miércoles, 24 de octubre de 2018

LA FÁCIL EXPLICACIÓN DEL DOLOR . Teosis 18 Fin.

Elio. El fin del mal. Teosis 18 final.

Goyo me había ya contado cómo se aman las almas (el misterio del sexo de los ángeles, al fin resuelto): cuando dos almas se abrazan, entran despacio en trance (un semisueño sumiso al deseo, que crea vivos sueños manejables). Las fases humanas normales son el sueño o la vigilia, raramente caen en trance; las almas sí gozamos del trance a voluntad, con su intenso ensoñar (es nuestra fase Rem, pero hiperclara).
Los abrazados -si quieren- practican el sexo: mezclan sus mentes a concierto y cada uno ve al otro en su sueño: lo desviste, besa, abraza... Funden sus memorias y mentes: es el máximo acto de unión entre dos seres. El otro actúa parejo a tu voluntad y deseos, haciendo realidad los sueños: tejiendo lentas y eróticas juergas, siempre frescas y nuevas.
También gozamos -despiertos- viendo a gente en pleno sexo: el placer que irradian, te contagia (así la mujer antes fría, por fin se corre de alegría). En trance o despiertos, tenemos todo el sexo que queremos. Lo único especial es la falta de clímax final; pero justo por eso, nuestro goce es más continuo y pleno, sin fatiga y sereno. Como todo es mental y nada orgánico te frena, puedes amar cuanto y cuando quieras, sin trabas ni barreras. Somos amos del deseo, el hombre es su vago siervo, esclavo inconstante de la voluble carne. Para él, el sexo es un breve alivio endeble; para nosotros, un claro y largo deleite.

(Martes.) El día asomó tibio y con nubes, pero sin ganas de llover. Tito y el chef, sus esposas y niños, se fueron al alba al pueblo, a sus oficios. Hoy no habría charlas, nadie madrugó. Tras desayunar tarde y fregar los trastos, se juntaron los grupitos al sol. Y leyeron de un tirón entre todos -al alimón- a Juan, capítulos 13 al 17, blando y vago sermón, surrealista y bobalicón.
Pero la tutora no propuso las preguntas de rigor, sino que -olvidando el texto- les pidió que dijeran lo que más les había gustado del retiro y lo que menos. Para los más lo mejor había sido la unión fraternal y las edificantes charlas; también se alabó los cantos, la comida y las veladas. Lo que menos gustó fue el frío de noche en la cama, obra de la alta montaña.
Tras esto, quedaban las últimas faenas: barrer y fregarlo todo: cuartos, aseos, cocina y salón. Sólo los más entregados se arremangaron; el resto miraba y charlaba. Faltaba un rato para las despedidas. Todos estaban de vista risueños, pero tristes por dentro: ojalá pudiesen seguir allí más tiempo, ahora que ya eran un clan fraterno. Pero había que partir sin remedio: se dispersarían como el humo por el ancho mundo, y no volverían a verse, salvo algunos. Las guiris volverían a su patria al acabar los cursos: sólo quedarían las fotos y el recuerdo... pronunciando un ayer que fue feliz y no pudo ser eterno.
A la una dieron bocatas y frutas, y los comieron charlando al fresco. Y empezaron sin prisa los adioses para la partida. Podían estarse allí todo el día si querían; pero un largo viaje les esperaba y mejor llegar temprano a casa. Tras dar los besitos de rigor, un primer coche partió...
De pronto llegan Fianna y Kimla anunciando que se iban a Sevilla. Las abrazamos y partieron con los de un coche, cual dos más del retiro: pero nuestro adiós sí que era definitivo. También Yania y Coré se irían en pocos días y los perdería. Entonces sentí: ¿no me podría ir con Nadia en algún grupo? Yo pensaba que ya ella me apreciaba (pero confundí el candor con el amor). La abordé con mi plan: ‘¿Qué te falta por ver en el pueblo de Tito? ¿No es mejor irse con Débora o Pedro..., ver nuevos y mayores templos?’ Me contestó que cualquier sitio vale ante Dios, cuanto más humilde mejor.
Oh Nadia, ¿por qué no piensas más en nosotros y menos en tu Dios? Tú ya no eres humana ni tienes por qué ser santa. ¿No ves que te adoro, que todos queremos amar como locos...? Jachú liubít (recordé un canto ruso), óchin núzhna liubít.’
Shtó ia magú, míli, nie vinaváta (qué puedo hacer yo, bonito, no es mi culpa). Amar es santo, pero en pareja es malo.’ ‘¿Cómo es eso?’ ‘El Señor dijo: en la otra vida seremos como ángeles, sin consortes ni amantes’ (Mt 22,30. Lc 20,35).
Me quedé mudo. Era obvio que Jesús sólo decretó doctrinas humanas, no para las almas. Pero era inútil contrariar a Nadia. Preferí suscitarle dudas amplias: ‘Ay Nadia ¿y si estamos errados y esperamos al Señor en vano? Si hemos muerto, ya debíamos gozarlo, y no le vemos el pelo. ¿Estamos ya salvados, o enredados en otro mundo extraño? Dios no aclara qué hacemos aquí, para qué existir: por qué nacer, por qué vivir, por qué luchar, por qué sufrir. ¿Por qué no da señas, y nos tiene a oscuras en esta ratonera?’
Nadia reprendió mi torpeza: ‘Dios es Espíritu, no materia, y quiere adoradores en espíritu y en verdad (Jn 4,24), por fe, no por vista.’ ‘Pero Jesús sí tendría que verse, y ni rastro de él. Tanto ocultarse es ya cruel. ¿Sabes lo que pienso? Que todo lo de Jesús es fantasía. Habrá un Dios, si quieres, pero no existe el Hijo ni la hija, y cuanto antes lo admitas mejor.’ Me contesta risueña: ‘Yo no necesito verlo para creer: Jesús ha llenado mi vida con su ser...’
Se había quedado alelada mirando algo tras mí. Me volví: de una zarza en la sombra salía una luz curiosa, un fulgor que pronto se volvió un ángel: un ser de luz que me evocó a Jesús. ¿No hablaba yo de él, reprochándole no mostrarse; no era él, que venía a inculparme? Y he aquí que abre sus brazos hacia Nadia. Yo me alarmé: ¿no iría ella con él, al creerlo Jesús, cuando sería cualquier ángel gandul? Como me temía, Nadia avanzó, el ser la abrazó, y todo se borró. Quedó la verde zarza en la sombra intacta. Si era una broma, no tenía gracia.
Esperé un rato, soñando aparecer de pronto Nadia. Al fin fui a contárselo a Coré, que me contesta grave: “Elio, dile adiós a Nadia, los ángeles la guardan, y contra ellos no somos nada. De poco sirve quejarse; era un amor inviable. Sí, es lindísima Nadia: pero por eso mismo no era tu talla. Conténtate con recordarla, pues sólo en tu mente podrás gozarla. Así que Josué 1,9: Esfuérzate y no temas, porque el Señor va a tu vera y te alienta.”
Mas cómo no temer y aflojar, cuando un ángel te vino a castigar -¿es que es pecado amar?- y a robarte la flor más celestial... El placer es fácil de agradecer, pero para agradecer el dolor hay que confiar firme en Dios. También Goyo se quedaba solo. Ante varias atentas almas y para consolarnos, Coré se lanzó a filosofar como un Platón:
(No hay cielo sin infierno.) “El mundo en sí no es un misterio: es Vida igual que tú. Todo es vida -en formas infinitas- pues sin vida nada se mostraría. Dios es la Vida absoluta: los seres son chispas suyas. Tú -por ser chispa sola- creas dos zonas: Tú, y lo externo. Lo interno es el Yo, Placer y Tiempo. Lo externo lo ves como Poder y Espacio inmenso (poder que te acoge y envuelve, omnipotente). Eres un puro Ser-de-placer, tu esencia es el placer; pero por ser mera gota, puedes perder ser, y eso es el dolor: que un poco de ti escapa fuera (es el precio a pagar por tu soledad).

El placer es la esencia de todo, aun de lo físico, que es vida básica (si te hicieras materia, tendrías alto goce, pero baja consciencia). Ser-Vida-Placer son lo mismo, y -por absolutos- no tienen opuestos: sólo admiten contrastes o frenos. El placer debe fluctuar y variar para poder sorprender e impactar. Contra la opinión vulgar, alguien muy feliz no podría ya gozar, pues sin previa carencia no cabe saciedad (para que el placer pueda llegar, antes tuvo que no-estar). Lo ideal es bailar cerca de la dicha y rozarla, pero no agotarla, para que así el deseo no decaiga.

Dormido eres pura dicha, porque allí -hundido en tu Esencia- estás chupando vida nueva, en forma de bioplasma (sique cercana de animales y plantas); por eso al despertar sientes tanta plenitud vital. Despierto se chupa vida al cuerpo, durante los goces. El placer tiene el sabor del sueño, es un dormir despierto. La mera esperanza de algún bien, chupa ya placer. Al sentir placer, toda pregunta se esfuma, pues ves que tu esencia es la Esencia única: la separación acaba, el Atman se funde con el Brahma.

Placer y dolor son hechos tan básicos, que ningún pensador ha osado explicarlos. Hasta una ameba sabe sentir placer, pero ni Kant supo esclarecer qué es. Y sin embargo es claro: sentir placer es sentir entrar en ti vida nueva (biotoma), y dolor es cuando la radias fuera (biofuga). Al ser nosotros vida, sentirse vivo ya es placer; pero -por pereza o rutina- sólo se llama placer a lo nuevo, al aumento, al contraste con lo previo. La duda ancestral sobre el origen del mal, es fácil de explicar: que los seres -por ser partes aisladas- pueden perder sustancia. Sentir dolor o placer es ganar o perder algo de ser, no hay más misterio.

