcolanza evita que haya etnias o razas. Sin pobres ni clases sociales, cada cual es sabio y juglar por igual, docto en tonadas populares y en glosar textos clásicos con arte. No esculpen ni pintan, pero cantan con delicia, todos en una lengua base con variantes, suave y apenas pronunciable: ‘Kimla’ allí suena ‘Fghimwlah’, más o menos (significa Alba).

Tienen ultrafinos los tres sentidos divinos: el sentido del Bien (viendo a los seres como almas, no los dañas), el sentido de lo Bello (gozar lo bello con amor, es adorar al Creador) y el sentido de lo Eterno (no existe la Nada ni la muerte del alma). Pero de solemnes ni un pelo: de todo hacen arte, regodeo y juego. Sus actos son un trébol perfecto de Amor, Pasión y Humor honesto. Y sus mentes son telares de ideas cristalinas y musicales (no de vagas trápalas vanas como las humanas).

Sabios y ricos por dentro, viven a lo grande sin grandes inventos: su avance es biológico y mental, sin precisar gran arsenal para acunar su bienestar. Pero cada media milla ves una morada de leña y arcilla: es un templo-taller, lleno de libros y sonígenos, para llevar y traer a placer. Dentro meditan callados entre los pliegos sagrados. Y en el atrio fabrican -con útiles sencillos- las pocas simples cosas que precisan, cual telas, bolsos, chanclas, violas, tambores, laúdes, jabón, medicinas, cálamo, papel y tinta.

Cosa curiosa: tras sestear un rato al ocaso, se desvelan en trance, y así -en semisueño- tratan con almas y aliens, o juegan al sexo: sin usar pareja fija, se besan, tocan y abrazan -el roce suave los embriaga- o se acoplan, logrando largos y dulces deleites (pero sin fecundar, que requiere un acto especial). De día miman a su pareja e hijos; de noche son promiscuos: siendo todos esbeltos y lindos, les gusta el multisexo, con o sin cariño. También tratan -por sicotacto- con almas avloníes, que les reviven a color el antaño. O con aliens, que exhiben de sus hogares lujo de imágenes; así hojean el Cosmos absortos y gratis. Hacia el alba duermen otra tanda, recordando de día sus nocturnas hazañas.

(Los orbes habitados son -en el Tiempo- infinitos, y sus seres pensantes son todos distintos; pero todos tienen ágiles manos, sin lo cual no crean ni llegan a sabios. Los planetas son: o blandos -como Avlón- donde la vida pensante brota y florece pronto y fácil; o duros -como la pobre Tierra- donde la vida pensante es tardía, azarosa y frágil. La mayoría son blandos, cuna de seres sutiles, sensibles y sabios; en los duros son más ciegos y agobiados, pero tras morir se cobran aumentado el gozo atrasado.)

“El día lo animan con bellas tareas sencillas: leen, juegan, platican, gozan en pozas, niñeducan, musitocan, recitan... Siempre hay en el aire música y poesía -en esta tierra bendita- junto al canto de las aves y al salmo de la brisa. ¡Oh blandos campos de Avlón, sin llanto, espanto ni dolor! Sus preciados textos albergan pródigos milenios, con su caudal sin fin de historias, leyendas y sueños. Sus saberes son extensos -las almas son sus maestros- pero aman sobre todo la Botánica, y cuidan como oro en paño de sus árboles y plantas.

“Al envejecer -tras sobrados largos años- van perdiendo el apetito, y mueren serenos y dormidos. No lloran al finado, pues de noche como alma lo siguen viendo y tratando (al fiambre lo hunden en agua sin ningún rito). Sienten a fondo lo divino, mas no celebran liturgias, cultos, bodas, cumpleaños, bautizos, ni fiestas solemnes de ningún tipo (que son sólo torpes atavismos). El progreso lo miden -no en ansiar cosas superfluas- sino en gozar a lo grande del saber y la belleza. Con pechos sensibles y una mente clara, chupan juntos del amor sin lujos ni arrogancia. En días de Dios destilan la dulce delicia de sus vidas.

No anhelan invenciones complicadas, ni -menos aun- armas: están limpios como el oro de toda envidia, malicia u odio. Si bien, en el pasado sí se libraron guerras: riñas de grupos rivales por los escasos frutales. Pero desde que las hembras pudieron elegir a padres selectos, creció el intelecto, plantaron más frutales y -libres ya de pleitos- viven todos sin armas, felices y contentos.

