martes, 16 de agosto de 2016

LA MORAL RACIONAL: ¿QUÉ ES EL BIEN Y EL MAL?

(De Teosis, tomo 2).

Hay que hacer el bien, dicen, pero ¿qué es el bien indudable?, nadie lo sabe. Si el ‘bien’ es algo vago y abstracto... ¿cómo causarlo? Y para poder hacer el bien, primero hay que ver claro qué es. 
El Bien sólo puede ser lo más deseado por todos: la dicha, el placer y el gozo. El Bien es: ''el Placer y sus causas'', es causar o conservar el placer sano y la alegría. El Mal es cuanto impide, aleja o reduce el placer. Pero cuidado: el mal -visto a fondo- es bueno, pues potencia el bien; por eso es vital y forzoso que exista, como parte del Bien, no como enemigo. No hay dos polos ‘Bien y Mal’; sólo existe el Bien (puro y total), y dentro de él y a su servicio, hay un poco de mal.
El "Bien-en-sí" es el Placer sano (si no es sano, es un engaño). Pero el dolor o la pena no son malos mientras cumplan su rol, que es: 
hacerte crecerdarte más experiencia y saber (te mejoran la mente y te agrandan el ser, algo que no se logra sólo con el placer)
Como el dolor es útil y provechoso, es bueno; no es un mal, sino un sano aguijón para hacerte reaccionar y mejorar. (El dolor en sí no es bueno, pero -al ser buenos sus efectos- es malo y bueno a la vez, pues es un mal que favorece al bien.) El dolor no es hostil al placer, sino su criado fiel. 
Causar tú dolor Sí es un mal, pero padecerlo es útil si te hace madurar. Somos barro que debe ser moldeado: sin problemas no hay progreso, sin resistencia no hay belleza.

Hay incontables modos de placer y del Bien, agrupables en 4: 
   -Bien físico (reducir lo adverso o dañino),
   -Bien estético (aumentar lo agradable y bello), 
   -Bien moral (la bondad: el instinto de ayudar y no dañar),
   -Bien mental (añadir saber y conocimiento útil). Hablo del Saber valioso y alto, no de un conocer bajo y vano. Si eres erudito en cocina, deportes, mancias, telebasura, morbo, cotilleo, alta costura o videojuegos, tienes mucho conocimiento necio, muchos datos vanos, pero nada de saber real y elevado.
La Libertad es un bien grande, siempre y cuando no dañe a nadie. Frenar sin motivo la libertad de alguien, es oprimirlo y dañarle. La Libertad es el Poder de actuar: cuantas más cosas te sean posiblesmás libre te sientes. Pero las cosas torpes, vanas o feas, aunque no puedas hacerlas, puedes sentirte muy libre sin ellas. Pues quien se entrega a lo torpe, feo o vano, de libre pasa a ser esclavo.

Los seres son muchos: la Vida es una sola. Aun siendo seres incontables, son -por su esencia- inseparables. Si esto lo veo y lo comprendo, dañarlos sería dañarme, no querré hacerlo ni aunque me lo paguen. Pero -por desdicha- esto ni se ve ni se siente claramente; un grueso cristal de hielo separa las vidas y los cuerpos, y el dolor que no te toca en persona, se minimiza o se ignora. Por eso tanta gente daña, sea por provecho, pereza o ignorancia. 
¿Cómo inclinar la gente a la unión, la concordia y la paz? Ese es un reto básico de la Historia, muy mal resuelto por ahora. Mientras haya en el mundo una simple pistola -no digamos bombas y armas atómicas- el género humano será un fracaso y un asco.

La norma ética general es simple y clara, lo complejo es aplicarla. ‘Trata a los otros como a ti mismo, no los dañes aunque no los ames’, ésta es -en esencia- la ‘Regla de oro’ (la moral mínima), loada por todo credo, sea budista, humanista, hebreo, hindú o ateo. Sólo el árido islam da facilidad a la crueldad y al mal. 
Cristo manda incluso ‘amar a enemigos y extraños, y sacrificarse por ellos’ (que sería la moral máxima). Pero mandar sacrificarse por otros, es vano y malo. Primero: 
porque los actos éticos han de ser libres, no obligados, y la gente corriente -que es sociable y no es mala- sólo ayuda a otros si no es muy fatigoso. (Puedes mostrarles lo bello del altruismo, pero no afearles su egoísmo, que no es culpa suya, sino un rasgo innato evolutivo.) Segundo: 
ante los incontables necesitados ¿a quién ayudar y en qué grado? ¿Cómo mides el dolor, para aliviar más a los más agobiados? Que hay muchos pobres sufrientes... Sí, pero llevan milenios sufriendo y en pobreza, pero procreando con imparable fuerza. Y así cuanto ayudes será escaso y no durable, pues los pobres van a criar siempre más pobres, o asolarán con guerras el fruto de las ayudas ajenas. 
Si no controlas a los pobres y los desarmas, en vez de bien, se causará el mal a mayor escala. El mal lo hacen los pobres igual que los ricos. Al procrear sin calcular, condenan a sus muchos hijos a sufrir en su mundo mísero.
El bien para los humanos, es que los humanos hagan el bien. Si ellos son salvajes ni se sacrifican por nadie, si no se aman ni entre ellos ¿por qué amarles tú primero? La santa palabrita Amor no puede usarse sin error y confusión, pues abarca 5 cosas distintas por lo menos: 
   -Apego (amor a las plantas, al dinero, al lujo, al trabajo, a la música... el apego a las cosas que te gustan),
   -Afecto (amor filial, hacia la familia, amigos o gente apreciada),
   -Apetito (amor-pasión, Eros: deseo de contacto estrecho de las mentes y los cuerpos),
   -Admiración (amor a la patriaa las grandes figuras, a Dios...),
   -Altruismo: el sacrificio o servicio gratis en bien de otros.
Cristo pide no el apego o el mero afecto, sino el sacrificio altruista hacia extraños; pero un sacrificio es natural sólo por seres cercanos y amados. No es sensato ‘amar al enemigo como a los tuyos o a ti mismo’, eso es disparate y ni Dios mismo vemos que lo hace: siendo omnipotente, no alivia el dolor de los sufrientes, los ve sufrir sin conmoverse. El Dios clerical de los credos no ama a los pobres ni un pelo, pues -pudiendo- no mueve un dedo por ellos.

El Dios real ama la libertad, ni juzga ni ordena ni condena; el dios clerical impone férreos mandamientos y exige ciega obediencia. 
Al Dios real nadie lo puede contrariar, pues nada pide ni exige; el clerical es tan chiflado, que está siempre frustrado y contrariado, pues lo que manda no lo cumplen ni los santos. 
El real sólo crea infiernos breves y buenos; el clerical creó un infierno malo, inútil y eterno. 
El real no pide ni que lo adoren, regala todo gratis, no es altivo; el clerical es un vanidoso y prepotente basilisco: mandón, celoso y vengativo. Sólo tiene algo bueno, y es... que no existe, es un engendro chapucero de mentes llenas de miedo.

Una cosa es no-dañar (exigible) y otra amar (que ha de ser libre). Nadie digno y moral va a pedir amor o sacrificio gratis, sólo puede pedir que no le dañen. La moral racional y eficaz es la pasiva: ‘evitar causar el mal’, pues se ejerce de forma fácil y continua; mientras que la ética activa ‘ocuparse de hacer el bien’, es fatigosa, fugaz, ciega y peligrosa, pues puede llevar a no vistos males y a injusticias graves, al ayudar a unos ignorando del todo a otros, o ayudar al malo sin saberlo, en vez de al bueno. 
Sólo ayudando a la mujer se hace el bien; si ayudas a los machos, ayudas a los malos. Pues toda la violencia y la crueldad terrenal, de hoy y siempre, todos los abusos, injusticias, opresiones y horrores, son obras tristes de los locos varones. 
Ellas son siempre las pobres entre los pobres y el último eslabón en la cadena de la opresión. Por eso ellas son las únicas que sufren y que merecen ayudas. Los machos ni lloran ni sufren, la Historia bien lo demuestra: si sufrieran, no harían tantas guerras ni llenarían el mundo de violencia. Sin saber bien qué es el Bien, se hace el mal sin querer.
La ética mejor y suprema es la pasiva, la perezosa y mínima, la lúcida y laica, la que no se cansa ni requiere heroísmos ni proclamas, y es: centrarse en vivir en armonía y paz, sin dañar, destruir ni derrochar. Si todos así lo hicieran, saldría el mayor bien posible en la Tierra (no habría odios, abusos ni hambre... sólo quedarían los males naturales inevitables: el frío, el desamor, la vejez, los azares...). 
En realidad, los pobres del tercer mundo sufren poco, pues son los del trópico: impasibles por sus genes y embotados por el calor, sienten muy poco el dolor, por eso no luchan por lograr un mundo mejor. Su desgracia no es sufrir grandes penas, sino el no sufrir apenas. Conllevan dolencias y miserias sin apenas padecerlas. 

A los pobres ya se les ayuda bastante, y -si no hacen guerras- progresan; lo urgente ahora es que los ricos dejen de ser tan dañinos. Quien vive sin derrochar ni dañar, le está ayudando a todo ser por igual. La ayuda real es: No Dañar, ni a los seres ni al medio. Y -lejos de eso- los adictos al consumismo obran como ciegos y ebrios ogros destructivos. Para que mejoren los pobres, deben cambiar también los ricos, dejando de arrasar con sus caprichos. Pero ¿quién les quita sus filetes, su petróleo, sus drogas legales e ilegales, sus desperdicios, a las masas de consumistas, de adultos-niños sordos, soberbios y engreídos? Su ciego egoísmo es más dañino que los ciclones y los seísmos. Su ceguera pasiva es más cruel que la maldad activa. 