El dolor (o el malestar mental) tiene 5 modos:

1- Vacío (infra-tensión): apatía, atonía, letargo, tedio, hastío, abulia, desgana.

2- Miedo (tensión de alarma): temor, ansiedad, angustia, pavor, pánico, espanto.

3- Ira (tensión agresiva): disgusto, enfado, enojo, irritación, malhumor, celos, envidia, odio, rencor, furia, rabia, cólera, furor.

4- Pena (tensión por carencia o pérdida, material o afectiva): pesar, congoja, tristeza, aflicción, amargura, humillación, duelo, desamparo, desaliento, desespero; puede incluir culpa o remordimiento.

5- Dolor físico: cualquier daño o molestia corporal, sea de causa interna o externa (herida, lesión, enfermedad, indigestión, ruido excesivo, sed, hambre, frío...). La depresión honda es daño físico: al cuerpo le falta endorfina o serotonina (vital para la salud cerebral).

¿Cómo ocurre el dolor? El cuerpo, si se daña, toma en defensa vida al alma (que va a la zona dañada -si es dolor físico- o sólo al cerebro, si es dolor síquico). Pero el alma sufre con ello: se agita y desgarra, porque esa vida es parte de sí misma, es sustancia íntima. Si entrar vida se siente como placer, salir es lo opuesto: descenso temporal del tono vital. El vacío o ‘depre’ es biotoma deficiente, que frena o acorta los deseos y el gasto. Todo acto envía vida al cuerpo, pero en grado tan leve que no duele. El dolor es un escape brusco y grande; tanto, que -para frenarlo- el cuerpo puede desmayarse.

El perder sustancia causa el desgarro del Yo que es el dolor: el orden y armonía del alma se vuelven distorsión y disonancia. El Yo es el centro más sensible del alma: al menor cambio brusco, pierde libertad, claridad y calma (pero con la ventaja de que el Yo se agranda y se ensancha). El alma es armonía tan delicada, que un leve estímulo la daña; basta una idea o recuerdo infeliz para afectarla. (Respirar hondo y lento calma la mente como el sueño.)

También las plantas -si las dañan- sienten dolor, aunque suave. Incluso las almas lo sentimos, pero no dolor físico, sino mental (es dolor inercial, eco del dolor antiguo, y por eso fácil de calmar). Todo ser vivo debe sentir dolor en su grado y nivel, pues si no es sensible al dolor, tampoco lo es al placer. La facultad de sufrir y gozar van juntas: las plantas sufren poco porque gozan poco.

Un niño apenas sufre, pero también es leve su dicha: juegos, caricias, golosinas... En cambio, el placer del adulto es vasto y variado, bebe de muchas fuentes: arte, belleza, ideas, saberes, sexo, logros, amores, recuerdos, proyectos... (según maduras, gozas de todo con más hondura). El alma es como una jarra: el dolor la ensancha, y así le cabe después más placer. Quien poco ha sufrido, sus placeres son nimios, porque su alma es de niño.

El placer se vive, es tu íntima esencia; el dolor no se vive, sólo se siente, como cosa ajena -pues no es la esencia de nada, ni tiene ser ni sustancia (es un mero mecanismo defensivo, un aguijón siempre listo... pero evitado casi de continuo). El dolor es temporal y sólo ocupa un punto del Yo; el placer -en cambio- es el Yo entero, y es tu ser perpetuo. ¡No eres dolor: eres placer; el dolor se siente: el placer se es!

La facultad de sufrir se tiene para ‘no’ sufrir, para saber evitar el dolor. Y quien más sensible es al dolor, es quien menos sufre, porque lo evita mejor. Pues el dolor no necesita estar presente, basta con haberlo conocido y que se recuerde. Cuando se pierde a un ser querido -por muerte o ruptura- el dolor es bella expresión de amor, es un dolor tan bueno y santo, que no quieres borrarlo. También, dolerse del mal que has hecho, es dolor deseable y bueno (lamentarse por sus faltas lo hacen hasta las almas).

La causa inicial del Mal es la materia, útil para los seres, pero que a veces se rebela y aflige en formas traviesas: frío, calor, sequías, plagas, tormentas... virus, lesiones, vejez, dolencias... Hasta el vicio moral nace del fallido material cerebral, que ocasiona egoísmo o crueldad. La materia no es mala, es sólo resistente y porfiada. Pero el hombre nació para retar a la materia y sacarle bienes y belleza, y crecer como Ser gracias a ella. Es milagro soberbio que la sique dome a la materia y cree un ágil cuerpo, con el que goza y juega, crece, actúa e inventa.

Dios no te evita las penas necesarias -eso te frenaría-, lo que hace es compensarlas. La razón del infortunio no es un mal en el pasado (un mal karma que ahora pagas) sino un bien en el futuro: las penas de la carne te ganan una gloria interminable. El dolor crea una deuda a tu favor. El árbol más grande nació de una semillita: así, de la frágil carne sale una vida casi divina. De la movida vida y su pizca de mal, nace la incansable facultad de gozar.

El hombre se queja: ‘¿por qué no nos hizo Dios inmunes al dolor?’ Pues porque tienes un valioso Ser que proteger. Las madres no quieren ser sordas al dolor de sus hijos: sufren junto con ellos, para mejor protegerlos. Por lo mismo, Dios dota del dolor a sus seres -parte suya- para que sepan protegerse.

Siendo tan poderoso ¿por qué no le regaló la dicha a todos?’ Eso es justo lo que hace, pero primero tiene que formarlos, y para eso el dolor es necesario (pero el bien logrado es sin medida mayor que el dolor causado). La infinitud de Dios debe incluir de todo, hasta dolor: los tragos de dolor aumentan tu perfección. El Bien y el Mal han de ser vecinos, pero el Bien en grande y el Mal al mínimo: opuestos en cantidad igual que en cualidad, dan la armonía ideal.

La vida alberga espantos y encantos, pero lo normal son los encantos. Hay que tumbar los tópicos: ‘Qué dolor tan grande’ (no: sólo te roe a ti y al breve instante), ‘Esta pena me ahoga’ (no: te agranda y te mejora), ‘Dios es cruel’ (sí, pero su crueldad es mínima y su bondad infinita: da eterno galardón por el dolor). Hasta la Biblia lo zanja: ‘Su ira dura un momento, pero su amor es eterno’ (Sal 30,5. Isa 54,7-8). Dios puede un instante ser cruel, pues lo compensa eternamente con placer.

El Mal es servidor del Bien, pues redunda en placer antes o después (en cuanto un mal termina, ya es alegría). Dios causa el mal para el Bien final (el bien mayor, hace bueno al mal menor). Las penas que Dios permite o causa, quedan archicompensadas: como la vida nunca acaba, el dolor se aleja según el placer se alarga: menos va pesando el dolor en la balanza.

(Sólo a través de males terrenales, llegas a ser un ángel: sin cruzar el fuego del dolor, no te haces un ser de amor. Si Dios creara al ángel ya acabado, sería un bebé, no un ser sabio. No puede haber un Edén prefabricado: cada cual debe crearlo con su esfuerzo y su trabajo. El hombre fue hecho para ser feliz, sí; pero no de forma gratis: su dicha ha de ser fruto de su esfuerzo y de bregar con el medio, sea fácil o adverso. La dicha debe ser activa y creativa: la felicidad pasiva se adormila y se disipa.)

Explicar el dolor no lo suprime, pero lo redime. Saber que el frío pasará, no borra el invierno, pero aporta consuelo. La explicación del dolor no quita el dolor (cuando toca sufrir, hay que sufrir) pero da esperanza y paciencia al infeliz. Sabiendo que el dolor es benéfico, me consuelo; pues la Nada no existe, la muerte es un breve paso, y el dolor no es malo sino bueno y necesario.

¿Cómo amaríamos el bien, sin haber sufrido el mal? No seríamos como somos -ricos, intensos y complejos- sin el don de sentir dolor; sin ello seríamos como fetos -oscuros, amorfos, superfluos. No sabríamos de qué alegrarnos ni qué desear, ni habría sentido ni meta a que aspirar. Sin el mal, la Vida no pasaría del nivel vegetal. Cierto, no habría dolores, pero no seríamos ángeles sino coles.

La facultad de valorar el bien vale igual que los bienes mismos, y eso sólo se alcanza tras haber sufrido. Eva y Adán, aunque estaban en el Edén, el Edén no estaba en ellos: por eso lo perdieron. Como niños, vivían el bien sin notarlo: tuvieron que perderlo para hallarlo; al oponerlo al mal, lo descifraron.

Como la cola de la flecha (que al sofrenarla, la endereza), el dolor -al estorbar la vida- le da su dirección. Sabes lo que es el bien, tras conocer el dolor, antes no. Sin infierno, no hay paraíso. El bien es invisible hasta que el dolor lo exhibe. Quien sufre, ve un cielo luminoso: el dolor crea la felicidad, las lágrimas limpian los ojos.” * * *

Calló Coré, y rumiando sus palabras me alejé. Volví ante la zarza, mirando a las almas a ver si eran Nadia. Mientras, los coches partían sin prisa y sin pausa. Al fin, sólo quedaron tres chicas y dos chicos, hermanos suyos: Tito debía venir con su furgón a las 3 y llevarlos a la Estación para Granada. Como había tiempo, los chicos se fueron a jugar al ping-pong y las chicas a leer al sol. Sólo una tenía novio, y en chicos debían pensar, porque -con textos en las manos- no lograban leer; se lo acercaban y al momento lo bajaban, mirando al aire absortas.