Pobres aparentes en bienes materiales, gozan como reyes de los grandes bienes reales: de tiempo largo y pleno, y de amor, belleza y juegos. A su lado, los ricos humanos son pobres esclavos de un magno engaño: cuántos ricachos rutilan por fuera, mientras por dentro dan pena; cuántos hallan pobre su avarienta riqueza. Los avloníes -en cambio- nadan en la opulencia con su mera y serena existencia. (¡Esto es un planeta, y no el purgatorio de la Tierra!) La suprema riqueza es una mente sabia, sensible y buena.

Ahora, la Tierra exhibe mogollón más inventos que Avlón, pues los planetas duros obliga a mejorarlos (la perfección de los blandos apenas pide cambios). Para Kimla -y para mí- el mundo humano es un museo colosal de la complejidad; por ejemplo, el follón de cosas para cocinar: hornos, fogones, sartenes, peroles, salsas, mejunjes, potingues y demonios de punta, ¡cuando en Avlón no hay más que frutas! (Lo mismo se verá en la Tierra futura: el planeta rebosará en vegetales plenos de nutrientes completos, cesando la masacre de animales -atroz e innecesaria- que hoy hace a la especie humana odiosa y malvada.)

Cuanto menos máquinas requiera, mejor es un planeta: nada de salir en naves hacia fuera. Al revés: en un planeta de sabios, la gente quiere seguir en él, no ir a otros donde no hay ni qué comer: ¡ya viajarán sin tasa cuando sean almas! (Sólo las almas pasan a otros soles, nunca seres carnales: no hay visitantes venidos en naves. Los únicos idiotas que salen en naves son los humanos, tirando caudales mientras millones pasan hambre.)

En Avlón se demoró Kimla siglos; pero justo por ser un mundo tan maduro y sereno, sus cambios son muy lentos. No es como la Tierra, donde se innova y se inventa a diestra y siniestra. En Avlón hay tanta belleza y paz, como poca sorpresa y azar. Por eso llegó el día en que Kimla y un grupito acordaron cambiar de astro (que es pasar a otro mundo ni soñado).

La vía de escape -milagro parece- estriba en ir hacia el Sol (su calor no nos afecta): te cuelas por un pliegue orbital y al girar topas planetas nunca vistos. Si te acercas a un sol, pasas a otro al azar: la masa solar hace de puente dimensional. Pues los astros separados, en el Intraespacio siguen unidos como en el pasado. (Cuanto más conozco el universo, menos lo entiendo.) No se va a otro sol en vuelo recto, están super lejos: hay que tomar un atajo intraorbital.

El teatral Big Bang no es una ‘creación’ desde cero, sino sólo un latido de un corazón eterno, que replegará luego su vuelo. El presente es mera foto de un film sin inicio ni fin. Cada nuevo instante nace de un Siempre eterno y sin antes. No hay multicosmos: hay uno solo que -sin gastarse ni repetirse- va tejiendo todos los mundos posibles (lleva cambiando toda la eternidad, y no se ha repetido ni lo hará). El mundo es una flor autonutrida, siempre fresca y viva, pues lo ahora inactivo -al cambiar- él solo se reactiva (desentropía).

Las leyes físicas cambian sin prisa, y el gravitón, bosón, gluón... varían su energía, no es fija. Los cálculos sobre el Big Bang tienen fallos, al ignorar ese lento cambio, por el cual el Cosmos crece y mengua a ritmo desigual. Si ahora se expande -como un acordeón tomando aire- luego rebotará. Pero ¿cuándo? ni Dios mismo lo sabe, pues la sorpresa es parte y parcela de su Esencia. El Cosmos es el acordeón incansable de Dios, donde va creando su eterna canción.

El Azar juega con la Necesidad, y lo fortuito sabotea lo previsto: nada escapa a la incerteza cuántica. El mundo no es una máquina esclava: tiene lo espontáneo de lo vivo y lo divino (lo imposible es el determinismo: si el mundo fuese previsible, no estaría vivo). Kimla y sus amigos zarparon -pues- hacia otro sol, bajando en la Tierra sin gran ilusión. Kimla intimó con Yania y yo topé con ellas en Málaga (el azar reparte lo que Dios regala).”