El logro cumbre de la historia moral, será el paso global a la dieta vegetal. Pues quien come carne asienta sobre sangre su odiosa existencia: perpetra en silencio una guerra siniestra y sangrienta; tortura y devora atrozmente a millones de seres inocentes, daña al planeta, siembra la muerte y la violencia, y genera hambres y carencias
Los come-carne convierten sus duras entrañas en viles cementerios de alimañas, y de sus cuerpos puros hacen sepulcros inmundos. En vez de imitar al ángel, obran como monstruos repugnantes, con una insaciable sed de sangre.  
Quien come carne se vuelve un criminal, pues mata a gente y a fauna sin necesidad. Con ello se degrada, se hace odioso y se atrae todo género de mal. La revolución más crucial... será el día en que se cierre la última carnicería, cuando ningún pagado matarife degüelle, ensangriente ni asesine, y la Humanidad deje para siempre atrás el salvajismo y la brutalidad. 
Predicar el pacifismo sin más, es ingenuidad, porque la paz duradera sólo puede ser fruto de dos cosas previas:
   -el veganismo (respeto sagrado a todo lo vivo, empezando por los millones de seres sacrificados por un capricho culinario), 
   -y el feminismo (ellas son el modelo moral a imitar, víctima inocente de toda la violencia terrenal). Cuando ambas cosas sean lo normal, la paz será el fruto natural.

El amor no es sólo bueno, es también nefasto mal usado: el amor al vino y al jamón (cancerígenos los dos), al lujo y al poder, a mandar y robar, al dinero y los vicios... crea males horríficos. Los mafiosos aman mucho a su familia y sus secuaces, todos unidos en leal hermandad para hacer el mal; los nazis se sacrificaban unos por otros, y eran demonios. 
El amor puede ayudar igual al bien y al mal. Por eso, predicar sin más el amor no lleva dirección, se queda en un vano sermón; y es además ineficaz, pues alabar el Amor no hace a nadie amar, igual que alabar la Salud no cura la enfermedad.

Aunque el mal -como dije- no es sino parte del Bien, lo que se llama Bien y Mal se dan sólo en grados, y mezclados. Todo suceso desata múltiples efectos, malos y buenos; si predominan los buenos, dicen que el evento es bueno; si los malos, que es aciago. Pero en todo bien hay algún mal y en todo mal algún bien (lógico, pues el mal le sirve al bien).
Hasta del nazismo -el mayor satanismo conocido- salió algo bueno: por ejemplo, que produjo un horror decisivo hacia la guerra y el racismo; o que consagró a la democracia libre como el régimen preferible, aun con sus fallos; también mostró que el mundo libre y sano aplastó al loco y totalitario, y que la Razón es más astuta y viable que la locura. Hasta del mayor huracán de maldad, salieron beneficios para la humanidad.

Por tanto, si el Bien es el Placer, la Ciencia útil es el mayor bien, pues le añade al hombre saber, libertad y poder, le quita trabas, dolencias y escasez... y le abre ancho campo a placeres más sanos y variados. Por contra, toda Religión reduce en el fiel la libertad, el libre saber y mucho sano placer. Hoy son pues malas (aunque antaño necesarias, como única terapia contra las desgracias). Habría que cambiarlas a fondo, sin borrarlas del todo, pues tienen cierto potencial provechoso.
Casi todos creen que hay algo -un poder o un dios- que sostiene al mundo o lo creó. El ateo niega al dios y a la religión clerical, pero no puede negar al Dios real, que es en sí la Realidad. No puede negar que él mismo y el mundo son una unidad, partes de un Todo, el cual es Dios. 
Pero ni los ateos, los escépticos ni los creyentes flojos, gozan de Dios; no viven lo que sea Dios, ni notan su Ser contigo y continuo (que está en todo sitio, hasta en ti mismo); sólo los más devotos -cuando rezan al menos- logran eso a su modo. 
Hay formas mil de devoción, pero en todas el fiel siente vivo a su Dios. La deidad se puede llamar Brahma, Buda, Yavé, Cristo, María, San Tal-Cual o Alá. Pero el fiel alcanza al rezar una vivencia emocional: de temor y anhelo, o de gozo y paz, según su necesidad. Un hindú le ora a una vaca (Visnú) o a un elefante (Ganesa), y eso es tan válido y él lo siente tan igual, como el que ve a Dios cual pura Luz celestial.
Dios es el Bien, es Summun Bonum, Placer absoluto, pleno Gozo; sentirlo contigo es ser parte del Bien mismo (hasta donde uno alcance, que es poco). Dentro de nuestro limitado entender, hallar a Dios es querer ser parte del Bien, amar y anhelar el Bien, vivir en santidad y en pureza moral. 
Esto -siendo aún vago- implica ya un gran cambio: no dañar a seres vivos ni matarlos (para devorarlos), no aprobar la violencia, ni derrochar ni dañar al planeta. Vivir el Bien y odiar el Mal. (El Mal es lo único que es bueno odiar.)
Todo plan o cosa ansiada puede fallar, desviarse, fracasar, todo deseo decepcionar; puedes cometer y padecer el error y el azar... Pero algo infalible y realizable hay en todo instante, y es: desear y amar el Bien, querer ser parte de Él, siempre actuar con santidad y pureza moral, rechazando el mal (padecerlo cuando toque, pero no hacerlo).

Quien así se abre a Dios y a lo santo, y empieza así a sentir, se va angelizando paso a paso. El vivir en santidad es para toda la eternidad, te puedes estar uniendo a Dios más y más; pero aquí y en la carne te toca empezar. Muchos sólo en la trasvida se empezarán a purificar; pero el resto se vuelven algo más morales y sensatos con la edad... Tolstói, Yourofsky, Harari, los místicos, Gandhi... dieron pasos éticos admirables, pero todo el que quiera puede darlos, cortos o largos. Cuanto más te perfecciones, más belleza alcanzarás... y más ventura, dicha, libertad y paz.

martes, 23 de junio de 2015

EL ENIGMA DE SAN PABLO Y EL MISTERIO DE CRISTO

(Fragmento de Teosis, tomo 2. Hablan varios tertulianos.)