Aunque todo latía en perfecta calma, la fresca belleza las deslumbraba: los colores vibraban, la limpia luz cegaba, y las flores embriagaban. Verde variado y fértil, puro aire alpestre, altas montañas, cielo ardiente y nubes blancas: góndolas de otoño surcando un mar de azules aguas... En sus mentes: ecos de las voces recién idas, junto a los besos de las despedidas. Y en su memoria más honda: el fulgor de cuatro días de intensa vida, junto a amigos y amigas. Y por dentro el amor les resonaba como un dulce revuelo de campanas...

Pero se acercaban las 3 y Tito no llegaba. Mas llegará, y a la noche estarán todos en casa. Y toda la belleza de aquella tarde... vagaría en silencio en los senderos, disolvería su luz en el viento, ardería en el fondo de algún sueño. Seguiría el rumor de la fuente sonando solitario y alegre, junto a los chopos y la hierba floreciente. Y aquel edén abandonado... bañaría de amor los espacios, quemaría su luz en los cuartos, buscando el beso de unos labios... Montes, pinos... cielos, prados... sendas, cortijos... caricias, pecados... todo quedaba atrás, en la tarde que nunca se repetirá igual. Donde habían sonado risas y voces de juventud vibrando, ya sólo reinaba el silencio y el canto de los pájaros... ¡Cuánta vida encendida ahora se apaga y se olvida!

La tarde dormitaba y Tito no llegaba. Ya debía estar viniendo, pero tardaba y tardaba... Y la tarde se miraba en el espejo del cielo, y Nadia no aparecía, y las chicas pasearon y volvieron, y todos se adormilaron bajo los chopos dorados... Las 3 y 30 y Tito se negaba a llegar. Los chicos silbaban tonadas, las chicas se susurraban, los pájaros piaban: todos esperábamos, no había en la vida otra cosa que hacer, salvo esperar y esperar... ¿a quién? Tito ya debe estar llegando, ya va a llegar... esperábamos... Y sin embargo, uno quisiera que no acabara nunca por llegar. Pero lo hizo al fin pasadas las 4, salimos hacia el pueblo, dejamos en la Estación a la gente, y -por si Nadia aparecía- nos quedamos con Tito para varios días.

(Fin del primer tomo.)