Tras elocuente silencio, clamé yo: “¡Qué claros lucen ahora los eternos arcanos! Ahora fulge ante nosotros el porqué de casi todo. La vida carnal es un ciego ignorar y sudar, ¡pero esto explica y justifica todo el mal! De haber sólo vida carnal, el Cosmos sería un fiasco, un loco derroche vano. Pero es milagro y maravilla cuando ves a las almas felices e infinitas, cuya eterna dicha no gasta energía. El mundo antes duro y opuesto, ahora es mundo amigo y siempre bello. Ayer era el miedo... lo incierto... la espera... y hoy es chupar una dulce y tierna Teta. Nuestras vidas son ríos revueltos que van a dar en el mar: el mar de la tranquilidad, el mar de la seguridad, el mar del gozo sin final.

Y qué gran error traer la reencarnación, para que los muy sufrientes puedan renacer con mejor suerte. Hijo, más suerte que ser un alma pura, ninguna. La vida real es la del alma fuera de la carne, ¿cómo pues vas a dejar la libertad para volver a la cárcel? Sólo el alma en libertad goza de Plenitud y de Paz. Reencarnar es locura criminal: pues entrar en otro óvulo sería matar al ser que ya está en él, ¡es un asesinato! Y es perder cuanto tenías logrado (pensad en un sabio poli-glota: renace sin hablar ni la jota, todo su saber se borra).

Un mismo ser no puede encarnar en varios cuerpos, pues cada cerebro crea una persona única: cerebros distintos dan personas distintas. ¡Y qué torpe sería Dios si -bastando con un cuerpo- gastara muchos cuerpos para crear una sola alma! Cada parto debe traer a un nuevo ser: reencarnar sería frustrar el procrear, qué atrocidad. La idea de reencarnar -amén de error mental- es impía e inmoral. Reencarnación, resurrección: ¡burradas y aberración las dos!

Y sobre todo, ¿para qué reencarnar, si aquí -sin renacer- puedes vivir vidas a tutiplén? Qué fácil irte con alguien y usurpar su intimidad, captando para tu deleite cuanto su mente vive, piensa y siente. ¿Quieres ser una bella actriz? Elige a tu diva y comparte sus delicias. ¿Quieres ser prócer, seductor o famoso? Ahí los tienes a tu acomodo: cuanto vivan, tú lo vivirás, y cuanto gocen, tú lo gozarás, sin poderte esquivar. Egoístas insolidarios son altruistas involuntarios, pues -mal que les pese- nos ofrecen sus bienes y sus placeres.

Tu cuerpo es ya la entera Humanidad, sin tener que reencarnar. (En vez de usar muchos cuerpos -al reencarnar- para crear a un solo ser, pasa al revés: con un solo cuerpo vives seres sin fin.) Nuestra es la belleza de la Tierra, y toda la riqueza del planeta. ¿Quieres atracones de amor y sexo? Para ti arden los juegos de las caricias y besos (con sus dulces deleites nos damos el gran banquete). ¿Fuiste pobre antes? Aquí tienes placeres sin fin donde saciarte. ¿Gemiste y penaste? Ahora la vida te invita al desmadre y al baile.

La suerte y dicha de los seres se igualan al final: toda injusticia es sólo temporal. Aquí los mendigos soban los tesoros de los ricos, gozan de sus trabajos sin tener que sudarlos. Los errores de la suerte, se disuelven con la muerte. Los que más sufrieron antes, más gozan ahora (más valoran la mejora). El premio es igual para todos, pero los más sedientos lo viven más a fondo. El lío rocambolesco de la vida: la muerte con su beso lo deslía. La vida es un abismo al que caímos: morir es salir por fin del laberinto.

Y cuán vana y ciega es la sed mortal de riquezas, pues el rico roñoso más forrado es un pobre diablo a nuestro lado. Aunque no hay dos almas iguales, nadie se queja, pues todos pueden ser lo que quieran: vivir todas las vidas y ser toda la gente del planeta, ¿no es grandioso? Dios no es un funesto chapucero: el mundo está bien hecho. Y si algo es imperfecto, es para que quepa el avance y el progreso.”