-(.......)
-El mismo Jesús, que decía predicar la buena nueva, deja bien claro el mal fin que aguarda a casi todos (la buena nueva será para cuatro, para el resto son noticias de espanto). ‘Al que me niegue ante los hombres, yo lo negaré ante el Padre’ (Mt 10,33). O sea: ojo por ojo y diente por diente; en vez de amor y perdón: revancha al por mayor. ‘Mandaré a mis ángeles a coger a los protervos y echarlos al fuego’ (13: 41,42,50). ‘E irán éstos al castigo eterno, pero los justos, a la vida eterna’ (25,46). Tenía una mente maniquea, veía a los hombres o buenos o malos, o negros o blancos, sin medias tintas; los buenos sólo hacen obras buenas y los malos sólo malas (7,17./ 12,35./ 25, 32-33). La Biblia hebrea no anuncia castigos tras la muerte (salvo Dan 12,2, un texto muy tardío); más bien dice que los malos quedarán sin vida y ardiendo, pero muertos: ‘Y al salir verán los restos de los que se rebelaron contra mí, su fuego no se apagará’ (fin de Isaías). Fueron los piadosos cristianos los que inventaron el suplicio eterno de los paganos hasta después de muertos.
-Con todo, Jesús todavía dice que los hombres serán juzgados por sus actos, no por sus ideas. Nunca dice: creed que yo soy Dios y asunto arreglado, no necesitáis más obras. Al revés: insiste en que sin buenas obras no hay salvación: ‘Aunque me llaméis Señor, no seréis salvos si no cumplís la Ley de Dios’ (Mt 7,21). Tras su muerte, todo cambia: tanta saliva gastada por Jesús para que se cumpla la Ley, resultó vana. Llega Pablito y le enmienda a Jesús la plana, afirmando contundente: Sólo la fe salva, no las obras; porque si te salvaras simplemente por ser caritativo, no habría hecho falta el sacrificio de Cristo. ‘Si confiesas que Jesús es el Señor y crees que Dios lo resucitó, serás salvo’ (Ro 10,9). Vaya pretensiones las de Pablo: ¿cómo carajo voy a confesar algo que desconozco? ¿Soy acaso adivino para saber si resucitó o no?... ¿Y acaso él mismo creyó al instante que Jesús era el Señor? No, sino que se enfureció. Tuvo que oír en persona al Resucitado antes de creer en él. Y lo que él no quiso creer y necesitó pruebas para creerlo, ahora exige que el mundo lo crea sin prueba alguna, sólo por fe en las bonitas palabras de los apóstoles (menuda cuadrilla de santones). Tampoco ellos creyeron primero que Jesús resucitó (Mc 16, 10-14. Lc 24,11. Jn 20,25), y ahora quieren que los demás lo crean a ciegas y sin rechistar.
-El cristianismo, en vez de traer salvación, hizo casi imposible salvarse. Porque si antes con las buenas obras te salvabas, ahora las obras ya no valen nada: por las obras nadie es salvo (Ro 3,20. Gál 2,16). Ahora hace falta un milagro de Dios para salvarse; estás perdido salvo que a Dios se le antoje mandarte la gracia para poder creer lo increíble: que cierto artesano era Dios camuflado, que un desconocido era un ser divino. Porque a Jesús lo conocían... su barbero y cuatro más, el resto no le vio el pelo jamás. Pocos hebreos vieron en vida a Jesús, y menos los paganos, que ni barruntaban quién era aquel Jesús que tuvo el detalle de salvarlos. Por no saber, no sabían ni dónde estaba Israel, pues por aquel tiempo la gente común ni viajaba ni tenía mapas, por lo que hablarles del mesías en Judea era como hablarles de Jauja. ¿Quién -sin ayuda del cielo- podía creer que un cierto ebanista hebreo fue el autor del universo? ¡Y sin embargo muchos se tragaron el bulo! Y sin saber lo que creían, creían que creían en lo que no entendían. Porque en religión no pasa como en otras materias, donde primero se imparte el contenido y luego se confiere el título; no, en religión primero se da el título de salvo al que diga creer, y luego se le va enseñando qué es aquello en lo que ha creído.
-Un punto crucial en las conversiones masivas es que les decían: el resto de la gente son hijos de la ira (Ef 2,3), pero vosotros, por la gracia de decir que Jesús es el Señor, sois salvos desde antes de la Creación (Ef 1,4). Todos tus pecados se borran -hasta el homicidio- con sólo creer que Jesús es divino. Pero si no crees, aunque vivas como un santo, vas al fuego por malo. Estos devotos quieren mandar al infierno hasta al gato, y les da igual que hayas sido un criminal que un agnóstico honrado: el castigo es uno solo: el fuego eterno. Pero le basta al criminal arrepentirse y creer, para ganar el cielo. Pongamos que este criminal mató a 10: si éstos no creían en Jesús, por muy buenos que fuesen van al infierno, pese a haber sido asesinados; en cambio su asesino va al cielito lindo sólo con que se moleste en creer en Cristo.
-San Pablo se lo ponía fácil a la gente: le ofrecía eternos beneficios y perdón absoluto a todos los delitos, sólo con molestarse en confesar a Jesús como Cristo. Por grande que sea tu culpa, quedas limpio. Éste es el secreto de la oscura mente de Pablo: que él mismo estaba hundido en la más negra culpa y en un atroz delito: él fue instigador en la muerte de Cristo. Y lo confiesa con un rodeo, al decir: ‘Los judíos dieron muerte al Señor Jesús’ (1Tes 2,15), siendo él judío fariseo y estando en Jerusalén por aquel tiempo (Act 26,4); se acusa pues a sí mismo. San Lucas lo asperja con la sangre de Esteban (Act 7,58), pero omite con tino su crimen contra Cristo, aunque el mismo Pablo casi lo declara: ‘También yo creí mi deber obrar con rigor contra Jesús de Nazaret, y así lo hice en Jerusalén’ (Act 26, 9-10). Desde luego, su furia no nació de ver a los discípulos postular a un tal Jesús como Cristo (¿cómo le iba a molestar un desconocido?); su ira venía de antes, de sus peleas con el Maestro, al que conoció harto bien (1Co 9,1) y al que logró eliminar. Jesús incordiaba a los fariseos cerriles (vamos, los ponía a parir: Mt 23) y eso Pablo no se lo pudo perdonar (y con él muchos más: 12,14./ 21,46./ 26,4). Para odiar a Jesús con tal ira, tuvo que chocar con él en vida.
-Me pregunto cuál de los fariseos enzarzados con Jesús, pudo ser Pablo. ¿El que le dijo: tú echas a los demonios en virtud de Belcebú (Mt 12,24)? ¿O el que le increpa: por qué los tuyos para comer no se lavan según la Ley (15,2)? Cuando Jesús dijo aquello de: ‘¡fariseo ciego, limpia primero el vaso por dentro!’ (23,26), me parece que ya sé a quién le hablaba. Y es que Pablo era doble ciego: de mente y de vista a la vez; tan cegato que ni podía escribir cartas, las dictaba y luego ponía su firma (Ro 16,22. 1Co 16,21. Gál 6,11. Col 4,18. 2Tes 3,17). Es curioso cómo intenta negar que conoció a Jesús: ‘Aun si conocimos a Cristo en la carne, ya no le conocemos así. Si alguno está en Cristo, nueva criatura es’ (2Co 5, 16-17). ¡Qué angustioso esfuerzo por enterrar el pasado, verse libre de la culpa y ser alguien nuevo! ‘Despojaos del hombre viejo y revestíos del nuevo’ (Ef 4,22. Col 3, 9-10). ¿Y qué mejor para ello que la doctrina que aventaban los cristianos: que nadie mató a Jesús, sino que él libremente dio su vida para salvarnos?
-La historia de Pablo la pudo haber escrito Dostoevski, parece salido de un novelón suyo. Como Raskólnikov tras su crimen, Pablo siguió algún tiempo en sus trece, viendo a los cristianos como herejes dignos de muerte, ‘respirando amenazas de muerte contra ellos’ (Act 9,1). Ya logró que los romanos matasen al jefe; ahora había que aplastar a sus secuaces. Pablo padecía brotes psicóticos, uno de los cuales le hizo caerse rumbo a Damasco y oír voces (típico de la esquizofrenia). Tras esta caída del caballo, su cerebro se trastornó y empezó a sucumbir a la culpa. Como Raskólnikov, empezó a derrumbarse y ansiar el castigo liberador: dar su vida por Jesús, hacer su voluntad hasta la muerte, ganando así el perdón (Act 20,24./ 21,13. Fil 1,20./ 2,17.)
 -Al principio se resistió, intentó como Jonás huir de Dios y se fue a Arabia (Gál 1,17). Pero fue inútil: el rostro moribundo del galileo empezó a poblar sus pesadillas y a cercar sus noches y sus días. Su mente se oscureció y se anegó en angustia, y comprendió lo dicho por Pilato: Jesús era inocente, y él -Saulo- un loco cegado por el diablo... y culpable de un crimen contra Dios: estaba condenado sin salvación... A menos que... como los discípulos decían, Jesús fuese en verdad el Cordero de Dios, previsto por Dios para borrar las culpas de todos. ¡Claro! ‘Toda la Creación gime en dolor de parto, esperando la redención’ (Ro 8, 22-23). Además, el haber matado a Jesús queda anulado desde el momento en que Jesús resucita. Si Jesús vive, no hay crimen. Así que, tras maquinar la muerte de Jesús, Pablo podía ahora declarar: soy inocente, porque Jesús no está muerto, él vive, y además nadie lo mató sino que él mismo se entregó por obediencia a Dios (Fil 2,8. 1Tim 2,6). Hizo de la resurrección el núcleo de su predicación: todo para borrar su culpa.
-Veinte siglos antes de Freud, Pablo halló una terapia contra la culpa que aún hoy cura. En la pasión y muerte de Jesús se halla cifrado todo un dramón de crimen y castigo, de delito y perdón entre el hombre y Dios. Como dicen los devotos: el hombre natural es enemigo de Dios, el mundo odia a Dios (Jn 15, 18. Ro 8,7. Ef 2,3). No es extraño que cuando Dios se encarnó lo matasen: todos queremos matar a Dios. ¿Por qué razón? Por el dolor que hay en la vida, del cual sólo Dios es culpable, pues él nos creó para sufrir en un mundo atroz. El dolor nos fuerza a odiar a Dios. Este odio no viene sólo del odio a padres tiranos (vuelto luego hacia Dios, según Freud), sino que nace de todo dolor, desgracia o aflicción que se padezca, ya sea de causa natural, por culpa ajena o por culpa nuestra: Dios es el culpable, porque él lo creó todo, él inventó el dolor y nos fuerza a sufrirlo quieras o no: cada dolor o pena que padezcas, es una tortura que te inflige Dios. El pecado original (innato en todos) es el odio inevitable contra Dios por imponernos la tortura del dolor.
-Para librarte del odio a Dios hay que castigar a Dios, y eso es lo que es Jesús: Dios castigado por los hombres. Al saciar tu odio contra Dios, quedas vengado. Es vital que Jesús sea Dios y no -como querían los arrianos- un hombre premiado por Dios por su labor; porque en la cruz debe sufrir Dios, matado por los hombres. Ahora viene el otro lado del drama: al odiar y castigar a Dios (al torturador culpable de todo el dolor), te vuelves culpable tú mismo, porque has alzado la mano contra Dios, y tu acto tan atrevido merece atroz castigo: estás atrapado en el trágico laberinto del odio, la culpa y el castigo fatídico. La única salida es culparte sólo a ti mismo, y dirigir a tu interior el odio que quiere ir a Dios. Como lo dice Pablo: la carne es de por sí contraria a Dios, debes negarte a ti mismo y crucificarte con Cristo (Ro 6,6./ 8, 6-8. Gál 5: 16,17,24).
-Jesús, al ser hombre también, encarna al ser que se somete a Dios, que acepta el dolor sin rebelión y torna sobre sí el odio en vez de contra Dios. En Jesús logras el milagro de matar a Dios (muerto por tus pecados), de arrepentirte (ya no odias a Dios sino a tu egoísmo) y de salir indemne (Jesús asumió tu culpa y sufrió tu castigo merecido). Jesús nos da el ejemplo a seguir: beber sin rebelión el cáliz del dolor, negarse a sí y tomar la cruz cada día (Lc 9,23). Jesús es hombre divino y Dios humanado a la vez, y por ser hombre y Dios a la vez, nos libra del odio de dos modos a la vez: pues 1: sacia nuestra ira contra Dios, y 2: nos enseña a odiarnos a nosotros y no a Dios. Es esencial arrepentirte, porque sin eso Jesús no te sirve. Es imitar a Cristo (aceptar el dolor y la abnegación) lo que te da la salvación. La paz con Dios dimana de vivir resignado, sin rebeldía, a imitación de Cristo. No es que Cristo en la cruz borre por magia la culpa de todos, sino que indica cómo cada cual puede borrarla y quedar en paz con Dios.