lunes, 25 de junio de 2018

EL CALVINISMO ES DESCABELLADO. Teosis 14


Elio Coreli - El fin del mal (Memorias de un ángel) Teosis 14
 
(Lunes.) Amaneció el imperioso día postrero, el último que vivirían completo. Al alba, Tito -por ser lunes- fue a su trabajo al pueblo de al lado, pero volvería por la tarde a dar su charla. Éthel pasó la suya a la mañana y le pareció atinado hablar -como broche final- del rezo ideal, dado por Cristo mismo en Mateo 6,9. Rezo -según Éthel- divino e inefable, pero en verdad una linda sarta de dislates: Si Dios es Padre, sus hijos seríamos deidades; Él no está sólo en los Cielos sino en todas partes, y su Voluntad ya la cumple -velis nolis- todo ser que nace... Y lo más triste es tener que decir: ‘guárdanos de la tentación y líbranos del mal’; eso hay que pedirlo sin cesar, Dios no lo hace motu proprio (pues le encanta repartir desgracias por haber mordido Eva la manzana).
Mientras Éthel toreaba el Padrenuestro y se lucía, yo me fijé en las lindas gemelas Dolcét y Silvét, una de pelo oscuro, la otra teñida de rubio, pero ambas idénticas: ojos de ensueño, dulces mejillas, blanda naricita y labios de ambrosía. No es soñable un Paraíso si no lo alegran rostros lindos. Besan con la mirada, y su sonrisa encandila y embriaga... Oh Señor, creaste cada monada... Basta una dulce carita para alegrarte la vida.
Tras las reinas, había otras caras más modestas: Clara, Dalia, Nátaly, Brenda... Débora -morena y alta, seria y decidida- seducía por su agradable sonrisa. Bianka era amable y entrañable, su pelo castaño orlaba el blanco rostro ovalado. La novia de Adán -rubia teñida- era esbelta de hombros y caderas, pero de cara no tan bella... Y las demás, todas tenían algo chic: ante todo, su frescura juvenil. En toda joven luce la gracia inmaculada de la flor en la planta: son la forma humana más dulce y grata. La primavera de su belleza seduce y sosiega como fuente serena, y su fina voz cristalina alegra y anima como la brisa marina.
No hay estampa tan divina como la figura femenina, delicia caliente y viva. Son sueños de suave carne, música visible y poesía besable. Son obras primorosas de tan fino detalle (hasta de espaldas tienen arte) que parece indudable que las hicieron los exoángeles a su imagen. Pues, sólo por selección natural ¿cómo se va a volver un simio en mujer, ...una mona en un ángel? ¿Cómo -sin ayuda de arriba- pudo la mona Chita volverse la Monalisa?
Ya bordaba Éthel el colofón final: “Dios nos manda pruebas de paciencia para darnos más fuerza; permite opresiones para mostrar mejor sus bendiciones; así nos lo enseñan Job y los profetas. Pero podemos confiar: nunca nos pondrá una carga mayor que la llevadera (1Co 10,13). Y también, Dios permite la tentación para que no lo olvidemos y lo busquemos: cada oración declara tu dependencia de Dios.
Si en Él confiamos al orar, el diablo volará (Sant 4,7). Cuando rogamos ‘líbranos del mal’ pedimos algo ya ganado por Cristo en el Calvario, donde aplastó a Satanás (Col 2,15). Allí en la cruz, él -falto de pecado- recibió nuestro pecado, y nosotros -faltos de santidad- recibimos su santidad. Por su victoria los débiles somos hechos fuertes, los mortales vencemos a la muerte y los pecadores pisamos al pecado. ¿Alelúuuya...? Améeen.”
Con tan confortantes palabras concluyó la santa charla. Salieron los grupitos al sol y leyeron la parábola del sembrador (Lc 8, 11-15), que muestra a unos que desoyen la Palabra, a otros que fallan por flaqueza o placeres, y a los pocos que perseveran fieles. Resultaba pasmoso cómo hace dos mil años, Jesús ya previera lo que hoy hace la gente (que muchos rechazan la buena nueva, otros la aceptan a medias, y pocos se entregan de veras). Antes de estar la Iglesia andando, Jesús ya vio el resultado, qué milagro.
Liberio flipaba de que Jesús fuese profeta, y que supiera que lo que él decía a cuatro gatos en Judea, resonaría un día por el ancho planeta (Mt 24,14 / 26,13). Parecía de cajón que Jesús era Dios, para saber de antemano tanto. ¿O cómo se explica que a dos mil años de palmarla, aún tenga vastas masas rendidas que lo aclaman y lo aman? El tal Jesús, capaz de ganarse al mundo con dos sandalias... y de hechizar a millones con su magia, no pudo ser un mero soplagaitas...
Débora y Pedro se lo recalcaban, pero Liberio -contumaz- replicó: ‘Si Jesús vino a salvarnos a todos, ¿por qué se salvan sólo unos pocos? Eso no cuadra. Si para tú creer, primero debe enviar Dios su gracia, ¿por qué no se la envía a todos..., por qué acusa a los rebeldes, si sólo Él puede abrirles los ojos?’
Le replica Débora: ‘Jesús dice: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y os abrirán (Mt 7,7). Si no le pedimos, él no va a enviarnos su Espíritu, pues Dios respeta tu libertad. Si libremente le pides de su Gracia, Dios te la dará, porque te ama y quiere salvarte; pero no al que no quiere salvarse. La fe es por gracia, sí, pero a ti te toca anhelarla. Todos debemos decidir: ¿prefiero arreglarme sin Dios, o aceptar su salvación? Y sólo la puede recibir quien le abre su corazón, quien siente anhelo y sed de Dios. Dios no es un tirano que imponga su mandato: respeta tu albedrío; te llama, no te fuerza; te ofrece la gracia, tú la aceptas o la niegas.
Dios no condena: es la persona la que elige no salvarse, si rechaza el don de Dios. En el fondo es un misterio, pero lo cierto es que en tu mano está salvarte clamando al cielo. Sólo hace tres días que te conozco, Liberio, pero siento que llevas tiempo luchando con Dios. No te resistas más: clama a Jesús, ábrele el corazón y él te bendecirá con su amor. Con Dios todo te irá mejor. Jesús te llevará a amar y el amor te dará paz. Sea cual sea la prueba, en el placer o en la pena, Jesús estará a tu vera.’ Débora besó deprisa a Liberio en la mejilla, y se alejó diciendo: ‘Que Dios te bendiga. Tengo que ayudar en la cocina.’ Liberio la miró irse, pensativo.
Le digo a Coré: ‘Liberio está ya tocado y herido, con Débora y sus besitos. No todos los días te besa una chica linda, y además elocuente. Tanto, que me ha dejado dudoso a mí mismo: ¿es que van a tener razón los devotos, después de todo?’ Coré me calmó: “Razón la tienen todos, ateos y devotos. La fe en el buen Jesús no puede ser algo malo. Creer que él solito creó el mundo vasto, que andaba sobre el agua como un pato, que a muertos reanimaba y ascendió al cielo sin alas ¿qué daño puede hacer? Son cosas ‘creíbles’ y llanas, que a nadie extrañan. (Qué guasa.)
Pero al decir ‘es la persona quien se condena sola’ están aceptando que haya
infierno, y eso no cuadra con un Dios bueno, porque infierno y condenación son el
fracaso de Dios. Con el infierno, en vez de salvar a la humanidad, se perpetúa el mal.
Crear un mundo con un infierno adjunto, crear seres malos para que pequen y sean
castigados, no tiene nada de cristiano.
Ningún ser puede ser culpable ante su Hacedor, porque éste es tan responsable por sus criaturas como el relojero por su reloj. Hizo al hombre como bien le pareció; le dio mente, cuerpo y sentimientos: ¿qué culpa tiene el hombre si entre sus impulsos está la envidia, el odio, la codicia o el orgullo? No es el hombre quien los inventó. El odio y la maldad fue obra de Dios, que pudo haber creado un mundo mejor. Por eso él es el único culpable del pecado, y la criatura es víctima -y no autor- del pecado, que es un defecto que hay en su ser y lo hace desgraciado.
¿Cómo permite el mal un Dios que dicen ser todo amor? Esto ellos no lo alcanzan, es arduo misterio, y salen del entuerto echándole la culpa al hombre pecador, o al Mangui del copón. Y encima viene Calvino diciendo que ab aeterno Dios predestinó a unos a salvarse y otros al fuego; con lo cual hace de Dios un monstruo que ni con queso: creó seres ex profeso para que sean malos y los puedas torturar en el Averno. Los calvinistas descabellados quieren tomarnos el pelo con sus fregados, hasta dejarnos calvos.
El Dios real no tiene ira, odio, castigo ni venganza de ningún tipo: nadie puede agraviarlo. Atribuirle ira, como hace san Pablo (Ro 1,18 / 9,22. Ef 5,6) es degradarlo al nivel de hombre insensato. Siendo un Dios bueno, ¿cómo va a destinar a nadie al infierno? Si allí sufriera un ser hecho a su imagen, él también sufriría. ¿Cómo va a aceptar que criaturas por él creadas acaben fracasadas?
Si Dios es amor, el amor le obliga a salvar a todos por igual; y a los malvados los primeros, pues un buen médico atiende más al loco que al cuerdo. Salvar a quien desea salvarse es muy fácil: donde Dios muestra su valía es al salvar a los reacios, logrando que lo amen quien antes lo odiaron. Si los manda impotente al infierno, es Satanás quien queda contento.
Si Dios ama a sus seres, ni uno sólo podrá perderse, porque para un doctor omnisciente no hay paciente incurable: no hay tan gran pecador que no lo cure Dios. El Dios real es el que saca bien del mal y orden del caos. Mientras que al dios de Calvino lo vemos incapaz de salvar más que a unos cuantos; por tanto no es Dios, sino un malvado que -habiendo creado el infierno- necesita gente para llenarlo. Así que estos creyentes, al tiempo que dicen que Dios es amor, lo muestran como un malvado y un fracasado, y un Dios así no lo compra ni el Tato.
Los pobres creyentes tienen que hacer malabarismos mentales para no odiar al Dios que desean amar. Con típica esquizofrenia, su odio a Dios lo desvían hacia el diablo. Pero es evidente que el malo no es Satán, sino el Dios que -siendo harto más fuerte que Satán- lo deja tan pancho actuar.
Cuando los fieles celebran que Cristo venció a Satán, sin darse cuenta le dan honores divinos al diablo, al mostrarlo tan grande y fuerte que hasta retó al sumo Hacedor. En realidad, su distancia en poder es tal, que luchar Satán contra Dios es como luchar una pulga contra un ciclón. Y esa pulga está dejando calvo a Dios, pues cada día manda a millones de incrédulos al Averno, en tanto que Dios sólo gana a cuatro gatos para el cielo.
Y el pobre creyente se ve obligado a amar tal figurón, a un Padre y Pastor que mira hacia otro lado y deja al hombre errar extraviado, y que en vez de parar a Satán le ayuda a obrar el mal. El fiel tiene que hacer acrobacias mentales para no aborrecer a tal dios, y no ver en él al culpable grave de todos los males. Les cuesta un riñón mantener la devoción.
Sólo hipnotizados puede haber fe. La fe es un estado adormecido de la mente, y en ese estado viven los creyentes: con un cortocircuito mental permanente, que les encoge bastante el intelecto. Pero también los vuelve más infantiles y simples, y los libra de otras angustias, que es lo que ellos buscan. Su fe es una casta psicoterapia barata, una forma sutil de regresar a la infancia. Así que sólo les puedo decir: que lo disfruten con salud.”
Con disfrute y con salud es como salió la gente tras el almuerzo, a pasear entre las acacias, sauces y fresnos. Un grupito tomó guitarras y se sentó en la hierba, a la sombra perfumada, a la vera del arroyo donde el agua sueña y canta; y empezaron a espigar bellas baladas. Había un clima ya de nostalgia, porque mañana partirían y nadie quería irse, ahora que todos se conocían y un lazo invisible los unía.
Habían compartido tres días intensos de canciones y juegos, de palabras y silencios. Habían recibido heridas de amor y de consuelo. Algunos se habían enamorado, todos se sentían cómplices y aceptados, fuesen gordos o flacos. Liberio el sábado molestó a Débora, ¿cómo se lo pagó ella? Con besos. Ni se ofendió ni le retiró el trato. Pues este ambiente tan majo, tan cálido y fraterno, pronto se iría helando en el salón de mármol del recuerdo. Al volver a las urbes populosas y su bullicio agitado, soñarían con estas brisas limpias y con los pájaros trinando.
Una fiebre amorosa ya los punza con su dardo, les enciende el pecho y los labios. Y en el tiemblo de sus voces, vibran sus corazones rasgados. Hablan como arroyos frescos, callan como enamorados; como diciendo: “Hoy es el día sin mañana, porque mañana nos vamos. Hoy alzamos castillos al aire, mañana serán borrados. Hoy somos un todo hermoso, mañana cuerpos por el mundo vasto. Hoy respiramos el gozo, mañana sueños devastados. Hoy bebemos el reposo, mañana aires olvidados. Hoy juntamos la alegría, mañana las maletas en el patio. Igual que a la llegada, ¡pero tan distinto!
Entonces era el risueño inicio de los juegos, el sabor de la aventura, el desorden bello de un mundo naciendo ...todos heridos de deseo, entre los pinos, acacias y almendros... Las maletas traían su flota de anhelos, su plan de canciones, sus ramos de sueños, promesas de amor, preludios de besos. Todo nacía con risas felices, con frescas miradas, con puros latidos y esperanzas vagas.
Bagajes revueltos, fardos y anhelos, gritos para abrir sigilos, ruegos para urdir secretos, alas para volar feliz, como palomas en el cielo, dilatarse en los espacios puros, fundirse en el azul sereno, surcar la luz ardiente de las nubes, rozar los árboles tibios del sueño, sangrar de verde y refilón en los ribazos, temblar de amor fragante entre los setos, besar el sol con los cinco sentidos, cruzar en paz la sombra amiga del sendero, y descansar feliz junto al arroyo remansado y fresco.
Hoy la tarde todavía... latirá en nuestras voces, dormirá en nuestro pecho... en los goces compartidos, en los acordes al viento... Hoy todavía: las risas, las palabras, los silencios... Mañana... las nostalgias y los ecos. Cuando más felices somos... se quebrará el hechizo y nos iremos. Se quedarán solos aquí los aires sin los besos, y las sombras, sedientas de los cuerpos. Se quedarán los cuartos sin las risas, y desnudos de los sueños. Las sendas, sin la luz de las miradas; la arboleda, sin el roce de los dedos.
Se dormirán los pájaros soñando... el eco antiguo de los juegos. Se quedarán nuestros anhelos olvidados, latiendo en los rumores del viento... y la vida intacta que hoy sembramos, nunca la descifraremos. Se quedarán nuestros secretos sepultados, en dulce y blando sepelio. Florecerán a solas los amores nunca dichos, que no supimos liberar del miedo, y que sólo en la deshora... regresarán de la sombra y segaremos.
Dejaremos la paz de este valle por los latidos urbanos, estas verdes brisas limpias por los humos ciudadanos, y esta tierna hierba fresca por el duro y seco asfalto... El aire puro y fragante, por el polvo fatigoso de las calles. En vez de canciones habrá ruidos; en vez de rezos, estrépito. En vez de amigos, extraños; en vez de bondad, desprecio. En vez de dulzura, egoísmo; en vez de amistad, turbios deseos. Hallaremos un mundo sin Dios y sin amor, ambicioso y agitado; impaciente en sus afanes ciegos, enredado en sus proyectos vanos. Sediento no de paz ni de verdad, sino de tumulto y de pecado: bogando a toda vela hacia el infierno desolado...”

martes, 16 de agosto de 2016

LA MORAL RACIONAL: ¿QUÉ ES EL BIEN Y EL MAL?

(De Teosis, tomo 2).

Hay que hacer el bien, dicen, pero ¿qué es el bien indudable?, nadie lo sabe. Si el ‘bien’ es algo vago y abstracto... ¿cómo causarlo? Y para poder hacer el bien, primero hay que ver claro qué es. 
El Bien sólo puede ser lo más deseado por todos: la dicha, el placer y el gozo. El Bien es: ''el Placer y sus causas'', es causar o conservar el placer sano y la alegría. El Mal es cuanto impide, aleja o reduce el placer. Pero cuidado: el mal -visto a fondo- es bueno, pues potencia el bien; por eso es vital y forzoso que exista, como parte del Bien, no como enemigo. No hay dos polos ‘Bien y Mal’; sólo existe el Bien (puro y total), y dentro de él y a su servicio, hay un poco de mal.
El "Bien-en-sí" es el Placer sano (si no es sano, es un engaño). Pero el dolor o la pena no son malos mientras cumplan su rol, que es: 
hacerte crecerdarte más experiencia y saber (te mejoran la mente y te agrandan el ser, algo que no se logra sólo con el placer)
Como el dolor es útil y provechoso, es bueno; no es un mal, sino un sano aguijón para hacerte reaccionar y mejorar. (El dolor en sí no es bueno, pero -al ser buenos sus efectos- es malo y bueno a la vez, pues es un mal que favorece al bien.) El dolor no es hostil al placer, sino su criado fiel. 
Causar tú dolor Sí es un mal, pero padecerlo es útil si te hace madurar. Somos barro que debe ser moldeado: sin problemas no hay progreso, sin resistencia no hay belleza.

Hay incontables modos de placer y del Bien, agrupables en 4: 
   -Bien físico (reducir lo adverso o dañino),
   -Bien estético (aumentar lo agradable y bello), 
   -Bien moral (la bondad: el instinto de ayudar y no dañar),
   -Bien mental (añadir saber y conocimiento útil). Hablo del Saber valioso y alto, no de un conocer bajo y vano. Si eres erudito en cocina, deportes, mancias, telebasura, morbo, cotilleo, alta costura o videojuegos, tienes mucho conocimiento necio, muchos datos vanos, pero nada de saber real y elevado.
La Libertad es un bien grande, siempre y cuando no dañe a nadie. Frenar sin motivo la libertad de alguien, es oprimirlo y dañarle. La Libertad es el Poder de actuar: cuantas más cosas te sean posiblesmás libre te sientes. Pero las cosas torpes, vanas o feas, aunque no puedas hacerlas, puedes sentirte muy libre sin ellas. Pues quien se entrega a lo torpe, feo o vano, de libre pasa a ser esclavo.

Los seres son muchos: la Vida es una sola. Aun siendo seres incontables, son -por su esencia- inseparables. Si esto lo veo y lo comprendo, dañarlos sería dañarme, no querré hacerlo ni aunque me lo paguen. Pero -por desdicha- esto ni se ve ni se siente claramente; un grueso cristal de hielo separa las vidas y los cuerpos, y el dolor que no te toca en persona, se minimiza o se ignora. Por eso tanta gente daña, sea por provecho, pereza o ignorancia. 
¿Cómo inclinar la gente a la unión, la concordia y la paz? Ese es un reto básico de la Historia, muy mal resuelto por ahora. Mientras haya en el mundo una simple pistola -no digamos bombas y armas atómicas- el género humano será un fracaso y un asco.

La norma ética general es simple y clara, lo complejo es aplicarla. ‘Trata a los otros como a ti mismo, no los dañes aunque no los ames’, ésta es -en esencia- la ‘Regla de oro’ (la moral mínima), loada por todo credo, sea budista, humanista, hebreo, hindú o ateo. Sólo el árido islam da facilidad a la crueldad y al mal. 
Cristo manda incluso ‘amar a enemigos y extraños, y sacrificarse por ellos’ (que sería la moral máxima). Pero mandar sacrificarse por otros, es vano y malo. Primero: 
porque los actos éticos han de ser libres, no obligados, y la gente corriente -que es sociable y no es mala- sólo ayuda a otros si no es muy fatigoso. (Puedes mostrarles lo bello del altruismo, pero no afearles su egoísmo, que no es culpa suya, sino un rasgo innato evolutivo.) Segundo: 
ante los incontables necesitados ¿a quién ayudar y en qué grado? ¿Cómo mides el dolor, para aliviar más a los más agobiados? Que hay muchos pobres sufrientes... Sí, pero llevan milenios sufriendo y en pobreza, pero procreando con imparable fuerza. Y así cuanto ayudes será escaso y no durable, pues los pobres van a criar siempre más pobres, o asolarán con guerras el fruto de las ayudas ajenas. 
Si no controlas a los pobres y los desarmas, en vez de bien, se causará el mal a mayor escala. El mal lo hacen los pobres igual que los ricos. Al procrear sin calcular, condenan a sus muchos hijos a sufrir en su mundo mísero.
El bien para los humanos, es que los humanos hagan el bien. Si ellos son salvajes ni se sacrifican por nadie, si no se aman ni entre ellos ¿por qué amarles tú primero? La santa palabrita Amor no puede usarse sin error y confusión, pues abarca 5 cosas distintas por lo menos: 
   -Apego (amor a las plantas, al dinero, al lujo, al trabajo, a la música... el apego a las cosas que te gustan),
   -Afecto (amor filial, hacia la familia, amigos o gente apreciada),
   -Apetito (amor-pasión, Eros: deseo de contacto estrecho de las mentes y los cuerpos),
   -Admiración (amor a la patriaa las grandes figuras, a Dios...),
   -Altruismo: el sacrificio o servicio gratis en bien de otros.
Cristo pide no el apego o el mero afecto, sino el sacrificio altruista hacia extraños; pero un sacrificio es natural sólo por seres cercanos y amados. No es sensato ‘amar al enemigo como a los tuyos o a ti mismo’, eso es disparate y ni Dios mismo vemos que lo hace: siendo omnipotente, no alivia el dolor de los sufrientes, los ve sufrir sin conmoverse. El Dios clerical de los credos no ama a los pobres ni un pelo, pues -pudiendo- no mueve un dedo por ellos.

El Dios real ama la libertad, ni juzga ni ordena ni condena; el dios clerical impone férreos mandamientos y exige ciega obediencia. 
Al Dios real nadie lo puede contrariar, pues nada pide ni exige; el clerical es tan chiflado, que está siempre frustrado y contrariado, pues lo que manda no lo cumplen ni los santos. 
El real sólo crea infiernos breves y buenos; el clerical creó un infierno malo, inútil y eterno. 
El real no pide ni que lo adoren, regala todo gratis, no es altivo; el clerical es un vanidoso y prepotente basilisco: mandón, celoso y vengativo. Sólo tiene algo bueno, y es... que no existe, es un engendro chapucero de mentes llenas de miedo.

Una cosa es no-dañar (exigible) y otra amar (que ha de ser libre). Nadie digno y moral va a pedir amor o sacrificio gratis, sólo puede pedir que no le dañen. La moral racional y eficaz es la pasiva: ‘evitar causar el mal’, pues se ejerce de forma fácil y continua; mientras que la ética activa ‘ocuparse de hacer el bien’, es fatigosa, fugaz, ciega y peligrosa, pues puede llevar a no vistos males y a injusticias graves, al ayudar a unos ignorando del todo a otros, o ayudar al malo sin saberlo, en vez de al bueno. 
Sólo ayudando a la mujer se hace el bien; si ayudas a los machos, ayudas a los malos. Pues toda la violencia y la crueldad terrenal, de hoy y siempre, todos los abusos, injusticias, opresiones y horrores, son obras tristes de los locos varones. 
Ellas son siempre las pobres entre los pobres y el último eslabón en la cadena de la opresión. Por eso ellas son las únicas que sufren y que merecen ayudas. Los machos ni lloran ni sufren, la Historia bien lo demuestra: si sufrieran, no harían tantas guerras ni llenarían el mundo de violencia. Sin saber bien qué es el Bien, se hace el mal sin querer.
La ética mejor y suprema es la pasiva, la perezosa y mínima, la lúcida y laica, la que no se cansa ni requiere heroísmos ni proclamas, y es: centrarse en vivir en armonía y paz, sin dañar, destruir ni derrochar. Si todos así lo hicieran, saldría el mayor bien posible en la Tierra (no habría odios, abusos ni hambre... sólo quedarían los males naturales inevitables: el frío, el desamor, la vejez, los azares...). 
En realidad, los pobres del tercer mundo sufren poco, pues son los del trópico: impasibles por sus genes y embotados por el calor, sienten muy poco el dolor, por eso no luchan por lograr un mundo mejor. Su desgracia no es sufrir grandes penas, sino el no sufrir apenas. Conllevan dolencias y miserias sin apenas padecerlas. 

A los pobres ya se les ayuda bastante, y -si no hacen guerras- progresan; lo urgente ahora es que los ricos dejen de ser tan dañinos. Quien vive sin derrochar ni dañar, le está ayudando a todo ser por igual. La ayuda real es: No Dañar, ni a los seres ni al medio. Y -lejos de eso- los adictos al consumismo obran como ciegos y ebrios ogros destructivos. Para que mejoren los pobres, deben cambiar también los ricos, dejando de arrasar con sus caprichos. Pero ¿quién les quita sus filetes, su petróleo, sus drogas legales e ilegales, sus desperdicios, a las masas de consumistas, de adultos-niños sordos, soberbios y engreídos? Su ciego egoísmo es más dañino que los ciclones y los seísmos. Su ceguera pasiva es más cruel que la maldad activa. 

El logro cumbre de la historia moral, será el paso global a la dieta vegetal. Pues quien come carne asienta sobre sangre su odiosa existencia: perpetra en silencio una guerra siniestra y sangrienta; tortura y devora atrozmente a millones de seres inocentes, daña al planeta, siembra la muerte y la violencia, y genera hambres y carencias
Los come-carne convierten sus duras entrañas en viles cementerios de alimañas, y de sus cuerpos puros hacen sepulcros inmundos. En vez de imitar al ángel, obran como monstruos repugnantes, con una insaciable sed de sangre.  
Quien come carne se vuelve un criminal, pues mata a gente y a fauna sin necesidad. Con ello se degrada, se hace odioso y se atrae todo género de mal. La revolución más crucial... será el día en que se cierre la última carnicería, cuando ningún pagado matarife degüelle, ensangriente ni asesine, y la Humanidad deje para siempre atrás el salvajismo y la brutalidad. 
Predicar el pacifismo sin más, es ingenuidad, porque la paz duradera sólo puede ser fruto de dos cosas previas:
   -el veganismo (respeto sagrado a todo lo vivo, empezando por los millones de seres sacrificados por un capricho culinario), 
   -y el feminismo (ellas son el modelo moral a imitar, víctima inocente de toda la violencia terrenal). Cuando ambas cosas sean lo normal, la paz será el fruto natural.

El amor no es sólo bueno, es también nefasto mal usado: el amor al vino y al jamón (cancerígenos los dos), al lujo y al poder, a mandar y robar, al dinero y los vicios... crea males horríficos. Los mafiosos aman mucho a su familia y sus secuaces, todos unidos en leal hermandad para hacer el mal; los nazis se sacrificaban unos por otros, y eran demonios. 
El amor puede ayudar igual al bien y al mal. Por eso, predicar sin más el amor no lleva dirección, se queda en un vano sermón; y es además ineficaz, pues alabar el Amor no hace a nadie amar, igual que alabar la Salud no cura la enfermedad.