-Si Dios castiga al hombre en Cristo y el hombre castiga a Dios en Jesús, los dos vierten su ira pero no hacen la paz, la cual llega solo cuando el hombre se une a Cristo y castiga en Cristo a sí mismo, yendo contento a la cruz con Cristo. Jesús en la cruz es alivio a los infelices, catarsis para los angustiados por la culpa, bálsamo para los devorados por la tristeza, y luz para los hundidos en la amargura. Ninguna otra fe hunde tan sutiles raíces en la mente ni regala consuelos tan potentes. Ahora bien, al ser una terapia, una medicina para la mente en pena, sólo la pueden apetecer los angustiados, cosa que no todo el mundo es, ni lo es a todas horas. La medicina de Cristo sana a los enfermos, pero enferma a los sanos. Sin sentir ira y culpa hacia Dios, no se comprende la redención.
-Por eso le resulta tan difícil a una persona satisfecha entender el mensaje de la cruz: no se explica qué hace Dios allí clavado; si quería perdonarnos con ello ¿no había otra forma menos incómoda de hacerlo? No en balde avisaba Pablo que Cristo en la cruz le parecerá locura a más de cuatro: para los judíos es un ultraje, para los griegos un disparate (1Co 1,18-25). Ni griegos ni judíos lograban adivinar por qué Jesús -por haber sido crucificado- pasaba a ser el Mesías anunciado. Ellos seguían el sentido común, pero eso no vale para captar el misterio de la cruz (1Co 2,7-15). En realidad, la clave del evangelio no es decible, es tabú: que en la cruz se realiza el deseo humano de matar a Dios, porque todo humano sufre -poco o mucho- y mientras sufre, odia a muerte a Dios (conscientemente o no). Pero claro, algo así no se puede decir, sólo cabe aludir a un pecado original contra Dios. Y si tal pecado merece la muerte (Ro 6,23), se deduce que tal pecado es el odio de muerte contra Dios.
-Y -oh milagro- Dios acepta ese odio contra él y se deja matar por los hombres en silencio, como un manso cordero. Ya el odio humano quedó saciado al ver al culpable en la cruz castigado: ahora lo que desgarra al creyente es la conciencia de su crimen, el terror a su osadía y al justo castigo que merece, que no es otro que la muerte, ya que él ha matado a Dios (tus pecados llevaron a Jesús a la cruz; por eso todo pecador en todo tiempo es culpable de la muerte de Cristo). Y Jesús, en vez de vengarse, perdona a sus asesinos, tomando él mismo todo el castigo. Y Dios acepta el sacrificio, perdona a los hombres, les dice que aunque pequen y lo odien, no los va a castigar, porque el castigo ya lo recibió Cristo... Así que el pecador, después de haber odiado a Dios, se ve perdonado en vez de castigado, ¿cómo pudo odiar a un Dios tan majo? Es cierto que creó un mundo con mucho dolor, pero ¿no es mayor aún su bondad y su amor?
-El creyente se siente conmovido por el perdón, se arrepiente de su odio: de ahora en adelante, cuando el dolor -que nunca falta- lo incite a odiar a Dios, se acordará de las dolientes llagas de Cristo, abiertas por amor a él, para salvarlo a él del castigo. Recordará su largo y manso suplicio: lo verá sudando sangre bajo un olivo, solo y angustiado, apresado por los brutales guardas, empujado y golpeado, ensangrentado, desollado a latigazos, herida su cabeza por espinas, desgarrada su carne por clavos, muriendo de dolor colgado en una cruz, olvidado y abandonado... ¿Para qué odiar más a Dios? ¿Es que no ha sufrido ya bastante? Quien comprende el mensaje de la cruz, ya no le queda ningún odio contra el hombre o contra Dios: todo el odio que nazca en él lo vierte sobre sí, se inculpa a sí y a nadie más, depone su orgullo y su razón y se somete a Dios, aceptando todo el lote vital del dolor, bendiciendo al que lo injurie, devolviendo bien por mal... (Lc 6, 27-30). Toda esta catarsis del odio interior la logra sólo la fe en Jesús y no otra religión: ninguna otra fe ablanda tanto el corazón.
-Es verdad, ninguna otra regala una paz tan mansa. Los otros credos prometen protección en vida y salvación posterior, pero no purifican tan a fondo el corazón. De modo perfecto y milagroso -¿quién pudo idear algo así?- Jesús en la cruz toma para sí la ira de los hombres contra Dios, y el castigo de Dios contra los hombres, todo a la vez. Con lo cual hace la paz entre ambos. Allí en la cruz fue abandonado por los hombres y por Dios, para unir al hombre con Dios; y recibió el odio y el dolor, para volverlos paz y amor. Es cierto que el fiel vuelve a pecar y a sentir odio contra Dios, pero sabe que cuenta con el perdón de Dios por siempre, porque el acto de Jesús vale eternamente.
-Sin Jesús, Dios habría tenido que borrar a la humanidad; pero con Jesús, le basta arrepentirse al pecador, para obtener de Dios el perdón. Pecar y caer es inherente al fiel, mas la gracia y el perdón son eternos en Dios. El fiel se sabe culpable y perdonado a la vez, y vuelve en gratitud y amor el odio y el rencor: limpia su interior y se vuelve como Jesús, manso y humilde de corazón (Mt 11,29). El fiel vive en culpa pero confiado, en el temor reverente a Dios, no en el terror angustiado a su ira. Se ve amado y perdonado, y libre de rencor contra el hombre o contra Dios.
-Jesús libra del castigo a todo creyente que lo acepte, pero no lo libra de incurrir en culpa una y otra vez. Para mejorar, la persona ha de querer imitar a Cristo sin cesar, y como esto por lo visto es obra de la gracia -que mueve el corazón y la voluntad-, el resultado es que la fe sincera siempre ha sido escasa (Mt 7,14. 2Tes 3,2). Han sido muchos los bautizados, pero muy pocos los cristianos: la Historia muestra infinitos Bautizados crueles, hipócritas y reaccionarios, pero muy pocos Cristianos pacíficos, benéficos y solidarios.
-Ya Pablo tuvo que explicar por qué la mayoría no acepta a Jesús por Señor, ni quiere consuelo ni perdón: que Dios -por misterio insondable- ab aeterno ha decidido quién va o no a salvarse (Ro 8, 28-30./ 11,7. Ef 1, 4-5. 2Tes 2,13). Y no le pidas razones a Dios (Ro 9, 13-23). Así que el crédulo oyente de esta doctrina sentía el brusco prurito de estar entre los elegidos, y al instante creía en Cristo. Pablo usaba cualquier argucia con tal de que el oyente se tragase a Jesús. Todo lo que sirviera del paganismo, lo usaba: así lo vemos en Atenas haciendo creer a los griegos que ya desde antiguo y sin saberlo, habían adorado al Dios verdadero (Act 17,23). O que la pobre gente honrada -pero ignorantes de Cristo- también se salvaba (Ro 2,10).
-Que Pablo predicase a los gentiles no era traición a su pueblo, ya que Israel sólo era el medio elegido por Dios para llevar la fe al mundo entero (Is 56, 6-7./ 66,18). Puesto que sólo hay un Dios, Yavé debe ser Dios de todos, no sólo de Israel. Israel debía ser luz a los demás pueblos, pero ella misma fue cegada por el orgullo de ser la elegida, pecado por el cual Dios le daba la espalda y no la escuchaba. Jesús predicó todo esto: Israel es la higuera sin fruto (Mt 21,19), el viñador homicida (21,38), el siervo malo y ocioso (25,26), etc. Y llamó a los orgullosos a arrepentirse; como no lo escucharon, para que Dios no desechase por entero a Israel (21,43), se ofreció a morir en nombre de todos y expiar la culpa él solo, cumpliendo las profecías de Isaías (todo 53) y Daniel (9,28). Fue un valiente admirable, aunque su auto-ofrenda fue en balde.
-Jesús murió sólo por su pueblo (Mt 10,6./ 15,24), no por los egipcios, romanos, celtas ni chinos. El plan de Dios era redimir primero a Israel, y a través de Israel al mundo. Porque Israel es el pueblo escogido por Dios para mostrar su gloria al mundo y jamás lo podrá desechar (lo dice bien claro: Lv 26,44. Is 54,10./ 59,21. Jer 31, 35-37). Pero Pablo, al no ser escuchado por los judíos, se volvió a los gentiles (grandísimo error), saltándose a la torera el plan de Dios (Act 13,46. Ro 11,25). Aunque el olivo no era salvo -decía-, los injertos en el olivo iban a ser salvos (Ro 11, 19-20), ¡qué contradicción! La fe del mundo debió ser la judía, que es la fe de Jesús, en su pureza ética y humana, no en su corteza ritual y doctrinaria. Con sus invenciones, Pablo destruyó lo que Jesús tanto amó: la estricta fe judía (Mt 5,17), y se empeñó en que bastaba creer que Jesús es el mesías para tener toda la Ley cumplida.
-Lo que no vio Pablo es que los paganos no iban a ver a Jesús como al mesías de Israel, sino que lo hicieron un dios solar más, un Osiris camuflado en el politeísmo descarado de María, la Trinidad y los Santos. En vez del monoteísmo ético judío -que fue la fe de Cristo- triunfó de nuevo el viejo paganismo. Por querer elevar a Jesús, Pablo destruyó la fe judía por la que Jesús dio su vida. Pero estaba agobiado por la culpa: ay de él si no predicaba (1Co 9,16). Incluso predicando estaba angustiado y lo que deseaba era morir (2Tim 4,6). Ya el cambio de nombre -de Saulo a Pablo- es una muerte simbólica, un enterrar el pasado; pero la culpa no se deja enterrar como los muertos, y la única liberación posible era consagrarse a exaltar a aquel a quien él había aplastado: predicar su venida, anunciarlo viviente, imponerlo como Señor a las gentes. Con el mismo fanatismo con que antes lo había perseguido, ahora buscó llevar encadenado al mundo a la obediencia de Cristo (Ro 1,5. 2Co 10, 4-5).
-No cabe duda de que Pablo era un exaltado, un loco. El estilo de sus escritos es paranoico: verborrea, ilaciones inconexas, conclusiones que no salen de las premisas, contenidos delirantes... Su conducta frenética (Act 26,11), amenazante (2Co 10,6./ 13: 2,10), sus alucinaciones (Act 22, 17-18. 2Co 12, 2-4), sus obsesiones con Dios, Satanás, el pecado... todo revela un cuadro clínico esquizoide. Y no hace falta que venga un médico a decirlo: Pablo mismo se confiesa loco más de una vez. A los corintios les dice: mi predicación es pura locura (1Co 1,21), toleradme un poco de locura (2Co 11,1), lo que voy a decir lo digo como loco (11,17), como loco hablo (11,23), porque si estoy loco es para Dios (5,13). El procurador Festo, tras oír el guirigay de Pablo, llegó a la misma conclusión: ‘Estás loco, Pablo. Las muchas letras te han desquiciado’ (Act 26,24).
-También a Jesús lo llamaron demente (Mc 3,21). Ni Jesús ni Pablo estaban en sus cabales: Jesús con su manía del fin del mundo inminente, y Pablo con sus delirios sobre Cristo, un Cristo que sólo existía en su mente. Porque los judíos no podían creer que Jesús hubiera resucitado ni que fuera el mesías, ya que no había librado a Israel de los romanos; ni siquiera había librado a Israel de la opresión del pecado. Al revés: le ha añadido a Israel el pecado de haber rechazado a su mesías. El cristianismo atizó el odio antijudío desde su inicio. ¿Cómo puede ser Jesús el mesías de Israel, si lejos de salvar a su pueblo, le ha causado dos mil años de odio y matanzas de parte de los cristianos? Si Jesús y Pablo hubieran sospechado la catástrofe que le iban a traer a su pueblo, de horror se habrían quedado muertos, se habrían tirado a un abismo antes de insinuar siquiera que Jesús era el Cristo.

sábado, 30 de mayo de 2015

¿PODRÁ LA CIENCIA LIBRARNOS DE LA VIOLENCIA? Teosis 10

Coreli - El fin del mal. Teosis  10

(Maldito simio.) En esto oímos gritos y acudimos. Era que una culebra grande -quizá venenosa- casi mordió a Débora. Liberio persiguió con una laja al reptil hasta que lo aplastó: que no asustara más ese bicho traidor, maldecido hasta por Dios (Gn 3,15). Todos alabaron a Liberio por su valor, y Débora transida le besó. Coré:

“Liberio ha mostrado un acto cumbre del Pasado: un macho bravo defendiendo a las hembras, matando fauna y fieras. Eran hercúleos y atrevidos: con palos, piedras y alaridos retaban los colmillos de lobos, osos y felinos. La emoción de cazar y matar quedó en sus genes impresa: el macho está cegado y embrujado por la violencia, y es la más letal bestia de presa. Cien mil años cazando lo forjaron: milenios de violencia acechan en sus brazos.

“En el neolítico -cuando ya podía vivir sólo del agro- pasó a cazar humanos, en busca de botín y esclavos. La mente humana lleva diez mil años atrasada. Golpe a golpe y siglo a siglo: cada vez más guerra, y más brutal y sangrienta... hasta el nazismo, donde el poder de las armas infernales creció hasta triturar a millones en un charco de sangre. Esa sangre derramada sigue fresca y no se seca: cada generación que lee la Historia se mancha con ella.

“La Era glacial creó hordas de sicópatas listos para matar: locos que mueren por su tribu con tal de arrasar las otras tribus. Al volver a las cuevas llevando carne, eran héroes loables: al volver las armas contra sus iguales, se volvieron criminales. El cazador atrevido pasó a ser un asesino, claro que bajo el mote alabado de luchador, guerrero o soldado.

“Los grupos se cerraron en tribus, y rebajaron las demás a fauna, a la que matar o saquear. La guerra es caza horrenda de fauna humana, un combate a muerte entre orates. El lobo mata por hambre, y nunca a sus clanes; el hombre se mata entre sí, por simple codicia vil. Los dos actos más horribles -matar y morir- son para el macho deporte feliz: con tal de matar, no le asusta morir.

“Pero la fuerza se le dio para sobrevivir, no para depredarse entre sí. Sólo hay dos casos de lícita violencia: para protegerse en justa defensa, o para frenar a gente que es violenta (la coartada de César al invadir la Galia: pacificar a tribus bárbaras). La guerra antigua no era un mal que asustase, pues la vida era tan triste y dura, que morir en cruda lucha no era peor que de fiebre o penurias. Ni un tercio de los niños llegaba vivo al medio siglo... Por eso, la guerra y sus crueldades las veían suaves, y admiraban el heroísmo de una muerte brillante.

“La gloria del Imperio Romano se edificó matando: sus reyes gobernaron sobre cadáveres y espanto. La grandeza de un linaje se medía en la extensión de sus masacres: la gloria militar se cocinaba con sangre. Y todos se inclinaban ante el más fuerte con la espada. Así ha sido siglo tras siglo: se ha glorificado a los mejores asesinos. El sumo valor personal era la fuerza bruta para arrasar y matar.

“Hoy controla el mundo la riqueza: antes eran las lanzas y espadas sangrientas. Para vencer a las fieras, el macho tuvo que hacerse peor que ellas. La violencia brutal nos salvó en la Era glacial, hay que admitirlo: a la ira le debemos la vida. Justo por eso, su furor perdura tan obstinado: resulta difícil olvidar de pronto lo aprendido en cien mil años.

El hombre es hijo maltratado de la Era glacial, acosado sin tregua por el hambre, el frío, las fieras y la enfermedad. No es agresivo por libre albedrío -como cree la religión- sino por sus genes hijos del paleolítico. Ni a su pasado lo ha elegido ni es culpable de sus instintos. Culparlo por ser agresivo, sería como culpar a una zarza por tener pinchos, o a un león por ser carnívoro. El hombre no es libre: cien mil años de salvajismo lo empujan al delito. No hay más que ver a los niños varones (cómo les atraen los guerreros, piratas y matones) para comprender con pena qué fácil sería hacerlos nazis, y qué difícil compasivos y amables. Qué cerca están de Rambo y qué lejos de Gandhi.

Hoy la gente está escarmentada y la guerra es deplorada (aunque prosigue el vil negocio de las armas). Pero sólo habrá paz real cuando el macho -como los herbívoros- ignore el impulso de matar, cuando la Ciencia le dote de los genes exactos de la bondad y del freno innato contra la crueldad. Los faltos de empatía -más que malvados- son seres insensibles y atrofiados, a los que hay que lograr curar. La maldad es inútil lamentarla: lo que hay que hacer es curarla. La Ciencia que ya evita la pobreza, debe curar también la violencia. Y crear nuevas armas no letales -que no destruyan ni maten-, en vez de bombas y de tanques.

Dan yuyu las masas locas del fútbol, aullando en los Estadios, babeantes por que los suyos aplasten a los rivales: son las viejas hordas bélicas que perpetraron todas las guerras. Hasta el lenguaje es bruto en el fútbol: todo son tiros y disparos, ataques y bombazos, patadas y trallazos (si no hay más muertos es por la mala puntería, porque tirar, tiran). La pelota simboliza al planeta: cada patada contra el balón, es una patada a un mundo mejor.

Machos enfrentados en juegos fanáticos, masas horrendas que aúllan violentas, ¿cómo evitarán nuevas guerras?, ¿cómo saldrá el Pacifismo del odio y el sadismo? Los Estadios son incubadoras de odio, templos de Satanás, donde hordas furiosas adoran la lucha, la violencia y al Mal, en repugnantes rituales nazis. El atraso del mundo se mide en el inmundo estiércol del fútbol.

Los deportes competitivos son culto a la brutalidad y al fascismo (con el secreto afán de matar y masacrar, como era habitual). Se ponen a competir, no en quién crea más medicinas o inventos, sino en ver quién es más brutal: quién corre más, quién salta más, quién golea más. (Pero correr y brincar no es de humanos, sino de animal.)

Todo el sudor deportivo es árido y baldío: miles de atletas insensatos no han aportado ni el más leve adelanto; ningún bien sale de su trabajo. Al revés: alientan lo más vil que hay en el macho: la división, el combate, la arrogancia, el antagonismo, el culto a la fuerza, el tribalismo, el querer que haya vencedores y vencidos (en una palabra: el nazismo). ¡Malditos simios! ¿A qué guerra van, con tanto correr y saltar?

Se entrenan sin piedad sólo para perpetrar el mal: para hundir, aplastar, derrotar y humillar al rival. Rebajándose a perros o a caballos, se ponen cien a correr: para uno que vence, quedan 99 humillados (ganador: un idiota, perdedor: el género humano). El ejercicio tasado es grato y sano; el deporte en cambio, es brutal e insensato: es sobresfuerzo y maltrato. En vez de unirse todos y mejorar el mundo, el deporte separa y enfrenta a países y a grupos, y les hace competir no en algo útil y loable, sino en el fanatismo de vencer y aplastar al rival, en ostentaciones innobles de fuerza muscular, y en combates indignos de un ser racional.

El deporte combativo se podría redimir, con todo: bastaría con que sólo lo hagan las chicas -nunca los machos- y que las ganancias se donasen a fines sociales. Las luchas dejarían de ser siniestras riñas trogloditas, de saña, guerra e ira. Perderían sus rasgos satánicos y quedarían en blandos juegos simpáticos, tolerables y humanos.

“Pues toda infamia terrenal tiene al macho detrás: guerras, violencias, estafas, mafias, chicas forzadas, drogas, armas... y todas las maldades, injusticias y opresiones del orbe. La mujer mientras tanto cuida a los débiles, enfermos y ancianos, nutre a los bebés y aplaca los llantos... Todo en ella sirve al amor, al bien y a la paz... El macho en cambio siembra el mal por donde va, por su brutal fuerza muscular. Ella es un ser ya perfecto y completo; no es sólo dulce y blanda, sino fuerte y valiente cuando hace falta; no precisa cambios: quien debe feminizarse -y deprisa- es el macho (si no, apaga y vámonos).

“Se gasta mucho más en armamento que en sanidad o inventos. Mientras haya más armas que personas, la vida social será una derrota. Éste es un planeta de monstruos: antaño los dinosaurios, y ahora... el macho humano (caníbal y brutal, salvo los biófilos veganos). Su codicia, ceguera y dureza siguen amargando al planeta, y haciendo triste y dura la vida en la Tierra. Luego llegan aquí -como abyectos engendros- y se derriten de vergüenza.

“La mayor revolución será -no la vana victoria proletaria- sino la adopción en masa de la dieta vegana. Es el remedio a casi todo mal: violencia, hambre, dolencias y crisis ambiental. Masacrar animales es fuente de los peores males, y lo que impide que reine la salud, la bondad y la paz, en vez del egoísmo y la crueldad. Renunciar a matar y dañar es la base de toda moral y el inicio de la paz real, al verse como sagrado a todo lo vital. Nada degrada más al hombre que ver como normal lo que es una obvia atrocidad: el matar y devorar animales (antes disculpable por causa del hambre, hoy ya no).

“¿Qué sociedad va a crearse con ogros ciegos, soberbios y brutales? El feminismo está condenado si no se humaniza antes al macho. Es la ferocidad humana lo que causa las guerras, no sólo las opuestas ideas, etnias, credos o lenguas; el simple diferir o disputar no llevaría a masacres, si el macho no tuviera instintos salvajes, que tomó cuando empezó a matar animales: allí se volvió una bestia y condenó a su estirpe a la guerra eterna y la violencia. Matar fauna o humanos son el mismo acto. Allí el hombre se volvió un peligro para sí mismo, y sólo cuando deje de matar, se podrá salvar. Y pasar de maldito simio malvado a pacífico sabio sensato.