Aunque el mal -como dije- no es sino parte del Bien, lo que se llama Bien y Mal se dan sólo en grados, y mezclados. Todo suceso desata múltiples efectos, malos y buenos; si predominan los buenos, dicen que el evento es bueno; si los malos, que es aciago. Pero en todo bien hay algún mal y en todo mal algún bien (lógico, pues el mal le sirve al bien).
Hasta del nazismo -el mayor satanismo conocido- salió algo bueno: por ejemplo, que produjo un horror decisivo hacia la guerra y el racismo; o que consagró a la democracia libre como el régimen preferible, aun con sus fallos; también mostró que el mundo libre y sano aplastó al loco y totalitario, y que la Razón es más astuta y viable que la locura. Hasta del mayor huracán de maldad, salieron beneficios para la humanidad.

Por tanto, si el Bien es el Placer, la Ciencia útil es el mayor bien, pues le añade al hombre saber, libertad y poder, le quita trabas, dolencias y escasez... y le abre ancho campo a placeres más sanos y variados. Por contra, toda Religión reduce en el fiel la libertad, el libre saber y mucho sano placer. Hoy son pues malas (aunque antaño necesarias, como única terapia contra las desgracias). Habría que cambiarlas a fondo, sin borrarlas del todo, pues tienen cierto potencial provechoso.
Casi todos creen que hay algo -un poder o un dios- que sostiene al mundo o lo creó. El ateo niega al dios y a la religión clerical, pero no puede negar al Dios real, que es en sí la Realidad. No puede negar que él mismo y el mundo son una unidad, partes de un Todo, el cual es Dios. 
Pero ni los ateos, los escépticos ni los creyentes flojos, gozan de Dios; no viven lo que sea Dios, ni notan su Ser contigo y continuo (que está en todo sitio, hasta en ti mismo); sólo los más devotos -cuando rezan al menos- logran eso a su modo. 
Hay formas mil de devoción, pero en todas el fiel siente vivo a su Dios. La deidad se puede llamar Brahma, Buda, Yavé, Cristo, María, San Tal-Cual o Alá. Pero el fiel alcanza al rezar una vivencia emocional: de temor y anhelo, o de gozo y paz, según su necesidad. Un hindú le ora a una vaca (Visnú) o a un elefante (Ganesa), y eso es tan válido y él lo siente tan igual, como el que ve a Dios cual pura Luz celestial.
Dios es el Bien, es Summun Bonum, Placer absoluto, pleno Gozo; sentirlo contigo es ser parte del Bien mismo (hasta donde uno alcance, que es poco). Dentro de nuestro limitado entender, hallar a Dios es querer ser parte del Bien, amar y anhelar el Bien, vivir en santidad y en pureza moral. 
Esto -siendo aún vago- implica ya un gran cambio: no dañar a seres vivos ni matarlos (para devorarlos), no aprobar la violencia, ni derrochar ni dañar al planeta. Vivir el Bien y odiar el Mal. (El Mal es lo único que es bueno odiar.)
Todo plan o cosa ansiada puede fallar, desviarse, fracasar, todo deseo decepcionar; puedes cometer y padecer el error y el azar... Pero algo infalible y realizable hay en todo instante, y es: desear y amar el Bien, querer ser parte de Él, siempre actuar con santidad y pureza moral, rechazando el mal (padecerlo cuando toque, pero no hacerlo).

Quien así se abre a Dios y a lo santo, y empieza así a sentir, se va angelizando paso a paso. El vivir en santidad es para toda la eternidad, te puedes estar uniendo a Dios más y más; pero aquí y en la carne te toca empezar. Muchos sólo en la trasvida se empezarán a purificar; pero el resto se vuelven algo más morales y sensatos con la edad... Tolstói, Yourofsky, Harari, los místicos, Gandhi... dieron pasos éticos admirables, pero todo el que quiera puede darlos, cortos o largos. Cuanto más te perfecciones, más belleza alcanzarás... y más ventura, dicha, libertad y paz.

martes, 23 de junio de 2015

EL ENIGMA DE SAN PABLO Y EL MISTERIO DE CRISTO

(Fragmento de Teosis, tomo 2. Hablan varios tertulianos.)