“Pues el homo sapiens no es aún ni sabio ni humano: es el simio más inhumano, y sobre mil millones de muertos en la Historia son el saldo (sólo en el siglo 20 se mató a cien millones de blancos y a doscientos de asiáticos). La Gran Guerra del 14 mató a 10 millones ¡y no mató al loco que iba a matar 50 millones más! ¡Qué azar infernal! ¿Por qué admite el Cosmos o Dios tanto dolor? Pues porque sólo con el dolor puede el hombre aprender la lección (y aún le queda mucho que sufrir, hasta que renuncie a agredir).

“Tras de tanta violencia, Europa tendría que ser un Templo de la Paz y la Ciencia, sin pobres, delitos, cárceles ni machismo. Y las sumas gastadas en armas voraces y feroces, viradas al progreso y la ayuda a las pobres. Lejos de eso, cada vez hay más pobres mientras los ricos ceban su egoísmo con más locos lujos y caprichos. La riqueza excesiva deshumaniza: engríe, endurece e idiotiza. Los grandes potentados se vuelven grandes desalmados, abismos de vicio y de pecado. La desigualdad es útil si es moderada, más allá es plutocracia. Con la plata concentrada gana la injusticia sus batallas.

La opulencia de unos pocos empobrece a casi todos. Con lo que le sobra a un megapijo podría haber mil mini-ricos. Es todo el pueblo quien debe ser rico, no una puta panda de pijos podridos. Los ricos altivos pagan aquí todos sus delitos: trabajan de esclavos por lustros o siglos; pasan de la soberbia endiosada, al estiércol de no ser nada (de una patada en el trasero van rodando hasta las cloacas del infierno). Las almas no somos vengativas, pero sin ira santa contra la maldad, nadie sería moral.

Los asesinos no llegan a almas (quien mata a otro, se mata a sí mismo: Todo homicidio es un suicidio). Pero no perecen, sólo bajan al nivel animal; no se los castiga, simplemente su crimen los hunde con las bestias. Los seres son todos inocentes, pues no se hicieron ellos, los creó la Natura; un criminal no tiene la culpa de ser un monstruo; pero su defecto le impide perdurar. La violencia degrada al hombre en bestia, y sin remedio anula al alma y la nivela con las plantas.

Los que sólo dañaron y no mataron, llegan manchados, pero pasan una fase de dolor, labor y contrición hasta perder parte de su memoria y su ser, y así extirpar su fealdad moral. La amarga culpa los desgarra y los angustia. Ellos mismos se castigan, gracias a un impulso hacia el bien que aquí empieza a florecer. A las puras víctimas las mimamos con cariño, mas a los malos los atormentan sus delitos hasta quedar limpios.

La guerra no siega realmente las vidas (sólo muere la carne) pero sí las sume en el dolor más grande. La bondad mayor es reducir el dolor: por eso la guerra es el máximo horror. Mas todo dolor es siempre limitado y tiende a cero comparado al placer, que es eterno. ¿Por qué permite Dios la muerte y el dolor? Pues porque el alma no muere, y recibe eterno galardón por el injusto dolor. Dios es el culpable del dolor y no lo niega: por eso compensa a los seres con la dicha eterna. (Para ser feliz tenemos la eternidad; en la carne conviene sufrir, aunque sea para variar.)

La lógica de la historia es: más placer para más gente. Antes sólo los nobles palpaban algún deleite, luego los burgueses, por fin la plebe. La gente creció en cantidad; también ha de crecer en calidad, con más hondura en el sentir y el pensar, que es más riqueza mental y más placer real. Igual que se alivian muchas taras físicas, se evitarán las síquicas, dotando a la gente de genes que las hagan más sanas, sensibles y sabias.

La Ciencia obra ya milagros: vence distancias, sana enfermos, borra dolores, mejora alimentos... Le falta saber curar también la maldad. Por ejemplo: al mejorar el cerebro en los fetos, o crear drogas para cambiar a los violentos, o que los machos con genes selectos donen semen al resto, en bien de todos por igual. (Los chinos darían un taco con tal de tener hijos altos, listos y guapos.)

Según el macho se amanse, cesarán los males más graves; pero quedarán los restantes: desamor, fracasos, errores, tristes azares, desdichas naturales... Siendo el futuro insondable, ni los ángeles ni nadie pueden prevenir los males. La mente es impredecible: ni yo mismo puedo saber qué voy a pensar para hacerlo después. La voluntad es involuntaria: ni eliges ni decides qué vas a desear; y como de esos deseos depende lo que hagas, el futuro está en blanco.

(“Sí hay un marco-límite de sucesos posibles, con leyes fijas, pero el azar urde -dentro de él- jugadas infinitas, del todo impredecibles (cualquier precognición viola las leyes cuánticas). El mundo -como la mente- es un libre juego cuántico, no un frío mecanismo programado: tiene la grandeza de lo vivo y espontáneo, imprevisible e innovador, siempre en eterna creación. Sólo hay Providencia en lo grande y general; en lo pequeño rige el azar. Por ejemplo: está previsto que los soles tengan planetas, pero qué vida tenga cada cual, lo va dando el azar.

“Dios juega a los dados sin cesar; si no jugara, no sería Dios: sería un robot. Tanto ama Dios la libertad, que en parte renuncia a mandar, y deja obrar al azar. El futuro sólo admite cálculos y conjeturas, probables pero nunca seguras. El azar obra en todo y sin cesar: pocas cosas lo son por necesidad, en todas entra lo casual. Esta generosa libertad aleatoria reparte lances raros y encartes impensados, unos buenos y otros malos (de querer impedir los malos, tampoco habría buenos). No cabe atar al Azar, pero se puede usar para innovar y avanzar.
“En fin, el mundo es un acto de Dios, en constante creación. Cada instante es un Ahora-tras-Siempre, y -en rigor- es el primero del Tiempo, que sólo en presente es perpetuo (el Ahora absorbe al Antes por completo; el Ayer no tiene ser, sólo existe en el presente -su huella o recuerdo o lo que de él quede). Pasado y futuro son ideas, no realidades: viajar en el tiempo sólo es soñable. Si ya estuviera todo creado, estaría el mundo fijo y sin cambios; pero como lo vemos cambiar, eso dice que está creándose sin cesar: está eternamente empezando. Dios no tiene pasado: es un presente creativo continuo. Nunca deja de crear, porque él mismo es la Creación sin edad.
“Menos existe un futuro ya creado, y los videntes y astrólogos dan asco. ¿Cómo esos brujos van a ver el futuro, si ni Dios lo ve porque no existe? (Que Jesús no es Dios, se ve en que hacía profecías; quien pronostica eventos no es vidente: es un ciego.) Creer que Dios lo decreta todo, es ignorar a Dios. Si todo estuviera decretado, nadie es libre, qué horror; la vida pierde su valor y se reduce a triste culebrón. Tener que trazar uno a uno el destino de infinitos seres, no es una labor envidiable que digamos. ¡Qué aburrimiento y qué ocupación más tonta si Dios hiciera eso!
“Las supersticiones son bobas: ¿cómo va a haber anticipos de algo ficticio? No hay mal augurio, mal fario ni signo ominoso: lo que hay son muchos bobos temerosos. Tampoco hay sueños premonitorios: sólo a toro pasado predicen algo, lo cual es tonto (sólo cuando la cosa ya no tiene arreglo, parece que avisaban de ello). De tanto como sueñas, no es raro que aciertes algo del futuro, por azar puro. ¿Cómo va un sueño a saber el porvenir, si no lo sabe ni Dios? Pongamos que sueñas que en tal sitio te pasará tal mal, y -prudente- evitas el sitio y el mal. Ahora bien, si el mal no ocurrió ¿cómo es que el sueño lo vio, qué futuro percibió?
“Los videntes ven futuros tan falsos como su negra mente. Si el futuro se pudiera antever, lo podrías alterar y anular: entonces ¿cómo leches se pudo ver lo que no ocurrió después? Qué desatino. Pero el vulgo espeso enguye que el destino ya está escrito -con duro y mudo fatalismo- y culpa a Dios de decretar los males, cuando para Dios todos los hechos son correctos, aun los dolores y duelos. Hoy vemos que nuestros males fueron justos y buenos, para modelar seres eternos.”)    * * *


jueves, 23 de octubre de 2014

VARIAS FRASES VITALES Y MEMORABLES. Teosis 9


La Utopía sirve de estrella polar: nunca se alcanza pero guía el caminar.’ Hay incontables frases brillantes, algunas valen para Lemas Vitales, dignas de recordarse y repasarse. Vayan unas cuantas:
1 -Mientras todo en torno se desploma, el sabio sigue firme como una roca entre las olas. Cuanto menos necesites, eres más rico y más libre. Renuncia a casi todo, y no perderás casi nada. (Séneca)
2 -Sufrir es malo, pero haber sufrido es sano.
3 -Sólo al medirte con los problemas, desarrollas tu fuerza.
4 -El futuro no está escondido para quien se ocupa en construirlo.
5 -Al mejorar el futuro, mejoras el pasado en el conjunto.
6 -El pasado empeora conforme el mundo mejora.
(Extrañamente, la 5 y la 6 son opuestas siendo ambas igual de ciertas.)
7 -Por cada azar desdichado, hay mil cosas con encanto.
8 -Sólo las preguntas superfluas tienen respuesta.
9 -Tengo 80 años, y aun no sé si la vida es un acertijo o una trampa. (L. Felipe)
10 -Si el Mundo es infinito y el Tiempo es un misterio, ya somos el pasado que seremos. (Borges)
11 -La Religión se basa en el miedo de muchos y en la astucia de pocos.
12 -El único pecador... es Dios, el causante de todo dolor. Pero también: el Gran Benefactor.
13 -El Mal y el Error son parte del Bien y de Dios.
14 -Los males de la existencia, son buenos aunque duelan.