-(.......)
-El mismo Jesús, que decía predicar la buena nueva, deja bien claro el mal fin que aguarda a casi todos (la buena nueva será para cuatro, para el resto son noticias de espanto). ‘Al que me niegue ante los hombres, yo lo negaré ante el Padre’ (Mt 10,33). O sea: ojo por ojo y diente por diente; en vez de amor y perdón: revancha al por mayor. ‘Mandaré a mis ángeles a coger a los protervos y echarlos al fuego’ (13: 41,42,50). ‘E irán éstos al castigo eterno, pero los justos, a la vida eterna’ (25,46). Tenía una mente maniquea, veía a los hombres o buenos o malos, o negros o blancos, sin medias tintas; los buenos sólo hacen obras buenas y los malos sólo malas (7,17./ 12,35./ 25, 32-33). La Biblia hebrea no anuncia castigos tras la muerte (salvo Dan 12,2, un texto muy tardío); más bien dice que los malos quedarán sin vida y ardiendo, pero muertos: ‘Y al salir verán los restos de los que se rebelaron contra mí, su fuego no se apagará’ (fin de Isaías). Fueron los piadosos cristianos los que inventaron el suplicio eterno de los paganos hasta después de muertos.
-Con todo, Jesús todavía dice que los hombres serán juzgados por sus actos, no por sus ideas. Nunca dice: creed que yo soy Dios y asunto arreglado, no necesitáis más obras. Al revés: insiste en que sin buenas obras no hay salvación: ‘Aunque me llaméis Señor, no seréis salvos si no cumplís la Ley de Dios’ (Mt 7,21). Tras su muerte, todo cambia: tanta saliva gastada por Jesús para que se cumpla la Ley, resultó vana. Llega Pablito y le enmienda a Jesús la plana, afirmando contundente: Sólo la fe salva, no las obras; porque si te salvaras simplemente por ser caritativo, no habría hecho falta el sacrificio de Cristo. ‘Si confiesas que Jesús es el Señor y crees que Dios lo resucitó, serás salvo’ (Ro 10,9). Vaya pretensiones las de Pablo: ¿cómo carajo voy a confesar algo que desconozco? ¿Soy acaso adivino para saber si resucitó o no?... ¿Y acaso él mismo creyó al instante que Jesús era el Señor? No, sino que se enfureció. Tuvo que oír en persona al Resucitado antes de creer en él. Y lo que él no quiso creer y necesitó pruebas para creerlo, ahora exige que el mundo lo crea sin prueba alguna, sólo por fe en las bonitas palabras de los apóstoles (menuda cuadrilla de santones). Tampoco ellos creyeron primero que Jesús resucitó (Mc 16, 10-14. Lc 24,11. Jn 20,25), y ahora quieren que los demás lo crean a ciegas y sin rechistar.
-El cristianismo, en vez de traer salvación, hizo casi imposible salvarse. Porque si antes con las buenas obras te salvabas, ahora las obras ya no valen nada: por las obras nadie es salvo (Ro 3,20. Gál 2,16). Ahora hace falta un milagro de Dios para salvarse; estás perdido salvo que a Dios se le antoje mandarte la gracia para poder creer lo increíble: que cierto artesano era Dios camuflado, que un desconocido era un ser divino. Porque a Jesús lo conocían... su barbero y cuatro más, el resto no le vio el pelo jamás. Pocos hebreos vieron en vida a Jesús, y menos los paganos, que ni barruntaban quién era aquel Jesús que tuvo el detalle de salvarlos. Por no saber, no sabían ni dónde estaba Israel, pues por aquel tiempo la gente común ni viajaba ni tenía mapas, por lo que hablarles del mesías en Judea era como hablarles de Jauja. ¿Quién -sin ayuda del cielo- podía creer que un cierto ebanista hebreo fue el autor del universo? ¡Y sin embargo muchos se tragaron el bulo! Y sin saber lo que creían, creían que creían en lo que no entendían. Porque en religión no pasa como en otras materias, donde primero se imparte el contenido y luego se confiere el título; no, en religión primero se da el título de salvo al que diga creer, y luego se le va enseñando qué es aquello en lo que ha creído.
-Un punto crucial en las conversiones masivas es que les decían: el resto de la gente son hijos de la ira (Ef 2,3), pero vosotros, por la gracia de decir que Jesús es el Señor, sois salvos desde antes de la Creación (Ef 1,4). Todos tus pecados se borran -hasta el homicidio- con sólo creer que Jesús es divino. Pero si no crees, aunque vivas como un santo, vas al fuego por malo. Estos devotos quieren mandar al infierno hasta al gato, y les da igual que hayas sido un criminal que un agnóstico honrado: el castigo es uno solo: el fuego eterno. Pero le basta al criminal arrepentirse y creer, para ganar el cielo. Pongamos que este criminal mató a 10: si éstos no creían en Jesús, por muy buenos que fuesen van al infierno, pese a haber sido asesinados; en cambio su asesino va al cielito lindo sólo con que se moleste en creer en Cristo.
-San Pablo se lo ponía fácil a la gente: le ofrecía eternos beneficios y perdón absoluto a todos los delitos, sólo con molestarse en confesar a Jesús como Cristo. Por grande que sea tu culpa, quedas limpio. Éste es el secreto de la oscura mente de Pablo: que él mismo estaba hundido en la más negra culpa y en un atroz delito: él fue instigador en la muerte de Cristo. Y lo confiesa con un rodeo, al decir: ‘Los judíos dieron muerte al Señor Jesús’ (1Tes 2,15), siendo él judío fariseo y estando en Jerusalén por aquel tiempo (Act 26,4); se acusa pues a sí mismo. San Lucas lo asperja con la sangre de Esteban (Act 7,58), pero omite con tino su crimen contra Cristo, aunque el mismo Pablo casi lo declara: ‘También yo creí mi deber obrar con rigor contra Jesús de Nazaret, y así lo hice en Jerusalén’ (Act 26, 9-10). Desde luego, su furia no nació de ver a los discípulos postular a un tal Jesús como Cristo (¿cómo le iba a molestar un desconocido?); su ira venía de antes, de sus peleas con el Maestro, al que conoció harto bien (1Co 9,1) y al que logró eliminar. Jesús incordiaba a los fariseos cerriles (vamos, los ponía a parir: Mt 23) y eso Pablo no se lo pudo perdonar (y con él muchos más: 12,14./ 21,46./ 26,4). Para odiar a Jesús con tal ira, tuvo que chocar con él en vida.
-Me pregunto cuál de los fariseos enzarzados con Jesús, pudo ser Pablo. ¿El que le dijo: tú echas a los demonios en virtud de Belcebú (Mt 12,24)? ¿O el que le increpa: por qué los tuyos para comer no se lavan según la Ley (15,2)? Cuando Jesús dijo aquello de: ‘¡fariseo ciego, limpia primero el vaso por dentro!’ (23,26), me parece que ya sé a quién le hablaba. Y es que Pablo era doble ciego: de mente y de vista a la vez; tan cegato que ni podía escribir cartas, las dictaba y luego ponía su firma (Ro 16,22. 1Co 16,21. Gál 6,11. Col 4,18. 2Tes 3,17). Es curioso cómo intenta negar que conoció a Jesús: ‘Aun si conocimos a Cristo en la carne, ya no le conocemos así. Si alguno está en Cristo, nueva criatura es’ (2Co 5, 16-17). ¡Qué angustioso esfuerzo por enterrar el pasado, verse libre de la culpa y ser alguien nuevo! ‘Despojaos del hombre viejo y revestíos del nuevo’ (Ef 4,22. Col 3, 9-10). ¿Y qué mejor para ello que la doctrina que aventaban los cristianos: que nadie mató a Jesús, sino que él libremente dio su vida para salvarnos?
-La historia de Pablo la pudo haber escrito Dostoevski, parece salido de un novelón suyo. Como Raskólnikov tras su crimen, Pablo siguió algún tiempo en sus trece, viendo a los cristianos como herejes dignos de muerte, ‘respirando amenazas de muerte contra ellos’ (Act 9,1). Ya logró que los romanos matasen al jefe; ahora había que aplastar a sus secuaces. Pablo padecía brotes psicóticos, uno de los cuales le hizo caerse rumbo a Damasco y oír voces (típico de la esquizofrenia). Tras esta caída del caballo, su cerebro se trastornó y empezó a sucumbir a la culpa. Como Raskólnikov, empezó a derrumbarse y ansiar el castigo liberador: dar su vida por Jesús, hacer su voluntad hasta la muerte, ganando así el perdón (Act 20,24./ 21,13. Fil 1,20./ 2,17.)
 -Al principio se resistió, intentó como Jonás huir de Dios y se fue a Arabia (Gál 1,17). Pero fue inútil: el rostro moribundo del galileo empezó a poblar sus pesadillas y a cercar sus noches y sus días. Su mente se oscureció y se anegó en angustia, y comprendió lo dicho por Pilato: Jesús era inocente, y él -Saulo- un loco cegado por el diablo... y culpable de un crimen contra Dios: estaba condenado sin salvación... A menos que... como los discípulos decían, Jesús fuese en verdad el Cordero de Dios, previsto por Dios para borrar las culpas de todos. ¡Claro! ‘Toda la Creación gime en dolor de parto, esperando la redención’ (Ro 8, 22-23). Además, el haber matado a Jesús queda anulado desde el momento en que Jesús resucita. Si Jesús vive, no hay crimen. Así que, tras maquinar la muerte de Jesús, Pablo podía ahora declarar: soy inocente, porque Jesús no está muerto, él vive, y además nadie lo mató sino que él mismo se entregó por obediencia a Dios (Fil 2,8. 1Tim 2,6). Hizo de la resurrección el núcleo de su predicación: todo para borrar su culpa.
-Veinte siglos antes de Freud, Pablo halló una terapia contra la culpa que aún hoy cura. En la pasión y muerte de Jesús se halla cifrado todo un dramón de crimen y castigo, de delito y perdón entre el hombre y Dios. Como dicen los devotos: el hombre natural es enemigo de Dios, el mundo odia a Dios (Jn 15, 18. Ro 8,7. Ef 2,3). No es extraño que cuando Dios se encarnó lo matasen: todos queremos matar a Dios. ¿Por qué razón? Por el dolor que hay en la vida, del cual sólo Dios es culpable, pues él nos creó para sufrir en un mundo atroz. El dolor nos fuerza a odiar a Dios. Este odio no viene sólo del odio a padres tiranos (vuelto luego hacia Dios, según Freud), sino que nace de todo dolor, desgracia o aflicción que se padezca, ya sea de causa natural, por culpa ajena o por culpa nuestra: Dios es el culpable, porque él lo creó todo, él inventó el dolor y nos fuerza a sufrirlo quieras o no: cada dolor o pena que padezcas, es una tortura que te inflige Dios. El pecado original (innato en todos) es el odio inevitable contra Dios por imponernos la tortura del dolor.
-Para librarte del odio a Dios hay que castigar a Dios, y eso es lo que es Jesús: Dios castigado por los hombres. Al saciar tu odio contra Dios, quedas vengado. Es vital que Jesús sea Dios y no -como querían los arrianos- un hombre premiado por Dios por su labor; porque en la cruz debe sufrir Dios, matado por los hombres. Ahora viene el otro lado del drama: al odiar y castigar a Dios (al torturador culpable de todo el dolor), te vuelves culpable tú mismo, porque has alzado la mano contra Dios, y tu acto tan atrevido merece atroz castigo: estás atrapado en el trágico laberinto del odio, la culpa y el castigo fatídico. La única salida es culparte sólo a ti mismo, y dirigir a tu interior el odio que quiere ir a Dios. Como lo dice Pablo: la carne es de por sí contraria a Dios, debes negarte a ti mismo y crucificarte con Cristo (Ro 6,6./ 8, 6-8. Gál 5: 16,17,24).
-Jesús, al ser hombre también, encarna al ser que se somete a Dios, que acepta el dolor sin rebelión y torna sobre sí el odio en vez de contra Dios. En Jesús logras el milagro de matar a Dios (muerto por tus pecados), de arrepentirte (ya no odias a Dios sino a tu egoísmo) y de salir indemne (Jesús asumió tu culpa y sufrió tu castigo merecido). Jesús nos da el ejemplo a seguir: beber sin rebelión el cáliz del dolor, negarse a sí y tomar la cruz cada día (Lc 9,23). Jesús es hombre divino y Dios humanado a la vez, y por ser hombre y Dios a la vez, nos libra del odio de dos modos a la vez: pues 1: sacia nuestra ira contra Dios, y 2: nos enseña a odiarnos a nosotros y no a Dios. Es esencial arrepentirte, porque sin eso Jesús no te sirve. Es imitar a Cristo (aceptar el dolor y la abnegación) lo que te da la salvación. La paz con Dios dimana de vivir resignado, sin rebeldía, a imitación de Cristo. No es que Cristo en la cruz borre por magia la culpa de todos, sino que indica cómo cada cual puede borrarla y quedar en paz con Dios.