Elio Coreli - (El fin del mal) Teosis 9

En el salón -antes del desayuno- se juntaron para orar Bianka, Débora, Pedro y varios más, en santo amor y hermandad. Cantaron frescas baladas como la blanda alborada, y rogaron por sus familias y por el día, para que abundase en paz y alegría. Y Coré asentía:
¡Chico, qué devoción! Adoran al buen Jesús como si fuera Dios; y no les falta razón, pues todo ser es parte de Dios. No andan muy descaminados. Los cristianos quieren un Dios cercano y majo (no abstracto e ideal como Yavé o Alá), quieren ver claro al amado: por eso, un pobre soñador fracasado (que predijo el fin del mundo en vano) lo sublimaron a Dios increado. Cristo sacia su pasión por ver a Dios: él es la imagen visible del Dios invisible (Col 1,15). Los griegos dieron a sus dioses forma amable; los cristianos le dan al suyo hasta carne y sangre. (El Jesús real es hoy un ángel más, igual a todos, hastiado del follón que armó y de que lo adoren como a Dios.)”
A las 10, tras comer y tras el rezo y los cantos -que crearon el clima íntimo y cálido- Tito pasó a inflamar los pechos con su verbo inspirado. Tito era dócil al soplo divino, y en vez de lo previsto -El nuevo nacimiento- el Espíritu le movió a hablar de la tribulación. Ministrando con gracia la santa Palabra, allí nos soltó: “El Señor no nos prometió un camino de rosas, sino que nos dijo: En el mundo tendréis aflicción; mas confiad: yo he vencido al mundo (Jn 16,33).
Ah, qué magnas, divinas palabras; qué hermoso saber que el Señor ya venció sobre el mal y el dolor. En el Señor tenemos una esperanza que nunca desespera, y un suave refrigerio que ablanda toda pena. Es cierto que al fiel le pueden herir los mismos males que al resto; lo distinto es que él no las sufre igual que el incrédulo: su confianza en Dios le da sentido al dolor, y lo libra del temor. Si Dios permite el mal, es para hacerte avanzar. Si te dice que No, es para darte algo mejor.
Todo lo nacido está de muerte herido. A Adán y Eva Dios les dio vida eterna: fue al pecar que se hicieron mortales. Desde entonces es caduco el hombre, incluso los redimidos, por ser carne. Sólo cuando el Señor cree nuevos cielos y tierras, alejará la muerte su lepra (2Pe 3,13). Pero ya en la cruz, el Señor nos sanó de la herida mortal de Adán, al hacernos hijos de la eternidad (2Tim 1,10). Ése es el gozo que Dios te da, y la paz que sobrepasa todo razonar (Fil 4,7).
Amigos y hermanos, quien posee esta paz escapa al miedo, que cruza los rostros, a la alarma, que golpea las almas, y a tanta frente fruncida y nublada sin bandera ni causa. Los del mundo dicen ante el infortunio: ¿dónde está Dios, que permite esto? Nosotros, ante la prueba, sabemos bien dónde está Dios: está confortando a los suyos aun en el dolor. Leemos en Hebreos 2,10: ‘Porque convenía a Dios para el bien de sus hijos, que perfeccionase con aflicciones a Cristo’. La eterna lección: el dolor trae perfección. ¿Por qué no dejar que Dios nos perfeccione igual? ¿Por qué no esperar frutos buenos aun del mal?
El Señor es mi pastor’, cuántas veces lo decimos. Pero ¿no lanza piedras el pastor para juntar al ganado? Así obra con nosotros Dios: permite las pruebas para que no queramos zafarnos de su lado. Pero tampoco nos dará una carga no llevable (1Co 10,13). Sabiendo esto, el dolor se vuelve bendición, pues nos une más a Dios; en vez de castigo, se convierte en amigo.
El dolor sin sentido es el que recibimos en rebelión y por olvidar a Dios; entonces sí que sufrimos en balde y sin razón. Unidos a Dios, el dolor nos purifica y acrisola nuestro amor. Los del mundo sufren sin luz ni sentido; junto a Dios, el dolor nos vuelve agradecidos. Podemos pues aceptar con fe las pruebas del Señor, diciendo con el apóstol: Nos gozamos de compartir las fatigas de Cristo, para gozar de su gloria a su tiempo debido (1Pe 4,13).”
Sólo al final del sermón tan ‘celestial’ me acordé de la chica que admirar, que era Judit, una esbelta cordobesa de larga y cobriza melena. Tenía una cara garbosa, ojos muy negros, nariz algo curva y hoyuelo en la barbilla. De frente era corriente, pero de perfil parecía preciosa (Judit Perfil, la llamé). Era toda bondad hablando con sus amigas, con su mirar atento y sincero, tan cariñosa y sencilla..., en fin, un encanto de chica, para llenar de alegría media vida.
Tras la charla, los grupitos al sol estudiaron la parábola de las 10 vírgenes (Mt 25). Sólo las 5 prudentes llevaron aceite y el novio las recibió. ‘Velad, pues no sabéis el momento en que vendré yo’, dijo Cristo, y dos mil años después muchos aún lo esperan, contra viento y marea. Nos dice Fianna: “Con qué candor se traga esta gente la santa Biblia. ‘Cada línea es eterna y divina’, cuando en realidad cada frase ha dado más vueltas que una tortilla. Ni una palabra de Jesús la dijo él, porque él habló en arameo y los textos están en griego. Hasta las parábolas están trucadas. Por ejemplo, la del buen samaritano (Lc 10), tal como está es absurdo. ¿Desde cuándo un judío deja de ayudar a un justo?
El original era distinto: a un viajero lo asaltan dos bandidos, pero hiere a uno y el otro huye. El leví y el cohén -enterados- no ayudaron al ladrón herido, para que escarmentara. Luego vino el otro ladrón (el buen samaritano), recogió al colega y lo llevó al mesón. Sólo así se comprende el relato. En los evangelios hay absurdos a manta: tantos, que lo absurdo es lo que menos extraña. Como aquello de la piscina probática: Una vez al día bajaba un ángel al agua y sanaba al primer lisiado que llegaba (Jn 5). ¡Qué atorrante disparate! ¿Desde cuándo se bañan los ángeles?
O cuando Jesús curó con saliva a un ciego, pero éste le dice: veo la gente como arbustos, algo ha fallado (Mc 8,22...). Y Jesús tuvo que repetir los salivazos, pues por lo visto hay milagros que salen sólo a plazos. No menos gracioso es cuando está ayunando en el desierto (Mt 4) y Satán lo tienta y lo traslada al final a un monte altísimo, allá en el quinto pino, y allí lo deja. ¿Cómo volvió después a Galilea? ¿Y cómo no se mareó con esas volandas aéreas?”
Añadió Goyo: “A mí de Jesús lo que más me admira es la IBM que debe tener en el caletre; porque vemos a esta gente orarle, junto a otros millones de rogantes, y Jesús los oye día y noche sin cansarse. ¿Cómo no se arma un lío divino entre tantos millones de ruegos distintos? Un ser así, que está invisible en todas partes, más que una persona parece el aire. Y de su previa vida pasada, tan estudiada, tiene aún más lagunas que Finlandia. Por ejemplo, ¿qué hacía antes de acostarse? ¿Cepillaba su ropa, o se cepillaba a la criada? ¿Encendía fuego, o se calentaba con la criada? ¿Bebía leche, o prefería los senos de la criada? ¿Comía una tostada, o le comía la flor a la criada? ¿Tiraba recto para la cama, o se tiraba primero a la criada? El Evangelio no dice nada.”
Replica Coré: “Con todo, los bautistas tienen una frescura que yo nunca he visto entre papistas. Los bautistas tienen por guía a la Biblia, obra potente del Dios inefable; los papistas, al Catecismo Oficial, ñoño aborto de obispos carcamales. Los pastores practican el acto más humano: folgar, están todos casados; los curas en cambio, son castramentes y sexicidas inhumanos.
Desde luego, el panteísmo es el mejor credo: sin ascetismo, pecado original ni infierno... Y luego los cristianos reformados: sin curas, estatuas, brujería ni sacrificio de la Misa. Pero los papistas mancillan tanto a Cristo y a la Biblia, que sólo por burla se llaman cristianos, siendo en verdad tercos politeístas paganos, ciegos esclavos de dioses falsos: el Papa, la Curia, la Virgen, los Santos... Son en el fondo ateos, pues ignoran a Dios por completo. Jamás verás a un papista pedirle algo al Creador: son siempre los santos, la Virgen y los beatos los que se llevan la devoción, robándosela a Dios.
La Iglesia Romana es una gran farsa pagana; se tragó -indigestos- todos los credos previos: las Isis y Deméter se volvieron la Virgen, y los dioses paganos son hoy los Santos. Montaron el vil negocio del Purgatorio, el ritualismo, la sotanocracia y el cleroteísmo (con los curas usurpando el puesto divino), la sede primada, la voz infalible del Papa, las reliquias y estatuas, la venta de indulgencias y de misas pagadas... Con este infame cóctel cristipagano, pudrieron al paganismo y al cristianismo al mezclarlos.
Por eso a los bautistas los vemos sobrios, sinceros y sanos; y a los católicos, fúnebres, fastuosos y falsos. La Reforma fue un sano repudio a tanta brujería pagana y a sus negros oficiantes (infames y horrendos chamanes). Los curas son brujos repugnantes: cada vez que dicen misa están sacrificando a un judío y bebiéndose su sangre; con este ritual satánico tienen a los fieles sumisos y embrujados.
En cambio, los cultos reformados son sanas sesiones de hipnosis curativa: se crea cantando un fervor apto al trance hipnótico, y los fieles claman y asimilan las bellas y eternas consignas: Cristo te salva y te hace libre, la Biblia te guía, Dios te ama y te cuida... Las Iglesias Evangélicas son Peñas Terapéuticas, donde cada fiel es pastor y puede oficiar si hace falta; la Reforma trajo libertad y democracia.
La Iglesia Romana -en cambio- es dictadura rancia, una Mafia clerical autoritaria. Aunque hoy se limitan a mandar a sus rivales al infierno, mientras pudieron quemarlos y torturarlos, lo hicieron; son herederos de asesinos, sucesores de los que bañaban en sangre sus privilegios divinos. Usaron la religión del bien para ejercer el mal, el nombre de Dios para servir a Satán, un credo amoroso para inculcar el odio, y una fe pacifista para atizar guerras impías. Mira si serán antisemitas tenaces, que su emblema y estandarte es un judío torturado agonizante.
En realidad, la base de la religión es la hipnosis. Los animales viven como dormidos y siguen como autómatas sus instintos. En similar hipnosis vivía el hombre primitivo, y así creó los primeros mitos, claramente oníricos: seres del todo mentales (dioses y númenes) los creía reales, obrando en los procesos naturales, y les rendía culto para tenerlos favorables.
Pero -desde los griegos- el hombre fue despertando, disolviendo los mitos, y hoy son los fieles los pocos que quedan dormidos: dóciles a la hipnosis religiosa, se les manda ir a misa y leer libros devotos, para reforzar el influjo hipnótico. Si a uno de estos chicos se lo aleja del ambiente devoto, él solo sin apremio se volvería escéptico, y los dogmas hoy tan creídos, le sonarían a cuento chino. Convertir a un infiel es simplemente hipnotizarlo e insuflarle unas órdenes, que hay que intentar que no se borren.” * * *