-Si Dios castiga al hombre en Cristo y el hombre castiga a Dios en Jesús, los dos vierten su ira pero no hacen la paz, la cual llega solo cuando el hombre se une a Cristo y castiga en Cristo a sí mismo, yendo contento a la cruz con Cristo. Jesús en la cruz es alivio a los infelices, catarsis para los angustiados por la culpa, bálsamo para los devorados por la tristeza, y luz para los hundidos en la amargura. Ninguna otra fe hunde tan sutiles raíces en la mente ni regala consuelos tan potentes. Ahora bien, al ser una terapia, una medicina para la mente en pena, sólo la pueden apetecer los angustiados, cosa que no todo el mundo es, ni lo es a todas horas. La medicina de Cristo sana a los enfermos, pero enferma a los sanos. Sin sentir ira y culpa hacia Dios, no se comprende la redención.
-Por eso le resulta tan difícil a una persona satisfecha entender el mensaje de la cruz: no se explica qué hace Dios allí clavado; si quería perdonarnos con ello ¿no había otra forma menos incómoda de hacerlo? No en balde avisaba Pablo que Cristo en la cruz le parecerá locura a más de cuatro: para los judíos es un ultraje, para los griegos un disparate (1Co 1,18-25). Ni griegos ni judíos lograban adivinar por qué Jesús -por haber sido crucificado- pasaba a ser el Mesías anunciado. Ellos seguían el sentido común, pero eso no vale para captar el misterio de la cruz (1Co 2,7-15). En realidad, la clave del evangelio no es decible, es tabú: que en la cruz se realiza el deseo humano de matar a Dios, porque todo humano sufre -poco o mucho- y mientras sufre, odia a muerte a Dios (conscientemente o no). Pero claro, algo así no se puede decir, sólo cabe aludir a un pecado original contra Dios. Y si tal pecado merece la muerte (Ro 6,23), se deduce que tal pecado es el odio de muerte contra Dios.
-Y -oh milagro- Dios acepta ese odio contra él y se deja matar por los hombres en silencio, como un manso cordero. Ya el odio humano quedó saciado al ver al culpable en la cruz castigado: ahora lo que desgarra al creyente es la conciencia de su crimen, el terror a su osadía y al justo castigo que merece, que no es otro que la muerte, ya que él ha matado a Dios (tus pecados llevaron a Jesús a la cruz; por eso todo pecador en todo tiempo es culpable de la muerte de Cristo). Y Jesús, en vez de vengarse, perdona a sus asesinos, tomando él mismo todo el castigo. Y Dios acepta el sacrificio, perdona a los hombres, les dice que aunque pequen y lo odien, no los va a castigar, porque el castigo ya lo recibió Cristo... Así que el pecador, después de haber odiado a Dios, se ve perdonado en vez de castigado, ¿cómo pudo odiar a un Dios tan majo? Es cierto que creó un mundo con mucho dolor, pero ¿no es mayor aún su bondad y su amor?
-El creyente se siente conmovido por el perdón, se arrepiente de su odio: de ahora en adelante, cuando el dolor -que nunca falta- lo incite a odiar a Dios, se acordará de las dolientes llagas de Cristo, abiertas por amor a él, para salvarlo a él del castigo. Recordará su largo y manso suplicio: lo verá sudando sangre bajo un olivo, solo y angustiado, apresado por los brutales guardas, empujado y golpeado, ensangrentado, desollado a latigazos, herida su cabeza por espinas, desgarrada su carne por clavos, muriendo de dolor colgado en una cruz, olvidado y abandonado... ¿Para qué odiar más a Dios? ¿Es que no ha sufrido ya bastante? Quien comprende el mensaje de la cruz, ya no le queda ningún odio contra el hombre o contra Dios: todo el odio que nazca en él lo vierte sobre sí, se inculpa a sí y a nadie más, depone su orgullo y su razón y se somete a Dios, aceptando todo el lote vital del dolor, bendiciendo al que lo injurie, devolviendo bien por mal... (Lc 6, 27-30). Toda esta catarsis del odio interior la logra sólo la fe en Jesús y no otra religión: ninguna otra fe ablanda tanto el corazón.
-Es verdad, ninguna otra regala una paz tan mansa. Los otros credos prometen protección en vida y salvación posterior, pero no purifican tan a fondo el corazón. De modo perfecto y milagroso -¿quién pudo idear algo así?- Jesús en la cruz toma para sí la ira de los hombres contra Dios, y el castigo de Dios contra los hombres, todo a la vez. Con lo cual hace la paz entre ambos. Allí en la cruz fue abandonado por los hombres y por Dios, para unir al hombre con Dios; y recibió el odio y el dolor, para volverlos paz y amor. Es cierto que el fiel vuelve a pecar y a sentir odio contra Dios, pero sabe que cuenta con el perdón de Dios por siempre, porque el acto de Jesús vale eternamente.
-Sin Jesús, Dios habría tenido que borrar a la humanidad; pero con Jesús, le basta arrepentirse al pecador, para obtener de Dios el perdón. Pecar y caer es inherente al fiel, mas la gracia y el perdón son eternos en Dios. El fiel se sabe culpable y perdonado a la vez, y vuelve en gratitud y amor el odio y el rencor: limpia su interior y se vuelve como Jesús, manso y humilde de corazón (Mt 11,29). El fiel vive en culpa pero confiado, en el temor reverente a Dios, no en el terror angustiado a su ira. Se ve amado y perdonado, y libre de rencor contra el hombre o contra Dios.
-Jesús libra del castigo a todo creyente que lo acepte, pero no lo libra de incurrir en culpa una y otra vez. Para mejorar, la persona ha de querer imitar a Cristo sin cesar, y como esto por lo visto es obra de la gracia -que mueve el corazón y la voluntad-, el resultado es que la fe sincera siempre ha sido escasa (Mt 7,14. 2Tes 3,2). Han sido muchos los bautizados, pero muy pocos los cristianos: la Historia muestra infinitos Bautizados crueles, hipócritas y reaccionarios, pero muy pocos Cristianos pacíficos, benéficos y solidarios.
-Ya Pablo tuvo que explicar por qué la mayoría no acepta a Jesús por Señor, ni quiere consuelo ni perdón: que Dios -por misterio insondable- ab aeterno ha decidido quién va o no a salvarse (Ro 8, 28-30./ 11,7. Ef 1, 4-5. 2Tes 2,13). Y no le pidas razones a Dios (Ro 9, 13-23). Así que el crédulo oyente de esta doctrina sentía el brusco prurito de estar entre los elegidos, y al instante creía en Cristo. Pablo usaba cualquier argucia con tal de que el oyente se tragase a Jesús. Todo lo que sirviera del paganismo, lo usaba: así lo vemos en Atenas haciendo creer a los griegos que ya desde antiguo y sin saberlo, habían adorado al Dios verdadero (Act 17,23). O que la pobre gente honrada -pero ignorantes de Cristo- también se salvaba (Ro 2,10).
-Que Pablo predicase a los gentiles no era traición a su pueblo, ya que Israel sólo era el medio elegido por Dios para llevar la fe al mundo entero (Is 56, 6-7./ 66,18). Puesto que sólo hay un Dios, Yavé debe ser Dios de todos, no sólo de Israel. Israel debía ser luz a los demás pueblos, pero ella misma fue cegada por el orgullo de ser la elegida, pecado por el cual Dios le daba la espalda y no la escuchaba. Jesús predicó todo esto: Israel es la higuera sin fruto (Mt 21,19), el viñador homicida (21,38), el siervo malo y ocioso (25,26), etc. Y llamó a los orgullosos a arrepentirse; como no lo escucharon, para que Dios no desechase por entero a Israel (21,43), se ofreció a morir en nombre de todos y expiar la culpa él solo, cumpliendo las profecías de Isaías (todo 53) y Daniel (9,28). Fue un valiente admirable, aunque su auto-ofrenda fue en balde.
-Jesús murió sólo por su pueblo (Mt 10,6./ 15,24), no por los egipcios, romanos, celtas ni chinos. El plan de Dios era redimir primero a Israel, y a través de Israel al mundo. Porque Israel es el pueblo escogido por Dios para mostrar su gloria al mundo y jamás lo podrá desechar (lo dice bien claro: Lv 26,44. Is 54,10./ 59,21. Jer 31, 35-37). Pero Pablo, al no ser escuchado por los judíos, se volvió a los gentiles (grandísimo error), saltándose a la torera el plan de Dios (Act 13,46. Ro 11,25). Aunque el olivo no era salvo -decía-, los injertos en el olivo iban a ser salvos (Ro 11, 19-20), ¡qué contradicción! La fe del mundo debió ser la judía, que es la fe de Jesús, en su pureza ética y humana, no en su corteza ritual y doctrinaria. Con sus invenciones, Pablo destruyó lo que Jesús tanto amó: la estricta fe judía (Mt 5,17), y se empeñó en que bastaba creer que Jesús es el mesías para tener toda la Ley cumplida.
-Lo que no vio Pablo es que los paganos no iban a ver a Jesús como al mesías de Israel, sino que lo hicieron un dios solar más, un Osiris camuflado en el politeísmo descarado de María, la Trinidad y los Santos. En vez del monoteísmo ético judío -que fue la fe de Cristo- triunfó de nuevo el viejo paganismo. Por querer elevar a Jesús, Pablo destruyó la fe judía por la que Jesús dio su vida. Pero estaba agobiado por la culpa: ay de él si no predicaba (1Co 9,16). Incluso predicando estaba angustiado y lo que deseaba era morir (2Tim 4,6). Ya el cambio de nombre -de Saulo a Pablo- es una muerte simbólica, un enterrar el pasado; pero la culpa no se deja enterrar como los muertos, y la única liberación posible era consagrarse a exaltar a aquel a quien él había aplastado: predicar su venida, anunciarlo viviente, imponerlo como Señor a las gentes. Con el mismo fanatismo con que antes lo había perseguido, ahora buscó llevar encadenado al mundo a la obediencia de Cristo (Ro 1,5. 2Co 10, 4-5).
-No cabe duda de que Pablo era un exaltado, un loco. El estilo de sus escritos es paranoico: verborrea, ilaciones inconexas, conclusiones que no salen de las premisas, contenidos delirantes... Su conducta frenética (Act 26,11), amenazante (2Co 10,6./ 13: 2,10), sus alucinaciones (Act 22, 17-18. 2Co 12, 2-4), sus obsesiones con Dios, Satanás, el pecado... todo revela un cuadro clínico esquizoide. Y no hace falta que venga un médico a decirlo: Pablo mismo se confiesa loco más de una vez. A los corintios les dice: mi predicación es pura locura (1Co 1,21), toleradme un poco de locura (2Co 11,1), lo que voy a decir lo digo como loco (11,17), como loco hablo (11,23), porque si estoy loco es para Dios (5,13). El procurador Festo, tras oír el guirigay de Pablo, llegó a la misma conclusión: ‘Estás loco, Pablo. Las muchas letras te han desquiciado’ (Act 26,24).
-También a Jesús lo llamaron demente (Mc 3,21). Ni Jesús ni Pablo estaban en sus cabales: Jesús con su manía del fin del mundo inminente, y Pablo con sus delirios sobre Cristo, un Cristo que sólo existía en su mente. Porque los judíos no podían creer que Jesús hubiera resucitado ni que fuera el mesías, ya que no había librado a Israel de los romanos; ni siquiera había librado a Israel de la opresión del pecado. Al revés: le ha añadido a Israel el pecado de haber rechazado a su mesías. El cristianismo atizó el odio antijudío desde su inicio. ¿Cómo puede ser Jesús el mesías de Israel, si lejos de salvar a su pueblo, le ha causado dos mil años de odio y matanzas de parte de los cristianos? Si Jesús y Pablo hubieran sospechado la catástrofe que le iban a traer a su pueblo, de horror se habrían quedado muertos, se habrían tirado a un abismo antes de insinuar siquiera que Jesús era el Cristo.