Pasadas las 12 había una excursión al monte; repartieron bollos y frutas, y casi todos partieron con gorras ladera arriba, en bella tropa colorida. Pero un grupito se quedó: Débora, Juliet, Liberio, Golfus, Adán y varios más. Juliet era una tejana de rostro regordete, ojos claros, largo pelo castaño y un cuerpo que invitaba al pecado. Cuando se juntaron en la fuente a comerse los bollos, hablaron sobre si es más bonita la piel dorada o blanca; había gustos variados, pero tenían claro que la clave del rostro son los labios: si faltan unos buenos labios, no hay encanto.
Es verdad: los labios de mujer son pétalos del placer, un dulce fruto blando que invita a ser chupado (su rostro está ideado para lucir en él los labios). Al parecer, los labios rojos bajo los pómulos evocan la vulva entre los muslos: un rostro bonito rebosa erotismo. Un rostro grato tiene en los ojos gozo o bondad, y en los labios dulzura frutal. El pelo vistoso -en todo estilo y color- alegra como el sol, y las mejillas rosadas, como el rosicler del alba. Toda la belleza -en fin- reposa en tres cosas: labios sabrosos, ojos melosos y cutis sedoso.
La mejor belleza es la discreta y modesta, porque un rostro deslumbrante asusta más que atrae, y -sin querer- humilla a las normales. Lo fascinante es que cada rostro sea tan único: el animal usa un solo rostro plural, pero el rostro personal es un diseño en singular, de uno y nadie más. El rostro -como mágico espejo- refleja los varios y cambiantes sentimientos. Los ojos evocan lo espiritual: la luz, el cielo, la mente; y los labios lo sensual, la carne y la materia (así el rostro refleja la unión Cielo-Tierra).
Un cuerpo de mujer es un bordado muy cuidado de contrastes galantes. Su trazo femenino logra un milagroso equilibrio entre lo grande y lo chico: caderas anchas / fina cintura, gruesos muslos / finos tobillos, gordos senos / finos brazos, hombros anchos / fino cuello, gruesos labios / nariz chica, amplias mejillas / leve barbilla, ojos grandes / cejas finas, mucho cabello / poco vello... Lo grande y lo pequeño traban un concorde juego de opuestos: ¡qué soberbio arte de los contrastes, que haya armonía entre encantos tan dispares!
La belleza de la mujer... sólo Dios la puede entender. La belleza la origina quien la mira: es espejismo, es ilusión... pero aun así, hechiza el corazón. La mujer es modelo de lo más bello, pues es quien despierta el mayor placer: el del sexo. Hay otras cosas sin duda bellas -músicas, artes, flores, paisajes, gatitos, gacelas- pero ninguna hace temblar de placer ni alumbra bebés, como hace la grácil mujer. Hasta para ellas, la mujer es la bella, no el hombre: éste atrae por su fuerza, no su belleza (si un chico es bonito, es que tiene cara de niño).
El hombre quiere ver y tocar, ella ser tocada y poseída; él goza de ella, ella de sí misma (se retroama a través del hombre, con placer narcisista). El amor del hombre realza su autoestima y les muestra su valía (ser deseadas las excita). En el calentón del hombre -cual termómetro- ellas miden su atractivo, y la aguja que indica el grado es el falo alzado. Toda mujer es así bisexual por narcisista, pues junto a un varón, aman siempre a una mujer: a sí misma.
Si un chaval tiene cerebro mujeril, será gay o bisexual (es natural). Pero hasta el gay sabe que la belleza fina es la femenina. El duro cuerpo varonil no es sensual: lo sensual es... las dulces curvas, los finos brazos, la grácil cintura, los senos en punta... la suave delicadeza de la piel mimosa y tersa... los muslos, caderas, nalgas y tetas tiernas (el varón sólo exhibe fuerza). Los gays tras fallecer se vuelven locos por la mujer, es fácil. Pero las lesbianas no cambian, pues son necesarias: los machos homicidas no llegan a almas (son disueltos): al sobrar doncellas, se acoplan entre ellas.
El gay humano ronda lo trágico: lo rodean cientos de heteros guapos, que no le van a dar más que un No claro (de darle algo, será un guantazo). No sabe si hacerse fibroso -para gustar a los otros- o volverse femenil, para agrado propio. Su cuerpo fue hecho para saciar a Venus, pero su mente le ofrenda el desprecio. Su deseo no procrea, es estéril como una piedra. El cuerpo femenino es el plato más divino: ante la belleza suma, el gay se queda en ayunas. Las lesbis sí gozan de las chicas, y las heteros también: de sí mismas. Pero los gays tienen que tragarse sapos y amar lo tosco y zafio, ¡fríos ante Afrodita y sus encantos, qué infortunados!
Con el invento del sexo, la Vida patentó su genio, y la grácil damisela es su obra maestra: su tersa piel es un poema visual que la palabra oral nunca podrá imitar: la lengua no puede copiar su cuerpo (aunque sí lamerlo) ni la boca expresar sus encantos (aunque sí chuparlos).
Las flores -faltas de ojos- le regalan su belleza a otros; también la mujer busca regalar a otros su ser: de su hermosura es otro quien disfruta. Necesitan darse para completarse; su sana vanidad es agradar a los demás. Sólo en su vientre suave puede nacer un ángel: la vida, la belleza y el placer son mágicos regalos de la mágica mujer. (Para las almas, todo cuerpo se desnuda, todo el año es verano, toda beldad es gozable, todo el tiempo es milagro. Cómo no alabar al Creador por tanta belleza y amor.)

Fianna me preguntó por mi vida y cómo decidí ser monje. Puesta en Nadia como musa la mirada, empecé: Nací al sur de Córdoba, en una aldea serrana de 1.500 almas, tierra de ovejas y cabras. Mi padre vino de Apulia -sur de Italia- y luchó por el Fascio en España. Tras la guerra, se quedó como barbero y se casó, pero su mujer murió tras parir una niña, Lidia. Luego se volvió a casar y nacimos Tulio, yo Elio (en el 52) y Amalia.
Cuando supe que Lidia era de otra madre, empecé a cavilar en lo insondable: si esa mujer no muere ¿sería yo hijo de ella, o de mi madre en otra casa? Y si mi padre se queda en su patria ¿dónde estaría yo ahora: en Bari o en España? Tan imposible es saberlo como por qué no naciste en otra galaxia.
Lidia por salir lista cursó una carrera (de maestra) pero no Tulio ni yo. Tulio entró de barbero con mi padre, y yo seguí los pasos del rey David: cuidar cabras ‘a solis ortu usque ad occasum’. Era mucho tiempo pero poco esfuerzo, pues mientra el hato mordía el pasto, yo dormía o leía bajo un árbol. Lidia me dejaba el Quijote, la Biblia, Homero, Virgilio, Fray Luis, Bécquer, Machado, Tolstói, Clarín y otros varios clásicos ‘para chuparlos despacio’.
También pulí el toscano con libros que nos trajo de Bari una tita médica (que de joven sufrió prisión por libertaria; ‘il suo fratello’ en cambio no pasó de barbero ni de facha). Yo no fui a la mili; era flaco, miope y bajo: casarme sería un milagro, y me veía fuera de lugar en aquel mundo rural. Ardua es la briega del labriego, gresca y sudor de sol a sol, y ser pastor no es ninguna flor. Pero ¿dónde ir mejor?
Llegó entonces la moda hippy y elevó a Jesús a norte y flor de la ‘flower people’ (el galileo tiene el don de que cada cual lo mete en su bando: para los hippies es un hippy, para los budistas un budista, para los rojos un rojazo...) Este Cristo juvenil me gustó, pero mis primeros vuelos místicos datan de más atrás:
Tendría yo diez años, iba en la tarde hacia la escuela, un sol bendito, las calles desiertas. No sé por qué, empecé a meditar en los altos misterios: ¿Cómo es que existimos? ¿Por qué -de tan inmenso universo- tú estás en un punto tan concreto? ¿Quién te ha puesto aquí? Y si no hubiera lo que vemos, ¿qué tendría que haber mejor, qué era lo lógico que hubiera? Lo lógico es que no hubiera nada; por tanto, el mero universo es ya un abismo como un templo.
No había explicación posible para el mundo; lo único claro es que algún poder había que lo obligaba a ser y lo movía. Pero ¿quién era ese poder y qué quería? La cosa era grave, tremenda. Porque, bueno o malo, el mundo ya estaba hecho y nos había atrapado; estábamos en manos de ese poder extraño, indefensos como ratones de experimento, y sin escape contra un destino impuesto: habíamos nacido lanzados a un fin cierto... ¿Y luego qué?... Oh misterio.
Entonces tuve una visión: vi un inmenso llano con dos caminos que se iban separando; eran el camino del cielo y el infierno, del bien y el mal. Ahora estaban cercanos, pero luego cruzar del uno al otro sería más arduo. Había ya que elegir por cuál ir. Si había una vida futura que es la buena -no la fugaz nuestra- entonces había que tomar el buen camino hacia la vida eterna, renunciando al mundo vano, que te invitaba a ser malo. Aquel día -niño aún- decidí ser un futuro ermitaño, era la vida más sensata en vista a sus resultados.